El siglo XVIII
Con el Despotismo Ilustrado, la modernización de la agricultura se
emprendió mediante el sistema más racional y continuado de las roturaciones de
los terrenos comunales y también de algunos de propios, lo que supuso un importante cambio, que ya se había iniciado
en los reinados de los Austrias Menores. Pues , en primer lugar, la ganadería
quedó prácticamente marginada en
detrimento de la agricultura y comenzaron los colonos a mantener por más tiempo las tierras. Todo ello era fruto de una política que
trataba de incentivar el progreso agrícola mediante medidas favorecedoras para
los agricultores. Desde principios del siglo XVIII, el olivar comienza a ser
más numeroso en muchas tierras de hidalgos, incluso, en las capellanías y algún
que otra rotura, incluso el viñedo comienza prácticamente a desaparecer, porque
a finales del siglo XVII la competencia con los vinos cordobeses y su
envejecimiento habían hecho decaer este producto.
El proceso de la evolución del olivar nos lo recoge Rafael Álvarez de
Morales y Ruiz[1],
cuando, analizando las tierras del Castillo, afirma:
“El olivo, siempre importante en nuestro pueblo, se plantó en lo más antiguo sin sujeción a marco y sin alineación muy cuidada, con cualquier clase de planta que diera aceituna. El nombre mantenido del Cerro del Acebuchar dice del aceituno silvestre; luego vinieron los olivos verdiales, cornachuelos, negrillos, cordobeses, vareteros, gordales, carrasqueños, picuales, entremezclados en las plantaciones, pues se buscaba que , en la secular vecería del olivo, unos tuvieran cosecha si otros no, asegurando su rentabilidad media. También se buiscaba que cada propietario su propia aceituna para echar agua, para aderezarla, y por tiempos se aumentaba la planta de una y otra clase, dando también su importancia a la época de maduración y la facilidad para el vareo y la recolección del fruto”
Entre los años 1750-52, se llevó a cabo la elaboración del Catastro de
la Ensenada, la declaración de muchas
personas y las respuestas al cuestionario nos permiten conocer el estado del
olivar en muchas ciudades y pueblos de
la Sierra Sur. Los datos de la Sierra Sur, según estudios de Sánchez Salazar, alcanzaban 832. 01 Ha. De
unas 57.220.58 Has de superficie ocupada, significaba un 4.32 % con respecto a otros productos. Ni
siquiera, ningún pueblo de esta comarca figuraba entre los diez primeros
pueblos de mayor producción olivarera de
la provincia de Jaén.
En Valdepeñas, el olivar aparece en la mayoría de las ocasiones como un complemento de los viñedos,
entremezclado con las cepas de viñas para autoconsumo familiar. Así en media
aranzada, podría existir doce olivos (
dos de ellos grandes que daban fruto y el resto pequeños)[2].
En el municipio de Alcalá la Real, que, por aquel tiempo, agrupaba la villa del Castillo de Locubín y
la cortijada de Frailes, existían
diversos tipos de olivares que se definían de primera, segunda y tercera
clases, No estaban plantados con orden ni concierto sino en los lindazos,
entremezclados con los viñedos o en los huertos familiares y solares de las
zonas rurales. Alcanzaban una extensión de 1. 565 fanegas de secano,
repartiéndose en su mayor parte en la zona del Castillo de Locubín.
Así se declaraban los sitios:
en el Castillo, Buenos Vinos, Colmenilla,
Pozuelo y Cuesta del Roble, Nacimiento del Río, Picacho , Olivo Tuerto,
Camorra, Calvario, Nacimiento del Colmenero, El Estacar, la Coronilla, el Cerro
del Acebuchar, el Redondal y la Sierrezuela; y en Alcalá, Fuente del Gato, Camuña, Puertollano,
Cañuelo, Monte del Rey, Arroyo de Charilla, Llanos, Torcales, Corral de
Terrones, Cañada Honda y Fuente del Soto. Debido a que el rendimiento de la fanega de
tierra es menor en estos parajes, se
ocupaba con 36 pies de olivo que producía 9 arrobas de aceite.
Un dato significativo para el conocimiento del cultivo es la presencia de la industria molinera. En la
Alcalá del siglo XVIII, cuya producción no alcanza una extensión de 700 fanegas y tan sólo había constatada la presencia de un
solo molino. Sin embargo, en su propio territorio, el mismo Castillo de Locubín
, donde muchas de esas fanegas de tierra
proceden de dicha zona, los molinos adquieren una mayor importancia, porque la abundancia de agua les
permite mover las ruedas frente a la
dificultad del terreno alcalaíno con arroyos poco caudalosos. Así, el único
molino que describe el Catastro de la Ensenada[3], propiedad de don Fernando
Marrón, se nos manifiesta con esta escasa rentabilidad:
“Una casa de campo ,
molino de azeite y zumaque al sitio de la Camuña, distante de esta Ciudad un quarto de legua, que se
compone de un lagar , caballeriza y quarto principal y cámaras, a la que por la cultura del campo y
recolección de frutos se considera resultará de utilidad anual ochenta y ocho
reales. El molino se compone de una muela, muele con bestia diez y seis horas
entre noche y día, y se considera para utilidad trescientos reales. Y el de
zumaque se compone de una piedra de muela, que anda con bestia y se considera
le resultará de utilidad zinquenta reales, cuyas unidades ascienden a
quatrocentas ochenta reales”.
Los otros tres molinos,
ubicados en la zona del Castillo, eran propiedad de los hidalgos alcalaínos(
José Aranda y Fernando Montijano) y de una institución religiosa, el Convento
de Santo Domingo, que estaba situado en el Picacho[4]. Todos ellos eran de una muela y de trracción
animal. La extensión del olivar
alcanzaba la cifra de 161 fanegas de primera calidad, 318 de segunda y 163 de
tercera que era ocupada por 23.112 pies de olivo .
En Alcaudete, sin embargo, la
importancia se manifiesta en la propia respuesta sobre el arbolado de la zona:
“dijeron que dichos
plantíos de árboles se hallan puestos en los referidos sitios, los frutales
según van declarados, y los olivos por lo respectivo a los riegos, en la de
Buenamazón, cañada de Alcalá, Esteban Sánchez, Fuente de la Peña y del Espino.
Puerto de Jaén, Agüero, Pedrero, Torreblanca, Fuente de la Romera, Tejadillo,
Javea Alta y Baja, Talamontes, Bega, Manillas, Cañada Orbe Baja, Tosquina.
Altar de San Pedro, Caniles, Tobazo, Fuente del Contador, los Santos, Arroyo
Aiyo, huerta de Anguita, Cerradero, Becerrero, Pasadilla, Tejera, Fuente de
Nubes, Camadas y las de secano en los mencionados sitios de Pedrero y los
Santos, Cañada Orbes Alto y de la Sierra, Fuente de la Zarza, Peña Oradada,
Romerales, y Cerro de los Ciudades, respecto a cada uno de las calidades
declaradas. Dijeron que los plantíos de dichas tierras se hallan por lo general en su extensión sin
orden, excepto algunos olivos que están con ella”
La
incipiente racionalización de las explotaciones y el gran número de tierras
afectadas demuestra que el olivar era una fuente principal de este municipio.
Pues, solamente en regadío había puestas 860 fanegas de olivos ( 250 de primera
calidad, 480 de segunda; y 130 fanegas de tercera) frente a sólo 8 fanegas de viñedo; de secano,
por otra parte, una octava parte de su
tierra, unas mil fanegas estaban plantadas de olivos( 80 de primera calidad;
250 fanegas de segunda y 670 de tercera) frente a 36 fanegas de vides. En cada
fanega de Alcaudete se plantaban regularmente 48 olivos, que daban 9, 6 y
4 arrobas de aceite según fueran de
primera, segunda y tercera calidad en tierra de riego y 6, 4 y 3 arrobas en tierras
de secano con las mismas categorías respectivamente.
El
Castillo, en concreto, tenía una extensión total de 643 fanegas de secano y
23.112 olivos y también poseía nada
menos que una extensión de 248 fanegas y cinco celemines de olivas nuevas,
aunque los resultados todavía no se
hacían manifiestos a la población, pues la una ay ocho celemines de la primera
calidad, las 21 fanegas y 10 celemines de la segunda, y las 106 y un zelemín de
tierras de la tercera, cuyo número asziende a 8. 949 pies por no fructificar
por nuevas no se deduce a valor. También, como en el caso de Alcalá y el
Castillo de Locubín, las casas con solarines solían tener olivos en medio de
los huertos, como era el caso del
Hospital de la Misericordia.[5]
En los Villares se remontaba al siglo pasado sus nuevas plantaciones
de olivar e, incluso, existía el molino de aceite de Manuel de Valenzuela ,
según señalaba el Catastro de Jaén. Y en Valedepeñas., aunque la producción de
aceite era pequeña, la fanega tenía 48 pies y estaba situada en las nuevas
roturas con el nombre de las Posesiones ,
y entre los viñedos de las tierras de secano( Solana, Posesiones y
Vereda y Fuente del Tesoro, Cerro de las Viñas, Olla de Romero, Barrancos, Cruz
de Juan de Hervás, La Loma y el Chorrillo). y en sitios como Cañada Pradilla,
Cerezo Gordo, Zarzuela, Cerezuela, Cueva la Yedra, Espinar, Vaballeros,
Cirolilla, el Hoyo, Puerto locubín,
carboneros, Moralejo, Pinillo, el Tercero , Navalayegua y Parizoso. Un
molino de aceite existía en la calle del Ejido, propiedad del clérigo Juan
Diego González con un rendimiento de 250 reales de vellón[6]. Su inicio en esta
actividad se manifiesta por ser estacas y no producían fruto suficiente.
Como es lógico, el paisaje del
olivar ofrecía un variopinto aspecto. Las declaraciones del mayor
hacendado del Castillo nos permiten reconocerlo. En sus tierras, existían
grandes extensiones, como la de José Aranda, que en el cortijo de Fuente Tétar
en una extensión de 400 fanegas, cuarenta y cinco estaban destinadas al olivar,
que representaba 10 % de las
extensiones, y otras cincuenta puestas de estacas de olivo rodeadas de tierras de secano, huertas,
nogales y encinar. También había nuevas plantaciones, en los sitios de
roturación de los montes, como en Rana Cuajar, propiedad del anterior, y que
todavía no fructificaban. Pero, sobre
todo, abundaban los pequeños predios de olivares que eran propiedad de los
menos pudientes, y, entre los viñedos o,
mezclados con ellos, los olivos.
Sin embargo, estaba claro que la actividad molinera era abundante,
pues existían nada menos que seis (
Manuel Álvarez, Féliz de Mesa, Juan Cedillo, Monjas de la Encarnación y Manuela
de la Espinosa y el conde de Humanes). Este último, que recaía en la persona de
don José Aranda, el mayor hacendado del Castillo, era un molino situado en el
Vado del río junto con los molinos harineros. Se componía de una piedra, una
prensa y tenía tres vigas con un rendimiento de 3.300 reales [7].
El cuadro siguiente completa la descripción de tipos, rendimiento y
tierras de los 45.043 olivos de regadío
y 64.992 de secano a cuarenta y ocho por fanega en Alcaudete, teniendo en
cuenta que estaba la fanega a 14 reales en el año 1752:
Regadío Secano R e g a d í o S e c a n o
Fanegas
|
Olivo/
Estaca
|
Olivo/estaca
|
Aceite
@ Olivo
|
Valor
por Fanega
|
Valor
de
Olivo
|
Aceite
@
Olivo
|
Valor
por fanega
|
Valor
de Olivo
|
Primera
|
87
/8 f
|
93/
1
|
9
|
126
r
|
3r.
4 mrs.
|
6
|
84
r
|
1r.
26 mrs
|
Segunda
|
425/96
|
363/12
|
6
|
84
r
|
1
r. 26 ms.
|
4
|
56 r
|
1r.
5 ms
|
Tercera
|
143/72
|
789/13
|
4
|
56
r.
|
1r.5
ms.
|
3
|
45
|
30
mrs.
|
No sólo importaba el aceite
desde el punto de vista económico, sino que comenzó una labor reguladora y
recopiladora de todo lo legislado anteriormente, pues comensaba a incidir en la
vida de los vecinos de la ciudad. En 1760, tuvo lug
ar esta labor legislativa en
el municipio de Alcalá la Real. afectando al Castillo de Locubín. Ya hemos
referencias a algunas normas, pero
interesa conocer lo que se desprende de ella, pues es significativo por la
pervivencia que tuvieron en la comarca los usos y costumbres del mundo del olivo.
La actividad molinera obligaba a regular varios aspectos de la molienda, maquila y de los cosecheros. El
almacenamiento se regulaba con una norma que ha pervivido en la zona hasta principios del siglo XX, se
llevaba a cabo de la siguiente manera:
“En todos los molinos de
aceite del término de esta ciudad y su villa del Castillo tengan los dueños sus
atroxes para recibir la azeituna de los cosecheros, con su división para que no
se junte y confunda una con otra dentro del patio y corral zercado, con su
puerta y llave que cierre todas las noches, so pena quinientos maravedís”
Para ello se prohibía que no pudieran criarse ningún tipo de ganado
menor o aves domésticas en dicho recinto con el fin de evitar que se comieran
las aceitunas, cosa que repercutía en el molinero. Este también se
responsabilizaba de que la molienda se llevara a cabo por el turno
correspondiente de entrada en el molino, de la calidad del aceite, que podía
ser contrastada con veedores del oficio, y hasta tal punto llegaba el control
que debían tener candiles encendidos de
día y noche en la piedra y pozuelos y padilla para que en todas partes se vea
como va la hazienda de cada cosechero.
La elaboración del aceite se recogía con esta ordenanza:
“Mandamos que los dichos molineros tengan
cuidado de dar cada uno los turbios que le tocan según porzión de azeituna y
hagan con ellos su remilido para el cosechero, y no hechen los turbos en la
jamila o borrero, que es cierta tinaja que para ello han tenido”
La máquila del aceite consistía en la cantidad de una arroba por cada
ocho que molían y el orujo también quedaba para el cosechero salvo el que fuera
necesario para la molienda y calentar el agua en la padilla. El dueño del
molinno estaba obligado a pagar el trabajo del maestro y oficiales del molino y
los cosecheros, por su parte, la comida.
Las medidas de todas las operaciones eran :la arroba, media arroba, cuarto,
medio cuarto y elaboradas de cobre.
El control se extremaba hasta tal punto que no se permitía de noche la
entrada de vagabundos ni demandantes de hermandades con mulos de carga. Aún
más, para iniciarse el periodo de molienda, necesitaban el correspondiente
permiso legislativo del corregidor para regular la producción y los respectivos
gravámenes.
En el reinado de Carlos III, se
hizo una clarificación muy importante de todos los terrenos comunales y de
propios, al mismo tiempo que, en 1771,
se llevó a cabo un señalado repartimiento de tierras alcalaínas que alcanzó a
mas de las 10.379 fanegas[8], procedentes de otros anteriores,
mediante un sistema de coloniaje más estable que prácticamente pretendía el
asentamiento de los agricultores en sus núcleos de orígenes. Fue el momento de
un nuevo impulso de los cereales, al principio, y posteriomente, de plantación
de olivares en las zonas montañosas. Gran parte de los cabezales de los
terrenos baldíos fueron desmontados, incluso, en el reinado de Carlos IV, en
muchas poblaciones se hizo una roturación salvaje hasta el punto que cambió completamente el tradicional paisaje
de encinar y monte bajo y alto por otro nuevo de tierras completamente de
secano. Sin embargo, en modo alguno, se consiguió justo reparto de la riqueza
porque muchos campesinos tuvieran que abandonar aquellas tierras que pasaron a
las manos de los labradores, propietarios y arrendatarios que podían hacer
frente a los gastos de la renta y a los medios de trabajarlas.
Los primeros intentos de desamortización , que, en algunos casos como
en Alcalá la Real, Castillo y Frailes, afectaba a una cuarta parte de la tierra,
tuvieron lugar con Godoy, e incidió en
las tierras de las capellanías de particulares y de las hermandades religiosas, en las que el olivar solía estar
más extendido. Más tarde, las tierras del clero regular también se
vieron afectadas con la desamortización de Mendizabal en el año 1834,
incidiendo en cortijos como el de
Vadillo que tenía un molino y una gran producción de aceite. De este
periodo nació otro importante grupo de pequeños propietarios que lograron
conseguir estas pequeñas propiedades, mientras las grandes extensiones y
cortijos cayeron en las manos de los ricos hacendados, en ste caso, los
hidalgos alcalaíno. Un caso típico es el Castillo de Locubín, que recogió
Álvarez de Morales en su obra comentada:
“De las tierras que formaron el patrimonio de los
eclesiásticos y de la propia Iglesia, sólo pasaron a manos de los castilleros
las de menos extensión y poco precio- por tanto las de calidades inferiores-,
que se conocieron con el nombre genérico de Capellanías:
Las de más superficie y mayor valor
quedaron fuera de su alcance y posibilidades económicas, y fueron adquiridas en
su mayor parte por forasteros. Tal fue el caso del Cortijo del Hospital, el de
la Nava del Peral, el de la Fávila, l de la Cerca, el del Estacar, el de Anica
Ruiz, el de la Fuente Teta y Santa Olaya, que fueron a manos de alcalaínos; y
los bienes de Convento de Capuchinos, que acabaron en gente de Cabra y Loja.
Luego aquellos, en su mayor parte fraccionados, han acabado por ser
castilleros”
El hecho de la comercialización del aceite también es importante en
este siglo que hemos comentado, pues en Alcalá comienzan a reducirse las
tendillas de aceite que al principio de siglo llegaban a alcanzar hasta el
número de diez, distribuidas por el barrio de la Mota y otras calles de la
ciudad, y, al final de siglo, prácticamente quedaron reducidas tan sólo a
cuatro, y , algunas de ellas compartiendo el comercio con otras actividades.
Esto nos hace ver que los cosecheros comenzaban a ser significativos en Alcalá,
el núcleo menos productor de la comarca de la Sierra Sur. Incluso, el origen
del aceite importado ya se centraba en los pueblos jiennenses, de Martos y de la propia Alcaudete en detrimento de los
cordobeses[9].
la Ensenada.
Libro de la declaración particular de bienes. Folio 193 vuelto y siguientes.
[4] MURCIA ROSALES, Y OTRO. Cancionero, relato y
leyendas. Transcripción de las respuestas generales. Pagínas. 316 y ss. AMAR .
Libro de las respuestas particulares de vecinos,
[5] ARCHIVO HISTÓRICO
PROVINCIAL DE JAÉN. Legajo 7588. Catastro de la Ensenada de Alcaudete.
Respuestas generales. Libro de declaración de cultivos y respuestas personales.
[6] INFANTE RAMÍREZ, J. Y
OTROS. Actividades económicas y sociales
de valdepeñas de Jaén en el siglo XVIII. Los Pozos de nieve. Congreso ”La
Ilustración y Jaén. 1994.
[7] ARCHIVO HISTÓRICO
PROVINCIAL DE JAÉN. Libro de las
repuestas generales, Declaración de los mayores hacendados, Libro de las
respuestas particulares de bienes.
[9] MARTÍN ROSALES. F. El vino y el aceite en la Alcalá la Real del
siglo XVII y XVIII .Rev.Toro de Caña.
Diputación Provincial de Jaén 1997.
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