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jueves, 18 de septiembre de 2014

HISTORIA DEL PASEO DE LOS ÁLAMOS. (v)


HISTORIA DE LA FERIA EL PASEO DE LOS ÁLAMOS

 

Si buscáramos el origen mitológico de las ciudades, como
hacían nuestros antepasados, de seguro que encontraríamos  que el dios Mercurio debió asentarse en Alcalá y parió una amplia estirpe de comerciantes, regatones, o  corredores de comercio, y, actualmente, tocaría con su caduceo el  nido de inmobiliarias que actualmente abundan como setas. No somos sino un eslabón más de aquellos que nos precedieron. De los hispanorromanos, que desde sus villas esparcidas en la comarca alcalaína acudirían a las oppida para intercambiarse, en  los días feriados, productos de la agricultura -el trigo por el aceite, o la vid por el buey-, al mismo tiempo que se fomentarían los sacrificios y los juegos en honor a Hércules.

Además,  Alcalá es una ciudad de feria, porque, a lo largo de su historia, Alcalá ha sido, es y siempre será cruce de caminos, un lugar de encuentro de hombres y pueblos, y, sobre todo, el principal paso de Andalucía hacia muchos lugares para feriantes y hombres de comercio. En el siglo XII, ya  lo escribía Pero Marín refiriéndose a la venta de esclavos cristianos que se realizaban en la fortaleza de Aben Zayde. Allí estaba el rastro, la alhóndiga, los pesos de la harina, los mesones y los mercados.

 Como diría el profesor de la universidad sevillana Pedro Cano Ávila acerca de la enorme importancia de este puerto terrestre de entrada de Castilla al reino de Granada:“Si nos atenemos ahora al valor económico del comercio entre los reinos de Castilla y Granada, y sobre todo a través del puerto de Alcalá la Real, llegaremos a la conclusión de que fue realmente importante”

            Y, de la fortaleza Alcalá bajó al Llanillo. Fue, en tiempos de Felipe V cuyo cuarto centenario celebramos este año. Cambiaron los sitios del comercio y los géneros de transacción.

Desde este tiempo. el recinto de la venta de ganado comenzó a ubicarse el espacio comprendido  desde la Puerta de los Álamos hasta la ermita de la Magdalena, ya que era un lugar adecuado para todo tipo de transacción económica que se desarrollaba en medio de los caminos de Madrid, de Baena, de Montefrío y Frailes. A partir del siglo XIX, el Llanillo y  el Paseo de los Álamos se convirtieron en el eje radial de la ciudad.  Curiosamente,  una de aquellas aceras recibía también el nombre  de los Mesones, porque era lugar de posada obligatoria para viajeros y caballerizas en el paso por la ciudad. No sólo había posadas, sino que también se jalonaban todos los comercios y todas las tiendas artesanales, donde se mezclaba el trabajo con la venta directa.  

Y, la feria  se hizo amiga fiel de esta columna vertebral urbana.  Poco a poco, la llegada de comerciantes de nuevas mercadurías, aperos de labranza y de calderería dio lugar a que se ampliara el recinto y comenzó a  ocupar el Llanillo, la calle Real, el Juego Pelota y parte del camino de Madrid por los Álamos hasta el punto que el paso y el aumento del número de coches de caballos ocasionaron algún que otro incidente por la intensidad de tráfico cada vez más numerosa. Y así, el año 1879, por este motivo  se trasladó  por primera vez y en exclusiva al Paseo de los Álamos, aunque se mantuvieron tiendas de comercio de forasteros a lo largo del Llanillo, incluso se alquilaron las dependencias del Palacio Abacial por aquellos días los feriantes y comerciantes. Como lugar definitivo de la feria, se estableció en el Paseo de los Álamos en el año 1899, para evitar el peligro de peatones que corrían en la carretera entre Alcaudete y Granada, según manifiesta el acta del trece de septiembre de este año.

Esta ubicación se mantuvo hasta el año 1983, que se trasladó provisionalmente al recinto ferial de la Magdalena, y en el año 1988, se inauguraron las excelentes instalaciones que hoy día disfrutamos los alcalaínos, siendo alcalde Felipe López García. No obstante la feria genuina del ganado tuvo que adaptarse a los lugares cercanos, que ofrecían un lugar para el reducido comercio ganadero que todavía se mantiene entre los pueblos.

A su vez,  las posadas  y mesones de los Álamos resistieron el envite del desarrollismo hasta que se inauguró el hotel de los Tres Amigos. Y, de nuevo, hoy vuelven los lugares de hospedería en este recinto.

Y es que el  Paseo de los Álamos ofrecía una ubicación ideal para  las nuevas corrientes que impregnaban  las actividades de la feria, que se adaptaban a los progresos de la técnica y de las costumbres. Su jardín de estilo borbónico, al principio, facilitaba en sus diversos rincones y parterres  los más variados usos que podía encontrar el visitante. Como punto cardinal se encontraba la  glorieta, donde la música amenizada por las veladas militares, brindaba desde antaño a los vecinos conciertos de zarzuelas, pasodobles y marchas. A lo más, los grupos de música de cámara transformadas en orquestas de bailes o la intervención de alguna estudiantina amenizaban la danza  de los mirones y más atrevidos.  En las calles laterales, se ubicaban todo tipo de casetas artesanales, que, con el paso del tiempo, dieron lugar al traslado de las tabernas de barrio a estos habitáculos hechos de madera y cubiertos de lonas para resguardarse de las tormentas de  otoño. Otras actividades quedaban relegadas al reparto del pan de los pobres y  la elevación de globos que se llevaban  a cabo en iglesias y en la plaza del Ayuntamiento. Pero llegaron los años cincuenta, y la velada musical  fue sustituida por la caseta  popular, la del Pellizco o, en otros años, la de la familia  Gálvez. Las bandas militares dejaron paso a las orquestas de  saxofón, trompeta y batería con bombos y platillos como la orquesta Florida. Las canciones de  las cupletistas españolas y de  Antonio Machín se abrieron paso a los valses  y  la música de fanfarria militar. Mercurio quedaba relegado por el dios Cupido, y en aquellas casetas, con vallas de madera blanca, se encontraron muchos seguidores de las cuitas amorosas. Ya, el espacio de ocio se amplió y los jardines de las entre calles sirvieron de lugar oculto para desvelar los primeros atrevimientos amorosos al ritmo de boleras y coplas.

Finalmente, poco a poco, el desarrollismo de los  años setenta  quedó reflejado  en una nueva versión reproductora del dualismo de la sociedad. La tradicional caseta del Pellizco tuvo una competidora “La Caseta Andaluza”. La primera mantenía su carácter popular y se convirtió el lugar de  escape de las clases bajas y trabajadoras; la segunda  ocupaba el  sitio de honor de la feria, era su blasón y su emplema, donde acudía el gobernador de turno para  ser agasajado. Esta última se distinguía por su inversión municipal en  portadas de albañilería,  vallas de pintura y  barra selecta, así como por la oficialidad del ambiente. El pueblo sencillo y de las aldeas mantuvieron  su  lugar de ocio, con precios populares y las orquestas que enseñaron a muchas parejas a rebajar el colesterol  en el parterre central  del Paseo hasta que  la fiesta fue conquistada por la emulación del elitismo aristócrata. Fueron los años del Dúo Dinámico o de  los Tres Sudamericanos, entre otros. Fue el momento de los concursos de mises, en el que  las jóvenes de la nueva burguesía y las clases bajas comenzaron a competir con las bellas damas de los Juegos Florales de los años cincuenta. Parecía que se anunciaban  nuevos tiempos. En los años setenta, soplaron nuevos ritmos, nuevas orquestas con guitarras eléctricas. Surgió la competencia con la Caseta de la Juventud que trajo aires de los Beatles, los Módulos, y los Pekenikes. A las casetas de vinos, se contraponía la elitista del Círculo el Pireo con la de Rosales o la  de la Venta., sin olvidar  los  experimentos de “Mi Caseta” o la de Condepols. Entre calles opuestas, la tómbola competía con  la fila de juguetería y  las tiendas de navajas de Albacete.

Los puestos de calderería, a un margen de la carretera, junto con los del turrón y de buñuelos acudían puntualmente a la cita festiva procedentes de Lucena, Rute y Baena. . Al otro lado, el infierno de la feria: los aviones. el látigo, el carrusel, los caballicos, los coches de choque y el tren taponaban, durante dos semanas, todas las calles de los alrededores. Los cables y mangueras de electricidad se pisaban por todos los sitios. En un chapuzón, el ferial quedaba desalojada en cinco minutos. Pero, con la calma volvía todo el mundo a la feria.   

 La transición democrática afectó de lleno  a este recinto. Fórmulas que habían obtenido un relativo éxito ya no acumulaban sino fracasos. No podía comprenderse una caseta oficial, cuando el pueblo había conquistado la libertad. Tampoco las clases sociales se prestaban a ser distingos en la entrada de las casetas. Aquel recinto era invadido por la inseguridad de la tiranía del automóvil. Las casetas  de vino se vestían con banderas de los partidos y de las asociaciones. Faltaba espacio. Todo el mundo clamaba  un cambio de ubicación. Pero se resistía el pueblo, que  no quería dejar abandonado  aquel eje radial, donde el teatro, el cine, y  las salas de exposiciones enriquecían los programas festivos por la cercanía con el Paseo de los Álamos..    

 

FRANCISCO MARTÍN ROSALES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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