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miércoles, 29 de abril de 2015

LA TORRE DE SANTA MARÍA LA MAYOR



            La torre de Santa María la Mayor recuerda el pasado e invoca al futuro. Se ancla en los cimientos de una ciudad que la vio erigirse altiva sobre la cima del cerro de la Mota, mientras otea el horizonte del territorio abacial. Rezuma historia y frontera,  y aventa nuevos tiempos de la sociedad futura  del ocio. Ha cobijado bajo su sombra hombres argáricos y turistas japoneses; paró rayos de noches con signo de muertes trágicas, y proclamó la llegada de la actual Constitución Española. Ya se erigió sustituyendo el anterior campanario de la primera iglesia gótica para mantener aquella campana que le concedieron los Reyes Católicos a este  pueblo de la  Sierra Sur, con el fin de que en se escuchara en todos los rincones del suelo del municipio de Alcalá la Real para acudir a aleos militares y concejos abiertos. En sus tres cuerpos y chapitel, amparó la vida de muchas personas: desde el bautismo  de los alcalaínos de los barrios de la  Mota, que se ejercía en el arco de planta baja de  la capilla,  hasta la despedida  de todos los vecinos que se inhumaban en el cementerio nacido a los albores de las medidas sanitarias de los gobiernos del siglo XIX, tampoco le faltó convocar al pueblo alcalaíno con el toque de las horas de su reloj, ubicado en el tercer cuerpo de  bóveda nervuda, a marcar los ritmos de sus tareas diarias ( desde los maitines hasta la queda pasando por la hora del  Ángelus y las citas a los enterramientos y fiestas ordinarias y extraordinarias de los dos cabildos, municipal y eclesiástico). Se aventura el visitante a convertirla en una torre para un palacete renacentista, aunque la sala del segundo cuerpo, coqueta y recatada, tan majestuosa  y bellamente cubierta con una bóveda renacentista sobre las trompas de tetramorfos anuncie el paso a la domus Dei et porta Coeli,
  La torre está firmada con las grafías de Lázaro de Velasco, su primer arquitecto,  en las escaleras  de este tercera planta que  acceden al camino del antepecho de la techumbre. Por cierto muy simbólicas, delecta mei iuventutis et ign..( un canto al gozo de  la juventud; por la traducción, " acuérdate de las fechorías de mi juventud y fogosidad")  )  , junto a un MENTO MORI  y una calavera (una aldabonazo al  tránsito final por esta vida del hombre). Hoy está impregnada con las huellas de todos los artistas que diseñaron toda la iglesia más importante de Alcalá la Real: desde Siloé a  Manuel del Álamo pasando por Lázaro de Velasco,  Ginés Martínez de Aranda, Juan de Aranda Salazar, Luís González, Ambrosio de Vico y Eufrasio López de Rojas entre otros. Recuerda esta sala  la primera fase de la construcción,  con un abad solicitando una ayuda a la Corte, y huele al aguardiente que tomaban los músicos por ser el  trascoro  donde ensayaba capilla de música abacial antes de que saliera por la puerta el abad para oficiar la misa.
            La torre de Santa María la Mayor es la más alta atalaya de la ciudad sobrepasando con creces los mil metros, Desde allí, se posan ante sus pies una ciudad fortificada que exhibe más de tres mil años del pasado local, extraordinariamente remozada y limpia como el agua de una fuente: desde  la trama urbana de los tiempos de frontera 



hasta los enigmáticos fondos de sus bodegas, mazmorras, neveros y pasadizos sin dejar a un lado los atractivos entornos de las Entrepuertas, el Sacromonte y el Albaicín  alcalaínos y las plazas Alta y Baja con  su pasado medieval de la casa del alcaide Conde de Cabra y los testigos de la lonja racionalista de escribanos y tenderos. Habla, durante de día, con palabras de frontera, duerme la siesta en la ciudad del valle con su sombra  extendida en el damero renacentista y se acuesta en medio de aromas de un jardín de arrabal levantado en los años de la actual democracia tras recuperarse aquel suelo de huertos abandonados y poner en valor este  anillo territorial en forma de collar  mediante una buena gestión municipal ( lo último el Centro de Rescate de Anfibios y Reptiles) . La torre reclama la presencia del parador y de la puesta en funcionamiento de un sitio de ocio para los visitantes de la Mota, sin duda el vestíbulo natural es el monasterio de la Santísima Trinidad.
            Desde el chapitel de la torre de Campanas, se otea el horizonte espacial y temporal . Se pierde la vista en los depósitos y conducciones de agua (desde Frailes hasta la red completa de  almacenamiento hídrico que se construyó en estos últimos 30 años y rodea toda Alcalá la Real, dando lugar a que ya se olvidaran los tiempos de los horarios de la agua domiciliaria porque, a las primeras de cambio, se quemaba una lavadora). Las casas de  aldeas relucen blancas, unas como Santa Ana  junto al nuevo parque periurbano de  los Llanos y cerca los dos polígonos de su entorno, el Chaparral y el muy reciente  Llano de Mazuelos; o,  en medio de un paisaje mediterráneo y de olivar, se extiende los tres o cuatro núcleos de Ermita Nueva, porque el área de servicios crece cada día más desde la curva de los Rosales y Peñas del Yeso  hasta el  Pleito; la nueva red vial  acerca a sitios como la Torre de los Pedregales, cerca de la cual se encuentra la ITV. Pero esta torre hace volar la imaginación y se prolonga en el horizonte temporal, reclama que las campanas toquen sin estar cascadas y cerrar el anillo amurallado por el arrabal del Aire que va de la puerta de Santiago hasta la torre de la Cárcel Real; augura nuevos tiempos de esperanza sin romper el eslabón de la cadena iniciada años atrás ni caer  en itinerarios aventureros; y, a pesar de tormentas pasajeras y movimientos telúricos, se mantiene como notaria privilegiada y cronista auténtica de un progreso que transformó Alcalá de pueblo en ciudad .                    




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