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viernes, 27 de marzo de 2026

CONOCIENDO LA MOTA (XLI) . LA MOTA SE CONVIERTE EN UN CEMENTERIO.

 

LA MOTA SE CONVIERTE EN UN CEMENTERIO

 

El abandono de la Mota como ciudad fortificada está relacionada con la conversión de su espacio en un camposanto municipal. Este antiguo cementerio de la Mota respondió a una política ministerial en tiempos de Carlos III con el fin de favorecer las mejores condiciones higiénicas y sanitarias de los pueblos de España. Hasta el primer tercio del siglo XIX, en todas las iglesias alcalaínas y en el cementerio contiguo al templo de la Veracruz, se hacinaban los restos de los muertos en criptas funerarias, fosas de descomposición, osarios y pudrideros de estos recintos religiosos.  La salida de los enterramientos de las iglesias, claustros y capillas colaterales obligó a la búsqueda de un espacio público, que respondiera a estas finalidades en favor de los vecinos de Alcalá la Real: se procuraban sitios alejados de la ciudad habitada, con aire y ventilación y sin el menor vestigio de contaminar las fuentes públicas. A pesar de que se hicieron varios intentos de ocupar espacios alejados a la fortaleza de la Mota con la posible ubicación del cementerio en los terrenos de la derruida ermita de San Bartolomé en el siglo XVIII, la ubicación final fue en el recinto fortificado de la Mota.

 

           

            LA PROPUESTA DE LA MOTA COMO CEMENTERIO EN 1787

 

El primer intento fallido tuvo lugar, en concreto, en 1787. Por un acuerdo del cabildo alcalaíno, se encomendó a los maestros de obras alcalaínos Antonio Martín Espinosa y Juan Miguel de Contreras su ubicación dentro del recinto fortificado. Estas fueron las palabras del informe:

 

Hemos pasado a reconocer  el sitio  o muralla de la Mota, con el fin de efectuar en  dicho sitio un camposanto, que está mandado por orden superior, y habiendo visto y reconocido dicho sitio, con la mayor reflexión(…) declaramos que por ningún caso es conbeniente se execute dicho Camposanto  en el citado sitio  por cinco razones: la primera y principal , por ser todo de pedriza, sin ser posible el sepultar en ella cuerpo alguno; la segunda, porque , aunque en algunas partes  se halla al parecer tierra resulta por las excavaciones que para dicho fin se han hecho, el ser todo vestigios y escombros causados de la ruina de la ciudad que antiguamente se hallaba allí situada(…); la tercera, porque no se sabe quienes son sus dueños; la cuarta por encontrarse cerca de la Iglesia Mayor, por el costado Norte; y la quinta por ser un costo de quasi imposible tasación, por las muchas tapias que  se necesitan y el costo tan exorbitante de desmontar peñones y quitar escombros(…)por cuyas razones dimos cuenta a su señoría  sin dar principio al Plan(…) el qual enterado de todo nos mandó pasásemos al sitio llamado de San Bartolomé a 642 baras lineales  de la última habitación de dicha ciudad. En dicho sitio hay una hermita desierta y para arruinarse con un pedazo de tierra de 72 varas de longitud y 68 de latitud que componen 4.896 incluyendo los gruesos y el cuerpo de la Iglesia”.


            Hasta 1805, de nuevo el gobierno de la nación entró en el asunto y se hizo portavoz de sus órdenes el corregidor don Orencio Antonio de Santolaria, convocó a la ciudad y comenzaron a tomar acuerdos para su realización. Se propuso como emplazamiento del cementerio en la plaza antigua de la Mota. Para ello, se mantuvieron los planos, presupuestos y trazas anteriores del cementerio de la Mota, y estos se reformaron tasándose por los de los arquitectos de la Real Academia Juan Miguel de Contreras y Juan López de Paz. En 1807, sustituyó Manuel Granados a Juan Miguel Contreras. Por estos datos de tasación , se proponía  una obra de cerramiento, distinto al de la iglesia, donde se ubicaban también nichos y sepulcros (1.204 varas cúbicas  para cercas, de buena mampostería, con barro, de seis varas de alto  y después enlucido las paredes con buena mezcla, buenas albardillas y bien forradas con tejas), Las tapias importaban 52.976 reales de vellón, la cal 36.000 reales (corte de la piedra y trabajo), la arena, 18.000 reales  y el yeso 16.340 reales. ), 900 haces de cañas para alcatifas y cubierta de maderas.). El enterramiento tenía en sus claustrados (nichos) 650 varas cúbicas con los machones, resaltes, y arcos, lo que suponía 42.900 reales, 400 vigas para la techumbre (11.200 reales); 34.000 tejas (8.160 reales). En el testero donde estaba figurada la iglesia, se podía formar uno cubierto, esto es, (donde está la letra D y E) se podía  dejar la fábrica en los mismos términos que aparecía en los diseños, y podían servir  para los enterramientos  para personas de distinción como sacerdotes, caballeros particulares .Esta galería tenía de costa los seis machones y las dos medias maestras (…) hacían treinta y cinco varas de fábrica, de seis varas de altura, (estas serán de cantería )y su costo de cada vara 32 reales, -estas de cantería-,  que multiplicadas por las 35 varas importaban 1120 reales. Los puentes para cobijar los machones son 14 maderas, aljofaradas con su tomiza, clavos, yeso y manos suman 630 reales.  Seis maderas para las cadenas de dicha galería importan 180 reales. Para la armadura eran menester 110 pares de parejuelos, que importaban 2.200 reales y 100 haces de caña y diez mil tejas para cobijar dicho pavimento que hacían 2.500 reales. Eran necesarias 400 fanegas de yeso para las alcatifas y demás enlucidos que su costo es 1.600 reales.  En la iglesia, 300 varas cúbicas que importaban 19.800 reales; la solería 1.800 reales; el embovedado de la iglesia (cañas, vigas, y yeso, que son menester más de 100, importaba 10.000 reales, puertas, ventanas, marcos, cerchas para arcos. Vidrios. Rejuelas de alambre (4.831 reales). Se necesitaban 2.320 varas para 2.000 losas de sepulcros (16.240 reales). Con este motivo quedaban señalados los sepulcros y figurados con las letras F.G. y H, en donde queda distinción para cofradías, párvulos y otros. Se pavimentaba la iglesia con 1.200 baldosas (1.800).

En total, las techumbres de la iglesia y cementerio suponían 14.000 reales con destino a 40.000 tejas (9.600 reales); la puerta de la calle se fabricó con 160 sillares cuyo costo en saca, porte, labra y manufactura, junto con el de las columnas o pilastras que hagan del mismo orden de arquitectura, importa 1.600 reales, arquitrabe, friso y piedras de pilastras (1.800 reales), cahices de cal (720) 20 cahices de arena (480) 30 días de trabajo de maestro oficial y dos peones (1.050), las puertas de madera (500);  el pago de los jornales (maestro, oficial y tres peones) alcanzaba la cifra 30.030 reales. Y un coste final de la obra: 200.000 reales. Y, en palabras de los arquitectos, como declaración más breve.: importe de las tapias y cercas del cementerio 79.464 reales, enterramiento general y nichos 84.105 reales; Iglesia y agregado 36.431 reales. 

 

 

 Pero, mientras tanto se llevarán a cabo la finalización de las obras, siguió enterrándose en las criptas funerarias de las iglesias y ermitas de la ciudad.

En 26 de enero de 1810, la columna de dragones al mando de Milhaud, siguiendo las órdenes del general Sebastiani, se dirigió hacia Granada, pasando por Alcalá un día después, donde en sus contornos llevaron a cabo una escaramuza de enfrentamiento contras las tropas españolas del General Freyre en su huida y dos secciones de las Milicias Honradas y Voluntarios Municipales de Alcalá la Real. Las tropas francesas en la cantidad de quince mil soldados pernoctaron en todos los alojamientos, mesones y cuarteles de la ciudad y se quedó un pequeño destacamento militar a las órdenes del jefe Maresschal. Se disolvió la Junta de Gobierno, se ausento el señor Abad huyeron muchos afamados hidalgos y se impuso un tributo de cien mil reales para obras de fortificación de las murallas y del Castillo de la Mota. Nombraron un corregidor afrancesado Antonio Ruiz, que fue asesinado por los guerrillero de El Carnicero de Valdepeñas, que  en convivencia con los vecinos alcalaínos  hicieron un complot para desquitárselo, teniendo en cuenta que había suspendido las Milicias Cívicas con el nombre de Escopeteros de Alcalá, uno de infantería y otro de caballería, al mando del alcalaíno Ramón de Utrilla y la buena situación con el destacamento de los franceses a cargo  del coronel  señor Breuille, del Alto Estado Mayor, al que se le encomendó labores de escolta y protección entre los camino y correos entre Jaén y Granada, y se había ganado el puesto de comandante de las tropas alcalaínas de sus alrededores bajo las insinuaciones de que las  tropas alcalaínas traicionaban a los franceses.  Su muerte fue objeto de venganza que dio lugar a un duro castigo por parte las tropas francesas que no llegó a paliarse hasta la llegada del rey José Bonaparte en marzo. El jefe francés obligaba diariamente a los maestros de obras a acudir a estas obras acompañados de obligados arrieros jornaleros que hacían de peones de obras. El plan de los francés consistió en fortificar  casi la mitad de la fortaleza de la Mota, incluso no  llegó a realizar el derrumbe de la iglesia Mayor abacial a pesar de los malos informes del levantado un muro en su interior, que se conserva por la medina y despareció recientemente con motivo de las obras de los años noventa del siglo pasado; este muro interior se extendía desde la Torre de la cárcel hasta el castillo de Aben Zayde, donde albergo el almacén, el Alto Estado Mayor, el polvorín,, la casa del comandante, un depósito de alimentos , una leñera, y siete tahonas, cuyos rastros se perciben en las ranuras de la fachado norte de la Iglesia Abacial. La ciudad fortificada se dividían una zona montañosa que sirvió de colchón comprendida entre la última muralla a la que se cerraron las puertas del Aire y Puerta Nueva y el barrio del <Bahondillo, completamente asolado y escarpado entre los escombros de las casas. Todo ello jalonado de varias garitas nuevas para impedir el acceso militar. Al principio el ejército se alojó en los conventos de la ciudad, posadas convertidas en cuarteles y domicilios particulares. El sacrificio de los alcalaínos alcanzó la cifra de tres millones de reales y su trabajo personal dejando abandonando sus predios y oficios.   En septiembre de 1812, 15.000 franceses pasaron en retirada por la ciudad de Alcalá al mando del general Diegeon y no llegaron a acuerdo con los cabildos, eclesiástico y militar de la ciudad e incendiaron el 15 de septiembre la iglesia de Santa María la Mayor, así como destruyeron el polvorín haciendo estallar en la Torre de la Cárcel.  y esto dejó expedito el camino para reubicar los enterramientos en dicho recinto. Además, en palabras de Guardia Castellano  “los restantes sótanos de las demás iglesias venían siendo insuficientes para la mortandad de la población, por lo que fue necesario  habilitar un local  para los enterramientos”[1]. A esta medida de crear un recinto, destinado específicamente a camposanto, coadyuvó de nuevo la restrictiva política ministerial de Fernando VII que prohibía expresamente el enterramiento en las iglesias abiertas al público, y, por lo tanto, fue elegida la Iglesia Mayor de la Mota como el lugar más idóneo para la ubicación del cementerio de la ciudad.

En 1814, el abad y la Junta de Sanidad instaron al cabildo municipal a llevar a cabo la instalación del cementerio  dentro del recinto fortificado de la Mota y, a su vez, en la abandonada Iglesia Mayor[2]. Los informes y los acuerdos municipales manifestaban que era el sitio más adecuado y, hasta incluso se atrevían calificarlo el mejor de la provincia: razones de cerramiento amurallado, poco coste de obra y de ventilación. Hasta su funcionamiento de cementerio, se utilizaron las iglesias de San Blas y Santo Domingo de Silos de depósito de cadáveres y oficio de misas.

La propia ciudad fortificada se había visto muy afectada por el nuevo cementerio que se realizó dentro de las murallas. “por ser un terreno que es yermo conocido con el nombre de la Mota el cual por los años 1341 fue conquistado a los moros, levantándose después dentro de sus murallas la Iglesia Abacial, Casas y edificios para su Ayuntamiento y demás pobladores quedando de frontera o plaza fuerte con su Alcaide. Así continuó, hasta que, pasado el   tiempo y variando las leyes y costumbres, fue bajándose la población al punto que hoy ocupa. Dejando dicha plaza completamente desierta y sus antiguas murallas destruidas en su mayor parte. Por los años  de 1814, en  virtud  de las órdenes superiores  y, oído el informe de la Junta de Sanidad y Autoridad Eclesiástica , se dispuso que todo el espacio comprendido dentro de dichas murallas sirviese  de Cementerio público por ser un terreno que nadie utilizaban  y reunían cuantas condiciones se deseaban y con efecto verídico   dentro de la Iglesia Abacial y en algún otro punto de dicho yermo pero dentro  de murallas, por lo que siempre se ha considerado y reconocido del Ayuntamiento…  [3]

 

                                   EL CEMENTERIO DE LA MOTA EN 1819

 

A partir de esa decisión municipal, en 1816, la iglesia se descombró su interior, se desmontaron los restos de las bóvedas que amenazaban peligro y se ampliaron los lugares de inhumación de cadáveres. En 1818, las largas que se habían dado en la instauración del cementerio, ya no importaron, se prohibió el enterramiento en la Iglesia Mayor Abacial hasta que se hicieran las obras necesarias para ubicar el cementerio   y, provisionalmente, los cadáveres se enterraron en las iglesias anteriormente mencionadas. En 1819, la Junta de Sanidad, ya estableció “el cementerio común fuera de los muros de la ciudad en el sitio nominado de la Mota a bastante distancia de la población, en una altura que la domina en todas las partes, y, en su consiguiente los vientos cruzándose en direcciones opuestas, ningún perjuicio acarrea a la salubridad del vecindario: cercado d altas paredes y de los muros de la fortaleza y en su seno contiene el mencionado sitio. Prevenido de firmes puertas, y con extensión muy sobrada un sinnúmero de años a este destino y cuya naturaleza del terreno es muy a propósito para la más pronta conjunción de los cadáveres y que de él ningunas aguas se filtran ni comunican con las potables del pueblo. Asimismo dentro de este recinto en la  Iglesia que fue arruinado a la retirada del Ejército francés, se restableció y reparó una capilla en donde se celebra el Sacrificio de la Misa, y no a muy larga distancia se destinó la ermita de san Blas , también separada de la población , para depósito de cadáveres y celebración del oficio de Difuntos, todos estos objetos y atenciones fueron cumplidas puntualmente en observancia de las órdenes Superiores, y solo han quedado en ejecución , por haberse apurado los arbitrios  para ello, el Osario y  la habitación para un capellán y sepulturero. La limpieza y  la extracción de la ruina  de la citada iglesia  y sus bóvedas para colocar en ellas las correspondientes sepulturas  en que con distinción de párvulos a otras edades, y de sacerdotes a otras personas, se hiciese depósito  y enterramiento de cadáveres., según está prevenido, señalando al mismo tiempo el terreno y, en seguida a la ocupación de la memorada iglesia que se  necesitaba  para nuevas sepulturas, aún el sobrante para ocurrencias y extraordinarias de alguna epidemia, para cuyos objetos han concurrido los peritos y manifestado el importe que se ha menester  para llenarlos en todas sus partes. Por tanto, no hallándose otro mejor local para cementerio, que el que ya establecido, por las circunstancias preferentes a otro cualquiera que en el concurren, informan que no debe hacerse traslación a ninguna de las Iglesias vacantes, sino repararse lo que sea necesario en él lo que se está haciendo uso para este vecindario.”

 

El plan de la obra se le encargó al maestro Manuel Granados  que hizo este proyecto  con su correspondiente presupuesto:  emparedamiento del osario (2.800 reales de vellón); excavación, extensión de tierra y allanamiento para sepulturas en el suelo (18.525 reales); composición y limpieza de sepulturas (5.095 reales); tejado del paso que cubría la capilla mayor y otro igual que está pegado a la torre (4.800 reales);tres galerías de nichos en su interior (4.000 reales);techado y tabicado de la casa del capellán sacristán (200 vigas,  clavos, 66 haces de cañas, tercio de tomizas, 60 cahices de yeso, puertas o ventanas, trabajo y peones que suman  17.680 reales. El total de la obra alcanzaba la cifra de 52.900 reales. ´

 



 



 


En 1823, de nuevo los miembros del ayuntamiento se hicieron eco de un acuerdo de las Cortes sobre la salubridad pública y el emplazamiento de los cementerios, y de ello el alcalde dio fe incluso sobre el estado del cementerio y las reformas previstas. Y se pusieron en ejecución las propuestas de Granados.

 

La operación también fue descrita por el cronista Guardia Castellano, recogiendo las actas y un informe con motivo de la construcción del desaparecido cementerio hoy día desaparecido:

 “no ya en sus antiguas criptas y sótanos, que habían sido con anterioridad cegadas por los franceses sino en la totalidad de su superficie, sobre el haz de la tierra, bien fosas cavadas someramente entre ruinas y escombros, bien formando pilas con los ataúdes colocados los unos sobre los otros, recubiertos con una capa de yeso. Cuando ya estas pilas alcanzaban alguna altura, se formaban otras delante y luego otras, por lo que iba reduciéndose el área del antiguo templo con aquel revoltijo sin orden ni concierto en que se iban acumulando las sagradas cenizas de aquellas generaciones.

 

  La falta de una planificación y diseño de su interior, así como sus continuos derrumbes, dieron lugar a un aspecto insano, lúgubre e inhóspito que obligaba a tomar medidas lo más pronto posible para darle un giro a este nuevo cementerio. Pues realmente no respondía dicho espacio a un auténtico cementerio sino, más bien a la reutilización de un espacio religioso abandonado con fines de enterramiento.  No obstante, los miembros del cabildo municipal se sentían complacidos por el hecho de   haber dispuesto este espacio para camposanto y, además, se creían sumamente satisfechos de que respondía con todas las garantías, porque ya no se enterraba en las iglesias. Por eso, no era de extrañar que, a los requerimientos de las memorias de las autoridades provinciales, se contestara afirmativamente que existía un cementerio público y este, por su parte, reunía todas las características de lo que se le preguntaba en los interrogatorios del gobierno civil (así, se hizo en 1823 y 1834).

 

Estas son sus manifestaciones del ayuntamiento de Alcalá la Real en el  segundo año 1834:

Hacía algunos años que en los extramuros de la ciudad se construyó, hacia el sur y en un sitio elevado, un cementerio donde sepultaban los cadáveres de Alcalá y las aldeas, excepto los de Frailes y Charilla que tenían el suyo propio. La misión del gobierno civil solicita que se construyan cementerios en todas las aldeas y así evitar de la vista del público los cadáveres que puestos sobre borricos se conducen al cementerio de esta ciudad. Por este medio se disiparán aires malsanos que lentamente consumen la especie humana por la respiración y en tiempos epidémicos no se comunicarán los cadáveres de una ladera contagiada con los habitantes de la aldea”.

 

Prueba de que el cementerio público era una realidad, se encuentra en el libro primero de sepulturas que alude que en 1850 existía un conserje llamado José Moyano y que este ya organizaba la distribución de sepulturas Durante este tiempo, se utilizó como capilla y lugares del sacristán los pies de la iglesia y la capilla del Descendimiento o de los Aranda que daba a la escalera del campanario.

 

Todo el entorno de la Mota es un terreno abandonado y en gran manera metido en labor. Sirva de ejemplo esta acta de 17 de abril de 1854: "Se dio cuenta del informe emitido por la comisión de propios, para el memorial de Josefa Zafra de esta vecindad en que pidió al ayuntamiento ,en primero de marzo anterior, permiso para meter en labor una tierra inútil en las murallas de la Mota ,la cual ofrece cercar de piedra para guardar la posesión que linda  y las limítrofes, siendo la comisión de opinión que se le conceda esta gracia para los cercados y  le ha demarcado con el auxilio de los peritos un cascajar de seis celemines  el ayuntamiento en su virtud acordó conceder la gracia tal como se propone en virtud. Cabildo de 21 de enero de 1854.

No obstante, entre información histórica y estado del recinto fortificado, se recoge este texto del Diccionario Estadístico- Geográfico de Madoz en 1855: En lo antiguo tuvo la ciudad fortificada con doble círculo de murallas; constituye el primero la fortaleza llama de la Mota al Oeste, toda de piedra de cantería labrada. Sobre el cerro del mismo nombre, escarpado por todas partes, que domina la ciudad y los campos; y el segundo circundaba los arrabales. En la cúspide del cerro hay una explanada de figura oval de 312 varas de longitud y 260 en su mayor latitud, con trece torres, entre ellas el castillo principal que mira al Norte, con su plaza de Armas y otras fortificaciones inferiores, obra del siglo XIV, pues el casillo antiguo que existía en el mismo paraje, fue derribado cuando se conquistó la ciudad a los moros y mandado a reedificar por el rey Alfonso XI. De ahí arranca el lienzo de muralla, en parte por la roca cortada, y flanqueado de los torreones uno de los cuales s llamado cárcel, porque se asegura tuvo este destino, y aún se designa la lóbrega mazmorra subterránea, donde los moros enterraban a sus cautivos. Volada esta torre por los franceses, en su retirada, todavía se ven en la parte que queda del segundo piso, algunos adornos arabescos. Pero durante la permanencia de aquellos en España añadieron nuevas obras de defensa, y arreglaron el aljibe, todo destrozado en la actualidad, en términos que, de las siete puertas que tenía la fortaleza, sólo queda una abierta perfectamente defendida   por las torres de su camino, llamadas de entrepuertas. Creen algunos que estas obras, por su remota antigüedad son del tiempo de los romanos, pero lo más probable que correspondan a tiempos de los árabes, porque en algunas coetáneas a lo más antiguo de la fortaleza, que es sin duda lo de la parte del Norte y el Este, se ven impostas, arcos apuntados, mezclas y cortes de cerramiento que revelan bien el gusto de los árabes. Otras obras han debido ser posteriores a ellos porque en la clave de los arcos de las dos puertas de los torreones que están a la entrada del fuerte se ve el escudo de la ciudad con la llave, siendo así que no hizo estas armas hasta después de la conquista. De la antigua ciudad que ocupó este recinto no existe más que alguna pared de lo que fue casas de cabildo y unos arcos que se cree fueron de la carnicería …EL segundo recinto estaba también    amurallado y flanqueado por torres, de las que se conservan algunas y parte de la muralla.

            Ya en el último tercio del siglo, sufren un gran deterioro las propias murallas de cierre del cerco del barrio del Barrio de Santo Domingo, hasta el punto que el propio ayuntamiento permitió a los particulares derrumbar todo el lienzo que lindaba por la ermita de San Blas y la puerta de Martín Ruiz, que se hallaba en ruinas con tal de dejar expedito todo el camino de San Bartolomé. Estas son las declaraciones de 4 de marzo de 1872 por parte del concejal don Tomás Cortés "hallarse ruinosa y amenazando peligro una parte de muralla como de seis varas cuadradas y diez de altura al sitio de San Blas, cuyo derribo se hace por ello necesario y, con el que se perjudica a propiedad alguna particular por encontrarse fuera de ellas, expresando se haría cargo de costear su demolición se le permitía utilizarse de la piedra que resultara. La Corporación en su vista y considerando la dificultad y costo que ofrece el derribo por la clase de estas construcciones antiguas  y el poco valor de la piedra en esta localidad acordó acceder a lo solicitado y en evitación de los males que pudiere ocasionar su desplomo, haciéndose esta concesión sin perjuicio  de que ha de que quedar expedito el camino que va al pie de la muralla , que se ha de obstruir este en manera alguna, para lo que se removerán y trasladarán a otro punto los escombros que se produzcan".



EL CEMENTERIO DE LA MOTA EN 1819

 

A partir de esa decisión municipal, en 1816, la iglesia se descombró su interior, se desmontaron los restos de las bóvedas que amenazaban peligro y se ampliaron los lugares de inhumación de cadáveres. En 1818, las largas que se habían dado en la instauración del cementerio, ya no importaron, se prohibió el enterramiento en la Iglesia Mayor Abacial hasta que se hicieran las obras necesarias para ubicar el cementerio   y, provisionalmente, los cadáveres se enterraron en las iglesias anteriormente mencionadas. En 1819, la Junta de Sanidad, ya estableció “el cementerio común fuera de los muros de la ciudad en el sitio nominado de la Mota a bastante distancia de la población, en una altura que la domina en todas las partes, y, en su consiguiente los vientos cruzándose en direcciones opuestas, ningún perjuicio acarrea a la salubridad del vecindario: cercado d altas paredes y de los muros de la fortaleza y en su seno contiene el mencionado sitio. Prevenido de firmes puertas, y con extensión muy sobrada un sinnúmero de años a este destino y cuya naturaleza del terreno es muy a propósito para la más pronta conjunción de los cadáveres y que de él ningunas aguas se filtran ni comunican con las potables del pueblo. Asimismo dentro de este recinto en la  Iglesia que fue arruinado a la retirada del Ejército francés, se restableció y reparó una capilla en donde se celebra el Sacrificio de la Misa, y no a muy larga distancia se destinó la ermita de san Blas , también separada de la población , para depósito de cadáveres y celebración del oficio de Difuntos, todos estos objetos y atenciones fueron cumplidas puntualmente en observancia de las órdenes Superiores, y solo han quedado en ejecución , por haberse apurado los arbitrios  para ello, el Osario y  la habitación para un capellán y sepulturero. La limpieza y  la extracción de la ruina  de la citada iglesia  y sus bóvedas para colocar en ellas las correspondientes sepulturas  en que con distinción de párvulos a otras edades, y de sacerdotes a otras personas, se hiciese depósito  y enterramiento de cadáveres., según está prevenido, señalando al mismo tiempo el terreno y, en seguida a la ocupación de la memorada iglesia que se  necesitaba  para nuevas sepulturas, aún el sobrante para ocurrencias y extraordinarias de alguna epidemia, para cuyos objetos han concurrido los peritos y manifestado el importe que se ha menester  para llenarlos en todas sus partes. Por tanto, no hallándose otro mejor local para cementerio, que el que ya establecido, por las circunstancias preferentes a otro cualquiera que en el concurren, informan que no debe hacerse traslación a ninguna de las Iglesias vacantes, sino repararse lo que sea necesario en él lo que se está haciendo uso para este vecindario.”

 

El plan de la obra se le encargó al maestro Manuel Granados  que hizo este proyecto  con su correspondiente presupuesto:  emparedamiento del osario (2.800 reales de vellón); excavación, extensión de tierra y allanamiento para sepulturas en el suelo (18.525 reales); composición y limpieza de sepulturas (5.095 reales); tejado del paso que cubría la capilla mayor y otro igual que está pegado a la torre (4.800 reales);tres galerías de nichos en su interior (4.000 reales);techado y tabicado de la casa del capellán sacristán (200 vigas,  clavos, 66 haces de cañas, tercio de tomizas, 60 cahices de yeso, puertas o ventanas, trabajo y peones que suman  17.680 reales. El total de la obra alcanzaba la cifra de 52.900 reales. ´

 



 



 


En 1823, de nuevo los miembros del ayuntamiento se hicieron eco de un acuerdo de las Cortes sobre la salubridad pública y el emplazamiento de los cementerios, y de ello el alcalde dio fe incluso sobre el estado del cementerio y las reformas previstas. Y se pusieron en ejecución las propuestas de Granados.

 

La operación también fue descrita por el cronista Guardia Castellano, recogiendo las actas y un informe con motivo de la construcción del desaparecido cementerio hoy día desaparecido:

 no ya en sus antiguas criptas y sótanos, que habían sido con anterioridad cegadas por los franceses sino en la totalidad de su superficie, sobre el haz de la tierra, bien fosas cavadas someramente entre ruinas y escombros, bien formando pilas con los ataúdes colocados los unos sobre los otros, recubiertos con una capa de yeso. Cuando ya estas pilas alcanzaban alguna altura, se formaban otras delante y luego otras, por lo que iba reduciéndose el área del antiguo templo con aquel revoltijo sin orden ni concierto en que se iban acumulando las sagradas cenizas de aquellas generaciones.

 

  La falta de una planificación y diseño de su interior, así como sus continuos derrumbes, dieron lugar a un aspecto insano, lúgubre e inhóspito que obligaba a tomar medidas lo más pronto posible para darle un giro a este nuevo cementerio. Pues realmente no respondía dicho espacio a un auténtico cementerio sino, más bien a la reutilización de un espacio religioso abandonado con fines de enterramiento.  No obstante, los miembros del cabildo municipal se sentían complacidos por el hecho de   haber dispuesto este espacio para camposanto y, además, se creían sumamente satisfechos de que respondía con todas las garantías, porque ya no se enterraba en las iglesias. Por eso, no era de extrañar que, a los requerimientos de las memorias de las autoridades provinciales, se contestara afirmativamente que existía un cementerio público y este, por su parte, reunía todas las características de lo que se le preguntaba en los interrogatorios del gobierno civil (así, se hizo en 1823 y 1834).

 

Estas son sus manifestaciones del ayuntamiento de Alcalá la Real en el  segundo año 1834:

Hacía algunos años que en los extramuros de la ciudad se construyó, hacia el sur y en un sitio elevado, un cementerio donde sepultaban los cadáveres de Alcalá y las aldeas, excepto los de Frailes y Charilla que tenían el suyo propio. La misión del gobierno civil solicita que se construyan cementerios en todas las aldeas y así evitar de la vista del público los cadáveres que puestos sobre borricos se conducen al cementerio de esta ciudad. Por este medio se disiparán aires malsanos que lentamente consumen la especie humana por la respiración y en tiempos epidémicos no se comunicarán los cadáveres de una ladera contagiada con los habitantes de la aldea”.

 

Prueba de que el cementerio público era una realidad, se encuentra en el libro primero de sepulturas que alude que en 1850 existía un conserje llamado José Moyano y que este ya organizaba la distribución de sepulturas Durante este tiempo, se utilizó como capilla y lugares del sacristán los pies de la iglesia y la capilla del Descendimiento o de los Aranda que daba a la escalera del campanario.

 

Todo el entorno de la Mota es un terreno abandonado y en gran manera metido en labor. Sirva de ejemplo esta acta de 17 de abril de 1854: "Se dio cuenta del informe emitido por la comisión de propios, para el memorial de Josefa Zafra de esta vecindad en que pidió al ayuntamiento ,en primero de marzo anterior, permiso para meter en labor una tierra inútil en las murallas de la Mota ,la cual ofrece cercar de piedra para guardar la posesión que linda  y las limítrofes, siendo la comisión de opinión que se le conceda esta gracia para los cercados y  le ha demarcado con el auxilio de los peritos un cascajar de seis celemines  el ayuntamiento en su virtud acordó conceder la gracia tal como se propone en virtud. Cabildo de 21 de enero de 1854.

No obstante, entre información histórica y estado del recinto fortificado, se recoge este texto del Diccionario Estadístico- Geográfico de Madoz en 1855: En lo antiguo tuvo la ciudad fortificada con doble círculo de murallas; constituye el primero la fortaleza llama de la Mota al Oeste, toda de piedra de cantería labrada. Sobre el cerro del mismo nombre, escarpado por todas partes, que domina la ciudad y los campos; y el segundo circundaba los arrabales. En la cúspide del cerro hay una explanada de figura oval de 312 varas de longitud y 260 en su mayor latitud, con trece torres, entre ellas el castillo principal que mira al Norte, con su plaza de Armas y otras fortificaciones inferiores, obra del siglo XIV, pues el casillo antiguo que existía en el mismo paraje, fue derribado cuando se conquistó la ciudad a los moros y mandado a reedificar por el rey Alfonso XI. De ahí arranca el lienzo de muralla, en parte por la roca cortada, y flanqueado de los torreones uno de los cuales s llamado cárcel, porque se asegura tuvo este destino, y aún se designa la lóbrega mazmorra subterránea, donde los moros enterraban a sus cautivos. Volada esta torre por los franceses, en su retirada, todavía se ven en la parte que queda del segundo piso, algunos adornos arabescos. Pero durante la permanencia de aquellos en España añadieron nuevas obras de defensa, y arreglaron el aljibe, todo destrozado en la actualidad, en términos que, de las siete puertas que tenía la fortaleza, sólo queda una abierta perfectamente defendida   por las torres de su camino, llamadas de entrepuertas. Creen algunos que estas obras, por su remota antigüedad son del tiempo de los romanos, pero lo más probable que correspondan a tiempos de los árabes, porque en algunas coetáneas a lo más antiguo de la fortaleza, que es sin duda lo de la parte del Norte y el Este, se ven impostas, arcos apuntados, mezclas y cortes de cerramiento que revelan bien el gusto de los árabes. Otras obras han debido ser posteriores a ellos porque en la clave de los arcos de las dos puertas de los torreones que están a la entrada del fuerte se ve el escudo de la ciudad con la llave, siendo así que no hizo estas armas hasta después de la conquista. De la antigua ciudad que ocupó este recinto no existe más que alguna pared de lo que fue casas de cabildo y unos arcos que se cree fueron de la carnicería …EL segundo recinto estaba también    amurallado y flanqueado por torres, de las que se conservan algunas y parte de la muralla.

            Ya en el último tercio del siglo, sufren un gran deterioro las propias murallas de cierre del cerco del barrio del Barrio de Santo Domingo, hasta el punto que el propio ayuntamiento permitió a los particulares derrumbar todo el lienzo que lindaba por la ermita de San Blas y la puerta de Martín Ruiz, que se hallaba en ruinas con tal de dejar expedito todo el camino de San Bartolomé. Estas son las declaraciones de 4 de marzo de 1872 por parte del concejal don Tomás Cortés "hallarse ruinosa y amenazando peligro una parte de muralla como de seis varas cuadradas y diez de altura al sitio de San Blas, cuyo derribo se hace por ello necesario y, con el que se perjudica a propiedad alguna particular por encontrarse fuera de ellas, expresando se haría cargo de costear su demolición se le permitía utilizarse de la piedra que resultara. La Corporación en su vista y considerando la dificultad y costo que ofrece el derribo por la clase de estas construcciones antiguas  y el poco valor de la piedra en esta localidad acordó acceder a lo solicitado y en evitación de los males que pudiere ocasionar su desplomo, haciéndose esta concesión sin perjuicio  de que ha de que quedar expedito el camino que va al pie de la muralla , que se ha de obstruir este en manera alguna, para lo que se removerán y trasladarán a otro punto los escombros que se produzcan".

Dentro de las obras, solo cabe reseñar que   se llevaron a cabo en el cementerio de la Mota, desde los pabellones viejos a los nuevos a lo largo de los años comprendidos entre 1876-1891- Y como curiosidad una nueva iglesia neogótica del gusto de la época se levantó en 1898 para prestar los servicios religiosos al cementerio. En concreto, fue el 24 de octubre cuando se principió la construcción de la capilla del cementerio y finalizó el 18 de diciembre. El doce de enero de 1899, a las once de la mañana, se bendijo solemnemente por el Arcipreste y párroco de Santa María don Idelfonso Díaz Herrera, quien acto seguido celebró la Santa Misa con los vestuarios Don Francisco Villuendas y don Joaquín del Espino aplicando la misa para cofrades de ambos panteones. Concluyendo el acto con un responso y doble de campanas. Asistieron don José de la Torre, ex capellán y tres sacerdotes más, don José Carrillo que ofreció la misa y cantó el responso. Asistió el alcalde don José Serrano Trujillo y comisión de Beneficencia y la ciudad con su presidente y segundo teniente don Blas Ramírez Castillo y numeroso concurso de fieles. Se componía de las siguientes obras de arte, hoy en paraderos desconocidos:  Santo Cristo que hay en la Capilla, el mismo que hubo desde 1814 en la antigua capilla del dicho Panteón, situada al pie dela torre y dentro de la Iglesia, actualmente en la sacristía de la iglesia de Consolación. el cuadro de lienzo de gran tamaño que es el Patrocinio de San José lo donó el presbítero don José de la Torre Arenas y el lienzo que representa el Descendimiento lo regaló el conserje de este cementerio José Moyano; el cuadro de lienzo de la Purísima, don José de la Torre, escribano público y el de San Vicente, el capellán Francisco Villuendas Romero; el retablo lo donó la parroquia de Santa María la mayor y la pila de agua bendita la de Santo Domingo de Silos. La capilla y ropa blanca eran de la capilla de la Cárcel. Todos los utensilios de cáliz, vinagrera se compraron de fondos del Panteón.



[1]      GUARDIA CASTELLANO, Antonio, “Leyenda y Notas para la historia de Alcalá la Real. Edición facsímil de Francisco Toro y Domingo Murcia. Ayuntamiento de Alcalá la Real Págs. 367-371.

[2]      Amar. Caja 77. Legajo 12.

[3]      AMAR. Acta De 4 diciembre de 1865.

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