A través de la calle empedrada que
mira a occidente a espaldas del Centro de Información, se recorren los parajes
del antiguo barrio de San Sebastián, hoy convertido en campo de olivos y solarices,
pero con unas bellas vistas hacia los parajes de la Mata, la Acamuña, los Zumacales
de los Tajos y la ruta a los pueblos cordobeses de la Subbéticas (Priego,
Cabra, Rute, Lucena...) y a las aldeas
noroccidentales de Alcalá la Real (Caserías, Fuente Álamo, La Rábita...). En su
tramo final, una puerta de rejería ha sustituido a la antigua Puerta de
Santiago, del Aire o Poterna, y de allí por las Caballerizas de los Abades se
adentra por el Bahondillo lindando con la roca que hizo de primer amurallamiento
de la ciudad, donde hay restos de cuevas.
BARRIO DE SAN SEBASTIÁN
Antes de la entrada de la ciudad
fortificada, desde el callejón de San Francisco se iniciaba una calle, que se
comunicaba con otra que subía a la Mota por la puerta del Aire. Se extendía
este barrio que llegó a poblarse con unos veinte vecinos junto con los de la
cercana calle de San Francisco. Durante
del reinado de Juan II entre 1439, su hijo el príncipe Enrique IV tuvo su
alojamiento en un mesón denominado de la Torre, situado junto la ermita que le
daba el nombre de San Sebastián con motivo de una incursión en tierras
musulmanas de Montefrío atendiendo a la postura de los partidarios de su padre,
el bando de los Montesinos, que consideraban un desaire se les permitiese un alojamiento
dentro de la ciudad fortificada por estar a aliado a sus tíos los infantes de
Aragón.
“como
el príncipe don Enrique, en vida de su padre don Juan el Segundo, biniese
poderosamente a hazer la guerra a los moros, señaladamente a los de Montefrío,
y su entrada se avía de ser por Alcalá., (1439-1445); porque le constaba que
estava en desgrazia del rey, su padre y confederados con los Infantes de
Aragón, sus tíos, que tenían guerra con él; parezíale poderosos como venía que
podría hazer algún sinsabor a su padre, y apoderarse de la ciudad. Y por esto,
el día que el príncipe avía de entrar, él y Gonzalo Monte que eran los más
principales, acompañados de los otros deudos y parientes, dejando sin embargo
aderezado el Mesón de la Torre, que estava junto a la hermita de San Sevastián,
a do se aposentase fuera de la de la ciudad... Y por esto le suplicavan que
tuviese a mal de se aposentar fuera, ni aquello lo reziviese por desacatado,
pues se hazía por guardar toda la lealtad a su rey”. Algo similar le ocurrrió
al Marqués de Santillana en tiempos del mismo rey que tuvo que alojarse en la
misma ermita y la ciudad no atendió que entraran detnro de sus murallas. No es de extrañar que en su derredor, también
se instalaran algunas viviendas dispersas como
mesones, ermitas, y posadas: “Sin
embargo aderezado el Mesón de la Torre, que estava junto a la hermita de San
Sevastián, a do se aposentase fuera de la de la ciudad[1]”-
Las puertas jugaron también una función esencial de control de los pasajeros. Ya sabemos que les impedían la entrada en tiempos de peste o epidemia, por simples razones sanitarias. Bastaba que avisaran de Granada, el presidente de la Chancillería, para que colocaran puestos de guardias en ellas, se limpiaran las calles, se fijaran carteles con el nombre de ciudades apestadas, y, en la misma puerta, se encendiera una vela, de noche para iluminar su acceso e impedir que entrara cualquier persona. Esto se cumplía a rajatabla, y rara fue la peste que ocasionó muertos en la fortaleza alcalaína. Podemos decir que la ciudad fortificada de la Mota se salvó en casi todos los siglos anteriores al XIX menos algunos muertos aislados de extranjeros, forasteros o vecinos del campo. En otras ocasiones, se cerraban para impedir cualquier ataque imprevisto de los enemigos musulmanes o franceses en tiempos de guerra o, de algún que otro monfí o bandolero en tiempos de paz.
Ambos responden a los últimos supervivientes de las guerras, que se echan a estas sierras subbéticas y se dedican a saltear cortijos, otros se agrupaban con los evadidos de la justicia y campaban en libertad sin sujeción alguna a ninguna autoridad. Los primeros, que los hubo, fueron perseguidos por los años ochenta del siglo XVI, por las autoridades- el corregidor, los regidores y guardas de campo- tras las guerras de los moriscos en varias ocasiones; los bandoleros, solían recorrer las sierras de Frailes, el Castillo de Locubín y San Pedro, siendo perseguidos por las autoridades, sobre todo en el siglo XVII y XIX.
Volviendo a las puertas, cuando la Mota ya se hallaba casi abandonada, las únicas que servían era la Peña Horadada, para controlar la salida de los campesinos al laboreo por la Mota, y, en la nueva ciudad, la de los Álamos y la Fuente Tejuela, luego la de las caserías de los Valencias o la Cruz de los Moros.
No se mantuvieron siempre con el mismo nombre, ni las mismas puertas pervivieron con la utilidad. Pues, entre las desparecidas, en 1582, era muy importante la de la Peña Horadada, para todos los barrios del derredor de la Mota, San Sebastián, San Francisco, San Bartolomé y para la salida del campo; recibe el nombre a una peña, donde se libró una escaramuza entre unos musulmanes y un miembro de la familia Aranda, que clavó la lanza Hazconada en una peña (y como vulgarismo le dio el nombre deformado de Peña Horadada, por la cueva de su subsuelo). Otra puerta de arrabal, la del Aire, perdió algún prestigio en este entorno, por los pocos vecinos del Bahondillo en siglos pasados, también llamada la puerta de Santiago o de La Pescadería; era un arco apuntado, que actualmente ha sido por una puerta enrejada, albergado bajo un cubo de la muralla con un suelo enladrillado de espinapez. Como puerta poterna y de entrada de carruaje, cercana a la puerta se encontraban las Caballerizas del Abad. Fue rehecha por los mismos canteros y tiempo de la torre de la Especería, actualmente una puerta de reja de hierro que permite el acceso de los vehículos pesados a la parte alta de la fortaleza. Fue reconstruida en 11 de septiembre de 1573, e intervinieron los canteros los canteros y maestros Juan de Macías, Domingo Oribe Vizcaíno y Alonso Martínez de Tudela. Su suelo estaba enladrillado en el siglo XVI con el conocido opus spicatum o espinapel.
Cercana a la muralla por la cara a los arrabales nuevos, se encontraba otra puerta. Y algunos llegaron a darle el nombre a la Puerta de la Mancebía- Se presentaba como la del primer cerramiento de los barrios del Albaicín y Entrepuertas. Pero esta puerta, no se conserva, y tan sólo se observa un arranque del arco antes del tramo ascendente delante de la Puerta de las Lanzas. En un documento del escribano Alonso Ramírez de Molina, por fin, se ha encontrado con el nombre de LA PUERTA DEL HIERRO. Aparece en una escritura de censo de 12 de enero de 1566 que realiza el zapatero Lázaro Rodríguez, junto con su esposa Ana Martínez de Pareja, con el regidor Pedro Hernández de Alcaraz en 1566 (legajo 4720 folios 86-89). Para avalar esta operación hipoteca y pone a disposición sus casas.
Se hallaban estas casas y tiendas, con cuatro morada, encima, que nos los principales tenemos en la calle de los zapateros de esta ciudad, linde por abajo con casas de la viuda de Juan Martínez y tienda de Pedro de Martos, e por arriba la calle del Albaicín hasta dar a una calle que le dicen de la Puerta el Hierro.
Por lo que este tramo de la calle de Entrepuertas se llamaba de Los Zapateros, y nos ubica LA PUERTA DEL HIERRO en el tramo que denominaba a su calle.
VI.
ENTRADA POR LA PUERTA NUEVA
A través de una rampa por encima de la Peña Horadada y
una descendida del Rastro se accedía a esta puerta, hoy día cerrada, y en un
mal estado de recorrido por estar perdido el sendero en muchas partes del
trayecto. Esta puerta fue obra de Martín y Miguel de Bolívar.



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