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jueves, 19 de febrero de 2026

CONOCIENDO LA MOTA (xix) V. EL BAHONDILLO HACIA LA PUERTA NUEVA

 






V. EL BAHONDILLO HACIA LA PUERTA NUEVA

            Desde Latorre de la Especería hasta la Peña Hazconada, que luego se deformó con el nombre de Peña Horadada, se ubicaba el Adarve Nuevo que lindaba la final con la era de los Palacios y con el paso de del tiempo se denominó Arrabal de la Puerta Nueva. En estos lugares eran muy propensos a producirse escaramuzas, asaltos repentinos y luchas personales entre los vecinos de la ciudad fortificada y los enemigos musulmanes. Son muchas los relatos de intrépidos que se acercaban a porfiar y a buscar combate con los caballeros alcalaínos. El más conocido fue la que recoge el relato de 1412-1454 en el capiítulo I del Libro IV del discurso genealógico de los Aranda 14 r en tiempos del rey Juan II. Y esta vez la escaramuza fue en la era que dizen de los Palazios, que es junto y fuera del Adarve Nuevo, que está fuera de los zimientos, en el arrabal de la Puerta Nueva. Y después de cansados de escaramuzar los unos y los otros se retiraron los moros al cabo de dichas eras, hazía las viñas que juntan con ellas. Y los christianos, arrimados a un palenque de madera que para su defensa tenían hecho, que iva desde el dicho adarve asta zerrar y juntar con una torre que dizen del espezería, que está poco arriba de la peña Hazconada, a do Juan Sánchez de Arjona, su padre, como arriva se dijo, avía enclavado el moro”.

Este barrio estaba constituido por familias de labradores y de oficios artesanales, algunas minorías margínales como moriscos, pero también habitaban miembros de familias nobles como los Cea, Gadea, Monte, Castro, y oficiales como algunos escribanos, En 1567, con motivo del pleito contra los comerciantes que se ubicaban en el llano,  se encontraban pequeñas casas, dispares casillas, bodegas, cámaras y mansiones alquiladas  a los Aranda Monte, Narváez, Trsierra, Ordoñez y Cabrera, Se registraban 25 viviendas. Por las recientes excavaciomnes,

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PALENQUE

 

Era la valla de madera en forma de estacada que se colocaba delante de la torre con el fin de ejercitarse y protegerse de los enemigos desde el adarve anterior. Por este lugar se colocó una nueva muralla y se abrió la Puerta Nueva.

 

BAHONDILLO        

            Situado en la zona occidental de la plataforma mesetada, constituye un parte de ligera depresión con respexto al resto de la zona de intramuros, Su natural orografía de ladera semihundida siempre fue propensa a ser receptáculo de muladares y de todo tipo de basuras de la ciudad fortificada. Lindaba con con la propia roca y posible muralla interior de la Mota por el Este y por el oeste con l muralla levantada tras la conquista. Configura un espacio rectangular con un eje dirección N-S. Según Carlos Calvo basado en los estudios arqueológicos, se permite diferenciar en dos terrazas el Bahondillo. Una zona adelantada en dirección oeste, a modo de espolón, y sobre ella se documenta un torreón fabricado a modo de sillarejo totalmente labrado, la Torre de la Especería. La trama urbana transcurre  en torno a una calle central farbicada con cantos rodados para facilitar el tránsito de personas y mercancías y el acceso a las viviendas.; cuya calle no esta adosado a a la muralla sino a modo de aadarve bajo mantiene edificaciones a ambos lados. El Bahondillo se extendía desde la calle del Preceptor y la que hemos denominado de Especería hasta la Puerta del Aire. Lo denominaban en torno a la Puerta Nueva y   Torre de las Especería como Bahondillo Alto   o de la Puerta Nueva y el que se acercaba a la Puerta del Aire Bahondillo Bajo sin estar excavado completamente ofrece varias viviendas y algunos arcos apuntados de ladrillo y sillarejo. El Bahondillo Alto enlazaba con la medina a través de la Calancha y ofrecía muchos problemas de saneamiento y de alcantarillado a consecuencia de estar más elevado que el de la Puerta Nueva, corrigiéndose a través de una cañería que se abrió a la muralla. Discurre hacia la Totrre de la Cárcel , de inclinación ascendente  para facilitar la comunicación con la terraza superior y a partir de la terraza superior, la calle se extgiende en forma de Y en dirección norte y sur . Gira en torno a 180 ªy , se dirige hacia la pueerta Nueva , para llevar a cabo un salida a extramuros, tanto a los vehículos de carga  como de personas. En este punto la calle gana en anchura  y trata de articularese con la Puerta Nueva  formando junto con las rampas un conjunto espacial.

Alñ girar la calle hacia el norte, se han perdido los pavimentos y se mantiene la propia roca

 

TORRE DE LAS ESPECERÍA

Era un torreón macizo en su base que queda del circuito amurallado de la primera ciudad fortificada antes de que se ampliara con el adarve de la Puerta Nueva, pero con una habitación en forma de tienda en la que se ubicó la venta de las especies, de ahí le viene su nombre. Tras la conquista, los muros y el torreón fueron desapareciendo y se adosaron edificios entre ellos el del Palacio Abacial, que por los años setenta del siglo XVI, se reformó todo el entorno interviniendo Domingo Oribe Vizcaíno construyendo una portada, que trababa la Torre de la Especería con las casas del señor Abad mayor, en 1575.

 

 

PUERTA NUEVA

Se encuentra totalmente tapiada y edetruido su intradós, al parecer con motivo de la labor de cerramient amurallado que ordenaron los franceses en la Guerra de la Independenciapara un control militar  mejor utilizando los recursos existentes Es una puerta adintelada con dos contrafuertes a ambos lados de ella y un posible arco interior, cobre cuyao dintel se colocó un a imagen de la Virge. Frente  aparece una estructura muraria en forma de L, que arranca de la propia muralla, de sillería toscamente labrada y de gran tamaño , se mustra como un muro de cotención para salvar las otas de las edificaciones existentes.

miércoles, 18 de febrero de 2026

LA ACTUAL PLAZA DE LA MOTA.O CEMENTERIO MUNICIPAL

 

 

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LA ACTUAL PLAZA DE LA MOTA.O CEMENTERIO EN 1787

 


La actual plaza de la fortaleza de la Mota es simplemente una obra reciente que urbanizó y creó un espacio abierto, donde se encontraban los primeros asentamientos que se remontan al tiempo de la Edad de los Metales (quedaban restos de un horno), las viviendas y calles de la Medina castellana y finalmente el cementerio católico de la ciudad de Alcalá la Real extinto en 1949 y en ruinas hasta los años setenta del siglo XX. Este antiguo cementerio de la Mota respondió a una política ministerial en tiempos de Carlos III con el fin de favorecer las mejores condiciones higiénicas y sanitarias de los pueblos de España. Hasta el primer tercio del siglo XIX, en todas las iglesias alcalaínas y en el cementerio contiguo al templo de la Veracruz, se hacinaban los restos de los muertos en criptas funerarias, fosas de descomposición, osarios y pudrideros de estos recintos religiosos.  La salida de los enterramientos de las iglesias, claustros y capillas colaterales obligó a la búsqueda de un espacio público, que respondiera a estas finalidades en favor de los vecinos de Alcalá la Real: se procuraban sitios alejados de la ciudad habitada, con aire y ventilación y sin el menor vestigio de contaminar las fuentes públicas. A pesar de que se hicieron varios intentos de ocupar espacios alejados de la fortaleza de la Mota con la posible ubicación del cementerio en los terrenos de la derruida ermita de San Bartolomé en el siglo XVIII, la ubicación final fue en el recinto fortificado de la Mota.  El primer intento fallido tuvo lugar, en concreto, en 1787. Por un acuerdo del cabildo alcalaíno, se encomendó a los maestros de obras alcalaínos Antonio Martín Espinosa y Juan Miguel de Contreras su ubicación dentro del recinto fortificado. Estas fueron  las palabras del informe: “Hemos pasado a reconocer  el sitio  o muralla de la Mota, con el fin de efectuar en  dicho sitio un camposanto, que está mandado por orden superior, y habiendo visto y reconocido dicho sitio, con la mayor reflexión(…) declaramos que por ningún caso es conbeniente se execute dicho Camposanto  en el citado sitio  por cinco razones: la primera y principal , por ser todo de pedriza, sin ser posible el sepultar en ella cuerpo alguno; la segunda, porque , aunque en algunas partes  se halla al parecer tierra resulta por las excavaciones que para dicho fin se han hecho, el ser todo vestigios y escombros causados de la ruina de la ciudad que antiguamente se hallaba allí situada(…); la tercera, porque no se sabe quiénes son sus dueños; la cuarta por encontrarse cerca de la Iglesia Mayor, por el costado Norte; y la quinta por ser un costo de quasi imposible tasación, por las muchas tapias que  se necesitan y el costo tan exorbitante de desmontar peñones y quitar escombros(…)por cuyas razones dimos cuenta a su señoría  sin dar principio al Plan(…) el cual enterado de todo nos mandó pasásemos al sitio llamado de San Bartolomé.



            En 1805, de nuevo el gobierno de la nación entró en el asunto y se hizo portavoz de sus órdenes el corregidor don Orencio Antonio de Santolaria, convocó a la ciudad y comenzaron a tomar acuerdos para su realización. Se propuso como emplazamiento del cementerio en la plaza antigua de la Mota. Para ello, se  mantuvieron  los planos, presupuestos y trazas anteriores  del cementerio de la Mota,  y  estos se reformaron tasándose por los de los arquitectos de la Real Academia Juan Miguel de Contreras y Juan López de Paz[1]. En 1807, sustituyó Manuel Granados a Juan Miguel Contreras. Por estos datos de tasación sacamos  las siguientes conclusiones: se hacía una obra de cerramiento, distinto al de la iglesia, donde se ubicaban también nichos y sepulcros con cercas, de buena mampostería, con barro, de seis varas de alto  y después enlucido las paredes con buena mezcla, buenas albardillas y bien forradas con tejas); el enterramiento tiene en sus claustrados (nichos) 650 varas cúbicas con los machones, resaltes, y arcos, ; en el testero donde está figurada la iglesia, se puede formar uno cubierto en forma de galería,  y podrán servir  para los enterramientos  para personas de distinción como sacerdotes, caballeros particulares ; en la iglesia, galerías de nichos , arreglo de la solería ;  el embovedado de la iglesia junto con las  puertas, ventanas, marcos, cerchas para arcos. Vidrios. Rejuelas de alambre, 2.000 losas de sepulcros para cofradías, párvulos y otros y; techumbres de la iglesia y cementerio. La puerta de la calle se fabricó con 160 sillares cuyo costo en saca, porte, labra y manufactura, junto con el de las columnas o pilastras que hagan del mismo orden de arquitectura, Era el total del coste de la obra: 200.000 reales. Y, en palabras de los arquitectos, como declaración más breve: Importe de las tapias y cercas del cementerio 79.464 reales, enterramiento general y nichos 84.105 reales; Iglesia y agregado 36.431 reales. 

 Pero, mientras tanto se llevarán a cabo la finalización de las obras, siguió enterrándose en las criptas funerarias de las iglesias y ermitas de la ciudad.

En 1812, los franceses incendiaron la iglesia de Santa María la Mayor, y esto dejó expedito el camino para reubicar los enterramientos en dicho recinto. Además, en palabras de Guardia Castellano “los restantes sótanos de las demás iglesias venían siendo insuficientes para la mortandad de la población, por lo que fue necesario habilitar un local para los enterramientos”. A esta medida de crear un recinto, destinado específicamente a camposanto, coadyuvó de nuevo la restrictiva política ministerial de Fernando VII que prohibía expresamente el enterramiento en las iglesias abiertas al público, y, por lo tanto, fue elegida la Iglesia Mayor de la Mota como el lugar más idóneo para la ubicación del cementerio de la ciudad.

En 1814, el abad y la Junta de Sanidad instaron al cabildo municipal a llevar a cabo la instalación del cementerio dentro del recinto fortificado de la Mota y, a su vez, en la abandonada Iglesia Mayor. Los informes y los acuerdos municipales manifestaban que era el sitio más adecuado y, hasta incluso se atrevían calificarlo el mejor de la provincia: razones de cerramiento amurallado, poco coste de obra y de ventilación. Hasta su funcionamiento de cementerio, se utilizaron las iglesias de San Blas y Santo Domingo de Silos de depósito de cadáveres y oficio de misas.

A partir de esa decisión municipal, en 1816, la iglesia se descombró su interior, se desmontaron los restos de las bóvedas que amenazaban peligro y se ampliaron los lugares de inhumación de cadáveres. En 1818, las largas que se habían dado en la instauración del cementerio, ya no importaron, se prohibió el enterramiento en la Iglesia Mayor Abacial hasta que se hicieran las obras necesarias para ubicar el cementerio   y, provisionalmente, los cadáveres se enterraron en las iglesias anteriormente mencionadas. En 1819, la Junta de Sanidad, ya estableció “el cementerio común fuera de los muros de la ciudad en el sitio nominado de la Mota a bastante distancia de la población, en una altura que la domina en todas las partes, y, en su consiguiente los vientos cruzándose en direcciones opuestas, ningunos perjuicios acarrean a las salubridades del vecindario: cercado de altas paredes y de los muros de la fortaleza y en su seno contiene el mencionado sitio. Prevenido de firmes puertas, y con extensión muy sobrada un sinnúmero de años a este destino y cuya naturaleza del terreno es muy a propósito para la más pronta conjunción de los cadáveres y que de él ningunas aguas se filtran ni comunican con las potables del pueblo. Asimismo dentro de este recinto en la  Iglesia que fue arruinado a la retirada del Exército francés, se restableció y reparó una capilla en donde se celebra el Sacrificio de la Misa, y no a muy larga distancia se destinó la ermita de san Blas , también separada de la población , para depósito de cadáveres y celebración del oficio de Difuntos, todos estos objetos y atenciones fueron cumplidas puntualmente en observancia de las órdenes Superiores, y solo han quedado en execución , por haberse apurado los arbitrios  para ello, el Osario y  la habitación para un capellán y sepulturero. La limpieza y  la extracción de la ruina  de la citada iglesia  y sus bóvedas para colocar en ellas las correspondientes sepulturas  en que con distinción de párvulos a otras edades, y de sacerdotes a otras personas, se hiciese depósito  y enterramiento de cadáveres., según está prevenido, señalando al mismo tiempo el terreno y, en seguida a la ocupación de la memorada iglesia que se  necesitaba  para nuevas sepulturas, aún el sobrante para ocurrencias y extraordinarias de alguna epidemia, para cuyos objetos han concurrido los peritos y manifestado el importe que se ha menester  para llenarlos en todas sus partes. Por tanto, no hallándose otro mejor local para cementerio, que el que ya establecido, por las circunstancias preferentes a otro cualquiera que en el concurren, informan que no debe hacerse traslación a ninguna de las Iglesias vacantes, sino repararse lo que sea necesario en él lo que se está haciendo uso para este vecindario.”

 




El plan de la obra se le encargó al maestro Manuel Granados  que hizo este proyecto  con su correspondiente presupuesto:  Emparedamiento del osario (2.800 reales de vellón); excavación, extensión de tierra y allanamiento para sepulturas en el suelo (18.525 reales); composición y limpieza de sepulturas (5.095 reales); tejado del paso que cubría la capilla mayor y otro igual que está pegado a la torre (4.800 reales); tres galerías de nichos en su interior (4.000 reales); techado y tabicado de la casa del capellán sacristán (200 vigas, clavos, 66 haces de cañas, tercio de tomizas, 60 cahices de yeso, puertas y ventanas, trabajo y peones que suman 17.680 reales.. El total de la obra alcanzaba la cifra de 52.900 reales. ´

En 1823, de nuevo se hicieron eco de un acuerdo de las Cortes sobre la salubridad pública y el emplazamiento de los cementerios, y de ello el alcalde dio fe incluso sobre el estado del cementerio y las reformas previstas. Y se pusieron en ejecución las propuestas de Granados. La operación también fue descrita por el cronista Guardia Castellano, recogiendo las actas y un informe con motivo de la construcción del desaparecido cementerio hoy día desaparecido:

 “no ya en sus antiguas criptas y sótanos, que habían sido con anterioridad cegadas por los franceses sino en la totalidad de su superficie, sobre el haz de la tierra, bien fosas cavadas someramente entre ruinas y escombros, bien formando pilas con los ataúdes colocados los unos sobre los otros, recubiertos con una capa de yeso. Cuando ya estas pilas alcanzaban alguna altura, se formaban otras delante y luego otras, por lo que iba reduciéndose el área del antiguo templo con aquel revoltijo sin orden ni concierto en que se iban acumulando las sagradas cenizas de aquellas generaciones”-

  La falta de una planificación y diseño de su interior, así como sus continuos derrumbes, dieron lugar a un aspecto insano, lúgubre e inhóspito que obligaba a tomar medidas lo más pronto posible para darle un giro a este nuevo cementerio. Pues realmente no respondía dicho espacio a un auténtico cementerio sino, más bien a la reutilización de un espacio religioso abandonado con fines de enterramiento.  No obstante, los miembros del cabildo municipal se sentían complacidos por el hecho de   haber dispuesto este espacio para camposanto y, además, se creían sumamente satisfechos de que respondía con todas las garantías, porque ya no se enterraba en las iglesias. Por eso, no era de extrañar que, a los requerimientos de las memorias de las autoridades provinciales, se contestara afirmativamente que existía un cementerio público y este, por su parte, reunía todas las características de lo que se le preguntaba en los interrogatorios del gobierno civil (así, se hizo en 1823 y 1834).

 

Estas son sus manifestaciones del ayuntamiento de Alcalá la Real en el  segundo año 1834:

Hacía algunos años que en los extramuros de la ciudad se construyó, hacia el sur y en un sitio elevado, un cementerio donde sepultaban los cadáveres de Alcalá y las aldeas, excepto los de Frailes y Charilla que tenían el suyo propio. La misión del gobierno civil solicita que se construyan cementerios en todas las aldeas y así evitar de la vista del público los cadáveres que puestos sobre borricos se conducen al cementerio de esta ciudad. Por este medio se disiparán aires malsanos que lentamente consumen la especie humana por la respiración  y en tiempos epidémicos  no se comunicarán  los cadáveres de una ladea contagiada con los habitantes de la aldea[2]”.

 


Prueba de que el cementerio público era una realidad, se encuentra en el libro primero de sepulturas que alude que en 1850 existía un conserje llamado José Moyano y que este ya organizaba la distribución de sepulturas Durante este tiempo, se utilizó como capilla y lugares del sacristán los pies de la iglesia y la capilla del Descendimiento o de los Aranda que daba a la escalera del campanario.

EL L CEMENTERIO DE 1865

 

Sin embargo, realmente, el cementerio antiguo de la Mota, hoy desparecido, responde a un acuerdo municipal de 1865 atendiendo a los requerimientos del gobernador civil de la provincia de Jaén.

Se presentó el expediente que el señor alcalde ha instruido en consecuencia de la circular del señor gobernador civil de esta provincia con fecha 25 de febrero último y lo acordado  por la corporación en dos del actual para reparación del cementerio público  de esta ciudad, resultando de el que lo que se proyecta  es sólo levantar una cerca dentro de la plaza de la Mota con sus correspondientes techumbres en  el punto que existe entre la Iglesia ya derruida  y el Castillo,  como sitio más a propósito  tanto por tener fondo suficiente para inhumación de cadáveres  cuanto por que, desde el año diez y siete , está todo ello adentro destinado  a camposanto , y resultando  finalmente la conformidad de las Autoridades eclesiásticas  de esta Abadía   , quien conoce  como el Ayuntamiento la urgentísima  e imprescindible necesidad  de dichos reparos a los que no puede subvenir la fábrica por carecer absolutamente  de recursos según la prueba en repetidos expedientes , siendo  fácil del fondo municipal proporcionarlos incluyendo en el presupuesto ordinario los 15.000 reales que resulta  consignados  en la certificación(…)  en vista de todo esto acordó la aprobación de él disponiendo se remita original a la aprobación del Gobernador de la Provincia

Para ello, se solicitó la presencia del arquitecto provincial José María Cuenca. Este acudió a la ciudad, delimitó la localización del cementerio y diseñó y trazó los planos adecuados. Lo ubicó entre la iglesia mayor y el antiguo torreón del Homenaje. Desde 1817,  todo  el terreno  ocupaba en planos y proyectos  3.249 metros cuadrados  (un cuadrado de cincuenta metros por cada lado)[3], pero aquel año los munícipes solo se  comprometieron a “verificar las obras comprendidas en dicho proyecto en la sección primera  o sea la pared de cerramiento de la fachada y su ornamentación importando 2.690 escudo 500 milésimas” dejando el resto de las partidas para años futuros. .

Formaban parte del cementerio el cerramiento, dos patios, una capilla, sacristía, pabellones de administración y anatomía y una casa habitación del conserje y sepulturero. El presupuesto de la obra alcanzó la suma de 6.952 escudos.  La obra se fue ejecutando de acuerdo con las posibilidades económicas municipales: se convirtió el suelo de la iglesia en camposanto de tumbas de inhumación, se mantuvo la antigua capilla hasta principios del siglo XX dentro de la Iglesia Mayor Abacial y se llevaron a cabo las tapias del cerramiento.

 


                                    LAS REFORMAS DE 1874

 

En 1874, se cayó la bóveda por la parte de la cabecera de la iglesia, provocando el derrumbe de ataúdes y cegando los pasillos de los pabellones interiores del cementerio. Además, una intensa epidemia de viruelas y su consiguiente mortandad dio lugar a la habilitación del cementerio nuevo.  No hubo posibilidad de llevar a cabo la obra y el traslado de las sepulturas del interior con la mesura y la planificación que exigía un espacio urbano tan importante, sino que primaron la precipitación, el tropel y la falta de recursos municipales para ejecutar las obras. Se vendieron a bajo precio y perpetuidad todas las bóvedas y panteones familiares para poder realizar las obras. Se modificaron los planos del arquitecto Cuenca, atendiendo más aun criterio de comodidad y posibilidad constructiva que a razones estéticas omitiendo todas las obras de gran envergadura. Se dividió el patio en dos, por medio de un muro con dirección norte-sur: el primer patio se dedicaba mausoleos, nichos y panteones de familias, con sus correspondientes galerías, en las que también podían hacerse sepulturas perpetuas, había pocos nichos y panteones que fueron ocupados por las familias hacendadas y pudientes; el segundo patio se dedicaba exclusivamente para fosas comunes. Tan sólo, se emprendieron parte de ala izquierda. En un principio, para comenzar las obras, consiguieron 16 panteones de familia (curiosamente estas respondían a las clases altas de la ciudad- los antiguos hidalgos, familias enriquecidas por la desamortización, industriales y altos funcionarios) y 128 nichos (para las clases medias como funcionarios municipales y estatales, labradores, iglesia …).  En 1875, los munícipes se hacían eco de esa situación “Queda concluida la primera serie  de aquellos ciento ochenta nichos y diez panteones de familias de vecinos, un espacio local en el segundo patio, con que  el edificio cuenta paras inhumaciones particulares y zanja común a más de la separación local  a los que deban enterrarse en virtud del decreto judicial[4]”..

 

La inauguración del nuevo cementerio tuvo lugar el 23 de diciembre de 1875 por medio de una ceremonia solemne donde participaron personalidades, autoridades y el clero de la ciudad que hizo procesión y responso. Esto conllevó el cierre del anterior cementerio y la inhumación a principios de enero de los primeros muertos. Se hicieron doce zonas, a su vez la segunda, dividida en varias secciones de un término de 10 a 12 con 12 sepulturas aproximadamente. Conforme se avanzaba el siglo, se aumentaba en sepulturas, panteones familiares y nichos sin destacar en su ornamentación salvo algunos con algunas esculturas 

. En 1877, faltaba para cerrar el proyecto inicial por construir la zona de las galerías, bóvedas y   nichos del ala derecha de la puerta de entrada, con lo cual se formó un paralelogramo armónico y uniforme en su construcción dejando el centro un espacio extenso y regular para mausoleos y sepulturas especiales; y la espalda, por el lado oeste, un gran patio de iguales dimensiones para las fosas comunes.  En 1878 ya había 28 panteones familiares y los nichos se acercaban a los 300. En torno a 1887, ya había dos galerías en el primer patio predominando las sepulturas de tierras con más de dos millares a finales de siglo. 

LA IGLESIA DEL CEMENTERIO

 

Todo esto obligó a que se trasladaran exteriormente los antiguos pabellones o mausoleos que aumentaron más de la veintena; se reconvirtiera el antiguo aljibe de la Casa de los Aranda en osario. En 1899, se inauguró una nueva capilla neogótica en su exterior. Esta se hizo nueva, situada a espaldas del patio primero sepultura común número 1.  Capilla bendecida con toda solemnidad y aparecida la noticia en la prensa. El capellán del cementerio lo recogía de esta manera en una nota extensa del libro 5º de Sepelios: Ad perepetuam rei memoriam.  El día 24 de octubre de 1898 se dio principio a la construcción de la Capilla del Cementerio  y finalizaron las obras el 18 del mismo año, y el 12 de enero de 1899, a las once de la mañana se bendijo solemnemente por el señor arcipreste  y párroco de Santa María la Mayor, don  Ildelfonso Díaz Herrera quien, acto seguido, celebró el santo Sacrificio  de la misa con los vestuarios  Don Francisco Villuendas Romero y don Agustín del Espino, aplicando la misa por todos los fieles difuntos de ambos panteones , concluyendo el acto  con un responso general  y doble de campanas. Asistieron el excapellán don José de la Torre Escribano, y otros varios señores sacerdotes m entre ellos don José Carrillo Aguayo que ofició la misa y cantó el responso. El retablo lo donó la parroquia de Santa María y la pila de agua bendita la parroquia de Santo Domingo de Silos. Las casullas y ropa blanca eran de la capilla de la cárcel. Todos los demás utensilios de cáliz, vinajeras se compró con los fondos del Panteón. .

Asistió el señor alcalde don José Suárez Trujillo y comisión de Beneficencia y Caridad con su presidente y segundo teniente alcalde don Blas Ramírez Castillo un numeroso concurso de fieles- El Santo Cristo que hay en el altar es el mismo que hubo en 1814 en la antigua capilla del dicho panteón, situada al pie de la torre y dentro de la Iglesia.  El cuadro de lienzo de gran tamaño y que es el Patrocinio de San José lo donó don José de la Torre Arenas, y el lienzo que representa el Descendimiento lo regaló el conserje del cementerio José Moyano. El cuadro lienzo de la Purísima lo donó don José de la Torre Escribano, presbítero y el de san Vicente de Paúl el capellán don Francisco Villuendas...  El personal del ayuntamiento se componía de un capellán eclesiástico que ejercía de administrador y controlaba el registro de cadáveres, así como realizaba las misas del cementerio; de un conserje y de varios sepultureros. A principio de abril de 1906, se puso a andar el reloj de la torre de la Mota, lo que coadyuvó a las entradas económicas del conserje.

En 1 de diciembre se bendijo el Vía Crucis de la ermita por el presbítero don José González y fue colocado por el sacerdote don de la Torre Escribano. Lo bendijo el capellán Villuendas y los regaló don Concepción Montañés del Mármol.

                        EL CEMENTERIO EN EL SIGLO XX

 

El 18 de mayo de 1906, día de frío y viento, hizo visita pastoral el obispo don Salvador Castellote tanto al cementerio como en la plaza pública.  A finales del primer tercio del siglo XIX, ofrecía el recinto dos patios bien diferenciados, uno delante de la iglesia con panteones y sepulturas de tierra y un pabellón lateral de nichos con diversas galerías; y un segundo patio con tres pabellones en forma de U y una reserva de patio exterior para casos indigentes y extraordinarios.  

Los panteones familiares del interior se habían trasladado prácticamente al exterior, entre los que destacan algunos con unas tumbas suntuosas. Como curiosidad la primera de ellos era la de la familia Abril, otro el ayuntamiento había donado al general Lastres y el número 18 la de la familia del médico Ruiz Mata Écija, masón que fue enterrado en 1 de abril de 1920. 

 En cinco de julio de 1906, se principió a sepultar de nuevo en las fosas comunes del Patio ya que habían transcurrido los cinco años, curiosamente esta noticia está recogida por el capellán del cementerio que aducía que había crisis ministerial del gobierno Moret. Este patio se encontraba con árboles en medio: en la zona primera se dedicaba a los niños junto a un árbol y al segundo árbol a los hombres.

El departamento judicial y otras dependencias como las fosas comunes para accidentes, beneficencia y suicidas ocupaban un lugar especial en el segundo patio.

En 1933, se abrió un patio nuevo que fue el que acaparó la mayoría de los cadáveres hasta el cierre del cementerio, junto con el de las fosas comunes para adultos y párvulos.

Una fotografía de 1936 es testigo de la distribución de patios y del cementerio. En ellas, se ocultaba la capilla junto al osario y camino entre patio primero y segundo. El patio primero era de menor extensión y alcanzaba el solar de la antigua Casa Abacial, se observa que estaba prácticamente completo de sepulturas de tierras, una galería junto a la línea divisoria; el segundo patio mantiene tres galerías de nichos en forma de U y dos patios interiores de sepulturas de tierras. Reservaba un espacio para las sepulturas especiales (de beneficencia, párvulos, y casos excepcionales como suicidios, muertes violentas…). La extensión de ambos es un perfecto cuadrilátero: un lado se extendía desde la torre de la Iglesia Mayor Abacial hasta el lado de la torre del Homenaje; otro, desde el extremo sur de la fachada principal de la Iglesia Mayor hasta la Calancha; otro lado coincidía en su diseño con la paralela de la muralla de Santiago, y el último iba de la torre del Homenaje hasta el segundo dentro de la ciudad fortificada.  

 

            EL CIERRE DEL CEMENTERIO

Tras la guerra civil, el hacinamiento de cadáveres y sepulturas desbordaba dicho lugar y esto dio lugar a que se emprendiera por el año 1947 la construcción de un nuevo cementerio en el Cerrico Vílchez. Dicho cementerio fue realizado por la Dirección de Regiones Devastadas y fue inaugurado el uno de julio de 1949. Unos meses antes, se hicieron ordenanzas sobre el nuevo cementerio y comenzaron a trasladarse y venderse mausoleos. Los últimos cadáveres que se sepultaron en la Mota fueron los de Miguel Guardia Sánchez y Carmen Roldán Conde. El número de cadáveres inscritos en el libro de sepulturas había alcanzado la cifra de 4.101 (hay que tener en cuenta que sólo se registran desde 1875 y, a partir de los últimos decenios del siglo XIX primeros del XX, hay cementerios en Charilla, Frailes, Mures, Pedriza, San José de la Rabita, Ermita Nueva, Santa Ana y Riberas.   Muchos cadáveres de nichos, bóvedas y panteones del antiguo cementerio de la Mota se trasladaron al primer piso de las nuevas galerías de nichos del nuevo cementerio, produciéndose poco a poco un paulatino abandono del antiguo camposanto, que cegó prácticamente la entrada del templo de Santa María la Mayor y convirtió en una terreno tétrico e inhóspito las ruinas de pabellones, galerías de nichos y tumbas de tierra,

En los años setenta del pasado siglo XX, el ayuntamiento de Alcalá la Real llevó a cabo una labor de limpieza del recinto del cementerio, dejando expedito de cadáveres todo el espacio destinado a este fin y derribando las edificaciones de las galerías de nichos. No quedó otro testigo del anterior cementerio por los años ochenta sino, los árboles, el antiguo aljibe transformado en osario y algunas paredes divisionarias de los dos patios y del cerramiento del cementerio.



[1]      AMAR. Caja 77. Legajo 10.

[2]      BARQUERO MESA, Federico, A LA PATRONA DE ALCALÁ LA REAL. Informe social de Alcalá la Real. 1834.

[3]      AMAR. Acta de 13 de julio de 1865.

[4]      AMAR. Acta de 26 de julio de 1875.

martes, 17 de febrero de 2026

CONOCIENDO LAMOTA (xvii) ALJIBES Y CALLES EN TORNO A LA PLAZA BAJA E IGLESIA MAYOR

 

CALLES DESDE LA PLAZA BAJA






A partir y en las cercanías de la plaza baja, se abrían una serie de calles que se adentraban en la medina alrededor de la Iglesia Mayor Abacial.  Al   reclamo de las tiendas de propios y de la iglesia mayor, en sus inmediaciones se abrieron tiendas de pan y aceite, tabernas, un mesón de los Aranda, tiendas de telas y productos de consumos, pescaderías, cererías, barberías y especerías. La Iglesia Mayor abacial dio lugar a varias remodelaciones de su entorno desde la apertura de una calle que circulaba en su entorno con el nombre de Taller en los años ochenta del siglo XVI a una nueva fisonomía tras la finalización de la obra del templo abacial en 1627. Eran casas de familias nobles descendientes de los conquistadores, que arrendaban las tiendas a los nuevos vecinos.  Es difícil trazar un plano de dichas calles, teniendo en cuenta del gran número de remodelaciones urbanas y de no estar excavada la mayor parte de superficie cubierta por el espacio abierto en forma de explanada realizado en los años noventa del siglo pasado y el montículo de lavanda que cubren los restos del antiguo cementerio. Pero, a través de diversos documentos y padrones se distinguen varias calles, que en 1587 ni siquiera recibían el nombre de un conocido vecino. No obstante, nos hemos permitido describirlas destacando un personaje importante de aquel tiempo. Se nombra una calle como real, que coincide con la de Ordóñez e, incluso, parte de la del Taller, porque en dIcha calle fueron vecinos conocidos de la familia Ordóñez, algunos de ellos escribanos del cabildo de la ciudad como Gómez Muñoz; en esta calle destcaban las casas con portada y esquinas de canteríay el resto de mapostería; no faltaron miembros de los Monte, Cabrera, Contreras, Gadea y Rueda, Aranda y advenedizos como el capitán Martín de Arteaga.; debió ser la más cercana a la portada del Perdón de la Iglesia Mayor Abacial, y en ella se encontraban varias mansiones de las familias de los Aranda Cabrera, donde se albergaba dos enormes aljibes, lo que le dio el nombre de la Casa de los Aljibes. Las casas o mansiones de estos señores daban lugar a otras calles y callejones sin salida que futuras excavaciones podrán al descubierto.  

LOS ALJIBES DE LA MOTA Y LAS CALLES DE SU DERREDOR





 Son numerosos los aljibes encontrados en la medina de la ciudad fortificada, generalmente suelen ser rectangulares en su mayor parte, cubiertos con bóvedas de medio cañón de ladrillo. A lo largo del recorrido se puede percibirse muchos de ellos, en los que se observan las paredes sustentantes y el suelo de ladrillo trabado de argamasa, y en el caso de las paredes y las bóvedas revestidas de mezcla de cal, arena, óxido de hierro, arcilla roja y resina de lentisco con el fin de impedir las filtraciones y la descomposición del agua contenida. Se le suele denominar esta operación de albañilería como el revoco.

Pero destacan dos aljibes de mayores dimensiones que están cercanos a la Puerta del Perdón de la Iglesia. Hay historiadores que los han remontado al tiempo de los taifas y otros lo databan en los siglos de la conquista cristiana. No hay duda que este tipo de cubriciones se remonta a la tradición árabe bizantina de estos dos aljibes  de planta rectangular, unos  auténtico cubos  cubiertos por una bóvedas de media naranja  de ladrillo o semiesféricas  sobre  trompas de ladrillo que permiten el paso de dos planos tan distantes del recto al circular  y  se emplear para el almacenamiento del agua, aunque suelen ser utilizadas desde los primeros momentos en sitios más suntuosos como en los palacios y las iglesias bizantinas, de las que proceden.  Incluso la tradición romana nunca debió desaparecer de estos lares.  

Desde los aljibes, existieron varias calles que se plasmaron al darle un contenido vial a aquel espacio anárquico del mundo musulmán y se recogieron en el padrón de 1587. Ya hemos comentado la de los Ordóñez, pero teniendo en cuenta la reiteración de nombre de apellidos a lo largo de los siglos siguientes de la conquista, podemos distinguir otras calles a las que el damos el nombre del personaje más distinguido en el siglo  XVI:
Por el primer vecino, cercana a la anterior  estaba  la calle de Pedro Valenzuela y curiosamente se describe como lindera a otras dos calles. - Pedro de Valenzuela Góngora, que lindaba con dos calles, que de seguro fue la anterior y otra en la que vivían la rama de los Aranda Méndez. En esta calle se distinguieron algunos hidalgos importantes en la vida de la ciudad como Pedro Fernández de Alcaraz o Juan Cabrera Luna, propietario del mesón de los Monteses sin olvidar a los Figueroa, Los Góngora, Valdivia, Cardera y Sotomayor. Junto a las casonas, debieron existir viviendas menos suntuarias de las familias más humildes de arrieros, molineros, jornaleros, labradores y de algún que otro morisco. 

 

LA Calle Real del licenciado Francisco de Bonmar, vicario de la Iglesia Mayor Abacial, solía ser recinto donde se ubicaban casas notables, que se alquilaban a clérigos o autoridades como la del alcalde Mayor Diego López de Aranda, o las habitaban los Aranda, Sotomayor, Escabias; Pineda, Gallego. Eran de menor dimensión que la anterior y un poco más extensa que la calle de Juan de Aranda Méndez, donde residía la familia de los Marañón, Cabrera y se alquilaba a oficios como médicos. La Calle del cura Francisco del Góngora, era cercana al barrio del Bahondillo y lindera con la calle anterior de la casa de Juan de Aranda Méndez. Residieron en ella las familias de los Jamilena, Saravia entroncada con los Herrera, Valenzuela, doña Isabel de Gamboa, los Aranda Pineda, Aranda Villalobos, Hinojosa, Sancho de Aranda y los Frías, Mazuelos y Cabrera. En estas casas se marcaban las huellas de los canteros alcaláinos como Juán Sánchez, Pedro de Fraguagua o Alonso Villanueva. Y, sobre todo, la de Martín de Mazuelos con buenas paredes de cantería obra de Martín Sánchez Izquierdo.  ES CURIOSO QUE A ESTA CALLE LE LLAMANA DE LOS cABALLEROS 

 

lunes, 16 de febrero de 2026

CONOCIENDO LA MOTA (XVI). las calles Despeñacaballos y Cuatro Esquinas

 Rabieno estaba interrogado con la calle Despeñacaballos. No sabía dónde se ubicaba exactamente. Cuando escribimos   la Guía de la Mota  hace unos años, tratamos de ubicar el callejero de los padrones de los siglos XVI y XVIII. Una de las calles que nos preocupó  bastante fue la calle de Despeñacaballos, porque se había transmitido una ubicación desacertada al situarla bajando del Alcázar a la Plaza Baja, donde desembocaban calle de Ordóñez, la misma plaza.






Esta calle fue renombrada por nuestra parte como la de Cuatro Esquinas. Y situamos la de Despeñacaballos relacionada con una descendida desde el Alcazar hacia el Bahondillo Alto. Ahora podemos confirmarlo con este documento de Alonso Ordoñez de 10 de enero 1606 ( folios 313v/314) sobre el  arrendamiento de unas casas pequeñas  entre el almotacén Pedro de Ribas y Juan Ruiz de Trasierra Carvajal  en la  calle de la Calancha por tres ducados al año. Sus linderos   estaban claros, lindaba por una parte con las caas del mismo Juan Ruiz  de Traasierra y una calle que descendía del Alcazar al Bahondillo Alto. A esta calle la deominabamos de Despeñacaballos, lo que indica claramente que estaba muy alejada y separada de  la ubicación inapropiada. 







LA CALLE DESPEÑACABALLOS

Cercana a la Calancha, se situaba esta calle que conducía a las calles del entorno de la fortaleza. Actualmente, no corresponde con la que tradicionalmente se le venía nombrando por calle de Despeñacaballos, sino que quedó oculta por los derrumbes de los siglos pasados, incluso con la remodelación de la muralla interior levantada en tiempos de la dominación francesa (1810-1812) y, sobre todo, por el asentamiento del cementerio antiguo de la Mota, sin que pueda marcarse su lugar exacto hasta que no se realizan las pertinentes excavaciones en la zona de las alhucemas o lavandas.  Esta calle era de menor extensión longitudinal que la Calancha y era residencia de familias ilustres como Ana de Gamboa, Cristóbal Gallego, los Méndez, Mazuelos, Contreras y de nuevos comerciantes   como los Juárez o los Góngora. Por la documentación contrastada, las casas de esta calle solían estar gravadas con capellanías de la Iglesia Mayor, y, a través de su descripción, en esta calle vivió el clérigo Diego Mazuelos, lindero con Francisco Muñoz y viuda Juana Sánchez. Y coincide con la calle que iba de la Puerta del Aire desde la casa de Isabel de Gamboa que subía hacia las cercanías del Alcázar.

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EN EL ENTORNO DEL ALCAZAR

           

           

 

Desde el propio Alcázar hasta la calle de las Cuatro Esquinas se extendía otro núcleo importante de casonas y mansiones hidalgas enredadas en torno a dos callejones que desembocaban en la calle de la Puerta del Alcázar y este se continuaba con la calle de las Cuatro Esquinas. Cerraba esta manzana urbanística la muralla del Trabuquete en dirección oriental y en la parte meridional con la Plaza Baja. A partir de este recinto surgían una nueva unidad de entramado vial de la ciudad fortificada de la Mota. El propio alcázar sirvió de vivienda a los alcaides o a las familias de los herederos, como aconteció en 1587 con los Pineda y Aranda Valdivia. Como es lógico, en este recinto se produjo una fuerte endogamia dentro de las familias relacionadas con las diversas ramas de los Aranda, Pineda, Padilla,  Góngora , que a lo largo de la historia asumieron los cargos de la alcaldía ( desde el alcaide hasta el alférez, desempeñando otros cargos de milicia como los capitanes de la ciudad, sargentos, tenientes y cabos de escuadra) sin olvidar a los Montesinos, Gadea, y otros que destacaron en los años de conquista y luego se esfumaron ante el prestigio de los Aranda. Curiosamente, las familias menos privilegiadas o relacionadas con vínculos de servidumbre se apartan de las mansiones principales y se adentran a las calles secundarias, que suelen acabar en callejones sin salida. En estas casonas, donde se distingue muy el patio castellano distribuidor del resto de las dependencias del primer cuerpo (cocina, cuarto, caballerizas, tina y comedor), y se adentra en bodegas subterráneas reconvertidas a lo largo de la historia en auténticos lagares. Actualmente, antes de las casas de la entrada de la fortaleza y en la situada tras la torre de la Campana, se encuentran muestras de la industria vitivinícola mediante el asentamiento de la prensa, el lagarillo o estanque y las tinajas de almacenamiento. En esta última casa, se encuentra un recinto informativo que ilustra de la vida cotidiana de frontera y sobre la producción del vino, sobresaliendo el privilegio del vino.

Vivir en la calle de la Puerta de la Fortaleza era signo de distinción hidalga, a finales del siglo XVI se encuentran capitanes como Juan de Aranda Figueroa, casado con Teresa Monte, que intervino en la Guerra de la Alpujarra y cuya casa reconstruyó en 1558 con la intervención del cantero pedro Díaz, o Martín de Aranda , Luis de Leyva  u otros parientes de su misma rama  ( los Fernández de Aranda o los Valdivia), regidores como los Serrano de Alférez , miembros de las órdenes  como el comendador Pedro de Aranda, hidalgos con estudios como el licenciado Alonso de Aranda o abogados como Diego de Torreblanca. .Cuando escribimos   la Guía de la Mota  hace unos años, tratamos de ubicar el callejero de los padrones de los siglos XVI y XVIII. Una de las calles que nos preocupó  bastante fue la calle de Despeñacaballos, porque se había transmitido una ubicación desacertada al situarla bajando del Alcázar a la Plaza Baja, donde desembocaban calle de Ordóñez, la misma plaza.





Esta calle fue renombrada por nuestra parte como la de Cuatro Esquinas. Y situamos la de Despeñacaballos relacionada con una descendida desde el Alcazar hacia el Bahondillo Alto. Ahora podemos confirmarlo con este documento de Alonso Ordoñez de 10 de enero 1606 ( folios 313v/314) sobre el  arrendamiento de unas casas pequeñas  entre el almotacén Pedro de Ribas y Juan Ruiz de Trasierra Carvajal  en la  calle de la Calancha por tres ducados al año. Sus linderos   estaban claros, lindaba por una parte con las caas del mismo Juan Ruiz  de Traasierra y una calle que descendía del Alcazar al Bahondillo Alto. A esta calle la deominabamos de Despeñacaballos, lo que indica claramente que estaba muy alejada y separada de  la ubicación inapropiada. 

 

CALLE DE LAS CUATROS ESQUINAS Y TRABUQUETE.

 

           

Esta calle se adentraba hasta el Trabuquete, que se encontraba sobre una torrecilla,y actualmente ha desaparecido. Conforme se acerca la vivienda a la Plaza Baja, la vivienda se convierte en alojamiento de tipo comercial, entre los que destacaban los moriscos. Las viviendas de las familias nobles fueron principalmente miembros de los Pineda, Aranda, Villalba y Villalobos. Con el paso del tiempo se les permitió a las familias nobles el acceso al adarve del Trabuquete.