CUENTOS RURALES DE
Fiestas
´2008´ Asociación de Vecinos “Huerta de Capuchinos de Alcalá
EDITORIAL
I..Los cuentos
Intentamos recuperar todo el
folklore, que nos llegue a nuestras manos. Estamos prácticamente en los últimos
momentos de recuperación. No obstante, algunos restos todavía en nuestra zona
rural por parte de personas mayores de
la tercera edad y los abuelos de
nuestros alumnos nos lo han proporcionado.
Lo hemos realizado, ya en
otras ediciones del barrio de San Juan , y ahora continuamos con esta nueva
serie de cuentos, que aumentan el elenco
de nuestro acervo cultural. En este libreto, el informante ha sido Sixto Arroyo
Léon, una persona de una gran facilidad narrativa y conocedora del entorno
rural de
Continuaremos lo iniciado en
otros años. Queremos completar el Cancionero Relatos y Leyendas.
LOS PELLEJOS DE MIEL
Había un pueblo en un paso muy frecuentado por los
transeúntes, el cual ofrecía mucho
ambiente por las personas que transitaban por aquellos lugares. Junto al camino
principal, se encontraba una posada, a la vez, parada de postas, donde muchos
arrieros y viajeros solían acercarse.
Cierto día, con la caída del sol, se acercaron
varias caballerías que pusieron el
cartel de completo a su alojamiento.
Pero, al anochecer, el posadero recibió una visita imprevista. Llegaron a su
posada unas recuas de cuatro asnos con dos arrieros de preocupante aspecto.
Estos le dijeron al posadero.
-¿Tiene usted, posadero, sitio para pernoctar hoy?
-No lo tengo, ni para vosotros ni para los animales.
Los arrieros se quedaron aturdidos, pues portaban, en
sus acémilas, unas cargas de pellejos con miel de caña, que traían de las
costas del Mediterráneo hacia el
interior de Andalucía.
-¿Qué haremos
con nuestros pellejos de miel? Se nos derretirá la miel si los dejamos a la
intemperie. No los robarán, ¿ dónde podremos dormir y guardarlos? Le espetaron
los caballeros.
Entonces les contestó muy amablemente el posadero
-No me queda más remedio que aconsejarles que pidan un
favor.
-¿A quienes?
-A los señores de enfrente de su posada, para que les permita guardar
los pellejos.
Inmediatamente, los dos arrieros cruzaron el camino
carretero y tocaron con sus puños la
puerta.
-¡Pon!,.¡ Pon!, ¡pon!.
-¿Quien es?
-Paz., unos
arrieros de la posada
Salió el señor
de la casa a la puerta e, inmediatamente, le saludaron muy efusivamente los arrieros.
-Señor,
perdone, que le molestemos. Pero tenemos un gran problema. La posada esta
repleta de gente, y no podemos dejar en la calle parte de nuestra carga, al
menos lo más valioso, al resguardo de bandoleros, ladrones y bandidos.
¿Qué son,
señores?
-Cuatro
pellejos de miel de caña.
El señor, un
poco desconfiado, y acordándose de los reparos de su señora con cualquier
cosa o persona extraña, les dijo:
-Me es
imposible. No tengo dónde colocarlas.
Apenados, se
despidieron los dos arrieros. El señor se lo comunica a su señora, y ambos
quedaron sumidos en un gran remordimiento. Pero, la señora arrepentida los
llamó desde el la ventana en el momento en el que cruzaban el camino.
-: Vengan.
Vengan. Tráiganlos lo más pronto posible,
y colóquenlos bajo la despensa de
la escalera..
Los dos señores
se pusieron a comer y, en medio de la cena,
comenzaron a preguntarse por aquellos objetos extraños, y de tan grandes
dimensiones. No se hacían sino
preguntas, repreguntas, envueltas en una nube de temores encubiertos por
si encerraran algunos monstruos espantosos o reptiles, que se despertaran en la
oscuridad de la noche. Además, nos le gustó en modo alguno el aspecto de aquellos arrieros y, menos aún, que no
concordaban su recua de asnos con la de
los pellejos y arrieros. Dos pellejos, dos arrieros y cuatro asnos. Por eso, ordenaron a sus criadas a que
se mantuvieran despiertas durante toda aquella noche y estuvieran alertas ante
cualquier incidencia que pudieran escuchar o percibir `proveniente de aquellos
sacos o del exterior de la casa..jpeg)
-No os
marcháis, debéis quedaros vigilantes en las mecedoras del portal, con un ojo
puesto en la chimenea y otro en la despensa.
-¿Por qué?
-Debéis
vigilar, sobre todo, esos pellejos, que están llenos de miel, y son muy
valiosos, según me han contado sus amos.
Las criadas no sabían cómo pasar las
horas. Ya se levantaban, ya avivaban la
lumbre con el soplador. Y las horas no pasaban. A eso de las una de la noche,
les entraron unas ganas enormes de comer. Y, se dispusieron a preparar unas
gachas. Nos falta la azúcar que la tiene guardada la señora en el arca de las tres llaves.
-¿Para qué? ¡Con
lo ricas que están con miel!
-Ni, a adrede, hubiéramos tenido un mejor
regalo.
Colocaron los
trébedes en el fogón, y una sartén mediana. Le echaron el agua, el aceite y la
harina, y con un enorme cucharón comenzaron a darles vueltas. Estaban ya a
punto de sacar un plato, cuando una le dice a la otra.
-Muy herméticos
están los pellejos para poder sacar la miel, ¿Cómo los podremos desatar? Tienen
nudos miles y de los tipos más extraños. Además, podría derramarse, si
consiguiéramos desatarlos.
-Y si inventamos otro modo de sacarla.
-¿Cual?
-Toma una aguja
de coser sacos, lo más gorda posible. Pincha uno de ellos, y coloca un jarro
debajo del agujero, desde donde recojas
el rico líquido.
Así lo
hicieron. Una sujetó la piel del saco mediante un pellizco en la parte
alta del pellejo. La otra, con gran
fuerza, lo pinchó.
Desde dentro,
inmediatamente salió un sonido agudo que se mezcló con el rasguillo de la aguja
en el pellejo.
- ¡Ay! Cuidado,
que me habéis pinchado en la frente.
Mientras se retorcía el
furtivo ladrón, encerrado en el pellejo pinchado, las dos criadas sacaron la
aguja, y, de nuevo, volvieron a pinchar el otro pellejo. El hundimiento de la
aguja fue más suave y no tan duro como en el anterior pellejo.
- ¡Ay! Ten más
cuidado que me has pinchado en un ojo.
Cierran la
despensa. Espantadas, pero, ufanas por su aventura, subieron a los cuartos del
primer piso de la casona. Y golpearon la puerta del dormitorio de los señores.
-Ama. Amo,
bajad a la despensa, los pellejos no son de miel, son dos ladrones, que nos
querían robar.
Ya no pudieron
dormir más. El ama abrió el arca y dio
varias cucharadas de azúcar para las gachas. Y, el amo se colocó con una
escopeta apuntando hacia la despensa.
Al amanecer, la señora se dirigió hacia las dependencias Justicia. Esta le
envió unos ministros del alguacil, que detuvieran a los ladrones.
- ¿Estos son
los ladrones?
-Sí, dos están
dentro del pellejo. Pero aquellos dos están dormidos fuera esperando la
llamada. También son dos ladrones.
Los detuvieron
a todos, de improviso a los dos de la calle y a los del pellejo en su caldo.
Las criadas
comentaban que, aquella noche, las gachas tuvieron sabor agridulce. Pero, aún
así, se las comieron.
FIN
Había un matrimonio que no
tenía hijos, y la mujer le decía a su marido:
-Hay que ver la mala suerte
que nos ha tocado. Llevamos tantos años de matrimonio y no tenemos hijos. Le
voy a pedir a Dios que nos conceda un hijo, aunque sea del tamaño de una cabeza
de ajos.
Pasó el tiempo, y la mujer
se quedó embarazada. Pero, después, alumbró un hijo tal como ella había pedido
tan pequeño y pequeño como una cabecita de ajos.
Ya, aquel matrimonio
convertido en una familia y sus miembros en padre, madre e hijo, estaban tan
alegres que no cabían en su cuerpo. Se decían entre ellos. “¡Más alegría no
podía haber para nadie en el mundo! En esto que dijo, el marido a la mujer:
-Mira, mujer, tengo unas
ganas enormes de que pasen los años y se haga mayor, para que me lleve la
merienda al campo.
Y llegó el día, en el que le
dijo el hijo a su padre:
-Papa, papa, mañana te voy a
llevar la merienda.
-No, hijo mío, todavía eres
muy pequeño- Le contestaba la madre.
Ella, por su pequeña estatura,
pensaba que no había crecido todavía y le animaba diciendo que ya llegaría el
día que se la llevaría a su padre cuando creciera.
Llegó el día y la madre le
dijo:
-Apareja el burro, hijo mío.
Mientras lo aparejaba, la
madre no hacía sino pensar y darle vueltas a la cabeza para dilucidar dónde
pondría a su hijo, que todavía era tan pequeño como había nacido. Al final,
resolvió sus dudas
-Ya lo sé. Lo pongo en la
oreja del burro.
Y así lo hizo.
El niño emprendió el camino
en dirección al campo, donde laboraba su padre. A mitad del trayecto, se cruzó
con unos arrieros. Muy extrañados por encontrarse un burro sin amo, conversaron
y se hicieron varias preguntas entre ellos ante tan insólito caso. Y uno le
dijo a otro:
- Este burro va sólo.
Le contestó el niño desde la
oreja del burro sin apenas notarse la voz, y uno de los arrieros le dijo al
otro:
-No va sólo, va acompañado.
Entonces el burro le respondió por medio de la
voz del niño escondido en la oreja:
-Voy yo aquí.
Para que no se lo llevaran, el burro comenzó
a rebuznar y hacerse notar al padre que se hallaba segando a la vista de ellos.
Y el niño, con su tímida
voz, vociferaba:
-Papa, papa, que voy para
allá a traerte la comida.
Y se dirigió adonde el padre
amontonaba los haces de trigo. Al verlos, le entró una enorme alegría al padre.,
a lo que el hijo le espetó diciendo:
-Papa, ya estoy aquí
contigo. Me ha mandado madre para traerte este potaje calentito.
A pesar de los sudores por
la frente que al padre le cegaban los ojos, sin embargo, tuvo la mente clara
para ponerlo a descansar al niño. Y lo hizo encima de un manojo de espigas no
fuera que lo pisara el burro. Pero con tal mala suerte que en un descuido el
burro no lo vio y al comerse tan rico alimento se tragó al niño y al manojo de
espigas.
Roto por completo el padre,
comenzó a llorar. No comprendía cómo había tenido tan poco juicio para poner
este suculento manjar al alcance del burro. Le daba vueltas a su cabeza,
mientras regresaba a su casa sin saber cómo comunicárselo a su mujer:
Esta, al enterarse, le
increpó, pero inmediatamente se abrazó a su esposo y convirtieron la casa en un
valle de lágrimas. Mas un rayo de esperanza le vino a la mente:
-Metamos el burro en uno de
los cuartos de la casa, limpio y con buena luz. Tal como el burro va haciendo
sus necesidades, nosotros vamos deshaciendo los excrementos
Durmieron la primera noche
con el burro, y no hallaron nada. Pero llegó la segunda noche y de uno de estos
se escuchó una voz:
-Papa y mama, he estado
recorriendo calles y callejuelas. Con unos ruidos enormes.
Y, sano y salvo se volvió a
unirse a sus padres que llenos de alegría lo lavaron con aguas mezcladas de
espliego, tomillo y matas de lavanda
MARIA
Érase una vez un reino, en
el que había muchas necesidades y pobreza, principalmente para una familia, a
la que se acumulaba la falta de trabajo entre sus miembros.
El matrimonio había tenido
muchos hijos, y, entre ellos, destacaba una joven, de nombre María y por cierto
muy guapa, que andaba buscando trabajo por todos los rincones del reino para paliar
el hambre de sus padres y hermanos.
Llegó a una casa pidiendo
trabajar y la negativa fue la respuesta a sus ansias de trabajar. Llegó a otra
puerta, y tan sólo le informaron que la reina del País, trataba de encontrar
una trabajadora para su Corte.
Ni corta ni perezosa,
emprendió el camino hacia la capital del reino, y alcanzó las puertas del
palacio. Tocó el aldabón de la puerta, y una trabajadora palaciega le abrió
ante sus reiteradas llamadas: Al instante se dirigió a María y le preguntó.
- ¿Qué quieres?
-Busco trabajo. Contestó
angustiada María.
-Espera un momento, que se
lo voy a comunicar a mi Majestad
Tras pasar el patio de
armas, se adentró a la torre del Homenaje, y una vez pedidos los permisos y los
plácets de cortesía, la trabajadora se dirigió al monarca.
-Ha llegado una joven
buscando trabajo, la dama que estamos esperando contratar.
El rey miró a la reina, y
ambos, casi al unísono, le espetan a la sierva que llame a la joven y le
acompañe ante su presencia.
-Entra, joven. Te reclaman
los reyes.
Al instante, se presentan en
la antesala de Embajadores, donde los Reyes aparecían sentados en dos grandes
sillones, tapizados de tafetán carmesí con las armas reales. La joven María se
postró ante sus pies. E, inmediatamente, la reina le preguntó
- ¿Cómo te llamas?
-María, y muchos me apodan
- ¿Qué apellido más extraño!
No lo he oído en ninguno de mis súbditos del reino.
-No, Majestad, no es un mote
ni apodo. Me lo dicen, porque yo sólo visto con pellejos.
Muy contrariada la reina, le
espetó con estas palabras.
- ¡Difícil te veo que quedes
entre nosotros! Pues mi hijo le encanta y es su manía que todos los sirvientes
y damas de la corte vayan bien vestidos con sedas, tafetanes y damascos.
Al instante, María, le
contestó:
-No se preocupe, Majestad.
Ya me las ingeniaré para no me vea con estos vestidos de pellejo.
Ante tan buena disposición,
los reyes consintieron contratar sus servicios y, provisionalmente, ponerla a
trabajar.
No se equivocaron los
monarcas, pues era muy hacendosa y limpia de tal modo que todos estaban muy
contentos de todas sus labores.
Por casualidad, en aquellas
fiestas se celebraban unas fiestas con motivo del aniversario de la
entronización de los monarcas. Se realizaron, por la mañana, los tradicionales
toques de campanas y, entre los campesinos del lugar, algunos tiros de patos,
juegos de esgrima y del árbol, en el que trataban de subir un palo coronado con
cintas de colores. Por la tarde, se preparó un sarao, al que acudieron varios
juglares con su vihuela, carrañaca y algunos instrumentos de percusión.
Los reyes ocultaron a María
en un cuarto del palacio para no encolerizar al príncipe. Pero, compadecidos se
acercaron a la hora del mediodía, a verla. María le dijo a
-Anda, déjame, que vaya al
baile.
-No puede ser. María. Con
esa ropa, me es imposible que te permita acompañarnos.
-Bueno, me cambio, y me
pongo otra.
Tras unos momentos de duda,
los reyes consintieron que María acudiera a la fiesta del baile.
Cuando se presentó en el salón
ante todos los cortesanos y amigos de los reyes, causó una gran sorpresa. No se
lo podían imaginar. Pero, el príncipe, que no la había visto anteriormente,
quedó totalmente prendado de la belleza de María. Y le pidió que bailara con él.
-Eres la joven, más guapa
que he conocido ¿quieres bailar conmigo?
-Cuando quieras, Príncipe.
Se pusieron a bailar, sin
separarse las miradas uno de otro, pero sobre todo el hijo de la reina andaba
encandilado. En medio de romances de amor y acompañados de la percusión de
panderos y de repiqueteos de castañuelas y ginebrinas, el joven príncipe le
declaró el amor a María.
- ¿Quieres casarte conmigo?
-Yo, todavía, no tengo la
edad de que nadie me pretenda. No me ha llegado la hora de tener relaciones con
ahombre alguno Contestó muy tímida María.
-Pero, yo soy un príncipe,
y, para mi no hay leyes ni impedimento alguno apara tener relaciones amorosas
contigo.
-No puedo, no puedo, ni mis
padres, ni tus padres lo permitirían….
-Toma esta sortija, le dijo
el príncipe.
Terminó la fiesta y ambos se
separaron del salón. María se adentró en las alcobas del tercer piso y, durante
aquella noche, durmió el sueño más encantador que podía haber imaginado. El
joven príncipe se dirigió a la sala de la reina, donde le comentó todo lo que
había acontecido durante la fiesta.
-Madre, he visto a la mujer,
más guapa del mundo y me he enamorado de ella.
Mientras hablaba le vinieron
un dolor fuerte de cabeza y unos sudores que no podía resistir.
-Madre, me muero, me
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Se costó y le acompañaba dos
damas, que comunicaban todas las novedades a la madre. Esta angustiada por la
enfermedad repentina llamó al físico del palacio y le aconsejó que le preparó
una serie de pócimas para que se restableciera de aquel angustioso estado. Ni
el vapor de los eucaliptos ni las toallas de agua fría les cortaban los ríos de
sudor.
Por la tarde del día
siguiente, el joven príncipe empeoró. No hubo más remedio que requerir los
servicios de un médico muy famoso del condado limítrofe, le analizó la orina y
le miró muy atentamente los ojos. Y le aplicó unas medicinas con sustancias
específicas para casos extremos, no sintió tampoco alivio. A la reina no le
quedó más remedio que buscar al más famoso de otro cercano ducado, aunque era
de sus adversarios. Pero todo lo hacían por su hijo.
Le diagnosticó de la
siguiente manera:
-Majestad, su hijo sufre
depresión. Por eso, no quiere comer, malos espíritus y la melancolía han
entrado en su cuerpo. Enfermedades muy difíciles de curación.
Al instante, la madre reina
encargó a sus damas, para que acudieran al convento y le prepararan unas tortas
a su hijo. Pues era lo único que se le metía por los ojos cuando se enfadaba. Volvieron
y se las entregaron en una bandeja La reina se las dio de comer al hijo
Entre las damas estaba María
presenciando la triste escena, no podía callar más y se dirigió a su reina.
-No se las come, Majestad,
¿Quiere que yo le haga una torta?
-Si no se ha comido la de
las monjas con lo que le gustaban. Lo va a hacer con las tuyas.
-Déjeme, que lo intente.
Puede ser que cambie de opinión.
La reina que no veía salida
alguna, lo consintió. María la preparó, metiendo en medio la sortija que le
había entregado durante el baile como prenda de amor.
Pronto, sacó del horno la
torta y se la entregó a la reina. Esta se la entregó a su hijo sin conocer el
misterio que tenía encerrado ni las declaraciones de amor.
-Toma, hijo, esta torta,
mira qué buen aspecto presenta.
Entraron madre e hijo en una
discusión, por la negativa del segundo a comérsela, en un tira y afloja, la
torta se partió en dos y el Príncipe percibió en su interior el brillo de su
sortija.
-Mamá, mamá, ¿Quien ha hecho
y traído esta torta?
La madre, creyendo que
alteraría el +animo de su hijo la entrada de
-Han sido las monjas, ¡Cómo
van a venir, si no pueden salir del convento!
-Madre, tienen que venir.
No pudiendo resistir más, la
madre llamó a María, 
-Esta es la mujer que yo quiero, yo me casaré
con ella
Y, así aconteció. Se casaron
y fueron muy felices y este cuento se acabó.
FIN
EL CURA, EL AMO,
Había dos parcelas de
tierra que lindaban, una con la otra. Una era de un padre cura, y la otra de un
afamado labrador. Tenía la familia un
criado, de nombre Pedro, que se dedicaba a todas las labores de labranza de su
cortijo. En otoño, las labores de la vendimia, siembra y yunta; en invierno, la
aceituna, en primavera, la escarda, y en verano la siega y la era.
La señora del
cortijo, por cierto, era muy religiosa y mantenía muy buenas relaciones de
vecindad con el padre cura de la aldea. Pues le invitaba a compartir la mesa
con asiduidad en su casa.
Cierto día, la señora mató un pavo y le invitó a comer
al cura.
En otra ocasión, mató un gallo. Y, no fiándose del
criado, le dijo a su marido.
-He matado un gallo. ¿Porqué no vas a invitar al padre
cura para que venga a comer con nosotros? Ahora, está trabajando con su yunta
en el campo. No me fío de Pedro que no es buen mandadero-
Le respondió el marido:
-Yo no voy, que no tengo ganas de andar.
Se dirigió a donde estaba el criado y le dijo:
-Te ruego que vayas al campo del padre cura, y le
dices que se venga a comer con la familia.,
Ni corto ni perezoso, le asintió con la cabeza. Pero
primero subió a una cámara, donde rellenó todos sus bolsillos con nueces.
Después, marcho hacia la finca del cura. Cuando se acercaba a la besana que el
cura faenaba, iba soltando nueces. Por fin se colocó delante su presencia y le
dijo:
-Padre, me ha dicho mi amo que pronto llegará y lo
apedreará.
Pedro salió presuroso en dirección al
cortijo del amo y llegó ante la señora, a la que le dice:![]()
-El cura no tiene ganas de comer.
Contrariada la mujer, le dijo a su marido:
-Anda, ve y le dices al cura que le he preparado el
gallo para él. Anda, insístele.
El marido, cuando se acercaba al cura, comenzó a coger
las nueces, que había soltado su criado Pedro. Al verlo el cura en posición de
tomar las piedras del suelo, por lo bajo gritó:
-Este ya viene a matarme a peñonzazos. Era verdad lo
que me dijo Pedro.
Salió corriendo, y no miraba al amo. Cayó varias veces
tropezando con los terrones, Pero no desistía.
El marido le gritaba:
- ¿Adónde va usted? ¡Que mi mujer me ha dicho que se
venga a comer un gallo! No corras, ven con nosotros.
Pero, el cura, no escuchaba, sino que, a las voces de “te
...a comer”, más aceleraba el paso y más corría.
- “Cosas de Pedro”. Con razón mi esposa no lo quería
de mandadero.
.
FIN
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