II
Realizar la ruta
carolina por la provincia de Jaén muestra un claro sello de medidas reales y de
influencia renacentista en diversos campos. En Alcalá la Real, debió
corresponder a la lealtad con que había recibido en tiempos del levantamiento
de la guerra de las Comunidades, con su doble presencia en un mismo año y el
clasicismo renacentista de la Puerta de las Lanzas, así como el pilar de la
fuente de los Álamos, obra de artistas de origen italianos ( se cita en los
documentos un Florentino casado con una vecina alcaláina, y Martín de Bolívar,
ambos relacionados con Siloé y) que se encuadran en el círculo artístico de
los edificios granadinos a expensas de la presencia carolina. No es casual que
la familia de los artistas Raxis Sardos
se avecindaran en la ciudad de la Mota. Destaca el Pilar de los Álamos, de
Alcalá la Real, construido en 1552, de reducidas dimensiones con respecto a las
mencionadas, pero con espléndida labor escultórica en relieve de figuras de tenantes
sosteniendo la heráldica convencional y unos fantásticos grifos, que nos
conducen al taller que Diego de Siloé había instaurado en Granada, ciudad que
por su proximidad mantuvo estrechas relaciones artísticas. Alcalá la Real en su
moderna configuración urbana al extenderse al «Llanillo», bajo la fortaleza de
la Mota, es deudora también de la importancia de la ingeniería hidráulica y en
consecuencia de la impronta de la arquitectura relacionada con ella, aunque
debió perfeccionarse en el siglo xvii o
finales del xvi a juzgar
por el «arca» del agua que se conserva, al pie del cerro de San Marcos, que
responde al tipo de pequeña torre prismática similar a otras realizadas en
Castilla, y la primitiva fuente de La Mora (hoy totalmente reformada), pero que,
por los documentos, fue también monumental, frente al convento
franciscano de Consolación con la presencia de Machuca tan relacionado con
tierras italaianas.
Ya hizo el
reconocimiento al señor de Alcaudete en la ida y quedó la huella de su tiempo
en obras como la iglesia de Santa María la Mayor.
Pero las otras
poblaciones, donde realizó la estancia de
al menos un día, destaca el interés del emperador por el rango y el
interés para visitarlas. Martos, cabeza de una importante circunscripción
territorial de la Orden de Calatrava, el renacimiento dejó su huella en diversas obras como la Fuente Nueva, la
Cárcel Real y Casas de Cabildo.
Igual que en Alcalá la Real que era
la capital de su abadía y muy leal
ciudad, por su parte Jaén, cabeza de la diócesis, de arraigada lealtad a la
Corona de Castilla desde el siglo xv,
pero además con relaciones personales también de confianza con la aristocracia
de la ciudad.
Está claro que la ruta carolina se acrecienta en las décadas posteriores
con la adopción sistemática del lenguaje clasicista en la arquitectectura pública y el impacto
evidente de la cultura oficial. Esta se adaptó a raíz del viaje de Carlos V a
Italia en 1529 con motivo de su coronación imperial en Bolonia. Pero,
recogiendo su presencia con estas palabras del profesor Galera, en el
ámbito eclesiástico diría que alcanza las cotas más elevadas en los nuevos
templos o reformas de los antiguos, particularmente en el caso de las
catedrales. La de Jaén, a este respecto, es ejemplar. En Jaén, contaba con el
Señor de Torrequebradilla, Antonio Fernández de Córdoba, quien fue macero real
y maestresala de la emperatriz Isabel. Además esta pequeña nobleza, muy rica,
prestó dinero para las campañas militares de Carlos V, aparte de los Córdoba,
Rodrigo Mexía, Señor de La Guardia, por ejemplo. Por supuesto, Jaén figuró
durante su reinado y posteriormente con el privilegio de voto en Cortes,
restringido a pocas ciudades e incluso durante un breve tiempo (1537-1538) lo
tuvieron también Úbeda y Baeza.
Estas dos ciudades ofrecen un relato histórico diferente a la
ciudad abacial de la Mota, porque estuvieron implicadas en la guerra de las
Comunidades. Pero rectificaron aportando milicias urbanas a favor del emperador,
e incluso este giro con la erección de
monumentos arquitectónicos para celebrar la victoria real, como el arco
construido en Baeza en 1522 para conmemorar la batalla de Aralar. Pero sobre
todo el entorno de la comarca se señalaría por el origen ubetense de Francisco
de los Cobos, el poderoso secretario, y su pariente Juan Vázquez de Molina,
ambos presentes el día de la entrada del César en Úbeda. Este no se ciñe a
estos personajes sino a otros como los corregidores alcalaínos relacionados con
estos personajes ubetenses ( Andrés de Torres, Hernán Pérez de Torres,
Francisco Chirinos ). En concreto, visitó estas ciudades que jugaban un gran
papel como Baeza, donde pernoctó y fue recibido con solemnidad. No podemos
olvidar Andújar y Úbeda, donde dejó una fuerte impronta renacentista y personal
ligada a Francisco de los Cobos.
La visita a todas estas ciudades, como se recoge en la
placa de la puerta del Peso de la Harina de la fortaleza de la Mota, recuerda
el ritual de la visitas reales medievales, con el juramento por parte
del monarca de guardar los privilegios concedidos por sus antecesores a las
ciudades, sin el aparato festivo de arquitecturas efímeras y cultismos poéticos
de otras ciudades. Pero esta ruta deja notar la impronta imperial que «se
expresaba simbólicamente por medio de la arquitectura clásica». Esta no se encuentra en la puerta de la Harina de
Alcalá la Real ni en el citado Arco de Baeza, ni en la Puerta de Jaén, contigua
al arco, que se construye con motivo de la visita, pues estos dos se diseñan en forma de arco apuntado. Pero,
la visita desde la Sierra Sur hasta
Vilchez permite la contemplación de una arquitectura de lo «Público» que se
erige en el antiguo Reino de Jaén adoptará el lenguaje clasicista o al «Romano»
o «Antiguo», que identifica al reinado a partir de 1530. A partir de esta fecha
y hasta la muerte del César Carlos, en las décadas centrales del siglo, es
cuando se llevan a cabo las empresas arquitectónicas y urbanísticas que
acabarán transformando la imagen medieval de los principales núcleos urbanos
jiennenses en otra acorde con la época moderna renacentista.
En la ruta carolina,
no se puede olvidar el ambicioso proyecto de colonización de la Sierra Sur de
Jaén que había estado despoblada prácticamente hasta el tiempo de Carlos V, con
la creación de los núcleos Los Villares,
Valdepeñas de Jaén, Campillo de Arenas, y otro, el mayor y de más interés
urbanístico y arquitectónico, Mancha Real, al este. Recorrer sus calles es
palpar su trazado ortogonal, como ya
venía siendo norma desde la Antigüedad clásica y renovada en las «bastidas»
europeas bajomedievales, desarrolladas igualmente en la península ibérica, la
nota diferencial será el de su arquitectura, tanto religiosa como civil, que
concentrada en la plaza principal en el centro de la población se revisten del
lenguaje renaciente. El mejor ejemplo, como apuntaba, es Mancha Real, cuyo
plano de 1537, signado con el escudo imperial del águila bicéfala y las
columnas del emblema carolino «Plus Ultra» conservado en el Archivo de la
Chancillería de Granada, da una fiel estampa de una población modélica de
tantas otras, que en fechas posteriores, proliferarán en la América hispana.
Articulado el núcleo por dos viales de mayor anchura que se cruzan en la plaza,
al que cortan otros más estrechos secundarios, la retícula se conforma por
largas hileras rectangulares divididas longitudinal y transversalmente en
unidades menores abiertas a una y otra calle. En la plaza se dan cita además de
la iglesia, un templo columnario de tres naves cubierto con bóvedas esféricas y
baídas, en la línea del arquitecto Andrés de Vandelvira, aunque se terminara en
el siglo xvii, la casa
Ayuntamiento y frente a él alhóndiga y pescadería.
Este interés por los equipamientos
públicos en villas y ciudades, si bien ya iniciados por los Reyes Católicos
alcanza su pleno desarrollo bajo el reinado de su nieto, no siempre con una
nueva arquitectura, aunque sea la tendencia dominante, pero sí con el sello
heráldico del nuevo monarca. El caso tal vez más ejemplar son las antiguas casas
consistoriales de Baeza, situadas en la plaza de Santa María en lo que fueran
casas del caballero Gil Bayle de Cabrera, arrimadas junto a la cabecera de la
catedral. Cedidas para el uso concejil a fines del siglo xv y reformadas en la regencia de
doña Juana (1511) todavía con ornato gótico, se le añade un nuevo cuerpo en
1526 en el que ya se aprecian motivos renacentistas, pero sobre todo un
ostentoso despliegue heráldico en sus dos fachadas principales del mismo tenor
que el reproducido en el plano de Mancha Real. A la heráldica real le
acompañaba, como también sería preceptivo, las armas del corregidor y de la
ciudad, en este caso las de don Álvaro de Lugo, en la fachada abierta a la
plaza, bajo las imperiales y a menor tamaño.
La importancia de este ornato
emblemático en la arquitectura española se convierte en una de sus señas de
identidad de mayor peso y especificidad, sin duda atenta a la tradición
nobiliaria de signar la morada con el preciado timbre heráldico. Al respecto
resulta muy significativo lo que escribe un buen conocedor de la arquitectura
clasicista, el toledano Francisco de Villalpando, traductor de Sebastiano
Serlio, y arquitecto él mismo, en la introducción a la edición española de la
célebre obra teórica italiana. Pondera Villalpando, en la mejor línea de la
magnificencia de un príncipe, la importancia de la arquitectura en la medida
que ésta hace «visible» toda la grandeza de aquél, que las crónicas y otros
discursos escritos solo hacen «audible», para concluir en su reflexión que …aunque
lo scripto este muy autorizado lo estará más con las armas o las estatuas de
los fundadores8.
Por su parte el humanista baezano Gaspar
Salcedo de Aguirre (1545-1632) resaltaba el papel del corregidor tanto en la
construcción de las «obras provechosas y vistosas» para la ciudad, como en su
reparo …porque con estas cosas se enriquecen, adornan y ennoblecen,
quedando fama y gloriosa memoria por algunos siglos de la persona que las mandó
fundar9.
Una operación similar a la del viejo ayuntamiento de Baeza es la llevada a cabo por el mismo corregidor y en la misma fecha, ahora expresamente para conmemorar la entrada del emperador, la Puerta de Jaén, ya citada, que ostenta el mismo despliegue de escudos insertos en una estructura de factura gótica. La idea de grabar las armas del emperador sobre las murallas de la ciudad con motivo de su entrada se repite en Alcalá la Real, en la bóveda de la Puerta de acceso a la fortaleza de la Mota, si hemos de creer al cronista A. Guardia10. Este sellado de las ciudades con las armas reales, que se repetirá en Úbeda en la Torre del Reloj junto a la Puerta de Toledo, aunque en este caso con las armas de Felipe II con motivo de su visita a la ciudad repitiendo el mismo ceremonial que tuvo lugar en 1526, señala de forma elocuente no tanto la condición de realengo como de fidelidad a la corona por parte de la ciudad, sobre todo por el contexto histórico en el que se produce.
Sedes del poder civil; establecimientos
relacionados con almacenamiento y distribución de alimentos; fuentes y obras de
infraestructura hidráulica constituyen el programa de renovación urbana que se
van a realizar en esas dos o tres décadas centrales de la centuria. Entre los
primeros, ya hemos mencionado el de las casas consistoriales de Baeza.
Desaparecidos la mayoría de los edificios de Ayuntamiento de esos años que
tuvieron vestigios imperiales, como el de Jaén, sólo mantiene en su fachada,
reformada después, escudo imperial el ayuntamiento de Pegalajar, villa próxima
al entorno de los núcleos de colonización citados. Igual suerte han corrido las
Casas del Corregimiento, aún cuando éstas eran escasas. La única conservada con
su cuerpo principal es la de Baeza, gracias a que en el siglo xix pasó a ser sede del
Ayuntamiento de la ciudad, mantenida hasta hoy. Compuesta por el cuerpo
residencial y representativo y el edificio de Cárcel Real, adjunto, nos parece
una obra de enorme interés para aproximarnos al que hubo de ser el gusto en
arquitectura por parte de las élites de poder. Dentro del empleo sistemático
del lenguaje clásico, sin embargo nos llama la atención el uso de elementos muy
novedosos para ese momento como es la elección de la «serliana» (vano de arco y
dintel) derivado del repertorio ornamental del tratado italiano de Sebastiano
Serlio, para todo el balconaje del piso noble, junto con una profusa decoración
de grutesco, más propio de un primer renacimiento o «plateresco», variante
estilística que perdura en el tiempo, al igual que el gótico, en nuestro
peculiar y complejo renacimiento hispano11. Incluso no faltan los motivos
monstruosos en gárgolas, de clara progenie medieval. Con todo, tanto por el uso
de las serlianas como por otros estilemas, tales como la prolongación del plano
ornamental de la fachada principal en las laterales, creemos que se trata de un
diseño de Andrés de Vandelvira, el arquitecto más destacado que trabaja en Jaén
en las décadas centrales y una de las figuras señeras del Renacimiento español.
El recargamiento ornamental de esta obra, que la aparta de la línea clasicista
más sobria empleada por Vandelvira, no vendría, en nuestra opinión, sino a
confirmar el aprecio por una idea del lujo manifiesto en el revestimiento del
edificio, en sintonía quizá por el gusto en el vestido que la nobleza
bajomedieval ostentaba, y en consecuencia sinónimo de poder.
La casa de Corregimiento de Jaén,
desaparecida y sustituida en su solar por una construcción moderna, solo
mantiene como vestigio un escudo imperial orlado con el collar del Toisón. El
edificio, no obstante era de grandes proporciones, pues se elevaba en cuatro
alturas sobre una superficie de 700 m2, articulado
interiormente en torno a un patio con fuente. Situado en la calle principal, la
calle Maestra, hacía esquina con la Plaza de la Audiencia, donde se localizaba
el edificio de Justicia que daba su nombre al espacio y la Cárcel, configurando
el centro cívico-administrativo de la ciudad y del Corregimiento.
La Audiencia de Jaén desapareció, pero en cambio sí se conserva la de
Baeza, aunque no en proximidad con la casa de Corregimiento, sino a una
relativa distancia conformando un espacio abierto en conexión con la Puerta de
entrada a la ciudad, Puerta de Jaén, y Arco de Villalar, que junto al edificio
de Carnecerías incorporado el pasado siglo desde una calle lateral, configuran
la actual Plaza del Pópolo, en cuyo centro se levanta la fuente de los Leones,
realizada a mediados de la década de 1520 fruto de un ambicioso y complejo
proyecto hídrico para abastecimiento de agua a Baeza, acaso la fuente exenta
más antigua que existe en Jaén.
El edificio de Audiencia es de una sola crujía dividida en dos plantas, la
inferior dedicada a Escribanías y la superior, a Sala de Audiencia. Su
disposición apaisada constituye la mejor «frons scenae» para un espacio público
de estas características, sobre todo por lo que afecta a la fachada de
Audiencia, compuesta por cinco grandes ventanas articulados sus marcos por un
orden arquitectónico completo de columnas, entablamento y frontón, dentro de un
primitivismo plateresco también, entre las que se intercala la consabida
heráldica oficial: escudo imperial al centro, y del Corregidor y la Ciudad a
los lados. Pero lo más llamativo en cuanto a significación de lo que
representaba esta edificación en clave de conocimiento y asunción de la cultura
clásica del «Antiguo» o «Romano» son los cinco clípeos bajos las ventanas con
las efigies de otras tantas figuras de la historia civil de Roma: Marco
Marcelo, Medea, Muscio Escévola y Octaviano, de los identificados. Un sexto
vano, sustituido por una pequeña puerta, daba salida a una capilla abierta en
el ángulo que forma el muro con la Puerta de Jaén, del que hoy solo subsiste un
balcón de forja. Este elemento sacro, en íntima relación con la Puerta, nos
lleva de nuevo a la hibridación de ideas, tradicionales y modernas, tan
características de nuestra cultura renacentista.
En la planta inferior los seis vanos de
la Escribanías, puertas en realidad, son mucho más sobrios, aparte de
remodelaciones modernas, porque al parecer se reformaron en el último cuarto
del siglo xvi, no obstante se
abren en perfecta correspondencia con las ventanas superiores. Como oficinas
independientes que eran, cada una van jalonadas por sendas columnas clásicas
con su entablamento. La funcionalidad de estos habitáculos con acceso directo
desde la plaza, obligó a que la entrada a la Audiencia se hiciera por la
estrecha calle lateral.
Andújar, una de las más pobladas e importantes
del Reino de Jaén, con cuya capital compartía el Corregimiento, conserva un
peculiar elemento de la arquitectura civil de lo Público, del que escasean en
Andalucía, y que se levantó como especial homenaje a Carlos V. Se trata de la
Torre del Reloj, construída en 1534, se piensa que en expiación por el
levantamiento comunero. Tipológicamente estas torres exentas iban vinculadas a
los edificios de Ayuntamiento y aunque revistan un carácter defensivo por el
almenado con que se coronan, como en este caso, su función era la de alojar una
maquinaria de relojería con campanas que rigiera el tiempo de modo oficial. En
este ejemplar andujareño, que mantiene el cuerpo de campanas y un reloj de
esfera moderno, conserva del momento original, aparte de la fábrica de
albañilería, un reloj de sol, y las armas del emperador con el ya conocido
escudo del águila bicéfala, pero también se incorporan las correspondientes al
reino de Portugal, en atención a la pareja real. Una leyenda inscrita en
plancha de plomo, así lo registra con la fecha precisa12.
En el capítulo de la obra civil
relacionada con almacenamiento y distribución de alimentos, más abundantes,
aunque tampoco han llegado demasiados ejemplares hasta nosotros, hemos de
destacar el de los Pósitos, particularmente significativos con respecto al
resto del panorama andaluz y nacional. El de Jaén, que data de 1547, se
conservaba hasta 1921 en la pequeña plaza que lleva su nombre, antiguo «Mercado
Bajo» del siglo xvi, el gran
espacio público que señalaba la expansión de la ciudad fuera de las murallas
medievales. Por fotografías antiguas vemos que se trataba den un vasto edificio
de planta cuadrangular cubierto a cuatro aguas, que había de tener dos plantas
con entradas independientes. Tras la destrucción, se conserva la portada de la
planta baja o principal que actualmente da entrada al Museo Provincial de Jaén,
obra de Francisco del Castillo «El Viejo», obra que aún dentro de su lenguaje
clasicista tosco, propio de un maestro al que el nuevo lenguaje al «antiguo» le
había sobrevenido ya mayor, habla del empaque y dignidad con que la ciudad a
instancias del Corregidor Alonso Jiménez de Lugo concebía este equipamiento tan
esencial y benéfico para una comunidad agraria, como más tarde insistiría
Felipe II en este tipo de construcciones. De manera ejemplar, en el gran
frontis sobre el entablamento, luce el gran escudo imperial sostenido por
sirenas aladas, orlado con el collar del Toisón y las columnas de Hércules
alusivas al emblema personal del «Plus Ultra» y a menor escala dos figuras
alegóricas al cereal rey y al alimento básico, trigo y pan, sostienen los
escudos del corregidor y de la ciudad. Mitología e Historia en perfecta
combinación del discurso humanista moderno.
Mejor, aunque parcialmente, se conserva el Pósito de Baeza, anterior
incluso al de Jaén en tres años y tipológicamente distinto. De forma apaisada
se extiende a lo largo de la barbacana entre una de las torres de la ciudad más
potente, la de los Aliatares o Altares y el edificio de la Universidad.
Dividido en dos plantas, la superior, de amplias cámaras con trojes para
guardar se calcula que más de 200.000 fanegas de cereal, y la inferior, de
compartimentos abovedados de piedra con puerta de entrada individualizada,
solución inédita en el conjunto general de este tipo de edificios, que se puede
ver de nuevo en el antiguo Pósito de la Iruela, próximo a Cazorla, hoy
Ayuntamiento de la localidad, levantado posteriormente por Andrés de Vandelvira
ya en su plena madurez. Por supuesto en la fachada del pósito baezano campea un
monumental y enorme escudo imperial, junto con los del Corregidor y la Ciudad.
Delante del pósito, abriendo fachada a la Plaza del Mercado, el espacio
abierto de mayor amplitud extramuros, se encuentra la Alhóndiga, al que debía
estar unida y que junto a su función mercantil principal también ofrecía la de
hospedería. De tres alturas, se caracteriza por el buen ordenamiento de la
fachada con todos los vanos de las tres galerías en perfecta correspondencia;
el inferior, de esbeltos arcos de medio punto, dan paso a un pórtico y los
superiores, de menor altura y arcos rebajados, también con columnas y
antepechos.
La expedición de carne y pescado constituyeron asimismo en el siglo xvi piezas indispensables de la obra pública en la renovación urbana de las villas y ciudades medievales y por supuesto de las de nueva planta, como hemos señalado a propósito de Mancha Real, siempre ocupando lugares privilegiados en el plano urbano. La fortuna de estas edificaciones ha sido también muy adversa, tan solo las Carnecerías de Baeza están en pie y después de haber sido trasladadas el pasado siglo de su lugar de origen, próximo a la Puerta de Jaén, pero fuera de la muralla al igual que la Pescadería (lógico dado que había que aprovechar correntías de agua para los despojos), a ocupar un lateral de la Plaza del Pópulo. Sin embargo su amplitud era tal, que en el traslado a su actual emplazamiento hubo de «doblarse» la fachada para continuarla en una calle adyacente. Ya en el siglo xvii se tildaba de «sumptuosa» dicha fachada. De ella llama la atención, aparte de finos detalles ornamentales, lejos del plateresco de la vecina Audiencia, la amplia galería adintelada con que se corona y en cuyo centro se despliega el escudo imperial de mayor tamaño que se conoce en toda la provincia.
Si el pan fue alimento básico no menos
lo fue la necesidad del agua para una sociedad esencialmente agraria y donde
por razones climáticas y orográficas no siempre era fácil el abastecimiento
sostenido en los núcleos urbanos. La captación y conducción de agua constituyó
uno de los retos ingenieriles más importantes de nuestro Quinientos, que no
alcanzó su perfeccionamiento hasta la segunda mitad del siglo, bajo el reinado
de Felipe II, pero que tuvo su inicio en tiempos de su padre, como podemos
comprobar en el caso de Baeza, ciudad que por su emplazamiento y aumento de
población en el siglo xvi presentaba
grandes dificultades para abastecerla de tan preciado líquido, lo que dio origen
a una compleja infraestructura hidráulica que ha sido calificada de «paradigma
de la ingeniería renacentista española»13. Iniciada en la década de 1520 con la
construcción de la Mina del Moro de kilómetro y medio de extensión, concentraba
el caudal en el «arca» o gran depósito a las afueras en dirección nordeste,
para desde allí surtir a las distintas fuentes estratégicamente distribuidas en
el interior de la ciudad. De aquellas fuentes, la principal que ha subsistido
es la ya mencionada de Los Leones, en el espacio abierto de la Plaza del
Pópulo, que aparte de su condición de fuente exenta, de mayor monumentalidad
que las fuentes-abrevaderos, la más comunes, incorporaba elementos
arqueológicos recuperados, los cuatro leones de factura ibero-romano,
procedentes del yacimiento de Cástulo (Linares), entonces perteneciente al
municipio baezano, y columna central rematada con una escultura femenina de
igual procedencia identificada, según tradición, como Himilce. La ampliación y
culminación de aquella red hídrica de Baeza se culminaría en 1564 con la no
menos monumental fuente de Santa María, en la plaza de su nombre, frente a la
catedral.
Sabido es que el agua por las razones
apuntadas, tanto de salubridad como económicas, supuso un preciadísimo bien,
objeto, en consecuencia, de pugna y tensión por su control dentro de las
ciudades, exponente de las tensiones entre el poder privativo de las élites
locales y el público defendido por la Corona. La ciudad de Jaén, que ya había
tenido críticos episodios por este motivo en tiempos de los Reyes Católicos14, vivió en 1546 un conato de
reverdecimiento de esta cuestión después de que Carlos V mediante Provisión
Real diera prioridad a las fuentes públicas en el aprovisionamiento del agua
frente a las tomas particulares. El corregidor Jiménez de Lugo, que había
mandado construir el Pósito, recordemos, concibió para completar el
amueblamiento de la plaza del Mercado Bajo, el gran espacio abierto que marcaba
la expansión de la ciudad extramuros, una fuente que en principio el cabildo de
Jaén estimaba de gran ornato de la Ciudad y República della15, pero que ante la Provisión Real
emitida la mayoría de los Veinticuatro intentaron revocar el acuerdo municipal
de la construcción, salvado por el recurso del corregidor ante Carlos V.
Las fuentes públicas en la medida que han de asegurar el abastecimiento al
común de la población se erigen en puntos estratégicos del núcleo urbano,
verdaderos centros nodales y en gran medida articuladores incluso de la ciudad
junto con las iglesias parroquiales, de las que no suelen distanciarse, como
lugares de reunión e intercambio de relaciones sociales, escenario lúdico y
también trágico en la vida cotidiana. Todo ello justifica esa justa apreciación
de «ornato de la ciudad y república» a la que aludía el Consistorio jiennense.
Esa función predominante de abastecimiento para hombres y animales hizo que la
mayoría de dichas fuentes diseminadas por las distintas collaciones sean del
tipo «abrevadero», es decir, un lienzo apaisado y adosado a un muro en el que
se insertan un determinado número de caños de los que llenar cántaros para el
uso humano y un pilón o abrevadero del que puedan servirse las bestias que a
diario salen y entran de la ciudad para las labores agrícolas. Esta sencilla
estructura arquitectónica puede engalanarse en el plano de muro con relieves
escultóricos, cartelas con leyendas o simplemente con un tratamiento especial
del aparejo del muro, sin que falten nunca la heráldica oficial, que atestigua
su condición de obra pública a la vez que la dota de «Memoria», por tanto de
«monumento», para la posteridad.
La serie de estas piezas constituyen el
catálogo más amplio de la obra pública del reinado del César Carlos conservado
en la actual provincia de Jaén. La primera de ellas en las que campea el escudo
imperial es la de Segura de la Sierra, aun cuando la fuente databa de 1511,
pero se reformó en los primeros años del reinado de Carlos, para ser en época
reciente acabada de reformar16. No obstante sorprende la amplitud que
tiene para un núcleo de población pequeño, pero de importante significación
política como centro en el enclave de la Sierra de Segura de la Orden de
Santiago.
De grandes dimensiones era igualmente la
fuente de la Villa de Martos realizada en 1526, coincidente con la visita real
a la villa. Desaparecida y expoliados algunos elementos, el más importante, el
de la leyenda fundacional, se ha acaba de rehacer. Por una descripción del
siglo xviii, sabemos que era
un lienzo de 26 varas de ancho por tres de alto, extraordinariamente apaisada
por tanto, con ocho caños y el correspondiente pilar-abrevadero. Para aquellas
fechas ya se habían borrado prácticamente los escudos, de los cuales solo se
percibía el águila bicéfala. La leyenda fundacional en lápida de mármol y con
caracteres góticos, en la que figura la fecha, se ha podido recuperar. En la
misma Martos, pero ya bajo el reinado de Felipe II, se construirían dos
fuentes, tal vez las más espectaculares de Jaén, la de Neptuno, exenta, en el
centro de la plaza del Ayuntamiento y otra del tipo adosado, posterior, en la
plaza de San Francisco (hoy trasladada a un parque moderno), ambas del
arquitecto Francisco del Castillo «el Mozo», quien había hecho otra para Jaén
ciudad en 1556, a su llegada de Roma, donde había trabajado junto a Vignola en
Villa Giulia, introduciendo en tierras jiennenses formas y ornatos de
actualidad en la Ciudad Eterna, de lo que será primer protagonista el mismo
edificio de Cabildo de Martos.
La riqueza arqueológica marteña,
extensible a la práctica totalidad del antiguo Reino de Jaén, fue un acicate
para el afianzamiento del gusto e interés por la cultura clásica, tan
identificadora del Renacimiento como del círculo oficial de la Corte imperial y
después, más si cabe, de Felipe II. Ya Andrea Navagero al llegar con la
comitiva real a Martos le llamó la atención la abundancia de los testigos
romanos, al igual que lo hiciera Francisco Delicado en su Lozana
Andaluza, quien ya se hiciera eco, por cierto, de la Fuente de la Villa, y
que culminaría con los escritos del humanista marteño Diego de Villalta17 o la temprana incorporación de
lápidas y otros materiales romanos de despojo a la cimentación de la Casa de
Cabildo y Cárcel, realizada por Castillo «el Mozo», a modo de elocuente
metáfora del origen histórico de Martos. Proceso similar al llevado a cabo en
el antiguo Ayuntamiento de Linares, tras su independencia del municipio baezano
en 1564, que tapizó toda su fachada con «expolia»
La seo jiennense, que había emprendido su segunda ampliación o nueva
fábrica en la última década del Cuatrocientos, en un canónico gótico flamígero
al gusto imperante en la corte de los Reyes Católicos, sufre un parón hacia
1525 so pretexto de un deficiente estado del cimborrio, que al igual que
ocurrió en otros templos corría riesgo de derrumbarse por la osadía de unas
construcciones en piedra muy elevadas y prolijas en su ornamentación, para no
reanudarse hasta más de veinte años después, ya en la mitad del siglo, con un
cambio radical de estilo marcado por el modelo implantado en la catedral de
Granada por Diego de Siloe y expandido a las restantes catedrales del ámbito de
la Alta Andalucía. Aunque el proyecto de la catedral de Jaén se aprobara y
ejecutara a partir de esa fecha, conviene llamar la atención que el cese de la
obra gótica y los preparativos económicos para posterior renacentista que hoy
vemos se lleva a cabo en el episcopado de Gabriel Merino, prelado natural de la
comarca del Condado, al norte de la provincia, y otra de esas personalidades
influyentes y cercanas al emperador, uno de los pocos Consejeros de Estado,
obispo de Bari y cardenal, cuya vida oficial transcurre en Roma. Hoy convenimos
que esta catedral de Jaén perfecciona, en cuanto al ideal renacentista de
equilibrio y armonía de proporciones, el modelo granadino. El proyecto fue
planteado y dirigido hasta su muerte por mano del arquitecto Andrés de
Vandelvira, quien habría de llevar a cabo la ejecución de otro proyecto
siloesco en tierras de Jaén: La sacra Capilla de El Salvador, en Úbeda, templo
funerario de Francisco de los Cobos, y a partir de ahí desarrolla un vasto
programa constructor de palacios y capillas en la misma ciudad que la ha hecho
ser merecedora de Patrimonio de la Humanidad, junto con la vecina Baeza, como
conjuntos arquitectónicos renacentistas sorprendentes por su cantidad y calidad
separadas por muy pocos kilómetros. Demanda y predilección por el estilo, que
se extiende como un eco entre la nobleza de Jaén alcanzando otros lugares como
La Guardia, por ejemplo, solar de los Messia, y que junto a la febril actividad
constructora también de la Iglesia han hecho de la actual provincia un
indiscutible foco de arquitectura renacentista en España.





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