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jueves, 16 de abril de 2026

CUENTOS RURALES DE LA COMARCA DE ALCALÁ LA REAL (II)

 

                                                                                                 CUENTOS RURALES DE LA COMARCA DE ALCALÁ LA REAL (II)

 

Fiestas ´2008´ Asociación de Vecinos “Huerta de Capuchinos de Alcalá la Real

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

LA RECUPERACIÓN DEL FOLKLORE ALCALAÍNO.

I..Los cuentos

Intentamos recuperar todo el folklore, que nos llegue a nuestras manos. Estamos prácticamente en los últimos momentos de recuperación. No obstante, algunos restos todavía en nuestra zona rural  por parte de personas mayores de la tercera edad  y los abuelos de nuestros alumnos nos lo han proporcionado.

Lo hemos realizado, ya en otras ediciones del barrio de San Juan , y ahora continuamos con esta nueva serie de cuentos, que aumentan  el elenco de nuestro acervo cultural. En este libreto, el informante ha sido Sixto Arroyo Léon, una persona de una gran facilidad narrativa y conocedora del entorno rural de La Pedriza. A pesar de ser  octogenario, rebosa una extraordinaria simpatía, y memoria descriptiva. También canta canciones de Carnaval, chirigotas y comparsas. Describe hechos importantes de nuestra Guerra Civil. Y, por encima de todo nos ha relatado estos cuentos muy ingeniosos que les hemos puesto forma, ilustraciones y algunos contenidos.

Continuaremos lo iniciado en otros años. Queremos completar el Cancionero Relatos y Leyendas.

 




















 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS PELLEJOS DE MIEL

 

Había un pueblo en un paso muy frecuentado por los transeúntes,  el cual ofrecía mucho ambiente por las personas que transitaban por aquellos lugares. Junto al camino principal, se encontraba una posada, a la vez, parada de postas, donde muchos arrieros y viajeros solían acercarse.

Cierto día, con la caída del sol, se acercaron varias  caballerías que pusieron el cartel de completo  a su alojamiento. Pero, al anochecer, el posadero recibió una visita imprevista. Llegaron a su posada unas recuas de cuatro asnos con dos arrieros de preocupante aspecto.

 

Estos le dijeron al posadero.

 

-¿Tiene usted, posadero, sitio para pernoctar hoy?

-No lo tengo, ni para vosotros ni para los animales.

 

Los arrieros se quedaron aturdidos, pues portaban, en sus acémilas, unas cargas de pellejos con miel de caña, que traían de las costas del  Mediterráneo hacia el interior de Andalucía.

 

 -¿Qué haremos con nuestros pellejos de miel? Se nos derretirá la miel si los dejamos a la intemperie. No los robarán, ¿ dónde podremos dormir y guardarlos? Le espetaron los caballeros.

 

Entonces les contestó muy amablemente  el posadero

 

-No me queda más remedio que aconsejarles que pidan un favor.

-¿A quienes?

-A los señores de enfrente de  su posada, para que les permita guardar los  pellejos.

 

Inmediatamente, los dos arrieros cruzaron el camino carretero y tocaron con sus puños  la puerta.

 

-¡Pon!,.¡ Pon!, ¡pon!.

-¿Quien es?

-Paz., unos arrieros de  la posada

 

Salió el señor de la casa a la puerta e, inmediatamente, le saludaron muy  efusivamente los arrieros.

 

-Señor, perdone, que le molestemos. Pero tenemos un gran problema. La posada esta repleta de gente, y no podemos dejar en la calle parte de nuestra carga, al menos lo más valioso, al resguardo de bandoleros, ladrones  y bandidos.

 

¿Qué son, señores?

-Cuatro pellejos de miel de caña.

 

El señor, un poco desconfiado, y acordándose de los reparos de su señora con cualquier cosa  o persona extraña, les dijo:

 

-Me es imposible. No tengo dónde colocarlas.

 

Apenados, se despidieron los dos arrieros. El señor se lo comunica a su señora, y ambos quedaron sumidos en un gran remordimiento. Pero, la señora arrepentida los llamó desde el la ventana en el momento en el que cruzaban el camino.

 

-: Vengan. Vengan. Tráiganlos lo más pronto posible,  y colóquenlos bajo la despensa de  la  escalera..

 

Los dos señores se pusieron a comer y, en medio de la cena,  comenzaron a preguntarse por aquellos objetos extraños, y de tan grandes dimensiones. No se hacían sino  preguntas, repreguntas, envueltas en una nube de temores encubiertos por si encerraran algunos monstruos espantosos o reptiles, que se despertaran en la oscuridad de la noche. Además, nos le gustó en modo alguno el aspecto de  aquellos arrieros y, menos aún, que no concordaban su recua de asnos con la de  los pellejos y arrieros. Dos pellejos, dos arrieros y cuatro  asnos. Por eso, ordenaron a sus criadas a que se mantuvieran despiertas durante toda aquella noche y estuvieran alertas ante cualquier incidencia que pudieran escuchar o percibir `proveniente de aquellos sacos o del exterior de la casa.

 

-No os marcháis, debéis quedaros vigilantes en las mecedoras del portal, con un ojo puesto en la chimenea y otro en la despensa.

-¿Por qué?

-Debéis vigilar, sobre todo, esos pellejos, que están llenos de miel, y son muy valiosos, según me han contado sus amos.

       Las criadas no sabían cómo pasar las horas. Ya se levantaban, ya  avivaban la lumbre con el soplador. Y las horas no pasaban. A eso de las una de la noche, les entraron unas ganas enormes de comer. Y, se dispusieron a preparar unas gachas. Nos falta la azúcar que la tiene guardada  la señora en el arca de las tres llaves.

 

-¿Para qué? ¡Con lo ricas que están con miel!

 -Ni, a adrede, hubiéramos tenido un mejor regalo.

 

Colocaron los trébedes en el fogón, y una sartén mediana. Le echaron el agua, el aceite y la harina, y con un enorme cucharón comenzaron a darles vueltas. Estaban ya a punto de sacar un plato, cuando una le dice a la otra.

-Muy herméticos están los pellejos para poder sacar la miel, ¿Cómo los podremos desatar? Tienen nudos miles y de los tipos más extraños. Además, podría derramarse, si consiguiéramos desatarlos.

 

-Y si  inventamos otro modo de  sacarla.

-¿Cual?

-Toma una aguja de coser sacos, lo más gorda posible. Pincha uno de ellos, y coloca un jarro debajo del agujero,  desde donde recojas el rico líquido.

 

Así lo hicieron. Una sujetó la piel del saco mediante un pellizco en la parte alta  del pellejo. La otra, con gran fuerza, lo pinchó.

Desde dentro, inmediatamente salió un sonido agudo que se mezcló con el rasguillo de la aguja en el pellejo.

 

- ¡Ay! Cuidado, que me habéis pinchado en la frente.

       

Mientras se retorcía el furtivo ladrón, encerrado en el pellejo pinchado, las dos criadas sacaron la aguja, y, de nuevo, volvieron a pinchar el otro pellejo. El hundimiento de la aguja fue más suave y no tan duro como en el anterior pellejo.

 

- ¡Ay! Ten más cuidado que me has pinchado en un ojo.

 

Cierran la despensa. Espantadas, pero, ufanas por su aventura, subieron a los cuartos del primer piso de la casona. Y golpearon la puerta del dormitorio de los señores.

-Ama. Amo, bajad a la despensa, los pellejos no son de miel, son dos ladrones, que nos querían robar.

 

Ya no pudieron dormir más.  El ama abrió el arca y dio varias cucharadas de azúcar para las gachas. Y, el amo se colocó con una escopeta apuntando hacia la despensa.
Al amanecer, la señora se dirigió hacia las dependencias Justicia. Esta le envió unos ministros del alguacil, que detuvieran a los ladrones.

- ¿Estos son los ladrones?

-Sí, dos están dentro del pellejo. Pero aquellos dos están dormidos fuera esperando la llamada. También son dos ladrones.

 

Los detuvieron a todos, de improviso a los dos de la calle y a los del pellejo en su caldo.

Las criadas comentaban que, aquella noche, las gachas tuvieron sabor agridulce. Pero, aún así, se las comieron.

 

FIN 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CABEZA DE AJOS

 

Había un matrimonio que no tenía hijos, y la mujer le decía a su marido:

 

-Hay que ver la mala suerte que nos ha tocado. Llevamos tantos años de matrimonio y no tenemos hijos. Le voy a pedir a Dios que nos conceda un hijo, aunque sea del tamaño de una cabeza de ajos.

        

Pasó el tiempo, y la mujer se quedó embarazada. Pero, después, alumbró un hijo tal como ella había pedido tan pequeño y pequeño como una cabecita de ajos.

       

Ya, aquel matrimonio convertido en una familia y sus miembros en padre, madre e hijo, estaban tan alegres que no cabían en su cuerpo. Se decían entre ellos. “¡Más alegría no podía haber para nadie en el mundo! En esto que dijo, el marido a la mujer:

       

-Mira, mujer, tengo unas ganas enormes de que pasen los años y se haga mayor, para que me lleve la merienda al campo.

       

Y llegó el día, en el que le dijo el hijo a su padre:

       

-Papa, papa, mañana te voy a llevar la merienda.

       

-No, hijo mío, todavía eres muy pequeño- Le contestaba la madre.

Ella, por su pequeña estatura, pensaba que no había crecido todavía y le animaba diciendo que ya llegaría el día que se la llevaría a su padre cuando creciera.

       

Llegó el día y la madre le dijo:

 

-Apareja el burro, hijo mío.

 

Mientras lo aparejaba, la madre no hacía sino pensar y darle vueltas a la cabeza para dilucidar dónde pondría a su hijo, que todavía era tan pequeño como había nacido. Al final, resolvió sus dudas

 

-Ya lo sé. Lo pongo en la oreja del burro.

 

Y así lo hizo.

 

El niño emprendió el camino en dirección al campo, donde laboraba su padre. A mitad del trayecto, se cruzó con unos arrieros. Muy extrañados por encontrarse un burro sin amo, conversaron y se hicieron varias preguntas entre ellos ante tan insólito caso. Y uno le dijo a otro:

 

- Este burro va sólo.

       

Le contestó el niño desde la oreja del burro sin apenas notarse la voz, y uno de los arrieros le dijo al otro:

       

-No va sólo, va acompañado.

 

         Entonces el burro le respondió por medio de la voz del niño escondido en la oreja:

       

-Voy yo aquí.

 

  Para que no se lo llevaran, el burro comenzó a rebuznar y hacerse notar al padre que se hallaba segando a la vista de ellos.

       

Y el niño, con su tímida voz, vociferaba:

       

-Papa, papa, que voy para allá a traerte la comida. 

 

Y se dirigió adonde el padre amontonaba los haces de trigo. Al verlos, le entró una enorme alegría al padre., a lo que el hijo le espetó diciendo:

-Papa, ya estoy aquí contigo. Me ha mandado madre para traerte este potaje calentito.

 

A pesar de los sudores por la frente que al padre le cegaban los ojos, sin embargo, tuvo la mente clara para ponerlo a descansar al niño. Y lo hizo encima de un manojo de espigas no fuera que lo pisara el burro. Pero con tal mala suerte que en un descuido el burro no lo vio y al comerse tan rico alimento se tragó al niño y al manojo de espigas.

 

Roto por completo el padre, comenzó a llorar. No comprendía cómo había tenido tan poco juicio para poner este suculento manjar al alcance del burro. Le daba vueltas a su cabeza, mientras regresaba a su casa sin saber cómo comunicárselo a su mujer:

 

Esta, al enterarse, le increpó, pero inmediatamente se abrazó a su esposo y convirtieron la casa en un valle de lágrimas. Mas un rayo de esperanza le vino a la mente:

 

-Metamos el burro en uno de los cuartos de la casa, limpio y con buena luz. Tal como el burro va haciendo sus necesidades, nosotros vamos deshaciendo los excrementos

       

Durmieron la primera noche con el burro, y no hallaron nada. Pero llegó la segunda noche y de uno de estos se escuchó una voz:

 

-Papa y mama, he estado recorriendo calles y callejuelas. Con unos ruidos enormes.

 

Y, sano y salvo se volvió a unirse a sus padres que llenos de alegría lo lavaron con aguas mezcladas de espliego, tomillo y matas de lavanda 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  MARIA LA PELLEJUELA

 

Érase una vez un reino, en el que había muchas necesidades y pobreza, principalmente para una familia, a la que se acumulaba la falta de trabajo entre sus miembros.

El matrimonio había tenido muchos hijos, y, entre ellos, destacaba una joven, de nombre María y por cierto muy guapa, que andaba buscando trabajo por todos los rincones del reino para paliar el hambre de sus padres y hermanos.

Llegó a una casa pidiendo trabajar y la negativa fue la respuesta a sus ansias de trabajar. Llegó a otra puerta, y tan sólo le informaron que la reina del País, trataba de encontrar una trabajadora para su Corte.

Ni corta ni perezosa, emprendió el camino hacia la capital del reino, y alcanzó las puertas del palacio. Tocó el aldabón de la puerta, y una trabajadora palaciega le abrió ante sus reiteradas llamadas: Al instante se dirigió a María y le preguntó.

- ¿Qué quieres?

-Busco trabajo. Contestó angustiada María.

-Espera un momento, que se lo voy a comunicar a mi Majestad

Tras pasar el patio de armas, se adentró a la torre del Homenaje, y una vez pedidos los permisos y los plácets de cortesía, la trabajadora se dirigió al monarca.

-Ha llegado una joven buscando trabajo, la dama que estamos esperando contratar.

El rey miró a la reina, y ambos, casi al unísono, le espetan a la sierva que llame a la joven y le acompañe ante su presencia.

-Entra, joven. Te reclaman los reyes.

 

Al instante, se presentan en la antesala de Embajadores, donde los Reyes aparecían sentados en dos grandes sillones, tapizados de tafetán carmesí con las armas reales. La joven María se postró ante sus pies. E, inmediatamente, la reina le preguntó 

- ¿Cómo te llamas? 

-María, y muchos me apodan la Pellejuela, Majestad.

- ¿Qué apellido más extraño! No lo he oído en ninguno de mis súbditos del reino.

-No, Majestad, no es un mote ni apodo. Me lo dicen, porque yo sólo visto con pellejos.

Muy contrariada la reina, le espetó con estas palabras.

- ¡Difícil te veo que quedes entre nosotros! Pues mi hijo le encanta y es su manía que todos los sirvientes y damas de la corte vayan bien vestidos con sedas, tafetanes y damascos.

Al instante, María, le contestó:

-No se preocupe, Majestad. Ya me las ingeniaré para no me vea con estos vestidos de pellejo.

Ante tan buena disposición, los reyes consintieron contratar sus servicios y, provisionalmente, ponerla a trabajar.

No se equivocaron los monarcas, pues era muy hacendosa y limpia de tal modo que todos estaban muy contentos de todas sus labores.

Por casualidad, en aquellas fiestas se celebraban unas fiestas con motivo del aniversario de la entronización de los monarcas. Se realizaron, por la mañana, los tradicionales toques de campanas y, entre los campesinos del lugar, algunos tiros de patos, juegos de esgrima y del árbol, en el que trataban de subir un palo coronado con cintas de colores. Por la tarde, se preparó un sarao, al que acudieron varios juglares con su vihuela, carrañaca y algunos instrumentos de percusión.

Los reyes ocultaron a María en un cuarto del palacio para no encolerizar al príncipe. Pero, compadecidos se acercaron a la hora del mediodía, a verla. María le dijo a la Reina:

-Anda, déjame, que vaya al baile.

-No puede ser. María. Con esa ropa, me es imposible que te permita acompañarnos.

-Bueno, me cambio, y me pongo otra.

Tras unos momentos de duda, los reyes consintieron que María acudiera a la fiesta del baile.

Cuando se presentó en el salón ante todos los cortesanos y amigos de los reyes, causó una gran sorpresa. No se lo podían imaginar. Pero, el príncipe, que no la había visto anteriormente, quedó totalmente prendado de la belleza de María.  Y le pidió que bailara con él.

-Eres la joven, más guapa que he conocido ¿quieres bailar conmigo?

-Cuando quieras, Príncipe.

Se pusieron a bailar, sin separarse las miradas uno de otro, pero sobre todo el hijo de la reina andaba encandilado. En medio de romances de amor y acompañados de la percusión de panderos y de repiqueteos de castañuelas y ginebrinas, el joven príncipe le declaró el amor a María.

- ¿Quieres casarte conmigo?

-Yo, todavía, no tengo la edad de que nadie me pretenda. No me ha llegado la hora de tener relaciones con ahombre alguno Contestó muy tímida María.   

-Pero, yo soy un príncipe, y, para mi no hay leyes ni impedimento alguno apara tener relaciones amorosas contigo.

-No puedo, no puedo, ni mis padres, ni tus padres lo permitirían….

-Toma esta sortija, le dijo el príncipe.

Terminó la fiesta y ambos se separaron del salón. María se adentró en las alcobas del tercer piso y, durante aquella noche, durmió el sueño más encantador que podía haber imaginado. El joven príncipe se dirigió a la sala de la reina, donde le comentó todo lo que había acontecido durante la fiesta.

-Madre, he visto a la mujer, más guapa del mundo y me he enamorado de ella.

Mientras hablaba le vinieron un dolor fuerte de cabeza y unos sudores que no podía resistir.

-Madre, me muero, me acuesto. No puedo más.

Se costó y le acompañaba dos damas, que comunicaban todas las novedades a la madre. Esta angustiada por la enfermedad repentina llamó al físico del palacio y le aconsejó que le preparó una serie de pócimas para que se restableciera de aquel angustioso estado. Ni el vapor de los eucaliptos ni las toallas de agua fría les cortaban los ríos de sudor.

Por la tarde del día siguiente, el joven príncipe empeoró. No hubo más remedio que requerir los servicios de un médico muy famoso del condado limítrofe, le analizó la orina y le miró muy atentamente los ojos. Y le aplicó unas medicinas con sustancias específicas para casos extremos, no sintió tampoco alivio. A la reina no le quedó más remedio que buscar al más famoso de otro cercano ducado, aunque era de sus adversarios. Pero todo lo hacían por su hijo.

Le diagnosticó de la siguiente manera:

-Majestad, su hijo sufre depresión. Por eso, no quiere comer, malos espíritus y la melancolía han entrado en su cuerpo. Enfermedades muy difíciles de curación.

Al instante, la madre reina encargó a sus damas, para que acudieran al convento y le prepararan unas tortas a su hijo. Pues era lo único que se le metía por los ojos cuando se enfadaba. Volvieron y se las entregaron en una bandeja La reina se las dio de comer al hijo

Entre las damas estaba María presenciando la triste escena, no podía callar más y se dirigió a su reina.

-No se las come, Majestad, ¿Quiere que yo le haga una torta?  

-Si no se ha comido la de las monjas con lo que le gustaban. Lo va a hacer con las tuyas.

-Déjeme, que lo intente. Puede ser que cambie de opinión.

La reina que no veía salida alguna, lo consintió. María la preparó, metiendo en medio la sortija que le había entregado durante el baile como prenda de amor.

Pronto, sacó del horno la torta y se la entregó a la reina. Esta se la entregó a su hijo sin conocer el misterio que tenía encerrado ni las declaraciones de amor.

-Toma, hijo, esta torta, mira qué buen aspecto presenta.  

Entraron madre e hijo en una discusión, por la negativa del segundo a comérsela, en un tira y afloja, la torta se partió en dos y el Príncipe percibió en su interior el brillo de su sortija.

-Mamá, mamá, ¿Quien ha hecho y traído esta torta?

La madre, creyendo que alteraría el +animo de su hijo la entrada de la Pellejuela, le contestó:

-Han sido las monjas, ¡Cómo van a venir, si no pueden salir del convento!

-Madre, tienen que venir.

 

No pudiendo resistir más, la madre llamó a María, la Pellejuela. Y le hizo entrar en el dormitorio del Príncipe. Este, al contemplar de nuevo, se levantó de la cama, completamente restablecido de la enfermedad, dirigiéndose a su madre:

 

 -Esta es la mujer que yo quiero, yo me casaré con ella

 

 

 

Y, así aconteció. Se casaron y fueron muy felices y este cuento se acabó.

       

 

 

                         FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CURA, EL AMO, LA MUJER Y EL CRIADO

 

Había dos parcelas de tierra que lindaban, una con la otra. Una era de un padre cura, y la otra de un afamado labrador.  Tenía la familia un criado, de nombre Pedro, que se dedicaba a todas las labores de labranza de su cortijo. En otoño, las labores de la vendimia, siembra y yunta; en invierno, la aceituna, en primavera, la escarda, y en verano la siega y la era.

La señora del cortijo, por cierto, era muy religiosa y mantenía muy buenas relaciones de vecindad con el padre cura de la aldea. Pues le invitaba a compartir la mesa con asiduidad en su casa.

Cierto día, la señora mató un pavo y le invitó a comer al cura.

En otra ocasión, mató un gallo. Y, no fiándose del criado, le dijo a su marido.

-He matado un gallo. ¿Porqué no vas a invitar al padre cura para que venga a comer con nosotros? Ahora, está trabajando con su yunta en el campo. No me fío de Pedro que no es buen mandadero-

Le respondió el marido:

-Yo no voy, que no tengo ganas de andar.

Se dirigió a donde estaba el criado y le dijo:

-Te ruego que vayas al campo del padre cura, y le dices que se venga a comer con la familia., 

Ni corto ni perezoso, le asintió con la cabeza. Pero primero subió a una cámara, donde rellenó todos sus bolsillos con nueces. Después, marcho hacia la finca del cura. Cuando se acercaba a la besana que el cura faenaba, iba soltando nueces. Por fin se colocó delante su presencia y le dijo:

-Padre, me ha dicho mi amo que pronto llegará y lo apedreará.

        Pedro salió presuroso en dirección al cortijo del amo y llegó ante la señora, a la que le dice:

        -El cura no tiene ganas de comer.

Contrariada la mujer, le dijo a su marido:

-Anda, ve y le dices al cura que le he preparado el gallo para él. Anda, insístele. 

El marido, cuando se acercaba al cura, comenzó a coger las nueces, que había soltado su criado Pedro. Al verlo el cura en posición de tomar las piedras del suelo, por lo bajo gritó:

-Este ya viene a matarme a peñonzazos. Era verdad lo que me dijo Pedro.

Salió corriendo, y no miraba al amo. Cayó varias veces tropezando con los terrones, Pero no desistía.

El marido le gritaba:

- ¿Adónde va usted? ¡Que mi mujer me ha dicho que se venga a comer un gallo! No corras, ven con nosotros.

Pero, el cura, no escuchaba, sino que, a las voces de “te ...a comer”, más aceleraba el paso y más corría.

- “Cosas de Pedro”. Con razón mi esposa no lo quería de mandadero.

 

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                         FIN

 

 

 

 

LOS OLIVARES DE LAS SIERRAS DEL SUR DE JAÉN

 

DENOMINACIÓN DE ORIGEN DEL ACEITE DE LA SIERRA SUR.

 

 




 

 

Como es lógico y notorio, en mi anterior estudio sobre el aceite en la provincia de Jaén, está documentado que el aceite de la Sierra Sur se remonta a la época romana y debió cubrir las necesidades alimenticias de los habitantes de esta comarca del Conventus Astigitanus dentro de la demarcación amplia de la provincia de la Bética.

A partir de este momento debió formar parte de una economía autárquica, propia de aquellos tiempos de autoabastecimiento, y, tan sólo, algunos excedentes se trasladaron a otros lugares.

A partir del siglo XVIII, comienzan dos fases de roturaciones de los montes y tierras realengas que transformaron el paisaje agrario, pasando de ser extensos bosques mediterráneos a una agricultura mixta entre secano, viñedo y olivar. Dentro de esta primera fase que se extiende hasta mediados del siglo XIX, el olivar dio unos pasos de gigante convirtiéndose la comarca de la Sierra Sur   en una zona, donde el olivar comenzó a ser una fuente fundamental de riqueza, exportándose de unos municipios a otros, principalmente desde los municipios de Castillo de Locubín y Alcaudete, donde existían numerosos molinos de aceite. En una segunda fase a finales del siglo XIX, promovida y acrecentada por las medidas desamortizadoras, se desarrolla el olivar en extensos campos, llamándole a las plantaciones de “olivos viejos”. Con este nuevo paso, las ciudades de Alcalá la Real, Valdepeñas y Villares se incorporan en la industria y en el comercio aceitero dentro de esta amplia comarca, a la que los visitantes definen como Sierras del Sur de la provincia de Jaén.

Desde principios del siglo XX, el olivar no sólo ocupó los extensos predios de los viñedos, sino que alcanzó las tierras de secano, las industrias aceiteras y las derivadas del olivar como el aceite de orujo y el propio orujo se desarrollaron en todas las poblaciones. El aceite invadió los mercados exteriores, y en todas las ciudades el tráfico del comercio del aceite era frecuente y muy importante apreciándose los aceites de todas sus poblaciones que expandía desde sus propias fábricas, almazaras y centros comercializadores, como aceites de unas tierras diferentes a las de los aceites de la campiña.

 

          LOS OLIVARES DE LAS SIERRAS DEL SUR DE JAÉN

 

 

 

Andrés Marcos Burriel   y “Memorias para la vida del Santo Rey Fernando III”

 

Está plenamente comprobado que los olivares de la Sierra Sur de Jaén estaban integrados en el paisaje de mediados del siglo XIII. Con motivo de la conquista del rey Fernando III el Santo por estas tierras, Andrés Marcos Burriel escribió el libro “Memorias para la vida del Santo Rey Fernando III” y en dicha expedición militar se atestiguaba:

 

“El Rey no perdió tiempo, mientras le ganaba el Infante. Prosiguió hacia la frontera, y le acompañó la reina doña Juana. La gente que llevaba no era mucha, porque el deseo de partir luego no dio tiempo de esperar a los que vendrían, porque, según veo, en aquel tiempo era la mejor bandera para alistar soldados ver al Rey con pocos en campaña Así sucedió. Hubo al principio algún susto, al pasar por el huerto del Murada, temiendo que con pocas fuerzas escoltaban una reina, le venció el valor de emprender el paso, y no tuvo en que lucir en la función, porque sólo de que venía el rey don Fernando tenía atemorizados a los moros (…) Refugiáronse a la plaza los moros, y el rey no los embistió, que diestro capitán que envainó un tanto su ardor entre la prudencia. Quebrantó al enemigo y aseguró el golpe. Taló, destruyó los campos, quemó los olivares, descepó los majuelos, agostó las alamedas y los dejó encerrados dentro de la villa, gastando las provisiones que habían entrado, y sin esperanzas de conseguir nuevas si salían al campo. Dejado así, y pasó a Jaén que padeció el mismo rigor, y acabando con cuanto había allí, se encaminaron a Alcaudete. Fue el ejercito un rayo, quemó cuanto alumbraba, atemorizó cuantos le veían, sin dejarles el miedo más libertad que para retirarse o esconderse”. 

 

SIGLO XVII

 

El geógrafo Francisco Tomás López de Porcuna y Fuentes


 

Con el geógrafo Francisco Tomás López de Porcuna y Fuentes, hemos encontrado la correspondencia que tuvo en 1781 con Francisco Tomás de Porcuna y Fuentes, prior de Valdepeñas, en las que percibimos la identificación del terreno con las sierras del Sur de Jaén:

“A la orilla de este  dicho río de Susana se alla empinado  cerro redondo que oy llaman el Castellón, a distancia de un quarto de legua de Valdepeñas, en él huvo un castillo que oy está destruido, que se llama Castillo de Susana, que se ganó a los moros en el año 1238 por don Martín Ruiz, elector maestre de Calatrava, siendo jues de Baeza don Bicente De Aracas, y este sitio esta en medio de Jaén y Alcalá la Real junto al citado sitio de Susana y Tornera, en este mismo camino para Alcaudete hay otra sierra muy elevada Aguillo. Desde este pueblo de Valdepeñas, a la villa de Martos hay doce quartos de legua, hay dos caminos, uno por el zerro del Biento, y a las dos leguas está el Salado, que nace de dicho Zerro de el Biento, Viene un buen puente de un ojo, pasa por la Yguera de Martos, por una legua de Arjona y Porcuna, en invierno es caudaloso, después a media legua de este río, está el arroyo del Gato, también nace en  el citado Zerro del Biento y entra en dicho Salado antes de Martos no tiene puente; después esta´el arroyo de Huertas Biejas, o el vadillo., Desde este pueblo de Valdepeñas a la ciudad de Alcalá la Real, ay doze  quartos de legua está al mediodía, desde esta dicha Villa para dicha Ciudad se pasa al río Susana, tiene Puente y está en el término de esta Villa, se ba al sitio  que llaman el Molino de Papel, después al Puerto de Locubí; y a poca distancia se separa uno para Alcalá y otro para el Castillo de Locubín; el de la izquierda, ba  a dicha ciudad de Alcalá, y el de la derecha para el Castillo, se pasa Río Guadalcotón, todo río arriba todo camino de la Sierra, dicho río no tiene puente, ni benta algun a ni cortijada, Desde aquí a dicho lugar del Catillo, que es aldea de dicha Alcalá, ay ocho quartos de legua, se ba por el mismo camino hasta dicha separación., que es en lo alto de la Cuesta del Romeral toda la questa  abajo asta llegar al Rí , que llamna el Castillo, no hay benta  alguna,  y todo camino de la Sierra. Desde este pueblo al lugar, que llaman Frayles, ay ocho quartos de legua, se pasa por el puerto del oyo por los llanos del Ángel, no tiene río dicha población, es aldea de Alcalá y es camino de Sierra, no tiene benta, sí algunos cortijos distantes unos de otros”.

Y el propio geógrafo comentando sobre la villa de Alcaudete

 “Esta villa situada en llano y su jurisdicción se extiende por la mayor parte hasta cinco leguas. La calidad del terreno es mediana. Sus frutos son de trigo, cebada y semillas, y una regular cosecha de aceite, hasta unas seis riberas que producen frutos bastantes, como manzanos y duraznos, de los que se componen orejones y otras distintas especies”.

 

 

Guillermo Bowles  e Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España

 

En 1775, Guillermo Bowles editó su Introducción a la Historia Natural y a la Geografía Física de España, nos describía este paisaje cercano entre Alcaudete y Valdepeñas “Dejando este lugar, pasé por una montaña terrosa, caliza y cultivada de olivos, y conviene observar que, aunque por aquí se pasan muchas colinas terrosas, no son estas las más altas, porque encima están otras peñas calizas que todavía no se han descompuesto. A cinco lenguas está Alcalá la Real en u n país tan elevado que divide por aquella parte las aguas hacia el Océano y hacia el Mediterráneo por el Genil y el Guadalquivir; En una altura de las mayores de aquellos parajes ni yeso blanco y venado; y en muchas colinas hay galetas y pedregales conglutinados y convertidos en peñas”. 

 

Barón de Bourgoing,

 

En 1788, pasó por estas Sierras el Barón de Bourgoing, un noble francés que escribió Nouveau voyage ou Table de l´etat  de cette monarhie; contenant les details les plus récenos sur la constitution politique, l´Insquisition, les forces de terre & mer , le conmerce&  les manufacture, donde perfectamente se plasma esta simbiosis entre la Sierra y el paisaje de olivar de las tierras del Sur de Jaén:

esa región tan digna de la curiosidad del viajero en que la naturaleza se muestra a la vez tan risueña como imponente, en que admiramos los paisajes más pintorescos: altas montañas cuyas cimas coronan eternas nieves, valles fecundos donde reina un frescor que ni los ardores caniculares consiguen alterar, torrentes de cristalinas aguas que se precipitan con estruendo desde lo alto de las rocas, y fertilizan los campos, sin inundarlos casi nunca. No he visto esa tierra feliz que, bajo la combi nado influjo del sol ardiente y riegos naturales, produce los frutos más deliciosos de todos los climas, las plantas que parecen pertenecer las Zonas más opuestas: los cáñamos del Norte a la sombra de los olivos y moreras”.

 

                    SIGLO XIX




 

Robert  Semple y A Second Journey in Spain

 

 

Ya en 1809, Robert Semple, un n famoso escritor nacido en Boston y   educado en la actividad mercantil con diversas y famosas compañías entre ellas la Hudson Company, relató en un libro A Second Journey in Spain su viaje en tierras españolas y, por su paso entre Córdoba y Granada decía de estas ciudades:

“A medida que subimos entre las montañas y nos aproximamos a Alcaudete, la carretera se muestra sombreada a ambos lados debido a los olivos que en la distancia se convierten en grandes plantaciones. Aquí, por vez primera, vi los monumentos vivos de la sabiduría árabe, en el arte de la irrigación el agua corría a ambos lados de la carretera en canales descubiertos y desde ellos se distribuía en innumerables canales a través de campos y plantaciones colindantes. El castillo de Alcaudete se muestra por primera vez en lo alto de la colina; una torre cuadrada rodeada por una doble fila de murallas aún enteras (…) Tras abandonar Alcaudete, la carretera continuaba a través de espesas plantaciones de olivos en línea ascendente durante media legua, fue entonces cuando descendimos un frondoso valle, al pie de numerosas montañas cuyas laderas reflejaban el calor asfixiante. En conjunto, sin embargo, incluso desde Alcalá la carretera sigue ascendiendo”.  

 

Sir Arthur  de Capell  Brooke (1840)

 

 

Ya, en 1830, el escritor y viajero londinense  Sir Arthur  de Capell  Brooke en sus Sketches in Spain adn Maroccho:

 

“Las características del paisaje durante el viaje de aquel día fueron muy poco interesantes como para hacerlo objeto de una minuciosa descripción. Fueron monótonas y sin embargo diversas. Aunque era evidente que a medida que nos acercábamos a Sierra Morena las estribaciones de la cordillera granadina se hacían más y más tenues, y que ahora se divisaba nada más que las cumbres distantes de Sierra Nevada que eran aún visibles. El tono verde oscuro de las extensas plantaciones de olivos, a menudo captaban nuestra atención, y el intenso tinte de las aguas según pasábamos junto a los diferentes arroyos denotaba la cercanía de los molinos de aceite. El olivo español es rico y aceitoso por naturaleza, y en tamaño es mayor que el francés. La cantidad de aceite que produce es considerable, pero es bastante inferior a la que se produce en Italia, debido al modo descuidadazo en que se lleva a cabo el proceso, siendo el fruto no sólo machacado en la recogida sino que llega a fermentar en montones, lo que produce sabor fuerte y rancio, que, aunque agradable al duro paladar español, no gusta igual a los extranjeros,  Llegamos a Castro del Río, al anochecer tras haber cabalgado  durante doce horas y haber recorrido cas cuarenta millas. La situación de la ciudad, que es bastante notable, no es similar a la de Alcalá, elevándose parcialmente sobre un roquedo y coronado por un castillo árabe y sus aledaños”.

 

 

Robert Dundas Murray en so Cities and Wilds of Andalusia (1840)

 

Este viajero no hace referencia a Alcalá la Real ni Alcaudete, pero pasó por el norte de la zona de la Sierra Sur de Jaén. Estas son las palabras que describen el olivar:

 

“Para el alba estábamos lejos del pueblo y cruzamos la pequeña corriente del Salado a través de un desvencijado puente. Grandes extensiones de olivo envolvían sus orillas y cubrían el campo durante millas a ambos lados del camino, pero fuimos dejando todo esto atrás y el campo durante millas a ambos lados del camino y descendimos del elevado y ondulado terreno a través del cual había discurrido nuestro viaje desde Jaén”.

 

Pascual Madoz y su Diccionario geográfico-estadístico e histórico de España y sus posiciones de Ultramar (1645-1850)

 

El ministro y escritor Pascual Madoz ilustró sobre la economía de los distintos pueblos de la comarca y, en ellos, se ofrecen claros ejemplos del comercio del aceite, existiendo un autoabastecimiento en la mayoría de los productos, pero intercambiándose el aceite entre los pueblos del norte del término a los del Sur por sus condiciones climatológicas.  Así, frente a los pocos molinos aceiteros de Frailes y Alcalá, en Castillo de Locubín existían siete molinos aceiteros y el sobrante era muy apreciado en la Costa malagueña “el cuantioso sobrante de aceite se exporta Alcalá y Málaga”.  Así se manifiesta con respecto a Alcaudete, cuya producción alcanzaba las 10.500 arrobas:

“Los aceites se llevan por arrieros del pueblo y de otros, a todas partes, las frutas se consumen en los pueblos inmediatos, la seda se vende en Priego y el vino se importa en Doña Mencía”.

Pero, el sistema montañoso y serrano, viene ilustrado en la descripción general de todo el partido judicial de Alcalá la Real que coincide aproximadamente con el de la Sierra Sur de Jaén

“” Atraviesa el partido de Norte a Sur, pero cubriendo la parte del este, una cordillera de sierras más o menos elevadas, la cual debe considerar una continuación de la que corre la provincia de Jaén, como un ramal de Sierra Morena, afectando la dirección NE a SO. Empezando, pues, por la parte más septentrional, que es donde tiene la entrada, se encuentra la Dehesilla, la Pedrera, la Llorosa, Orbes, Peripponce, y dominando todas estas tierras, la de Ahíllos, se corta la cordillera para dar paso  también al río del castillo y continúa por el mismo río con el nombre del Guadalcotón, y sigue elevándose el terreno con varios cerros hasta formar las llamadas Marroquín, Rompezapatos, la Hijuela, la Martina, el Chaparral y el Zepero; y cortado de nuevo por las corrientes de ,los ríos Frailes y Palancares, vuelve a aparecer en la Gineta, Malabrigo y Camello. Entres estas sierras hay dos principales y como origen de las demás. Las de Ahílos y la Martina, Cualquier monte bien descrito como este de la Acamuña “sus faldas están cubiertas de arbolado, entre los que se ven olivos, vinos y algunas encinas, produce toda clase de cereales y yerbas medicinales…) de lo dicho se infiere que la matriz de estas sierras es la piedra caliza, a todas ellas se puede subir con facilidad, aunque la Martina ofrece dificultad. Están peladas en sus cimas, pero a las pocas varas hay tierra vegetal, y se ven plantadas de olivo, vinos, monte alto y monte bajo; y se siembra toda clase de cereales siendo de muy buena calidad, lo que se llaman semillas. En los términos del Castillo y Alcaudete hay grandes pagos de olivar formando una línea que atraviesa de E a NO y excelentes pagos de huertas a los márgenes de los ríos. PRODUCCIONES. Se obtienen en exceso todos los productos agrícolas y de ahí que se exporta trigo, cebada, y demás cereales, legumbres, hortalizas y aceite (…) Los precios del trigo y el aceite en los años comunes son de 15 a 20 (…)”.

Los Villares aparecen descritos dentro de una buena calidad de terrenos en torno a los cerros de Jabalcón, Pino, Pandera, las cimbras o Sierras de Jaén, que por este tiempo así se denominaban las Sierra Sur y las referencias al olivar so frecuentes. “

Antes de llegar a las cercanías del pueblo salen de él algunos cauces de riego que fertilizan muchos terrenos de siembra y olivos (…) producción, trigo, cebada, maíz, legumbres, frutas, hortalizas, vino, lino y aceite, cuya cosecha es la principal”

Valdepeñas, en un terreno montuoso y desigual, su arbolado de monte negro, destacando los cerros de la Pandera y Ventisqueros, ofrecían a sus vecinos varios productos y el aceite, donde había cinco molinos de este caldo más que los tres harineros.

Frailes se ve cobijada por una cordillera de sierras en forma de anfiteatro, y, nos ilustra de la importancia del intercambio comercial de aceite entre los pueblos:

 

“puede decirse que todo el terreno es de montaña, si se exceptúan pequeños baños como el del Baño y Sotorredondo (…) producción, trigo, cebada y garbanzos, importando de Alcaudete, Castillo de Locubín y otros puntos el aceite y frutas que faltan cuatro molinos harineros y tres aceiteros”.

Un panorama similar ofrecía la Fuensanta con tres molinos aceiteros y una producción de 3.000 arrobas de aceite.

XX

 

 

W.T.Blake u su Spanish   Journey (1920)

 

Blake era un viajero intrépido que intentó dar la vuelta en avión y pasó por las tierras de Alcalá en 1922, donde le acontecieron varias anécdotas. Cuando se adentraba a las tierras cordobesas hacía esta descripción de las tierras del Sur:

 

“Los campos de olivos empezaban a ser reemplazados por tierra de labor, cubierta de enormes rodales de intenso verde, como si trozos de terciopelo se hubieran diseminado por las colinas; manadas de cabras eran sustituidas por piaras de cerdos pastando en los campos, vigilados por porqueros”.

 

GUIRAO HOMEDES (1933)

 

Este escritor logró describir el paisaje de olivos y la situación social previa a la Guerra Civil de España. Refiriendo al olivar de Jaén, describe el olivar de esta zona:

“En los valles, los olivares están cargados de fruto y las ramas se inclinan al peso del grano jugosos. E la sierra, los árboles parecen, por el contrario, pajarracos deformes y sin plumas. Pocas olivas. ramas secas.

 

 

GEORGE BRENAN

 

 

En su capítulo séptimo de su viaje de Córdoba a Granada del libro “La faz actual de España”, se recoge una visión muy particular del olivar de esta zona del sur de Jaén:

 

“Sólo recuerdo que pasamos junto a campesinas montadas de costado en mulas y llevando paraguas, junto a hombres con mantas a rayas que conducían cabras negras, por pueblos míseros que se apretujaban en torno a sus castillos en ruinas, a través de olivares, rocas, trigales, rocas y olivares; que bajamos a cauces bordeados de tamariscos y adelfas, y subimos entre huertas que tenían melocotoneros y albaricoqueros en flor”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA FABRICACIÓN DEL ACEITE Y SU COMERCIALIZACIÓN A TRAVÉS DEL ANUNCIO GRÁFICO EN LAS REVISTAS LOCALES DE LA POSGUERRA HASTA 1958