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martes, 24 de marzo de 2026

CONOCIENDO LA MOTA (xviii) DE LA CIUDAD FORTALEZA A LA CIUDAD MODERNA

 

DE LA CIUDAD FORTALEZA A LA CIUDAD MODERNA

 










Los primeros avisos  del abandono de la ciudad fortificada tuvieron lugar en los últimos años del siglo XVI y primeros del siglo XVII, en concreto en el cabildo de cuatro de noviembre de 1614, se describía el comienzo de este movimiento migratorio con la destrucción de algunas casas, donde se alude claramente con motivo del pleito para pagar las alcabalas a la Corte cifradas en 150.000 ducados. Y lo justificaba así “con las casas que se derriban, la ciudad se ha arruinado y deshaciendo muchas casas, y no se reparan ni tiendas, porque de veinte años a esta parte (1594) se ha arruinado y hundido muy gran parte del lugar y va de manera que si no se remedia se arrobiñará esta ciudad de todo punto. “y solicitaban al corregidor “que haga un pregón que no se derribe casa por ningún vecino de ella, ni otra persona alguna que tuviere en esta ciudad casa suya, o por arrendamiento, o, en otra manera no la deshaga, ni quiten tejas, ni bigas ni otros materiales de forma que se deshagan las dichas casas e, por esta causa, se arruine, sopena de seis mil maravedíes, para la Cámara de Su Majestad y seis días de cárcel de manera que se proceda contra el a lo que del derecho ansi lo manda”.

 Los primeros síntomas de su decadencia acontecieron en 1621 con la caída de una gran parte del lienzo de barbacana, que cerraba la fortaleza, relacionado con las murallas y el gabán. Un año más tarde algo parecido le sucedía al arco de la puerta Nueva, a la Puerta de Martín Ruiz y al lienzo de muralla, que limitaba con la ermita de San Blas y las casas de Francisco Ramírez, que fueron reparadas, lo mismo que la Casa de la Justicia y la Audiencia que se celebraba en los soportales bajo los corredores. En 1623, los regidores reclaman el arreglo de la muralla: en la barbacana se despegó un pedazo de muralla y en la puerta segunda viniendo a la plaza le llueve y ay cantidad de goteras por falta de rejas y techo que lo hubo se repare una torre que se está cayendo en la segunda puerta y por aberse derribado una almena que está por caerse.

En 1624 dentro de la fortaleza se cayeron dos tiendas y mataron a un hombre. En una situación de peligro similar a la que se encontraban algunos tejados y paredes de la cárcel pública y del ayuntamiento, la muralla del Trabuquete que caía encima de las carnicerías, donde vivían mucha gente, la primera torre arriba junto a la carnicería, y los corredores, que son en los portales donde están los escritorios. El reparo de las Entrepuertas, espacio comprendido entre las carnicerías hasta la calle Real, pretendía que no se despoblara la fortaleza y mantener esta zona comercial: ningún mercader ni pañero pueda tener tienda que benda a la bara ni tienda ni tenderos en la calle Real de esta ciudad que es la más pública y tengan sus tiendas con las puertas en la calle para que no se haga fraude. Este mismo año se repararon la torre y la muralla que arrimaba a los corredores de la plaza.

En este contexto de recuperar y mantener la fortaleza, hay que entender los esfuerzos de la iglesia para acabar las obras de su iglesia Mayor, lo que supuso una nueva remodelación de las plazas Alta y Baja con la incorporación de parte de las Casas de Cabildo, de una calle y de los mesones que le importaron a la Iglesia 14.000 ducados. Aquellos vecinos de la plaza pública se sentían orgullosos de que fuera una de las más bellas de Andalucía y de ahí no nos extraña que cuidaran el ornato de sus fachadas, como acontece con don Juan de Aranda y Cañete que solicitó levantar una pared de cantería en su casa que caía a la plaza pública con un juego de ventanas. En 1622, se embargaron todas las rentas de los capitulares de la Capilla Real de Granada y de todos los prebendados. Mediante una provisión real, concedida en 1614, por la que se permitía que uno de los cuatro repartos de dos mil ducados de las rentas de la Abadía, que se estimaban en ocho mil ducados, se destinaran al reparo y finalización de la Iglesia, que había diseñado en su parte final Ambrosio de Vico y ahora intervenían Ginés Martínez de Aranda y Luis González ante Alonso Ramírez de Molina. En 1623 las obras se habían terminado y se arreglaron n las juntas de la esquina con la obra nueva.  Algunos bienes propios de la ciudad como las tiendas de la Escaleruela supusieron una pérdida de entrada de ciento cincuenta ducados a las arcas municipales.  La torre del reloj de la iglesia fue derrumbada para colocar en su lugar la capilla mayor de la Iglesia en 1623.

Los intereses del estamento civil eran compartidos desde tiempo inmemorial por el eclesiástico, pues habían vivido en aquel recinto y coadyuvado a la defensa de la ciudad. Uno de estos aspectos vino determinado por la renovación de la campana de la iglesia que servía de reloj, toque de queda para rebatos señal de alerta de catástrofes y testimonio de manifestaciones políticas y religiosas. En el mes de noviembre de 1622, al quitarse la campana del reloj, el mayordomo de la iglesia Juan de Santa María pidió una ayuda para su renovación, pues la anterior se remontaba a más de doscientos años. No era una mera colaboración, sino que la función radicaba en que

se oiga la campana en todo lugar y los vecinos gocen de saber la hora, libra 100 ducados...acudiendo la fábrica con los demás que fuere necesario y con esta cantidad acude la ciudad por ser la campana que era y ...en la nueva fábrica de la campana se an de poner las armas y letreros que oy tiene....poniéndola en la parte donde señoree y se oyga a dos leguas de aquí...(ante las alegaciones del corregidor respondió el cabildo municipal)...no  tiene noticia  de los acuerdos que la ciudad ha hecho acerca de la campana que se hará por aver más de cien años que el rey Católico don Fernando hizo merced de ella a la ciudad y por tradición se sabe hizo donación de ella a la Iglesia  para que hiciese un relox. El ayuntamiento palió esta deficiencia con un reloj de sol, instalado el año 1623 en la plaza de la fortaleza de la Mota. También se hicieron arreglos en la muralla que lindaba con la cárcel pública por la parte arrimada de los escritorios que se arreglaban por el año 1627. Pues, el aspecto de la plaza era bastante desolador, porque se habían caído muchas tiendas y casas, entre ellas la de la pescadería y las de la iglesia, convertidas en solares y perdiendo ésta última la fuente de ingresos de las tercias, por las que reclamaba su restablecimiento. La iglesia tenía en la plaza sus tercios y los arrendaba para la obra de la Capilla Mayor.: Aunque hubo que derribar dos tiendas por la obra de la iglesia mayor solicitó construir dos nuevas para recuperar la falta de ingresos.

A finales del año, se reparó en la parte alta los corredores de la plaza y las Casas de Comedias de la Iglesia de la Veracruz. En 1628 amenazaban ruina la muralla de los corredores ante las lluvias caídas. En 1629, tan sólo quedaban en la plaza baja las tiendas de especería y mercería y una botica, las demás se habían situado desde la primera puerta de la fortaleza, que era de Juan de Hinojosa, hasta la calle Real abajo, sin entrar en callejuela alguna. Pero los servicios públicos comenzaban a establecerse en el Llano, porque los escribanos sólo asistían a sus labores burocráticas por la mañana en los corredores de la Mota y trasladaban todos sus archivos a sus casas, provocando con esta postura probablemente saltarse la norma de fijar sus servicios en la fortaleza de la Mota. Con estos la ciudad inicia un nuevo pleito parque se cumplieran las ordenanzas.[1]

La oleada de aire de diciembre de 1623 supuso la renovación de la alameda con una nueva plantación de álamos negros que se extendió desde la ermita de la Magdalena hasta la Fuente Nueva. Además, la sanidad obligaba a que nuevos servicios se ubicaran lejos del hacinamiento de la ciudad fortificada. Así, en 1623,  el remojadero del pescado, se ubicó cerca de la Fuente Tejuela junto a la casa de Juan Méndez Zamorano  [2] y en el 1633 se inicia el debate sobre una instalación de una carnicería desde la calle Real hacia Trinidad para evitar la venta insana de carne mortecina. En la ciudad fortificada, tan sólo se ofrecía un espacio urbano que era un simple recuerdo y testimonio de anteriores periodos de frontera y guerras, porque se encontraba en un estado lamentable de ruina hasta tal punto que el alcaide Antonio de Gamboa solicitaba el reparo en 1629 basándose en el informe anterior de Ginés Martínez de Aranda. En 1631, son los propios oficiales de tiendas quienes solicitaron que se confirmaran las ordenanzas de los tenderos, no permitiendo otro sitio de venta sino en la calle Real y prohibiéndole la venta en un lugar distinto al señalado a cualquier tratante de seda, mercader, lencero, jubetero, polímero o ropero. Para ello impedía que los sastres de lo nuevo y lo viejo tuvieran tienda para vender[3].

En el 1633, de nuevo hubo que arreglarlos con dos vigas de la alameda. Y no sólo era la ruina física, sino que los mercaderes y tenderos, poco a poco, habían ocupado otros espacios públicos alejados de la fortaleza, valiéndose de provisiones reales que legislaban contra las ordenanzas municipales. Prácticamente, aunque la vida administrativa y comercial se realizaba en las plazas, alta y baja, de la Mota, y continuaba por las Entrepuertas, la mayoría de los oficios, mesones, y tiendas artesanales como telares, herrerías, carpinterías se habían concentrado en los dos ejes citados de la calle Real y el Llanillo. En la ciudad fortificada, prácticamente había quedado la Iglesia Mayor Abacial, la parroquia de Santo Domingo, las Casas Abaciales, las de la Justicia y corregidor, las del Cabildo, los escritorios y otras particulares, las casonas más principales y antiguas por su nobleza y linaje, como las de la familia Aranda, Góngora, Pineda, Cabrera, Sotomayor.  En 1634, con motivo de las procesiones del Corpus que transcurrían por la callejuela Baja se ofrecía un triste espectáculo donde casi todos los solares estaban abandonados y bahía que reparar las tapias caídas.

 

También en los años treinta del siglo XVII tuvo lugar el despoblamiento paulatino de los barrios cercanos a la Mota. A pesar de que  los capuchinos intentaron fundar el convento en el paraje de San Bartolomé,  en 1632,  los vecinos eran muy pocos y se vieron obligados a trasladarse al ejido de la Alameda, recibiendo mil ducados  de donativo en la fundación del convento  procedente de otra anterior donación del convento capuchino del Castillo[4].

Junto con este barrio, comenzaron a decaer los de la Peña Horadada, del Rastro y de San Sebastián. En 1634, en la subida de las Entrepuertas el lugar situado entre el colegio y el Albaicín, estaba caído y convertido en solares. Ya no valían medidas algunas de urbanización. Se asistía a su despoblamiento y ruralización permitiendo que se cercaran los solares y se convirtiera en corrales para animales domésticos como los conejos, ya que los vecinos no hacían caso de las  órdenes de los regidores [5]. En 1634, los escribanos solicitaron una plaza o despacho en medio de la ciudad, porque allí se encontraba toda la vecindad y la Mota prácticamente despoblada.   

 

Otros edificios públicos se trasladaron a la nueva ciudad. La escuela en estos primeros años también se ejercía cerca de la torre de la Imagen, al frente de la cual ejercían un maestro de escuela y un rector. Poco a poco, se trasladó al convento de san Francisco que solía tener algunos frailes preparados para ejercer la docencia.

Había desaparecido la casa pública en la entrada de la ciudad cercana a la puerta de los Álamos y nuevos servicios municipales intentaron a ubicarse en sus inmediaciones como fue la casa del Peso de la Harina. También nuevas iglesias se colocaron en la zona llana, tal como relata el acta del 9 de marzo de 1623 por la ermita de san José- lo que sería el convento de los Capuchinos-casa que en otro tiempo se trató de hacer en la esquina de los Álamos porque muchos devotos pidieron que se hiciera.               

En pleno reinado de Felipe IV, todavía, un bien básico para la población como era el abastecimiento de agua a los pobladores de la fortaleza se realizaba a través de aguadores y cantareros, a quienes hubo que controlar el fraude y  dio lugar a que la ciudad emitiera una ordenanza que establecía la medida de una arroba para todo tipo de cántaros [6]. De ahí que se produjera un gran avance en toda la red de encañado de agua y alcantarillas. En 1624, los remanentes de la Fuente Nueva, Lavadero y Alameda se renovaron y distribuyeron para canalizar y adecentar aquel sitio público. º

            En el cuarto decenio del siglo decenio, el movimiento comercial de la ciudad fortificada de la Mota se había trasladado definitivamente a la calle Real, que se había convertido en el vial principal de la ciudad de Alcalá la Real. Por eso, en 5 de mayo de 1637, el corregidor Diego de Guzmán ordenó que se subieran todas las tiendas de mercaderes a la Mota, donde se encontraba la mayor parte de la población, aunque se iba perdiendo paulatinamente. Muchas casas se caían por falta de alquiler y, el mercado se ampliaba al Llanillo. El propio corregidor Diego de Guzmán ordenaba que se subieran todas las tiendas de mercaderes a la Mota, donde estaba la mayor población y se iba perdiendo, porque ahora la calle Real era la principal. Sin embargo, muchas casas se quedaron cerradas en la ciudad fortificada por falta de alquileres y se iban cayendo muchas al bajarse la gente al Llanillo.

              En 1637, con motivo de la peste, el control de entrada y salida de la ciudad para los trabajadores de la ciudad de la Mota y forasteros se había trasladado a estas tres puertas exteriores del recinto fortificado.  Villena, Álamos y Peña Horadada.  Diez años después, el ayuntamiento era consciente de guardar la seguridad, control y salud de la ciudad, porque  Respecto de esto fundada esta ciudad en un cerro muy áspero  y es , a veces, de costumbre guardarse del trigo, comercio y paisaje en  una calle  que corre desde los Álamos, donde está la Fuente Nueva hasta la fuente que llaman la Tejuela, ha sido preciso que ni las bocacalles ayan justo y dejados muros, y por el resto de vecinos y uso de labor han quedado otras puertas en el medio del lugar , que dividen por la mitades cerro, desde la Cuesta del Cambrón por la calle que llaman los Mesones, donde hay plaças y atraviesa la calle Real y mucho comercio que de allí, si se cuydara,  concuerda ay tanto sitio y distrito hasta la calle del Llanillo, como hasta la Mota, que es el fuerte más alto de la dicha fundación y donde tuvo principio: se queden tres puertas en el Cambrón, otra en la Fuente  Nueva, y otra en la Fuente Tejuela. A la que se añade la propuesta de otra puerta de la calle Oteros se ponga en el camino real, que salen al barrio para los labradores, y la de San Bartolomé como postigo.           

Los únicos edificios municipales en pie, renovados a principio de siglo en la fortaleza de la Mota, son objeto de continuas reconstrucciones como los corredores de la Plaza y Casas de Cabildo, casas de la Justicia (escalera y corredor) que ardieron en el año 1662, Carnicería, Matadero, y los tejados de la Torre de la Imagen y Casas del Corregidor.

Sin embargo, muchos de ellos, sobre todo las tiendas, poco a poco fueron abandonadas, lo mismo sucede con algunas familias hidalgas de la ciudad como Francisco Méndez de Aranda, beneficiado de la Iglesia Mayor que abandonó las casas traseras de la casa de Justicia y otras de María Ramírez, situadas en el Bahondillo empleando los materiales para reedificar sus casas en las casas de la Placeta de la Trinidad (cfr. 22.8.1662). El traslado de la ciudad al llano obligaba al mantenimiento de las calles y de los edificios colindantes sin poner ningún tipo de obstáculo como sucedió en los primeros años del reinado anterior.  Son muchos testimonios, sirva de ejemplo este del cinco de marzo de 1663:

en las casas de la Mota ay muchas murallas que están amenaçando ruyna y que avitualmente en la calle por donde pasa la procesión del Corpus se cayó una pared y derribó la casa de enfrente.

            Lo mismo sucedía con la casa de la Nieve donde estaba el pozo y todo el recinto fortificado en sus murallas, cercas y puertas a pesar de que todavía se destacaba su importancia militar. El último cinturón de murallas, junto a la Puerta de Martín Ruiz, se encontraba prácticamente arruinado en 1664 y amenazaba las casas colindantes. Sin embargo, todavía lograron mantenerse los edificios públicos como las carnicerías, las tiendas de escribanos, las casas capitulares y abaciales y de la justicia a pesar de los intentos de traslado en 1653 y 1658. A todo ello habían contribuido diversas provisiones reales que habían permitido el traslado del comercio y algunos oficios desde la fortaleza de la Mota hacia el Llanillo, más abajo del arrabal de santo Domingo, sobre todo hasta la esquina del Rosario. La falta de agua, el abandono de solares, la distancia del abasto de carnes que hacía que los trabajadores no acudiesen por no retardarse en el trabajo, y la proliferación de muchas tiendas particulares que ocasionaban fraudes.

            Por un expediente del archivo municipal, sobre contribuciones y vecinos, estos eran los de los barrios de la Mota son los siguientes: Mota con 15 vecinos; Barrio de Santo Domingo (27 vecinos); Peña Horadada (21); Barrio San Bartolomé (60); San Francisco (20), Lagares (7); Calle de Casa de Mateo Sicilia (48), Trinidad (13), Mesones (16); Cava (15); y san Blas (19).



[1]

         AMAR. Acta de cabildo de uno de junio de 1629.

[2]      AMAR. Acta de cabildo del nueve de diciembre de 1623.

[3]      AMAR. Acta de cabildo de ocho de mayo de 1631

[4]      AMAR. Acta de cabildo de 5 de junio de 1632

[5]      AMAR. Acta de cabildo de 4 de marzo de 1634.

[6]        AMAR. Acta de cabildo de 22 de septiembre de 1624.

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