DE
LA CIUDAD FORTALEZA A LA CIUDAD MODERNA
Los primeros avisos del abandono de la ciudad fortificada tuvieron lugar en los últimos años del siglo XVI y primeros del siglo XVII, en concreto en el cabildo de cuatro de noviembre de 1614, se describía el comienzo de este movimiento migratorio con la destrucción de algunas casas, donde se alude claramente con motivo del pleito para pagar las alcabalas a la Corte cifradas en 150.000 ducados. Y lo justificaba así “con las casas que se derriban, la ciudad se ha arruinado y deshaciendo muchas casas, y no se reparan ni tiendas, porque de veinte años a esta parte (1594) se ha arruinado y hundido muy gran parte del lugar y va de manera que si no se remedia se arrobiñará esta ciudad de todo punto. “y solicitaban al corregidor “que haga un pregón que no se derribe casa por ningún vecino de ella, ni otra persona alguna que tuviere en esta ciudad casa suya, o por arrendamiento, o, en otra manera no la deshaga, ni quiten tejas, ni bigas ni otros materiales de forma que se deshagan las dichas casas e, por esta causa, se arruine, sopena de seis mil maravedíes, para la Cámara de Su Majestad y seis días de cárcel de manera que se proceda contra el a lo que del derecho ansi lo manda”.
Los primeros síntomas de su decadencia
acontecieron en 1621 con la caída de una gran parte del lienzo de barbacana,
que cerraba la fortaleza, relacionado con las murallas y el gabán. Un año más
tarde algo parecido le sucedía al arco de la puerta Nueva, a la Puerta de
Martín Ruiz y al lienzo de muralla, que limitaba con la ermita de San Blas y
las casas de Francisco Ramírez, que fueron reparadas, lo mismo que la Casa de
la Justicia y la Audiencia que se celebraba en los soportales bajo los
corredores. En 1623, los regidores reclaman el arreglo de la muralla: en la
barbacana se despegó un pedazo de muralla y en la puerta segunda viniendo a la
plaza le llueve y ay cantidad de goteras por falta de rejas y techo que lo hubo
se repare una torre que se está cayendo
en la segunda puerta y por aberse derribado una almena que está por caerse.
En
1624 dentro de la fortaleza se cayeron dos tiendas y mataron a un hombre. En
una situación de peligro similar a la que se encontraban algunos tejados y
paredes de la cárcel pública y del ayuntamiento, la muralla del Trabuquete que
caía encima de las carnicerías, donde vivían mucha gente, la primera torre
arriba junto a la carnicería, y los corredores, que son en los portales donde
están los escritorios. El reparo de las Entrepuertas, espacio comprendido entre
las carnicerías hasta la calle Real, pretendía que no se despoblara la
fortaleza y mantener esta zona comercial: “ningún
mercader ni pañero pueda tener tienda que benda a la bara ni tienda ni tenderos
en la calle Real de esta ciudad que es la más pública y tengan sus tiendas con
las puertas en la calle para que no se haga fraude.
Este mismo año se repararon la torre y la muralla que arrimaba a los corredores
de la plaza.
En
este contexto de recuperar y mantener la fortaleza, hay que entender los
esfuerzos de la iglesia para acabar las obras de su iglesia Mayor, lo que
supuso una nueva remodelación de las plazas Alta y Baja con la incorporación de
parte de las Casas de Cabildo, de una calle y de los mesones que le importaron
a la Iglesia 14.000 ducados. Aquellos vecinos de la plaza pública se sentían
orgullosos de que fuera una de las más bellas de Andalucía y de ahí no nos
extraña que cuidaran el ornato de sus fachadas, como acontece con don Juan de
Aranda y Cañete que solicitó levantar una pared de cantería en su casa que caía
a la plaza pública con un juego de ventanas. En 1622, se embargaron todas las
rentas de los capitulares de la Capilla Real de Granada y de todos los
prebendados. Mediante una provisión real, concedida en 1614, por la que se
permitía que uno de los cuatro repartos de dos mil ducados de las rentas de la
Abadía, que se estimaban en ocho mil ducados, se destinaran al reparo y
finalización de la Iglesia, que había diseñado en su parte final Ambrosio de
Vico y ahora intervenían Ginés Martínez de Aranda y Luis González ante Alonso
Ramírez de Molina. En 1623 las obras se habían terminado y se arreglaron n las
juntas de la esquina con la obra nueva. Algunos
bienes propios de la ciudad como las tiendas de la Escaleruela supusieron una
pérdida de entrada de ciento cincuenta ducados a las arcas municipales. La torre del reloj de la iglesia fue
derrumbada para colocar en su lugar la capilla mayor de la Iglesia en 1623.
Los
intereses del estamento civil eran compartidos desde tiempo inmemorial por el
eclesiástico, pues habían vivido en aquel recinto y coadyuvado a la defensa de
la ciudad. Uno de estos aspectos vino determinado por la renovación de la
campana de la iglesia que servía de reloj, toque de queda para rebatos señal de
alerta de catástrofes y testimonio de manifestaciones políticas y religiosas.
En el mes de noviembre de 1622, al quitarse la campana del reloj, el mayordomo
de la iglesia Juan de Santa María pidió una ayuda para su renovación, pues la
anterior se remontaba a más de doscientos años. No era una mera colaboración,
sino que la función radicaba en que
“se
oiga la campana en todo lugar y los vecinos gocen de saber la hora, libra 100
ducados...acudiendo la fábrica con los demás que fuere necesario y con esta
cantidad acude la ciudad por ser la campana que era y ...en la nueva fábrica de
la campana se an de poner las armas y letreros que oy tiene....poniéndola en la
parte donde señoree y se oyga a dos leguas de aquí...(ante las alegaciones del
corregidor respondió el cabildo municipal)...no
tiene noticia de los acuerdos que
la ciudad ha hecho acerca de la campana que se hará por aver más de cien años
que el rey Católico don Fernando hizo merced de ella a la ciudad y por
tradición se sabe hizo donación de ella a la Iglesia para que hiciese un relox.
El ayuntamiento palió esta deficiencia con un reloj de sol, instalado el año
1623 en la plaza de la fortaleza de la Mota. También se hicieron arreglos en la
muralla que lindaba con la cárcel pública por la parte arrimada de los
escritorios que se arreglaban por el año 1627. Pues, el aspecto de la plaza era
bastante desolador, porque se habían caído muchas tiendas y casas, entre ellas
la de la pescadería y las de la iglesia, convertidas en solares y perdiendo
ésta última la fuente de ingresos de las tercias, por las que reclamaba su
restablecimiento. La iglesia tenía en la plaza sus tercios y los arrendaba para
la obra de la Capilla Mayor.: Aunque hubo que derribar dos tiendas por la obra
de la iglesia mayor solicitó construir dos nuevas para recuperar la falta de
ingresos.
A
finales del año, se reparó en la parte alta los corredo
res de la plaza y las
Casas de Comedias de la Iglesia de la Veracruz. En 1628 amenazaban ruina la
muralla de los corredores ante las lluvias caídas. En 1629, tan sólo quedaban
en la plaza baja las tiendas de especería y mercería y una botica, las demás se
habían situado desde la primera puerta de la fortaleza, que era de Juan de
Hinojosa, hasta la calle Real abajo, sin entrar en callejuela alguna. Pero los
servicios públicos comenzaban a establecerse en el Llano, porque los escribanos
sólo asistían a sus labores burocráticas por la mañana en los corredores de la
Mota y trasladaban todos sus archivos a sus casas, provocando con esta postura
probablemente saltarse la norma de fijar sus servicios en la fortaleza de la
Mota. Con estos la ciudad inicia un nuevo pleito parque se cumplieran las
ordenanzas.[1]
La
oleada de aire de diciembre de 1623 supuso la renovación de la alameda con una
nueva plantación de álamos negros que se extendió desde la ermita de la
Magdalena hasta la Fuente Nueva. Además, la sanidad obligaba a que nuevos
servicios se ubicaran lejos del hacinamiento de la ciudad fortificada. Así, en
1623, el remojadero del pescado, se
ubicó cerca de la Fuente Tejuela junto a la casa de Juan Méndez Zamorano [2] y en el 1633 se
inicia el debate sobre una instalación de una carnicería desde la calle Real
hacia Trinidad para evitar la venta insana de carne mortecina. En la ciudad
fortificada, tan sólo se ofrecía un espacio urbano que era un simple recuerdo y
testimonio de anteriores periodos de frontera y guerras, porque se encontraba
en un estado lamentable de ruina hasta tal punto que el alcaide Antonio de
Gamboa solicitaba el reparo en 1629 basándose en el informe anterior de Ginés
Martínez de Aranda. En 1631, son los propios oficiales de tiendas quienes
solicitaron que se confirmaran las ordenanzas de los tenderos, no permitiendo
otro sitio de venta sino en la calle Real y prohibiéndole la venta en un lugar
distinto al señalado a cualquier tratante de seda, mercader, lencero, jubetero,
polímero o ropero. Para ello impedía que los sastres de lo nuevo y lo viejo
tuvieran tienda para vender[3].
En
el 1633, de nuevo hubo que arreglarlos con dos vigas de la alameda. Y no sólo
era la ruina física, sino que los mercaderes y tenderos, poco a poco, habían
ocupado otros espacios públicos alejados de la fortaleza, valiéndose de provisiones
reales que legislaban contra las ordenanzas municipales. Prácticamente, aunque
la vida administrativa y comercial se realizaba en las plazas, alta y baja, de
la Mota, y continuaba por las Entrepuertas, la mayoría de los oficios, mesones,
y tiendas artesanales como telares, herrerías, carpinterías se habían
concentrado en los dos ejes citados de la calle Real y el Llanillo. En la
ciudad fortificada, prácticamente había quedado la Iglesia Mayor Abacial, la
parroquia de Santo Domingo, las Casas Abaciales, las de la Justicia y
corregidor, las del Cabildo, los escritorios y otras particulares, las casonas
más principales y antiguas por su nobleza y linaje, como las de la familia
Aranda, Góngora, Pineda, Cabrera, Sotomayor.
En 1634, con motivo de las procesiones del Corpus que transcurrían por
la callejuela Baja se ofrecía un triste espectáculo donde casi todos los
solares estaban abandonados y bahía que reparar las tapias caídas.
También
en los años treinta del siglo XVII tuvo lugar el despoblamiento paulatino de
los barrios cercanos a la Mota. A pesar de que
los capuchinos intentaron fundar el convento en el paraje de San
Bartolomé, en 1632, los vecinos eran muy pocos y se vieron
obligados a trasladarse al ejido de la Alameda, recibiendo mil ducados de donativo en la fundación del convento procedente de otra anterior donación del
convento capuchino del Castillo[4].
Junto
con este barrio, comenzaron a decaer los de la Peña Horadada, del Rastro y de
San Sebastián. En 1634, en la subida de las Entrepuertas el lugar situado entre
el colegio y el Albaicín, estaba caído y convertido en solares. Ya no valían
medidas algunas de urbanización. Se asistía a su despoblamiento y ruralización
permitiendo que se cercaran los solares y se convirtiera en corrales para animales
domésticos como los conejos, ya que los vecinos no hacían caso de las órdenes de los regidores [5].
En 1634, los escribanos solicitaron una plaza o despacho en medio de la ciudad,
porque allí se encontraba toda la vecindad y la Mota prácticamente despoblada.
Otros edificios públicos se
trasladaron a la nueva ciudad. La escuela en estos primeros años también se
ejercía cerca de la torre de la Imagen, al frente de la cual ejercían un
maestro de escuela y un rector. Poco a poco, se trasladó al convento de san
Francisco que solía tener algunos frailes preparados para ejercer la docencia.
Había desaparecido la casa pública en
la entrada de la ciudad cercana a la puerta de los Álamos y nuevos servicios
municipales intentaron a ubicarse en sus inmediaciones como fue la casa del
Peso de la Harina. También nuevas iglesias se colocaron en la zona llana, tal
como relata el acta del 9 de marzo de 1623 por la ermita de san José- lo que
sería el convento de los Capuchinos-casa que en otro tiempo se trató de hacer
en la esquina de los Álamos porque muchos devotos pidieron que se hiciera.
En
pleno reinado de Felipe IV, todavía, un bien básico para la población como era
el abastecimiento de agua a los pobladores de la fortaleza se realizaba a
través de aguadores y cantareros, a quienes hubo que controlar el fraude y dio lugar a que la ciudad emitiera una
ordenanza que establecía la medida de una arroba para todo tipo de cántaros [6]. De ahí que se
produjera un gran avance en toda la red de encañado de agua y alcantarillas. En
1624, los remanentes de la Fuente Nueva, Lavadero y Alameda se renovaron y
distribuyeron para canalizar y adecentar aquel sitio público. º
En el cuarto decenio del siglo
decenio, el movimiento comercial de la ciudad fortificada de la Mota se había
trasladado definitivamente a la calle Real, que se había convertido en el vial
principal de la ciudad de Alcalá la Real. Por eso, en 5 de mayo de 1637, el
corregidor Diego de Guzmán ordenó que se subieran todas las tiendas de
mercaderes a la Mota, donde se encontraba la mayor parte de la población,
aunque se iba perdiendo paulatinamente. Muchas casas se caían por falta de
alquiler y, el mercado se ampliaba al Llanillo. El propio corregidor Diego de Guzmán
ordenaba que se subieran todas las tiendas de mercaderes a la Mota, donde
estaba la mayor población y se iba perdiendo, porque ahora la calle Real era la
principal. Sin embargo, muchas casas se quedaron cerradas en la ciudad fortificada
por falta de alquileres y se iban cayendo muchas al bajarse la gente al
Llanillo.
En 1637, con motivo de la peste, el control de entrada y salida de la ciudad
para los trabajadores de la ciudad de la Mota y forasteros se había trasladado
a estas tres puertas exteriores del recinto fortificado. Villena, Álamos y Peña Horadada. Diez años después, el ayuntamiento era
consciente de guardar la seguridad, control y salud de la ciudad, porque Respecto
de esto fundada esta ciudad en un cerro muy áspero y es , a veces, de costumbre guardarse del
trigo, comercio y paisaje en una
calle que corre desde los Álamos, donde
está la Fuente Nueva hasta la fuente que llaman la Tejuela, ha sido preciso que
ni las bocacalles ayan justo y dejados muros, y por el resto de vecinos y uso
de labor han quedado otras puertas en el medio del lugar , que dividen por la
mitades cerro, desde la Cuesta del Cambrón por la calle que llaman los Mesones,
donde hay plaças y atraviesa la calle Real y mucho comercio que de allí, si se
cuydara, concuerda ay tanto sitio y
distrito hasta la calle del Llanillo, como hasta la Mota, que es el fuerte más
alto de la dicha fundación y donde tuvo principio: se queden tres puertas en el
Cambrón, otra en la Fuente Nueva, y otra
en la Fuente Tejuela. A la que se añade la propuesta de otra puerta de la
calle Oteros se ponga en el camino real, que salen al barrio para los labradores,
y la de San Bartolomé como postigo.
Los únicos edificios municipales en pie, renovados a
principio de siglo en la fortaleza de la Mota, son objeto de continuas
reconstrucciones como los corredores de la Plaza y Casas de Cabildo, casas de
la Justicia (escalera y corredor) que ardieron en el año 1662, Carnicería,
Matadero, y los tejados de la Torre de la Imagen y Casas del Corregidor.
Sin
embargo, muchos de ellos, sobre todo las tiendas, poco a poco fueron
abandonadas, lo mismo sucede con algunas familias hidalgas de la ciudad como
Francisco Méndez de Aranda, beneficiado de la Iglesia Mayor que abandonó las
casas traseras de la casa de Justicia y otras de María Ramírez, situadas en el
Bahondillo empleando los materiales para reedificar sus casas en las casas de
la Placeta de la Trinidad (cfr. 22.8.1662). El traslado de la ciudad al llano
obligaba al mantenimiento de las calles y de los edificios colindantes sin
poner ningún tipo de obstáculo como sucedió en los primeros años del reinado
anterior. Son muchos testimonios, sirva
de ejemplo este del cinco de marzo de 1663:
en las casas de la Mota ay muchas
murallas que están amenaçando ruyna y que avitualmente en la calle por donde
pasa la procesión del Corpus se cayó una pared y derribó la casa de enfrente.
Lo mismo sucedía con la casa de la
Nieve donde estaba el pozo y todo el recinto fortificado en sus murallas,
cercas y puertas a pesar de que todavía se destacaba su importancia militar. El
último cinturón de murallas, junto a la Puerta de Martín Ruiz, se encontraba prácticamente
arruinado en 1664 y amenazaba las casas colindantes. Sin embargo, todavía
lograron mantenerse los edificios públicos como las carnicerías, las tiendas de
escribanos, las casas capitulares y abaciales y de la justicia a pesar de los
intentos de traslado en 1653 y 1658. A todo ello habían contribuido diversas
provisiones reales que habían permitido el traslado del comercio y algunos
oficios desde la fortaleza de la Mota hacia el Llanillo, más abajo del arrabal
de santo Domingo, sobre todo hasta la esquina del Rosario. La falta de agua, el
abandono de solares, la distancia del abasto de carnes que hacía que los
trabajadores no acudiesen por no retardarse en el trabajo, y la proliferación
de muchas tiendas particulares que ocasionaban fraudes.
Por un expediente del archivo municipal,
sobre contribuciones y vecinos, estos eran los de los barrios de la Mota son
los siguientes: Mota con 15 vecinos; Barrio de Santo Domingo (27 vecinos); Peña
Horadada (21); Barrio San Bartolomé (60); San Francisco (20), Lagares (7);
Calle de Casa de Mateo Sicilia (48), Trinidad (13), Mesones (16); Cava (15); y
san Blas (19).
AMAR. Acta de cabildo de uno de junio de 1629.
[2] AMAR. Acta de cabildo del nueve de
diciembre de 1623.
[3] AMAR. Acta de cabildo de ocho de mayo de
1631
[4] AMAR. Acta de cabildo de 5 de junio de
1632
[5] AMAR. Acta de cabildo de 4 de marzo de
1634.
[6]
AMAR. Acta de cabildo de 22 de septiembre de 1624.

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