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lunes, 18 de enero de 2016

LOS ROSCOS DEL NIÑO.UN CUENTO.



LOS  ROSCOS DEL NIÑO





Este cuento procede de nuestro ámbito rural y fue recogido en 1991 por Rocío Díaz  Aguilera.

Había,  una  vez, dos hermanos, una niña y un niño, que vivían con sus padres en una pequeña casita de campo, un chozón  concedido por el  ayuntamiento del lugar para los pobres jornaleros.
Cierto día, su padre se marchó muy de temprano a trabajar a la suerte de tierra que le había correspondido en el reparto de tierras del rey. Con el canto del gallo  y el ladrido de los perros,  los niños se levantaron y, tras tomar un vaso de lecha de la cabra. la madre les dijo a los niños:
-Os tengo preparados  varios encargos. Tú, niño, ve a darle de comer a la burra a las cuadras del cortijo; y tú, niña, ve a la fuente por un cántaro de agua. Al que regrese primero, le daré un caramelo.
Al instante, los dos pequeños salieron corriendo. Pero, como el niño montaba en la burra, regresó primero a la casa, ansioso de recibir el caramelo. Sin embargo, la madre lo mató y lo echó muerto en una tinaja. Tras llegar el niño y no ver a su hermana, le preguntó a su madre:
-Madre, ¿dónde está el niño?
-Todavía no ha vuelto, chiquilla-contestó la madre.
-Madre, dime  por lo que más quieras, ¿dónde está mi hermano? –insistió la niña a la madre.
-Niña, no me molestes más, aún no ha venido.-Respondió la madre-.Y, anda y llévale esta merienda a tu padre. Con una condición : no se te ocurra a abrirla.
La madre, entre otros objetos de portar la comida, le dio la tinaja, donde se encontraba el niño. Partió en dirección a la su padre. Por el camino, la niña, ansiosa y nerviosa por curiosidad que le imbuía aquella tinaja, la abrió. Al instante, contempló el dedo de su hermano, lo que le provocó un inmenso sentimiento de pena. Lloró durante un buen rato. No obstante, no le flaquearon las fuerzas del todo y se sobrepuso emprendiendo de inmediato el camino.
Horas más tarde, llegó campo de su padre. Al verla, este le dijo:
-Hija, ¿quieres comer conmigo?
-No, no tengo hambre, gracias padre-Contestó la niña.

El padre insistió, pero, al ver que no podía conseguir que la niña le acompañara en  la comida, se puso a merendar sólo. Conforme el padre iba tirando al suelo los huesos, la niña empezó a recogerlo  y los colocaba en el cesto de mimbre. Extrañado el padre por esta conducta, el padre le espetó diciendo:
-Niña, para qué quieres los huesitos?
-Para el perrito nuestro.
-Niña, estos no le gustan.
          -Padre, para el gatito nuestro
 -Niña, no le gustan.
-Para el perrito de la comadre
-.Niña no le gustan….
Esta no le hizo caso alguno al padre, y se los llevó a su casa. Allí, los sembró en el jardín. Cada día, iba a regarlos con mucho esmero y procuraba que no le crecieran malas hierbas en su derredor.
          Una tarde,  volvió al jardín topándose con su hermano subido en un árbol con un  canasto lleno de roscos. Le dio mucha alegría al contemplar esto abrazándose y dándose muchos besos. Los dos regresaron a su casa, donde fueron recibidos por la madre.
La madre quedó extrañada de que  el niño se presentara con la canasta de rosos, y le dijo:
-Anda. Dame, hijo, un rosco.
-No, no que molesta. –respondió el niño.
-Anda, por lo que tu más quieras, dame un rosco- intervino posteriormente el padre.
-No, no , que me comiste- respondió el niño.
-Anda hermano, dame un rosco- dijo su hermana.
Al hermano le cambió el rostro adusto por una cara llena de alegría. Complaciente y agradecido, le respondió:
-Toma, niña , todos los roscos, porque me recogiste, me sembraste y me has regado.   




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