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lunes, 12 de octubre de 2015

EN EL DÍA DE LA VIRGEN DEL PILAR, MIS FELCITACIONES A TODAS ELLAS Y HOMENAJE ESPECIAL A UNA PILAR QUE LE ESCRIBÍ UN ARTÍCULO.

MUJERES DEL BARRIO DE SAN JUAN
LA MAESTRA PILAR

            Me encontraba en una csa del último tramo de la calle de Los Caños, que hace esquina junto al  Llanete del Conde.  Todavía, se conserva el ambiente rural, en  las casas de dos cuerpos y un pajar, reformadas en los últimos finales de siglo. Frente a la casa, donde me encuentro, hay una hornacina que recuerda ser una casa de la capellanía de la Virgen de las Mercedes. Entramos en la casa, su primera planta reformada es ahora una sala en forma de escuadra que albergará los enseres de la  hermandad del Ecce-Homo. Pero, a mi se me va la vista y me encuentro a una mujer  de cabello rubio, paciente,  y buena en el buen sentido de la palabra bueno. Parece como si me encontrara con ella por los años setenta, cuando acudía o  iba en busca de su hijo Casiano.
            Parece como si reviera aquella conversación de mi adolescencia en  la que  me preguntaba por qué la llamaban maestra y no era mi maestra del colegio de la Sagrada Familia, viviendo yo tan cerca de aquella casa. Y me encotraba en medio de esos devaneos, cuando me vinieron los recuerdos de aquella mujer entregada a sus hijos y  a su marido y en servicio de la cultura de las clases más desfavorecidas.
            Y es que Pilar Flores Jiménez fue una mujer adelantada a su tiempo dentro del mundo rural. Nació en el entorno de la Cañada Membrillo, por tierras de la Hortichuela, lo que hoy es  la casa del Lute. Allí, en los primeros años de su vida aprendió a leer de manos del maestro garrotero “El Guitas”, en una casa de aquel paraje natural desde donde  se divisa hasta la  Peña de Martos. Lo hizo sólo seis meses, y compartía escuela con gente mayor que ansiaba aprender a leer y escribir, con Teodoro, Cedillo y e Lute entre otros. . . Después, su tío le enseñó con la cartilla, el Catón  y algunos libros básicos,  a leer más rápidamente. 
                        Pero, la diáspora de la guerra civil le hizo emigrar a tierras republicanas, y se alojó en el Villar Bajo de Martos. Allí, recibía cartas de su hermano Julián  que se encontraba en el frente de Madrid. Por eso, nunca, olvidará la anécdota que le indujo a escribir las primeras letras. Fue, con motivo de la respuesta de una carta de su la familia que leía su hermana Mariana. Ni corta ni perezosa, quiso acompañar con algunas letras aquel mensaje y   escribió con puño y letra estas dos palabras  a su querido hermano: “Besos de tu hermana Pilar”. Ni corto ni perezoso su hermano no tardó en responder desde las trincheras y  e n alentar aquella pasión por el saber  de Pilar, y le devolvió su alegría con este mensaje: “He leído los cuatro garabatos. Me gusta mucho tu forma de escribir. Aplícate, Pilar, a ver si te haces una mujer de la Nueva España”. Inmediatamente, se compró Manuscrtito y practicaba mayúsculas y minúsculas  diariamente para cumplir con los deseos de Julián.
            Después, se vino a la casa de su tío en la calle de los Caños. Allí topó con José Jiménez, un alcalaíno que le atrajo  por el callejón del Mudo. Fue una tarde que  venía de excursión  de tierras del Cañuelo y los niños simulaban un volteo de campanas con el  repiqueteo de los  guijarros encontrados en el arroyo de Chinares.
            -Maestra, que artistas traes…..Le dijo su futuro novio.
            Unos años después de la guerra, Pilar  puso escuela durante los años del hambre en esta casa que hoy rezuma sabor a escuela y bancas de anea. Antes de la obra de restauración actual, todavía quedaban planos y mapas de sus hijos, pero recuerdo algunos pedazos de aquella geografía básica que enseñaba cantando,  pedazos con los  que  los niños aprendían las cordilleras y los ríos confundiendo la Pineraica y la Mariana por Sierra Morena  y  se esforzaban por memorizar los límites de España  en los cuatros puntos cardinales. Al Norte con el Cantábrico y los Montes Pirineos; al Este con el océano Atlántico y …..
            -Niño, sigue, no te pares…

            Su metodología se basaba para el dominio de la lengua con la lectura de “Mis dictaditos”, para  el  saber escribir con  la aplicación de los ejercicios de la “Ortografía dudosa”, y para perfeccionar con la copia del “Manuscrito”; en cuanto a las matemáticas y el cálculos, ejercicios, y más ejercicios de cuadernos; y en cuanto a la religión, los niños acudían a su escuela para aprender las oraciones básicas del catolicismo y  se preparaban para los sacramentos de la confesión y comunión. En esta labor catequética, fue muy estimada por el párroco perenne de Santa María la Mayor, aquel hombre y cura  bajito llamado don Antonio Camacho, que la defendía ante los ataques de otros profesionales que no querían que les suplantara en la enseñanza de  la doctrina católica. Muestra de ello me comenta la anécdota de un maestro de aquella época que le reprehendió en la iglesia del templo de Consolación porque estaba mezclada con  sus alumnos que se preparaban  para la confesión. Ella, sin embargo, situada tímidamente al final de los bancos de la capilla del Señor de la Expiración, esperaba su turno y ante la intempestiva pregunta de qué hacía allí, se vio sorprendida porque el propio párroco le respondía al ufano maestro:
            -Déjala, tranquila, que tiene mi permiso
            .
            Curiosamente, no se producían muchos casos de absentismo escolar en su escuela de la calle  los Caños, porque todos sus discípulos estaban interesados a integrarse en una cultura básica, pero el que  hacía absentismo, se marchaba a con cariño y afecto hacia esta maestra. Por eso, Pilar no olvida nunca  el abandono del niño del barrendero del barrio  que  confundía la escuela con  el ejercicio de acompañante de un circo haciendo de payaso. Sin ser reprendido, y  con la sabia sabiduría,  le aconsejó que se marchara; el inmediatamente, le pagó  a la maestra y se marchó. Pero Pilar  siempre recuerda que le saludaba  afectuosamente.
                        En los  años cincuenta, se frecuentaba que los niños más humildes del barrio se marcharan, tras su etapa de primaria,  a realizar  los estudios secundarios al Seminario de Baeza; mucho fueron los llamados y pocos los escogidos, porque,  a las primeras de cambio, se dejaron llevar por los nuevos aires de su madurez o de la  nueva sociedad y abandonaron la sotana. Para aprobar el curso de introductorio, se necesitaban un sobreesfuerzo de clases extraordinarias en aquellos chiquillos que algunos no habían cumplido los diez años: Pilar  los preparó a muchos de ellos; siempre Paco Grande le llamará “mi maestra” o el mismísimo nuestro párroco don Antonio Pérez Rosales. Estos niños, luego ele recompensaran su dedicación con el agradecimiento personal y, a su barrio, adoctrinarán con  las catequesis en lo alto de las escalinatas de la calle los Caños y en los bancos del tempo de San Juan.,
            Pero, no todos se fueron al Seminario, pues raro no es el cincuentón o sesentón actuales que no hayan acudido a  aprender las primeras letras a su escuela; Pilar ya pierde la vista de algunos de los años  cuarenta como el exconcejal Pepe Vega, pero guarda recuerdos inolvidable de Vale y José  Luís, hijos de nuestra inolvidable Enriqueta, la mujer del panadero Trompetín;  ella le creó los cimientos para una formación  profesional que se plasmó en la emigración madrileña.  Y no , sólo, hubo niños, sino que  hubo mujeres que conservan el ambiente de esta escuela rural todavía en fotorgrafías de la casa como María Teresa Castillo. Y, algunas no eran de los años cincuenta sino más jóvenes como Puri y María Dolores Gálvez que ocuparon puestos muy importantes de medicina.
            Todos los profesores siempre han tenido un  ojito derecho, un san Juan evangelista como Jesús: así Pilar descubrió en su niñez la inteligencia, maestría y halagüeño futuro de algunos de sus alumnos. Es el caso de Rafael Hinojosa, pues ya en su tiempo se esforzaba en ser el primero a la hora de dividir y dividir, le encantaba resolver  con facilidad problemas  y culminar la prueba del nueve, la que finalizaba siempre el primero.
            Sustos tuvo Pilar. Pero sus alumnos siempre la defendían. Uno de ellos  aconteció  un día en que se  entró confundido a su casa un miembro de la familia de los Pinchos. Se subió al segundo piso, mientras ella daba las clases a los niños en el cuarto de entrada. Parecía como si  hubiera sido un ataque personal a cada niño,  todos porfiaban por asaltar al extraño personaje, que se disculpó pues  había confundido aquella casa  por la de un familiar cercano. Tal vez, fueran  los días de la vendimia de otoño 
            Pero llegaron los años setenta, cuando se inauguraron las  escuelas comarcales del Coto, se imponía la enseñanza reglada, y pública….Pronto, Pilar solo podía dar clases en verano para  acompañar con su trabajo a la hacienda familiar, pues su marido marchó a tierras alemanas a trabajar. Más tarde, en el verano acompañó a sus hijos a compartir el trabajo en Alemania, la escuela, la reliquia del barrio tocó a su final. Pilar transmitió a sus hijos la pasión por la escuela, se hicieron maestros Casiano y José Antonio. Antes, el primero se marchó como otros niños del barrio al Seminario, lo que más deseaba Pilar.
            Sigo escribiendo. Y, sin darme cuenta, limpio las paredes de la casa del Ecce-Homo ahíta de  la pena que quedó por la pérdida de tantos años de vivencia de Pilar rn aquellos rincones, con sus vecinas Encarna, Marí, y las familias del barrio como los Lopera…



y , sin quererlo, me encuentro en un piso del barrio de la Huerta de Capuchinos, su pared está llena de cuadros de pintura naif, a la que se aficionó en los últimos años con las enseñanzas e Carmen Esteo y  el  venezolano Pedro Segovia ; me regala un cuadro para el museo del Pujarero, un labriego con una trilla, pero me quedo fijo en un cuadro del Cristo de la Salud pintado cuando la vista no le jugaba malas pasadas: un Cristo que es su gran devoción, como mujer genuina de un barrio que le cautivó a ella y a toda la familia. Se siente agradecida, y me pide que la  lleve a ver su casa, la actual casa del Ecce-Homo, pero también me dice que subirá a la iglesia de San Juan, a sus ochenta y cinco años con  sus huesos  desgastados, pero  su alma está llena de generosidad, paciente armonía y de amor hacia los suyos, un ejemplo  más de nuestras mujeres del barrio.

             








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