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domingo, 25 de octubre de 2015

DIARIO DEL RUTERO POR EL CAMELLO Y LA CIUDAD

Hoy, 25 de Octubre, a las diez y media en punto partimos unos ochenta ruteros de la Asociación Huerta de Capuchinos hacia Ermita Nueva por la la Nacional 432. Llegamos al Ventorrillo, y nos agrupamos con otra veintena de alcalaínos que habían acudido a la cita, y emprendimos la subida hacia las Pilillas, donde aparcamos los coches entre el Centro Social y la calle vertebral de las  Pilillas junto al bar antiguo de Moyano. Cerca de la Caseta de la hermandad de San Isidro, nos esperó el alcalde pedáneo Antonio López Moyano y se acrecentó el grupo con vecinos y amigos de Ermita Nueva ( matrimonios con niños) que se incorporaron la marcha. Por la calle, donde pasaba el antiguo camino de las Pilillas que se adentraba al Camello, dirigimos la ruta en un grupo numeroso recogiendo muchas personas de las Pilillas y nos dirigimos hacia la calle que daba al cortijo, que bautizamos para nuestro conocimiento y contacto con los rezagados de Los Caballos, con una amplia colada, nos fuimos adentrando por los actuales terrenos de la Dehesa, y  llegamos a una era, desde donde nuestro magistral guía el alcalde nos dirigió una lección de las casillas abandonadas y el habitat disperso que emigró a otras tierras en la segunda mitad del siglo XX, ,  al mismo tiempo que explicamos la roturación de estos terrenos, los chozones y las casas derruidas , que abundaban a las faldas del Camello; a ellas se adentran por veredas desde una colada central que sirve delimitación de las suertes y trances junto con elementos geográficos como barranacales y arroyos.  
Nos saludaron unos fieros canes al principio del camino de la colada, en una casa reutilizada por unos ingleses. Y, a continuación, por una puerta de cerco entramos a una vereda de ganado encerrado por vallas, tuvimos una desafortunada caída de una amiga, pero sin grandes consecuencias salvo magullaciones y dolor muscular, proseguimos el camino, en  un paraje de fresco natural entre chaparros, encinares, monte bajo y un suelos, a través e una pequeña vereda que no se prestaba a descuido alguno porque podía uno dar de bruces en el suelo. Pero, atentos a encontrar las monedas del tesoro perdidas  de Ermita Nueva, no hubo inconveniente alguno ni accidente. Una larga columna de un solo individuo abrazaba al monte y divisaba las cimas de los montes cercanos.  En algún paraje, pudimos contemplar los montes de derredor desde  Villalobos hasta MURES. La Pedriza, Alcalá, Santa, Ana, algo de Frailes y la Martina, Marroqui, asomando Ahillos, y Sierras de Jaén.    
Enlazamos, tras cerrar el portillo de la valla, con el camino de Íïllora que nace en la Peña del Yeso, y nos alentó para una futura ruta por el camino de los Camuñas. Más ancho,  y menos peligros, rondabas un terrno de ganado mientras subíamos una cuesta empinada hasta las Caballerizas, Antes, nos detuvimos en la cuarta dolina, la de la Calera, el antiguo hoyo de Cequia, donde posamos para la foto oficial y de recuerdo entre amigos , al recibimos una lección doctoral del alcalde pedáneo ( no lo digo fingidamente, sino con toda la sinceridad del mundo), con la que nos ilustró del origen de esta dolina que simula el coso taurino rodeada de un graderío natural, donde todos sentados escuchábamos su origen geológico tras una erosión natural y comparaba con las cuevas de Aracena, Y recordó el caudal del pozo y su potencia preservada gracias a las gestiones del alcalde pedáneo; no reparamos en establecer una confrontación con la descripción de los humedales del Libro de Veredas que habíamos recogido en el folleto repartido del día. Luego, topamos con un ganado ovino protegido por unos obesos mastines que nos miraban a los caminantes de reojo bajo la protección de sus pastores y dueños. Al llegar a las Cabrerizas, contemplamos los abrevaderos antiguos y modernos realizados de forma daliniana con bañeras reutilizadas. Topamos con el cortijo abandonado y las antigua cueva de arenisca para lavar los objetos de metal en las cocinas de la Sierra Sur. Por una vereda exterior , nos adentramos a la Virgen del Camello, contemplando  terrenos granadinos, el cortijo del Menchón, el Quejigal, las Parrillas, el valle, las lindes y los campos extensos de olivar y cereal, regado por el Palancares.   En los derredores de la Virgen del Camelló, parecía un encuentro romero y, atentos a las palabras de Antonio López, recordó el origen de aquella roca humana con similitud icónica de una virgen theotocos, donde se celebraba la fiesta de abril por el día de San Marcos. Bajamos el camino y nos dirigimos a la carretera que se dirige al Menchón Alto, desde donde nos adentramos una vereda que nos conducía a la Ciudad, un lugar curioso que  fue la mayor concentración de este partido de campo  en el siglo XIX y XX, superando a los núcleos de Cequia, Pilillas y Ventorrillo. Al bajar nos encontramos con una antiguo pozo cubierto con la forma de los antiguos pajares, carrucha con cubeta y bebeimos de su rica agua. 
Descendimos y llegamos a un fresno, a un quejigo, testigos de la antiguo arbolado medieval, y a  una doble encina, donde los aldeanos de los años posteriores a la posguerra celebraban la fiesta de la Virgen de Fátima. Parecía como si el Menchón Bajo nos mirara y nos solicitara una visita para otra ocasión. 

Entre olivos, llegamos a las ruinas de las antiguas viviendas de La Ciudad, rememoraban los roturadores de terrenos de propios que lindaban con los de los monjes cartujos, desarmiotizados por Mendizabal. También, nos recordaran a la vivienda de la familia Arjona y a mí me vino a la mente la de Adolfo Díaz. Muros medio caídos, ventanas sin marcos, hornos de barros  entre maleza y los olivos, una fuente seca donde había triones y otros de sus misma especie. Seguimos ya por una amplia vereda y una cuesta hasta dar de nuevo con la carretera asfáltica, nos detuvimos en los Capachos, en su mirador, nos miraba el Quejigal y compartimos lecciones de su antigua atalaya, bajamos a la plaza de la ermita de san Isidro, luego por la carretera y más tarde por la trocha hacia las Pilillas,  nos quedamos la mayoría de los ruteros a compartir mesa y mantel, preparado por unos excelentes cocineros, los hermanos y familia Rayo ( ?''???). Unos entremeses de ensalada, queso, patatillas y olivas, sirvieron de anticipo inmejorable para un excelente arroz caldoso, culminado por un flan, café y unos pestiños caseros inmejorables de manos artesanales de sus padre. Nuestro agradecimiento a Antonio López Moyano por este buen día de convivencia intervecinal, de contacto con la naturaleza en excepcionales circunstancias climatológicas y amenizadas con su buen verbo ilustrándonos de estos parajes y conocimientos micológicos.Hurra a los cocinero, no nos faltó ni leche de mosquito, como dicen por estos lugares.
  Qué mas puede pedirse. Un Abrazo a todos.

























































 

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