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martes, 25 de febrero de 2014

DESDE EL MIRADOR DE SAN MARCOS


DESDE EL MIRADOR DE SAN MARCOS

 

Subir el camino de la  Virgen de la Cabeza  y pasar el depósito de la antigua Fuente  de la Mora, la Mora Vieja, significa divisar la ciudad desde un mirador único e  inolvidable de Alcalá la Real. Es el mirador de san Marcos. A este entorno siempre hubo que subir; aquí se  halla, - y se encontraba-, un lugar misterioso, sagrado, atávico,  donde acababan los pasos de los primeros pastores de la tierra alcalaína, porque  podían desviarse hacia los portillos de los Llanos (Aspadores, Cerrado, Barrio…) o subir la colina que se orienta a los Tajos de Alcalá para compartir los primeros vestigios de la civilización argárica y divisar, desde el Hacho hasta el camino del Condestable, viñedos y actuales olivares  de Monterrey, la Nava, la Acamuña, Puertollano

y los caminos que nos adentraban a los antiguos reinos de Córdoba y Jaén.

La cuesta de la  subida es dura; se hace dificultoso el caminar en medio de un tren de casas blancas, claro testimonio de una época que se nos fue. Es un legado de la familia Batmala, que la última descendiente, Clotilde,  donó como acción graciosa  a los más desfavorecidos de la ciudad. Pues, todos los bienes de aquel grupo de emigrantes franceses de los Bajos Pirineos se quedaron para la posterioridad convertidos en unas decenas de viviendas para las familias alcalaínas que no tenían donde caerse muertos en los años de la autarquía y para que las pudieran  disfrutarlas en vida gracias a las concesiones de los descendientes de aquel patronato benéfico que presidía el alcalde de la ciudad. Cada casa es parte del  ahorro de aquellos industriales,  banqueros y comerciantes de origen francés con el apellido de Lalolya, Corrucou, Govert…También de la sangre derramada del alcalde republicano Pablo o Pablito Batmala, ya que sus bienes le fueron incautados tras su fusilamiento, y su hermana los recuperó para agregarlos a esta herencia  solidaria, fraternal o, como  se la quiera llamar. Y así su altruismo perduró hasta nuestro tiempo.

Al superar la cuesta, se ofrece un altozano con la ermita dedicada a san Marcos y donde se cobija la imagen de la Virgen de la Cabeza. Un recinto prehistórico, histórico y moderno con perspectiva de atalaya de la ciudad.  En la parte trasera, dentro de la fábrica de la ermita  han quedado cobijados el pequeño cenobio franciscano, el templo de San Marcos y la tradición romera y ganadera de una población, que fue desgraciadamente a menos, absorbida por la agricultura de la triada mediterránea (viñedo, cereal y olivar) y  que, en nuestros días,  ha quedado sometida al  monopolio del olivar.

Si avanzamos hacia el ocaso del sol, este mirador nos recorre la evolución urbana e histórica de la ciudad: desde los restos del poblado argaríco hasta la ciudad moderna construida por los Reyes Católicos por la zona  que desemboca en el barrio de la Tejuela, pasando por los únicos parajes  con toponimia árabe (Cauchil, Azacayas…),  recorridos por una canalización de aguas que se remontan a la época romana y abastecieron a las alquerías musulmanas gracias a los rebosaderos de los Llanos. Por eso, no es de extrañar  que en estos lugares se albergaran las quintas de recreo de nuestros antepasados, y, también,  de algunos contemporáneos, donde celebraron acontecimientos y efemérides curiosas y nefastas en el sentido etimológico de su palabra latina-nefas, en contra de la voluntad divina y la ley- o hicieron  contubernios durante los gobiernos turnistas o en la época franquista.

Desde el borde del mirador la vista, a través de la agroganadera calle de la Antigua-por eso que había una calle de la cofradía del mismo nombre- la vista se dirige a la cardo alcalaína  de la Tejuela. Vía, antaño radial y comercial, de la ciudad, cuyo primer hito o mojón lindero se encontraba en el Humilladero de la Tejuela, junto a la fuente levantada por el corregidor Francisco de Chirinos y cerca del derruido lavadero de Sacamoños, edificado en tiempos de la II República; el segundo testigo  correspondía a la puerta Villena junto a la cruz del mismo nombre.  Ambos  mojones  se han sobrepasado por los años sesenta del siglo pasado  dando lugar a varias barriadas ( desde la Carretera de Priego al camino de Charilla)  que denotan un desarrollismo urbano sin control y claro testimonio de una  sociedad que avanzaba  en los primeros peldaños de su  ampliación de la clase media. La Tejuela fue el más barrio más dinámico de la ciudad  durante muchos tiempos. Allí nació, tiempos ha,  el tejido industrial  con las atarazanas, las cantarerías, los primeros telares, y las primeras fábricas textiles ( Comercial Castilla, Piñas, Barrio..), la primera almazara de aceite de la ciudad, las imprentas ; en este barrio, se concentraba el sector de servicios predominando las instalaciones  comerciales (como las fondas, posadas, mesones de caballerizas, tabernas, abacerías, tiendas de cereales, talabarteros,) y los establecimientos administrativos tanto civiles (como la Cárcel del Partido, la  primera Casa del Pueblo, la casa del corregidor y hasta estuvo el Ayuntamiento) como los recintos religiosos con la iglesia principal de la ciudad ( Santa María la Mayor) y oratorios como el del Ecce-Homo.

Desde el mirador, la Tejuela todavía se yergue como un importante barrio, en el que todavía mantiene el compromiso de subsistencia y de progresar a pesar de los embates y envites  del sector sur de la ciudad. Por eso, no quiere perder ser  el centro de la vida alcalaína en los momentos  más importantes del año; ahora celebra las fiestas de la Coronación Canónica de la Patrona; otras veces fue la entrada  o  la alfombra  de llegada para muchas personas importantes. La Tejuela nunca quiso perder el tren.

 
 


 

 



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