LA NIEVE, NEVEROS Y
MÉDICOS EN LA SIERRA SUR (I).
Ha llegado el otoño y aparecen las lluvias, hubo años ya lejanos en los que aparecían las nieves. En la provincia de Jaén, siempre hubo prestigiosos médicos que alcanzaron notoriedad, Gutierre de Godoy fue un médico que prestó servicios en las tierras de la abadía de Alcalá la Real, en Jaén y marchó como médico real a la Corte de los Austrias Menores. En los últimos decenios del siglo XVII, destacaron varios médicos que se afincaron en Alcalá la Real y mantuvieron un debate sobre el beneficio y tratamiento de la nieve para enfermos. Actualmente, muchos historiadores han versado sobre la nieve en la península ibérica y establecieron dos periodos distintos, que coinciden también con dos planos temáticos. En el primer periodo situamos las obras escritas durante los siglos XVI al XVIII, que coinciden con un tema principal, el aspecto terapéutico de la nieve. Pues , la nieve era considerada un producto de primera necesidad, no tanto por su utilización gastronómica y conservante de alimentos -carne y pescado-, como por sus funciones medicinales: antipiréticas, antinflamatorias, antiálgicas y antihemorrágicas. La nieve y el agua helada debieron tener varios usos: terapéuticos para curar enfermedades con motivo de las grandes epidemias, peste y fiebres de todo tipo que alcanzaban a la población (son muchos las ocasiones en que con motivo de la peste de epidemias febriles que se cita su uso); en segundo lugar, la nieve se convierte en un objeto gastronómico esencia a la hora de las invitaciones de los frecuentes convites y banquetes que acontecían con motivo del recibimiento de personajes famosos (reyes, condes, duques, como el de Sesa) y autoridades (corregidores y abades, sobre todo al principio de su mandato) y en las fiestas extraordinarias de proclamación de reyes y acción de gracias, por un parto regio, tratado de paz o victoria nacional. Como uso industrial y doméstico se constatan dos elementos el Pozo de la Nieve y su casa: del primero, en el acta de 15 de febrero de 1633 se habla del Pozo de la Nieve; del segundo, en el acta de 29 de mayo de 1663, se alude que La Casa de la Nieve, donde está el pozo, está arruinada.
En el mismo año, más adelante, los señores
don Pedro Muñoz de los Díez y don Mateo Serrano, regidores, dieron cuenta a la
ciudad de cómo se acabó la nieve que había en el pozo y ayer veinticuatro de
este mes concertaron con Diego Martínez Izquierdo "que traiga de
Valdepeñas dándole tres reales por cada arroba de nieve que entrare en
esta ciudad y un real en cada carga y solicitan que haya una persona para
venderla bajándole el tercio y para que sea necesario venderla a ocho maravedíes
en el ínterin “. Por estas palabras se sacaron las siguientes
consecuencias:
La nieve procedía de los ventisqueros de
las Sierras de Valdepeñas, muy relacionada con la comarca alcalaína y se
mantuvieron hasta fechas recientes del siglo XIX y principios del XX.
En la obra de Miñano y Bedoya (1826:84),
leemos sobre la nieve y su comercialización: “Las sierras que corren de
mediodía a poniente […] La Pandera, en donde hay un pozo de nieve muy profundo,
que aseguran antiguamente fue excavón de una mina de plata, el cual tiene un
admirable desagüe por donde destila la nieve”.
Se controlaba su comercio a través de la
municipalidad alcalaína: nevero, precio, arrendatario y transportistas. Las
comunicaciones habían sido muy importantes en el siglo XVI y supusieron un
nuevo impulso en los primeros años del siglo XVII, en los que los carros
se acrecentaban en número. Sobresalía el camino de Granada a la Corte que
pasaba por Alcalá y debía sortear gran cantidad de puntos embarazosos como
barrancos y vados de ríos. Muchos de ellos se salvaban mediante
rudimentarios puentes de maderas que sufría las embestidas de los vendavales y
había que renovarlos continuamente. De ahí que cada vez los vecinos
consideraban que había que emprender grandes obras de ingeniería. Este fue
el intento de 1624 de construir puente del Salado con motivo de la
frustrada venida del rey de tal manera que, años más tarde en 1631, se le
encargaron las trazas al maestro de obras de la Catedral de Jaén Juan de
Aranda Salazar y se hicieron posturas (cfr. 2.5. 1631), pero el camino de
Valdepeñas, antiguo camino de Jaén, tenía importancia por ser medio de
comunicación con los puntos de abastecimiento de la nieve que servía de medio
terapéutico para las enfermedades estivales y para bebida refrescante: Estos se
hallaban en la Sierra de Jaén y la fisonomía geográfica hacía este camino
angosto y estrecho, que tenía un puente y se ensanchó en el año 1753.
Perdió importancia poco a poco, a pesar de ser el más famoso en el siglo XV,
como denota la crónica del Condestable y mientras la ganadería predominó
sobre la agricultura, fue uno de los que más se frecuentaron.
Para el comercio con la zona jiennense se recurría a los arrieros de Martos,
Alcaudete y Alcalá; para los de Granada, los de Colomera, que eran moriscos;
para el comercio con Córdoba, se trataba con los arrieros de Lucena.
Curiosamente, se producía otro intercambio con estos pueblos que venían
trayendo el vino cordobés y a veces se llevaba la nieve de Valdepeñas. Un
momento clave para la caída de los vinos fue la entrada de los vinos
cordobeses, que traían fingidamente sus vinos hacia Valdepeñas y aprovechaban
sus cargas de regreso con nieve. Esto provocó una auténtica liga entre los
comerciantes y productores alcalaínos en 1632.
Otros grupos menos numerosos eran los arrieros,
que se dedicaban al transporte de los bastimentos. En el Castillo, destacaban
cinco que llevaban la nieve desde Valdepeñas hasta Córdoba en el verano, desde
mayo hasta octubre. Solían ganar cada arriero mil seiscientos aproximadamente.
Muchos de ellos estaban ligados a los propietarios de yuntas de arreos que eran
unos treinta y cuatro en toda la comarca. Solían transportar el trigo de la
ciudad a otros lugares. Incluso en momentos extraordinarios llegaron a transportarlo
a la corte de Madrid a través de los caminos de Jaén por Torredelcampo y
Torredonjimeno o Córdoba y siempre para continuar a Ciudad Real.
En el siglo XVIII el abastecimiento de la nieve se
acrecienta con la subasta de los helados y refrescos. Al principio, es curioso
que los valencianos sean los primeros contratistas. Pero en el siglo XIX, son
ya algunos comarcanos como los castilleros los que se quedan con la subasta.
Así, Manuel de Mesa, vecino del Castillo, regentará los helados durante muchos
años y su surtido se compondrá de helados mantecados y bebidas dobles, los
cuartillos, los sencillos y el cuartillo de agua de cebada. En el 1829, aparece
un nuevo producto: la libra de nieve. Tras un gran vacío historiográfico
durante el siglo XIX y hasta la sexta década del siglo XX el resurgir de los
trabajos sobre la nieve, se realiza desde muy diversos aspectos temáticos, el
comercio, la arquitectura de pozos y neveras, los oficios relacionados,
consumos y usos sociales, legislación y fiscalidad, etc.

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