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viernes, 19 de julio de 2019

EN ALCALÁ INFORMACIÓN, EL PASMO


EL PASMO


Dicen que la historia es la maestra de nuestra vida. Y da gusto enriquecerse con testimonios anteriores que permiten ahondar en muchas facetas y comportamientos que sirven de modelo y de ejemplo para generaciones posteriores. Hace unos días cayó en mis manos un legajo de una auto judicial curioso. Hacía referencia a un simple perdón entre dos familias por culpa del enfrentamiento de sus hijos. Elvira García y su esposo Juan M,artínez de la Peña, en los años cincuenta del siglo XVI fueron los protagonistas junto con el paisano  Juan de Alcalá. Y los actores secundarios fueron sus hijos, por cierto, ambos llamados Alonso. Estos matrimonios se vieron involucrados en una pleito judicial, complicado y difícil de solucionar para la justicia de aquel tiempo. El hijo del primer matrimonio se encontraba en la cama, sin habla. El asunto era grave, su vecino Alonso, hijo de Juan de Alcalá, le había dado ciertas puñaladas con golpes, puñetazos duros y maduros, al otro Alonso, un niño de nueve años. Juan Martínez no se lo pensó dos veces, sino que, sin estar informado profundamente de aquel juego de niños, a tontas y locas acudió al alcalde mayor Miranda de Paz querellándose con el muchacho porque había apaleado a su hijo con golpes y estacazos y, ante el escribano Luís de Cáceres, se levantó el auto, dando lugar a que fuera apresado inmediatamente el hijo de Juan de Alcalá. Y no era raro el día en el que acudían a los curanderos e, incluso, a las santeras del lugar para curar aquel estado de pasmo que hubiera sido provocado por los malos espíritus, el mal del ojo o  algún que un susto superior a que cualquier persona humana puede superar. El médico Jarava se lo achacaba a cierto desajuste producido por las noches de la ciudad fortificada pasando del frío más profundo a los días calurosos de primavera. Pues no tenía explicación que una pelea entre mozos hubiera acabado en este estado tétrico de modo que se remontaba a buscar su etiología en seres superiores o fenómenos de envidia que se infiltraban en los cuerpos con sentido maligno. Sin embargo lo cierto era que el niño de Elvira había caído postrado en la cama, víctima del pasmo y anonadamiento de modo que rondaba los límites más dilatados de una conciencia. También, se presentaba como si fuera víctima del tétanos y se confundió con la rigidez ocasionada por esta enfermedad, que podría haber provenido de hierro del cuchillo de aquella pelea, oxidado y con mohín. Lo que si estaba clara que Alonso estaba más rígido que una tabla y los padres estaban hartos de acudir al galeno de la Plaza Baja y repetirle que el pasmus o el spasmos, como decían griegos y latinos, era una parálisis provocada por un enfriamiento tras sufrir una paliza que le calentó huesos y el cielo de la boca. Y, en parte llevaban toda la razón. Pues su hijo había sufrido unos golpes tan fuertes del hijo de Juan Alonso que los habían dejado pasmado. Aun más, cada día se agravaba el estado enfermo del niño, que estaban al punto del ultimo trance de la vida.   Juan de Alcalá no se conformaba con esta versión, menos aún con este triste y penoso veredicto judicial. Consideraba que era un asunto de chiquillos, que nunca podía ser fruto de una pelea entre una alternancia de golpes entre ambos, y salió malparado el hijo de Juan Martínez.
Y cierto día, cambió el panorama de esta triste situación. El niño habló y declaró la inocencia del pupilo de Juan de Alcalá. Juan Martínez se dirigió por la calle del Preceptor, llegó a la Plaza, entró en l Iglesia mayor , y rezo a la Virgen de la Antigua. Salió por la puerta del Perdón y, a través de la calle del Taller y de las Cuatro Esquinas, se dirigió a la Torre de la Justicia. Topó con Juan de Alcalá, hablaron entre ellos con voz baja y se mostraron muy efusivos como si quisieran anunciarse algo nuevo. Incluso se dieron las manos. Juan Martínez entró a la sala de audiencia y pidió comparecer ante el alcalde mayor.
Formaron el banquillo de los juicios y el escribano escribió esta declaración de Juan Martínez Yo, Juan Martínez de la Peña declaro que es verdad que mi hijo Alonso estuvo malo y a punto de la muerte a costa de esta enfermedad que le vinoporque Dios se la quiso dar, no de golpes ni malos tratamientos que le fuesen hecho mayormente”.  El final del relato estaba cantado, El padre del apresado saltó de alegría, el juez falló la liberación del hijo de Juan de Alcalá y Juan Martínez liberó su conciencia de esa pesadilla que le acosaba diariamente. Hicieron las paces entre ellos a pesar de que el niño había sufrido aquella enfermedad peligrosa.
Este relato me dejó pasmado como diría Alfonso Guerra. Y debió acontecer en muchos vecinos de mediados de aquel Siglo de Oro de Alcalá la Real.  El pasmo, hoy día, invade a las familias, a las vecindades, a los pueblos y a los conflictos más insospechados. Lo curioso de esta leyenda es su moralina, a veces se montan torres de Babel para explicar lo que es simple y sencillo, la etiología de un pasmo puede ser un catarro, un cambio de aires. Lo pernicioso es no curarlo con su correspondiente antídoto, pues nos puede dejar en la rigidez tétrica de la muerte.










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