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martes, 3 de diciembre de 2013

RELATO DEL CALVINISTA FRANCÉS PEDRO DE LA ROZA


RELATO DEL CALVINISTA FRANCÉS PEDRO DE LA ROZA

 

 

El corregidor andaba muy ocupado en  los muchos negocios que le habían sobrevenido en tan corto espacio de tiempo. Acudía al ayuntamiento todos los días, ofreciéndose a los caballeros del cabildo municipal  para resolverle los asuntos  espinosos. No le importaba, pero había tenido  que emplearse a fondo con tantas cargas de la  ciudad por haber servido a la Corona ( en la Guerra contra los Moriscos, en la Campaña contra Portugal, en las guerras contra los Turcos y  los cosarios de la mar). Las deudas se comían aquella ciudad fortificada en el cerro de la Mota, que todavía se resentía de las medidas contra la peste de principios de siglo pasado y de los préstamos que hubo que asumir para salir del atasco administrativo, y, al menos, cubrir los gastos básicos de cada año: las fiestas del Corpus,   su sueldo, las  dietas de los abogados y procuradores en la Corte y  Chancillería  y alguna que otra pequeña aportación para el reparo de calles y camino. Para colmo de males, afrontó los suntuosos gastos de las exequias de Felipe III y la ceremonia de entronización de su hijo.

Pero,  a mediados de junio del  último año del reinado del rey Felipe III, le atosigaba un asunto peliagudo, porque dependía  de él el futuro de la ciudad. Comenzaba a decaer el comercio del vino, los reguladores de  su venta, los corredores, se habían hecho comerciantes y  empleaban malas artes para apoderarse de las ganancias de la cosecha en detrimento de los labradores. La gente se reunía en cuadrillas, increpaba a los regidores para desmantelar esta trama  mafiosa en la que estaban implicados algunos hidalgos y regidores. Pero, el se sentía impotente. En medio de este embrollo, le presentaron un asunto de caridad  y amor cristiano  también  muy  extraño. A las primeras horas de la mañana, le despertó el alguacil dando grandes aldabonazos a la puerta de su Casa de Justicia. Su esposa, soliviantada, le  espetó:

-Pedro, no escuchas  las aldabadas de la puerta.

-Uf..¡Qué dices! Déjame, tranquilo, que he pegado ojo en toda la noche.

-Pedro, Pedro, que te llaman…

En la plaza, tan sólo los comerciantes colocaban  ordenadamente los lienzos de tafetán  en los sus tiendas de los corredores del flanco meridional de la plaza. También algunos  curas beneficiados, acompañados del sacristán, venían de la calle del Preceptor y  cruzaban el empedrado  para adentrarse en la sacristía. En medio de un silencio sepulcral, roto por los graznidos de los cernícalos, se escuchaba la ronca voz  del alguacil que sobresalía  por encima de los repetidos golpes contra el portón. Abrió los encerados de la ventana del balcón y, todavía, con un pequeño capote que le ocultaban las bragas interiores que  le llegaban  hasta el tobillo, saludó al alguacil y le recriminó:

-¿No había tiempo para comunicarme la noticia, tras  la audiencia? Tan  urgente es el asunto  que te ha traído a levantarme   ¿Qué asunto me  traes para hoy ?

-Cosas de religión. Cosa de protestantes, de herejes contra los que combatimos.

-Que nos dejen en paz, ya se fueron los moriscos y, ahora, nos saquean con  tantos impuestos, milicias y, para colmo, se infiltran en muestra tierra.

-Mi señor, baje pronto. Le tengo que  comunicar un asunto importante.

-Espérame  bajo los corredores, junto a las tiendas de los escribanos, en la de Audiencia

Cerró  la ventana el corregidor, se colocó su  camisa,  su peto,  su collera,  y su valón con su sombrero de plumas y tomó una copita de aguardiente de Rute para endulzarse la boca. Luego se fajó el  sable y se acicaló  el  cabello  y el bigote. Todavía, con unas pocas ojeras, pasó por los  corredores  y bajo las escaleras desde el cuarto primero hasta adentrarse en sus caballerizas. Le puso las albardas al caballo y  lo sacó por la puerta trasera hacia la calle que daba  a la plaza. A la salida  por la puerta de las caballerizas, se encontró con el regidor Gamboa y con sus criados que  los despedía antes de ir a la siega.

   De nuevo, se encontró  con su alguacil  bajo el  arco  del cuerpo adelantado de  la tercera tienda. Un poco malhumorado, le increpó.

-¿Con qué cosas de religión? Anda, al grano, dime el meollo del asunto.

-Sí mi señor, han venido al hospital  una familia de herejes de nuestra religión.

-Qué, pues, puede ser  un turco de tez amarilla.

-No, mi señor, alguien más  peligroso.

-Entonces, un morisco  que quiere vengarse de mí.

-Que no, que no –le insistía el alguacil.

- Entonces, ¿ qué puñetas es?

-No sé quienes son ni de dónde vienen,  un matrimonio  con un hijo. Hablan una lengua que no llego a entender. Tan sólo, con gestos, papeles que nos enseñan y  algún que un vocablo castellano, vamos sabiendo algo.

-¿Dónde se encuentran?

-Como  su merced sabe, los hemos recogido  en el sitio de costumbre.

-En el Hospital del Dulce Nombre de Jesús.

El corregidor no le dio importancia, podía ser un catalán  de la cofradía de Monserrate pidiendo limosna para santuario; un italiano que andaba descarriado buscando trabajo artístico o un judío portugués que solían frecuentar la ciudad  vendiendo telas. Pero,  mientras bajaba por aquella calle  y, al mismo tiempo,   zoco de tiendas adosadas a la muralla, a la que llamaban Entrepuertas, miró el  reciente derrumbe de la  barbacana  y preguntó de nuevo  y le bromeó sobre el  enigmático personaje:

-No me vaya a traer una familia de  cautivos de la Costa que andan  desconcertados y no saben ni siquiera hablar.

-Que no, mi señor, que le digo que es mucho más peligroso.

-No será uno de esos moros rajados que todavía frecuentan la zona.

-Que no, no, que no son de la berbería.

Andaban  enfrascados en la conversación y se iban cruzando con los jornaleros que bajaban con los capachos llenos de las carnes compradas en los altos de la Mota antes de marcharse a segar.  Saludaban  a los guardas de montes y les deseaban buen servicio en la custodia de los montes. Lo tenían frito los conflictos con los vecinos de Martos.

-Ojo, con los ganaderos que  nos invaden los montes. Protegeros, porque ya nos han dado más de un susto  en la sierra de Locubín, pues poseen arcabuces. 

 A la altura del último tramo de la calle Real escucharon los toques  de las espadañas de los conventos que anunciaban las primeras horas cantadas de los monjes franciscanos y dominicos. Y, el semblante le cambió al corregidor y  la dulzura brotó de sus labios:

-No será una extraña familia que busca los puertos del  Sur para embarcar hacia América.

-Que no, mi señor. Yo, tan sólo puedo decirle,  que vienen destrozados. Parece como si un huracán los hubiera arrastrada por estas agrestes sierras del Sur.  

 En el compás de un convento franciscano, le comentó al alguacil las gestiones sobre la prosecución de la obra, ya que estaba detenida  y presentaba el aspecto de  un estanque sin  la cubierta, y todo ello  por varios motivos, entre ellos  la financiación que les buscó con el préstamo del arbitrio del ultimo donativo a su majestad.

.            

En la aceitería del  Llanillo, hizo la última parada, y  le preguntó a la tendera por el  precio y el estado del aceite, al mismo tiempo que, de nuevo, increpó al alguacil.

-Pero, ¿Quién te ha dicho que son peligrosos?

-El  hermano hospedero del  hospital,  me decía que nos los comprendía.

-Pero, ¿qué escuchó de ellos?

-Frases sueltas...somes franceses….dejá cristianos… avant  de Carvine …

- De Calvino, sí

-Sí, sí de Calvino, de ese  hereje  con cuernos que  quiere destruir nuestro Imperio.

-Casi seguro. Un comerciante, como los que nos buscan todos los días las cosquillas bajando sus tiendas  de la Mota. Como los Serrete. Parece como si  en su tierra de origen les hubiera marcado nuestra ciudad por destino.

Al pasar por la  primera posada, dejó su caballería en las cuadras por si tenía que emplear mucho tiempo en el hospital. El primero  en saludarlo fue el mayordomo, que lo subió  a la Sala  Salta del Hospital del Dulce Nombre de Jesús, con  él  estaban los  dos miembros de San Juan de Dios que cuidaban de la salud de los enfermos y de los transeúntes.

Pronto dieron con el matrimonio hacinado entre muchos pobres de solemnidad, enfermos y transeúntes. Apenas, el padre  levantaba la cabeza  y  se sentía humillado ante la presencia de tantas personas. El corregidor le pidió los documentos, en seguida le entregó un legajo de papeles escritos, al parecer  en provenzal

-Luego, usted es francés, cercano a  Ginebra, la tierra de Calvino.

- Oui, je suis  français.

  -Claro, claro, francés.y de pura cepa.

  - Y, ¿ que pinta aquí con su mujer y su hijo?

    -Mia madame est  française, nous sonmes passé muchos sufrimientos. Sin travail, en Francia, odiados por todos,  condenados a muerte. Tome este escrito, léalo.

            No sabe lo que hacer el corregidor. Sabe que es una familia francesa. Entiende las grafías, pero no el contenido, comprueba que están escritas en francés. Entonces, baja al cuarto de los mayordomos y envía al corregidor, para que convoque a un mercader francés asentado hace tiempo en la ciudad. Se llamaba Juan Serrete, era comerciante y tenía una tienda en la Mota.

El alguacil  toma el caballo y  se adentra por las callejas del Llano de la ciudad hasta  topar con su casa en el Arrabal Viejo. Sin poner obstáculo, Juan Serrete se vuelve con el alguacil y se presta a todo tipo de colaboración con el corregidor.

-Dígame, señor, y pregúntame lo que quiera. A su disposición, siempre.

  – Lea este documento, pero vaya al grano.
- Condeno  a  Piere de la Roza,   nacido  en  el seno de una familia cristiana francesa,  cumplió con los mandamientos de la Iglesia,, fue  devoto a san Luís de Francia y  de san Roque, a los que se encomendaba en tiempos de peste y epidemias, con sus plegarias y devociones  no escatimaba esfuerzos en  contribuir al fomento de la doctrina de  la iglesia entre sus vecinos, muchos de  ellos luteranos  y , llegó con estas creencias hasta su juventud. Pero, por aquel tiempo contactó con un ministro luterano, influido de las doctrinas  calvinistas y, pronto,    renunció a su bautismo cristiano. Y, no sólo se convirtió a  esta nueva religión él mismo  sino que atrajo al movimiento calvinista a todos los miembros de la familia.

En este momento, bajó de la sala   Pedro, pidiendo agua.  El estado era lamentable, tenía mesados los cabellos, varios cardenales se vislumbraban  por su  espalda, dos cicatrices mal cerradas  partían  en dos sus cejas y, tan sólo, la  sábana de la cama cubría el resto del cuerpo. Las órbitas de los ojos se asemejaban más a un  enfermo en fase terminal  que a un ser humano en edad madura. Con grandes gemidos, corta la lectura de su paisano Serrete y  le increpó:

 -Yo no ser calvinista, ser cristiano.

-¿Cómo es eso?- le increpa el corregidor. Lo escrito escrito est, no me venga con falsas simulaciones y fingimientos. Usted huye de alguien. Ha sido anatema de muchas personas y sambenito  de muchos lugares. Dudo hasta si es francés.

-Lo soy, mi señor,  y también ahora cristiano. Como usted, señoría. Pero, a mi se me han caído todos los palos del sombraje Yo no suis ( le reprende  el corregidor, “soy”) de  esa secta.

-Ya habla bien, los calvinistas son una secta odiosa, no creen más que en el dinero, para ellos la riqueza más que Dios,  es su preocupación y ocupación. , Son una secta secreta que hay que perseguir. Siga, siga, Serrete.

Pero, Serrete ya se perdía en los términos jurídicos del fallo judicial, artículos y más artículos, fórmulas y  frases en latín que no entendía. Pero, lo que sí tenía claro  que, una vez que todos los miembros de la familia  participaron del calvinismo, les remordió la conciencia y todos volvieron al antiguo redil de la Iglesia de Roma,

-Señor corregidor, ahora son católicos, apostólicos y romanos. Muy claramente lo dice en este ´parrafo “ Pedro Roças se convirtió de nuevo al catolicismo y abandonó el calvinismo”.

-Sí, mi señor, ser cristiano y toda mi familia.

El corregidor no comprendía, porque se habían alarmado los operarios, los enfermeros y el capellán del Hospital. Era un cristiano como la copa de un pino, un  cristiano de verdad, al que había que aplaudir de sus estados metamórficos,  experimentar diversas doctrinas y, al final, quedarse con la religión de su familia, se consideraba algo digno de  mérito,  en unos tiempos en los que muchos  europeos de las zonas francesas cercanas a Ginebra  se habían  pasado al luteranismo y  habían seguido a otros líderes como Madelson o  Calvino. Pero, no comprendía el lamentable estado,  y llamó a su mujer y a su hijo. Inmediatamente, se presentaron sucios, harapientos y cubriéndose el sexo con la sábana del hospital. Lo que más le extrañó fueron los arañazos que surcaban todo el cuerpo de la esposa del francés y  el cabestro o la muletilla del joven para poder andar, porque tenia un fuerte esguince de tobillo

-¿Qué os ha sucedido den este  largo trayecto desde  Francia hasta estas tierras?

-Nada, mi señor, déjeme que se lo diga en francés a mi paysan Serrete.

Este, inmediatamente, iba traduciendo literalmente “ en todos lugares nos recibieron como auténticos adalides y  héroes de la cristiandad, en  Burgos, en Sigüenza con los Mendoza , en  Alcalá  de Henares entre los estudiantes de la Universidad, en la Corte de Madrid, en  la catedral de Toledo,  en Santa Cruz de Mudela,  pero, al pasar Sierra  Morena, todo se nos convirtió en negro oscuro, nos tocó la china. Nos emboscaron, y nos saltaron, nos quitaron nuestra acémila, un burro y  un carro tirado por un caballo francés, les puedo decir que eran unos hombres  corpulentos  y provistos de arcabuces, que iban en pandilla y nos sorprendieron a la vuelta de un peñasco que rompía la pendiente del camino, un sitio propicio para alcanzar un botín. No puede narrarles más, de los golpes que recibimos, quedamos desmayados y perdimos el sentido y el conocimiento”. A partir de este momento nos desviamos de la ruta habitual  desde Madrid a Granada y nos metimos en un laberinto de veredas que no podemos recordar, volvimos y regresamos una, dos y tres veces al mismo lugar, tuvimos que pasar el Guadalquivir por un paso profundo para evadir los impuestos. Habíamos perdido todo y no podíamos pagar ningún tipo de peaje, nos alimentamos de  la comida  que nos proporcionaba la naturaleza o algún que otro gañán comprensivo con  nuestro aspecto desalentador.

Al final divisamos, una mole muy elevada, parece que le llamaban Peña de Martos, no entramos en el pueblo y subimos a ella, desde allí  como eran  la víspera de la fiesta de San Juan contemplamos varias hogueras, planeamos una ruta guiándonos por dichas hogueras evadiendo los pueblos, aldeas o cortijadas. Pero, mi hijo enfermó.

-No  me dirá que tiene la peste, la maldita epidemia que nos ha mandado el Señor por tantos pecados que cometemos.

-No mi señor, sino que tropezó con una zarza y cayó en un barranco, desde donde nos vimos negros para poderlo sacar, ya que estaba malherido, sobre todo tullido en  las piernas. Hicimos unas parihuelas con los troncos de unas gruesas ramas de un quejigo;  mi mujer y yo nos dirigimos, a través de un   camino destrozado,  hacia  una ciudad que se erigía con un hermoso castillo. Preguntamos a unos ganaderos sitenía algún hospital. y nos dijeron que sí y que se llamaba Alcalá la Real. Y, sin fuerzas y  a duras penas, logramos presentarnos  en el hospital solicitando la misericordia divina.

- Muy bien, usted es un cristiano y  ha sido víctima de los malditos bandoleros, esos malditos bandoleros que heredaron las malas costumbres de las partidas de los moros. Más nos valiera tener la Santa Hermandad. Pero, ¿por qué vino a España? Anda, Serrete, lea más adelante el documento.

Serrete, mientras el señor preguntaba seguía absorto y   ponía extraña su  cara ante el resto de la lectura del documento. Se saltaba muchas líneas,  y se decía entre sí , pura retórica, adornos de  abogados,  pero, ya no pudo más, déjeme que le lea lo esencial.

-Piere de Roças est un asesino, sí mi corregidor. Esto lo afirma.

- No, yo  no   soy  un asesino, lo hice por  la fe de  mis antepasados, por Cristo Nuestro Señor. Soy inocente. No tuve más remedio.

-Dígame, Serrete, es verdad  que este señor es un asesino de carta cabal.

-Sí, mi merced, mató a  una persona, a un ministro de Cristo y, por eso le condenaron.

-Y, ¿cómo no le llevaron a  la horca  y le dieron tormento?

- Sí, mi señor, que  le dieron tormento en su pueblo, según dice el documento, porque  el se defendía  de que era inocente de la muerte de  aquella persona, vecina y amigo suyo. La indagaron de todo, pues  le probaron si era un marido celoso, porque   su mujer  fue la causante del  suicidio.

-Cómo,  ¿su mujer  fue  la causante?

-Claro que sí, esto dice el documento, le seguía, le perseguía el ministro de Dios.

-Sí, mi corregidor-interrumpió Pedro-, pero el ministro de Dios calvinista que los había convertido.

-Eso, eso. El ministro calvinista quiso, de nuevo, atraerla a su secta, cochinos luteranos,  herejes infames, tan tozudos y  tan iconoclastas. Y, según dice le  fallo judicial, el marido, una auténtico converso, no tuvo más remedio que matarlo para que su mujer no cayera en la secta calvinista.

-Anda, sube esta mañana a las casas del  cabildo, preséntate al  regidor de turno, dale este billete y diles que  lo presente en la reunión de mañana.

Pedro no lo entendía.  Pero Serrete traducía. La cara del matrimonio francés cambió por completo. Así fue, el francés  subió por la calle del arrabal de la Veracruz y, a través de la calle Zubia, se adentró por entre los  Lagares y  calle  Cava en el Arrabal Viejo, parecía que huía de a entrada principal, por el Postigo pasó a la Puerta de la Plaza y se presentó ante el regidor de turno. Siguiendo los consejos de Serrete iba repitiendo las palabras Limosna, por Dios  y así dijo

-Limosna, por  Dios.

 

 Se la concedieron, como era normal. Mientras tanto el corregidor se quedó arreglando unos asuntos de orden público con el alcalde ordinario del Castillo que pedía un abogado para defenderse del pleito de los montes. Al mediodía, subió  al fortaleza, en su casa se echo a dormir, le dijo a su mujer que no le molestara y  entre sueños repetía “su merced, un asunto urgente”.

 

                       

Se la concedieron, como era normal. Mientras tanto el corregidor se quedó arreglando unos asuntos de orden público con el alcalde ordinario del Castillo que pedía un abogado para defenderse del pleito de los montes. Al mediodía, subió  al fortaleza, en su casa se echó a dormir, le dijo a su mujer que no le molestara y  entre sueños repetía “su merced, un asunto urgente”.

 

                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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