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domingo, 1 de diciembre de 2013

LA CASA DEL DUENDE DE LA MOTA


 

 

 

                           LA CASA DEL DUENDE DE LA MOTA




 

 

         Muchas leyendas son verdaderas, o, al menos, tienen viso de realidad. Y esta es una de ellas. Hace de ello casi cuatrocientos años, y es cierto que, en gran parte,  estos hechos  que te voy a contar  ocurrieron  en una importante casa de la Mota. Era  una casa lujosa, de señores;  tenía noble fachada con pórtico adintelado de piedra de cantería y el resto con muros de mampostería; se ubicaba en un paraje privilegiado  de  la ciudadela alcalaína, lindera a  la casa del corregidor; mas debajo de la Plaza Alta, en dirección  hacia  la muralla de la Puerta Nueva y la torre de la Especería; en concreto esta  mansión era  propiedad y cobijo  de una famosa e hidalga  familia, los Aranda Méndez de Sotomayor. Nobleza y alcurnia no le faltaban, pero todos los vecinos  se referían a   esta casa como la casa del misterio, incluso con más intriga  que los misterios  de las cuevas del Bahondillo y del  arrabal de Santo Domingo.

         Hacía tiempo que su familia  la había abandonado a duras penas. La había recibido Leonor Méndez de Sotomayor como el último eslabón de la herencia paterna por ser descendientes de las familias de los conquistadores de la ciudad, incluso.  Pero, la abandonaron,  aunque los poderosos  la consideraban de gran valor sentimental y crematístico  por haber sido vecina del palacio de los primeros señores musulmanes, y, luego, de los  alcaides de la fortaleza, -entre ellos el conde de Cabra-. No podían soportar vivir desgraciadamente en aquella casa que todo el mundo  bautizaba como La Casa del Duende. A ello se añadió un  pariente, por cierto escritor de la genealogía de los Aranda, sufría ataques de melancolía y delirios.

         Tras su abandono, los vecinos de alrededor, al principio, no le dieron importancia a los comentarios  y habladurías que  la gente  había extendido entre los vecinos de  la fortaleza alcalaína; tan sólo, algunos se asomaban a la ventanas de sus casas  y, para satisfacer au curiosidad, se pasaban las horas observando, a lo largo del  día y de la noche,  todos los movimientos de ida y venida de aquella familia. Los había, sin embargo,  que referían que  no encontraron  otra cosa  que  el deambular nocturno  de los miembros de la familia aquejados de algún mal sonambulista; a lo más, los veían  sentados en el bufete de su  sala  cuadrada  leyendo libros-o pergaminos encontrados en el arcón de las cámaras-; lo hacían   a la luz del  un lánguido  candil o del cebo de  los candelabros como si buscaran  el sitio

oculto de  algún objeto de valor y  había que protegerlo; .tan poco daban importancia a los bultos humanos  que se traslucían por el encerado de las ventanas y los relacionaban con las sombras de los dueños cubiertos con amplios capotes para protegerse del frío. Pero, pronto se extendió como la pólvora las habladurías de los criados de esta familia: afirmaban que sus señores habían  vuelto a aquella casa, de noche y con sigilo, porque los llamaban seres extraños produciendo ruidos en las cámaras altas.

         Este fue el comienzo de  esta historia.  Sin embargo, cada día surgían nuevos imprevistos y acciones mágicas, donde se mezclaban los ruidos ocultos con los seres de ensueño y  los  efectos fantasmales  de la luz y la oscuridad.  Al principio, los    vecinos  achacaron los sonoros ruidos  a los fuertes vientos, tan frecuentes por los altos de la ciudad,  los que arremolinaban los aperos de labranza  y los arrastraban contra las puertas  golpeándolas desordenada y escalonadamente como si cayera ruidosamente un castillo de naipes. Tampoco, le dieron importancia a los apagones  intermitentes de una lámpara que  parecía que portaba  un encorvado fantasma. Aunque la visita ocasional de los esporádicos inquilinos lo achacaban a un duende en forma de frailuco, que había albergado la familia, los vecinos creían que no era sino una simple alucinación de las mentes de aquellos señores, víctimas de su afán por la usura y  la acaparación de bienes. Lo cierto es que aquel duende les hizo perder la cabeza a aquellos señores y, un día sin esperarlo, ya no volvieron a aquella casa y se bajaron a los llanos de la ciudad para aliviarse de aquella persecución que no sabían interpretar si era fruto de los duendecillos  o del diablo en forma de fraile.

                  

EN LA CASA, UN CONVENTO DOMINICO

 

 

         Pasaron algunos años y nadie les quiso alquilar aquella casa. Mas, no hay mal que por bien no venga...  Pues esto le vino muy  bien a los planes de  aquella familia. Pronto,  a aquellos señores se les ocurrió  una feliz idea con  la que les  hiciera purificar aquel lugar y cambiar la mala reputación  y fama  que se había extendido sobre su familia y sobre  ellos entre algunos vecinos de la ciudad. El ama, una devota y señora emprendedora, huérfana  de padre y madre, pensó fundar un convento. Cedió su casa, buscó  personas influyentes y poderosas entre los notables y ayuntamiento de la ciudad para que le ayudaran a hacer realidad el proyecto: No tuvo, al principio, muchas dificultades, porque la mayoría de los regidores y jurados  eran familiares suyos relacionados con las diversas ramas de  los Aranda. Como se suele decir, mató dos pájaros de un tiro, porque su plan contribuía con la defensa municipal de que  no se abandonara la privilegiada fortaleza, y, por otra parte,  sabía que le era imposible fundarlo en otro sitio, porque a nadie se  le permitía  edificar  edificios religiosos en los bajos de la ciudad.

         En los primeros momentos, los hechos se fueron desarrollando como si los marcaran inexorablemente las agujas del reloj  de la Mota. El prelado de los dominicos dio el visto bueno al proyecto; el abad hizo lo mismo dentro de su jurisdicción, también a Leonor  se le aceptaron todas las cláusulas de su contrato con el nuevo convento: dos monjas reservadas a la familia y privilegios de enterramiento  para los miembros de la familia en la capilla mayor del templo. Se trajeron monjas de  otros lugares como Almagro para constituir la cédula inicial de aquel convento,

          Cada día, con  el  crecimiento de miembros del convento se renovaban la ilusión y la alegría de Leonor Méndez de Sotomayor, porque continuamente se veía obligada a acudir a  los escribanos de la plaza alta para recibir las dotes de las novicias. Además, no se quedaba  su gozo en el grupo humano, sino que se amplió el recinto del convento con las nuevas casas de los Monteses y Valenzuela; y aun más,  se comprometió  con los mejores  canteros  de la familia Bolívar a renovar aquella casa con un claustro porticado, una capilla y dormitorios para las hermanas; en pocos años, aquella casa  albergó a más de veinte  monjas.

         Pero, pronto, comenzaron  a surgir raros inconvenientes,  acontecimientos  extraños e inesperados sobresaltos. Las primeras monjas  venidas de Almagro y Jaén, como no sabían nada de  la historia reciente  de aquel convento,  tan solo se quejaban de las malas condiciones que ofrecía aquella casona al sotavento  y frío del cerro de la Mota. Pero, con la entrada de las nuevas inquilinas de Alcalá, muchas de ellas, procedentes de famosas familias hidalgas de la ciudad, comenzaron a revivir  las antiguas habladurías que corrían de boca en boca a lo largo de la ciudad. A ello se añadió que  se produjeron varias muertes de las doncellas más delicadas,  y  comenzaron a levantar los más inesperados comentarios sobre  la salubridad del convento  

        

                            REGRESÓ EL DUENDE

 

         A la hora de la verdad, las monjas tan sólo discutían y deliberaban en sus cabildos lamentándose de estas tristes circunstancias, pero no quedaban en nada,  porque no sabían a qué achacárselo, de tal modo que les hacía conformarse con resignación cristiana a aquellas adversidades del local y  la  vida en comunidad. Es verdad, se decían, que  se podría echar la culpa  al  frío invernal  de la Mota  que  les hacía mella en su salud , pero , muchas  muertes acontecieron en otras estaciones del año; por eso , no olvidaban los calores de agosto  que causaban tabardillos y  funestas fiebres de verano;  y , por lo que más se inclinaban y,   de común acuerdo, solían achacarlo al aljibe de la casa que  cambiaba el color  del agua convirtiéndola en una especie de vidueño rosado.  Por mucho que el  físico les recomendaba que le echaran  a los vasos y jarras de beber  unos  polvos medicinales mezclados con un jarabe especial elaborado en la  botica de la Plaza Baja,  muchas se veían afectadas por una continua descomposición del cuerpo, que no daba abasto para limpiar los pozos ciegos abiertos en la roca de la fortaleza. Para colmo, aquellos desarreglos provocaban  una  anemia  corrosiva de los cuerpos que afectaba  hasta la voluntad de sus almas. La mente se les turbaba, veían visiones a su alrededor.

         No tardaron en producirse algunas bajas o deserciones  marchándose del  convento, y, eso que casi se incrementaba el claustro a dos novicias por año y se les quedaba aquella casa estrecha y sin posibilidad de albergar a tantas doncellas que esperaban la llamada del mayordomo para ajustar la dote ante el escribano. El agua  les había puesto nerviosas y enfermas, por un lado; por otra parte, tampoco podían soportar los cotilleos frecuentes   entre  ellas sobre unos  ruidos nocturnos que se asemejaban  a  los lobos  de la  sierras; también , se asustaban por otros  muchos imprevistos:  pues, de un día para otro, un  objeto estaba sobre un bufete y a la mañana siguiente, aparecía colgado en la cámara; o lo que más acontecía , el hecho de que un velón apagado al anochecer  en un cuarto de dormir a la hora de completas, a  los matines del otro día   había aparecido en el comedor; y, por encima de todo,  les colmaba la paciencia que  desparecieran  con mucha frecuencia  los ramos de flores del altar de la capilla  y al día siguiente  aparecieran  pisados con gran violencia como si quisieran  destruirlos;  esto sin olvidar que  raro era el  día  que  la mayoría de las monjas no encontraban  los velos a la hora de vestir sus hábitos y bajaban a la capilla desaliñadas  con su larga cabellera  sobre la túnica. La priora no se lo tomaba a broma, sino que se le achacaba al antiguo espíritu que se había cobijado en algún escondrijo de las cámaras y  renacía moviéndose de un modo imprevisto   por las diferentes habitaciones y cuartos.  

         Por eso, entre ellas, de nuevo reapareció en sus conversaciones  la antigua figura del duende de la casa cumpliéndose aquel dicho que “a perro muerto  todo son pulgas”. Y, se cuenta que  lo malo no fue que tuviera un aspecto fantasmal convertido en  frailuco visitador del convento, sino que, en medio  de aquel desconcierto, ya  había comenzado a  trastornar las mentes de algunas monjas. Aquel duende, como antes, no emprendía, en su reaparición,   acciones  ficticias, propias de los cuentos infantiles, sin mayor  malignidad de ser propios de  puros juegos de elucubración  mental;  ahora aquel duende había dado  un paso más y había subido un escalón superior  la hora de apoderarse de aquellas mentes indefensas por la debilidad física. Se convirtió en un auténtico demonio que provocaba en muchas de ellas actos descontrolados en medio de la seriedad y el silencio del local. Pues, no era raro el día que una monja estallara de una risa resonante al contemplar un cuadro de un paso de Pasión; y, lo malo era que no era una risa sana, sino un retumbar al modo de la Sibila de Cumas o de una intoxicada por hierbas venenosas. También, la hubo que se sentía estigmatizada con fuertes ruidos en los oídos y clamaba pidiendo que le sacaran aquello del  interior del cuerpo; y, aún  más, a veces se hacía cómplice con los objetos imaginados o los seres demoníacos y  profería  auténticos atentados contra la divinidad. Se juntaba la priora con la superiora  para combatir estos  actos, pero,  ni con los artilugios de los gendarmes de la Inquisición, podían  domeñar  las fuerzas de aquellas poseídas por el maligno duende.

                  

                            VIENE  EL EXORCISTA   

 

         Por días, se enrarecía cada vez más el ambiente, hasta tal punto que  la priora se vio obligada a comunicarlo al  confesor y capellán del convento. Este no le dio mucha importancia al principio;  mas  no obstante, se lo comunicó al abad y a su provincial dominico que, por aquellos años, frecuentaba la ciudad para fundar el convento masculino de Nuestra Señora del Rosario.    

         Pro el día en que una de ellas intentó atentar con  una  imagen religiosa, ya no aguantaron más, convocó al capellán  y este atentado se lo comunicó al señor abad. Ambos coincidieron en que algunas monjas estaban dominadas por el demonio, era un caso claro de exorcismo: hababan lenguas extrañas, sus fuerzas se sobredimensionaban  y  habían atentado con los símbolos divinos. El abad, hombre muy experto en teología,  creía que era el momento de erradicar estos desmanes en un sitio religioso y que podía servir de escándalo a toda la ciudad. Y no era un duende ni las habladurías populares, las que había que callar; era algo más; se había sobrepasado el fiel de la balanza de ser cristiano: Por eso, acordaron traer un fraile exorcista  para  aplicara a aquellas monjas unas sesiones de  quitarle la posesión del demonio.

         Lo buscaron de la cercanía y de los pueblos de los pueblos de los  alrededores, y no lo encontraron. Mandaron correos a los monasterios y conventos de los obispados de Granada, Córdoba y Jaén, y les dieron algunos nombres de exorcistas;  pero, los regidores amparados a los conjuradores s de lo campos, le recomendaron unos  franciscanos de la diócesis de Guadix y Baza, que decían  eran muy famosos. Y  consiguieron dar con uno de estos frailes exorcistas. Este no sólo  era experto en la materia  sino que  había practicado  en  muchas ocasiones ( y, concretamente  en numerosos conventos),  aquel ritual mediante el que se pretendía e expulsar o destruir aquel duende sobrenatural  que tenía asfixiadas y dominadas  a aquel grupo de monjas. Para ello,  vino en tiempos de Cuaresma como tiempo de Purificación.

 

         Llegó en secreto, de noche y  se  albergó en el mesón  de la Plaza. Alta.  Al día siguiente, convocó a la priora y planificó el rito exorcista.      Le pidió a  ella y a las monjas no poseídas compartir con él varios días de  oración y ayuno;  pues  creía que estos dos importantes remedios  eran fundamentales para pedir la ayuda divina, según el ejemplo de los Santos Padre.

         A continuación, una vez que contactó con las poseídas, al principio le costó trabajo dilucidar si aquel ser sobrenatural era  un demonio, un espíritu maligno, o un brujo  de carne y hueso que se  introducía en la casa a horas intempestivas. Lo que  no le ofrecía duda era que aquel convento había sido objeto o lugar de posesión de un ente sobrenatural y, además, por sus conocimientos, prácticas y experiencia,  consideraba en el grado total la posesión de  aquellas monjas por el maligno duende  (según  sus libros, “(el ente toma control de las funciones del poseído, puede moverse, hablar, etc., a través de la víctima”).

 

EL ACTO DEL EXORCISMO

 

         Como personas religiosas que eran,  el fraile sabía que debía poner más empeño en  acertar en este  asunto; por eso, ayunó durante cierto tiempo y previno todos los aspectos  y pasos del proceso del acto exorcista. Sabía que debía  cuidar hasta el mínimo detalle las oraciones, los gestos y los ritos, y no sólo usarlos mecánicamente sino darle un sentido de preparación para que hicieran efecto en  estas religiosas.    

         Lo mismo intentó hacer  con las fieles  atormentadas,  antes de iniciar el exorcismo. A ello, con muchas ganas, las compañeras  animaban a las posesas a que oraran   ante  Dios, a hacer mortificaciones, renovar frecuentemente la fe recibida en el Bautismo, y  a acercarse al sacramento de la penitencia para protegerse y también fortificarse con la sagrada Eucaristía. También,  les ayudaron con la oración por caridad los amigos, los parientes, el confesor y  el director espiritual de cada una de ellas, inclusos, hubo oraciones con la presencia de otros fieles.
         Per llegó el día esperado. A las  poseídas por  el  duende las reunió en el pequeño oratorio del convento,  se les hizo la señal de la cruz como muestra de que comenzaba el ritual,  a continuación el fraile  les impuso las manos, sopló espíritu divino y les  hizo con el hisopo una  aspersión con agua como símbolo de purificación en el bautismo,  para que las monjas posesas  se sintieran   defendidas ante  las insidias del enemigo. Con un  hachón encendido y ante la mirada de un crucifijo,  el exorcista repitió las letanías, con las que pedía por la salvación de ellas  intercediendo  a  todos los santos, la misericordia de Dios.           Después de las letanías, el fraile recitó en forma responsorial y en latín,  varios salmos, que imploraban la protección del Altísimo y alababan la victoria de Cristo sobre el Maligno. Terminado el salmo, el exorcista  añadió una oración sacada del salmo.   Salvam fac ancillam tuam.Después,  proclamó el evangelio, como signo de la presencia de Cristo, que por medio de su propia palabra en la proclamación de la Iglesia, pone remedio a las enfermedades de los hombres. De nuevo, impuso  las manos sobre las  atormentadas, para lo que se invocó  la fuerza del Espíritu Santo a fin de que el diablo saliera de ellas, diciéndoles que por el Bautismo fueron hechas templo de Dios.

         Luego, recitó  el Credo; después, el Pater Noster, con  el cual se le pide a Dios, como Padre nuestro, nos libre del Malo. Y, acabado todo esto, el exorcista cogió la cruz  del Señor y se la enseñó a las posesas,  lo hacía como  fuente de bendiciones y gracias. Hizo la señal de la cruz sobre ellas  para hacerles ver  que  a con esto  se indica el poder de Cristo sobre el diablo. Y llegando al momento culmen, después dijo la oración de petición, por la que rogó  a Dios  para que viniera en salvación.  Finalmente, con gran solemnidad declamó  una oración imperativa por la que, en nombre de Cristo, se le mandó claramente al diablo que dejase a las atormentadas.

 

         Oh, Señor, tú eres grande, tú eres Dios, tú eres Padre, nosotros te rogamos, por la intercesión y con la ayuda de los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, que nuestros hermanos y hermanas sean liberados del maligno

         Pero  les pidió, expresamente, que se abstuvieran  de cualquier oración de exorcismo, sea de petición o imperativa, las cuales solo podían ser usadas  por los  exorcistas.       Al fin, creyendo haber logrado echar al demonio e  hizo un  canto de acción de gracias, otra  oración y las  bendijo. A lo largo de la ceremonia se guardó por aquel grupo de monjas  un  silencio sepulcral  durante  todo el ritual exorcista.

 

SE VA EL EXORCISTA

           
         Tras la visita del fraile exorcista, la comunidad pasó varios días y meses en medio de una gran tranquilidad y paz interior. En las horas de oración  le daban gracias a Dios por los frutos del   sosiego recibido. Además,  el confesor  del convento  cuidaba de  guiarlas espiritualmente  para que perseverasen en la oración, sacándoles lecturas ¡principalmente de las Sagradas Escrituras; con su ayuda frecuentaban  el sacramento de la penitencia y de la eucaristía y también llevaban  una vida cristiana con obras de caridad y llena de amor fraterno con todos.

         Pero, parecía que los diablillos de la fiesta del Corpus y los sayones con los rostrillos negros no querían dejar tranquila aquella mansión de Amor  y  volvieron  al convento. De nuevo, sobrevino  la recaída en la misma posesión. La llegada del duende se producía ahora con mayor ansiedad y provocando mayores desasosiegos; de nuevo,  hubo  abandono de otro grupo de monjas; en vano servían todas las prevenciones tomadas, de nuevo aparecieron  el agua rosada, las enfermedades,  las alucinaciones, los desvaríos de conversaciones en lenguas extrañas y los forcejeos imposibles de dominar por la superiora hasta el punto que a esta se le  colmó la paciencia y, secretamente, habló con varios señores de la ciudad para urdir un plan . Lo hizo con un regidor, familiar suyo, que le sugirió un cambio de residencia  del convento aprovechando que el abad había condescendido a que casi se convirtiera en parroquia una iglesia del llano de la ciudad.

 

                  

LA EXCOMUNIÓN

 

          La priora llamó a un escribano y arrendó una casa;  trasladó de  noche a toda la comunidad a una casa de la calle real  fuera de la fortaleza de la Mota. No estaban muy conformes los miembros del ayuntamiento que mantenían sus casas en la fortaleza para no perder los privilegios; también la reacción del abad como autoridad eclesiástica no se hizo esperar. Y, así, todas las monjas  recibieron un decreto de excomunión por haberse trasladado  de domicilio sin licencia abacial. Pero, pronto quedaron sin efecto aquella excomunión, pues obedientes y a regañadientes regresaron al convento.  Y, a volver al convento del misterio, a la casa endiablada de la Mota, de nuevo se repitieron los mismos acontecimientos. El mismo proceso y concatenación de hechos: enfermedades, miedos por el duende, exorcismos continuos... No podían resistir más. .

 

….Y, así llegó el 1602, esta vez  el plan se hizo con mayor sigilo. Se buscaron  de valedor al regidor Sotomayor  Aprovecharon la ausencia del  abad fuera de la ciudad, pues había marchado a Valladolid para arreglar asuntos familiares y personales de su estancia como abad de esta ciudad castellana. Como un reguero de pólvora se extendió que las mojas habían intentado pasarse a las casas de Cristóbal de Ibáñez junto a la ermita  de la Veracruz para hacer en ella su convento, esto  sin habérselo advertido  al abad  ni sin tener  el beneplácito del ayuntamiento de  la ciudad. Este convocó su cabildo, y  se dividieron los pareceres: el viejo alcaide y los hidalgos de sangre opinaron que no se podía permitir el traslado del convento, porque iba en contra de los intereses de la fuerza y conservación de la Mota; de mudanza nada, y menos sin estar presente el abad. El escribano  del cabildo, acordaba este criterio en contra del parecer de Sotomayor:


-Se hable con el  prior del convento de los dominicos para que no se bajen porque no tienen decencia ni custodia las casas que agora viven.

Días después, de Valladolid regresó  el abad  mayor y  mantuvo la excomunión de todas las monjas, al mismo tiempo que  les tramó un ardid jurídico muy complicado. Convirtió en parroquia la ermita de la Veracruz, con lo que conseguía que no se pudieran levantar iglesia y convento cercano a sus  alrededores.

         Las monjas no podían aguantar más. Habían vencido la casa de los duendes. Y ahora se veían rotas por los abandonos,  deshechas por los sinsabores de la ciudad y arruinadas  porque no podían afrontar la destrucción económica de sus bienes.

 

                            EN LAS CASAS DEL LLANILLO

 

         Pero, como si se tratara un milagro, a  primeros de año 1602,  nació un rayo de esperanza en la comunidad dominica. No podían levantar un convento, pero sus patronos le sugirieron que podían comprar y trasladarse a un recinto en forma de convento. Se buscó un lugar casi religioso, un hospital que, por supuesto,  tuviera un oratorio; y lo consiguieron, en el Llanillo, junto a la iglesia de la Veracruz. Le llamaban Hospital del Dulce Nombre de Jesús, donde se albergaba la imagen de la Coronada, patrona de los Desamparados y Madre de la Caridad.  Aquel  amplio recinto de casas tenía capacidad para albergar  aquella numerosa familia religiosa, Tan sólo, debían  buscarle traslado al hospital y les compraron las casas de enfrente, las que estaba anejas a la ermita de la Veracruz. La jugada era perfecta.

         Además le favorecieron las circunstancias, el cambio de criterio de las autoridades  y hasta  el tiempo. La peste intensa que azotaba a la ciudad  fomentó la marcha de la fortaleza de muchas personas  y  los regidores cambiaron de opinión con respecto a las monjas. Consideraban que los nuevos barrios de la ciudad necesitaban de servicios religiosos y, si el abad  había permitido la instalación de la parroquia  en la ermita de la Veracruz, no creía que fuera un obstáculo que estos se realizaran, como en otros lugares y obispados, en las nuevas dependencias del  monasterio.

         Por eso, no es extraño, que un famoso regidor alzara el tono y dijera en la sesión  del veinte de febrero de 1602 tocando el corazón  de los presentes:

         “No le demos más vueltas, y dejemos que las monjas  tengan allí el convento y se hagan en su templo los servicios religiosos de  impartir los sacramentos, Lo digo con mucha razón, porque no ha sido parte del no haber habido hasta hoy parroquia  para que deje de estar poblada como están  todos aquellos arrabales tan remotos de la parroquias antiguas que hay en esta ciudad. Por cuya causa,  han acabado muchas personas, grandes como recién nacidos,  los unos sin confesiones y  los demás sacramentos;  e las criaturas sin bautismo: cosas de grandísima lástima y sentimiento. Y  esto que ha hecho el dicho abad de haber  puesto la dicha pila santa,  no mira al interés de su renta , pues, antes, se añade quiebra  de ella por aumentar un escusado;  y que esto( que yos os digo) mira al bien común  de las ánimas;  y así,  por estas causas como por otras muchas que avía bien que decir, os  pido e  suplico a la ciudad nombre dos caballeros de ella para todo lo dicho tocante a esta causa de que favorezcan a estas santas monjas y, si el señor abad no fuere servido , (que sí será,  pues es  tan cristiano e caballero) de que, si no quisiere hacer merced a esta ciudad de lo que aquí se suplica de manera que se consiga lo que se le suplica  y , si no hubiere en ello,  se nombre  dos caballeros comisarios para que les ayuden  a defender las dichas monjas en todo lo conforme a conciencia  y justicia pudieren. Pues en esto  sería bien no ir contra a el dicho señor abad,  que no es razón  para esta ciudad que lo imagine tal  que es nuestro prelado,   y  sino por ser justa e sancta defensa y así lo pido e suplico y lo pido por testimonio don Pedro Fernández Alcaraz Cabrera"

 

         No hizo falta más. Se trasladó el convento al Hospital, el duende quedó en la Mota, en la casa vendida en 1603 a un  tal Francisco de Córdoba; que sepamos años después se abandonó  todo el recinto fortificado y con ella su casa. Por un encanto especial de aquel rincón los cernícalos y las aves  migratorias solían posar en los recovecos de las bodegas y planta baja de la casa del misterio, del duende, buscaban tal vez matar al duendecillo.

 

 

 

 



 

 

 

1 comentario:

  1. Interesante leyenda e interesantisima intervención de Pedro Fernández Alcaraz Cabrera, quien conoció al mismisimo San Juan Dios mientras estudiaba en Granada.

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