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martes, 17 de diciembre de 2013

CUATRO FUNDADORAS JIENNENSES EN GRANADA A MODO DE RELATO.

CUATRO FUNDADORAS  JIENNENSES  EN GRANADA A MODO DE  RELATO.

 

A principios del siglo XVI, Alcalá  estaba encerrada en la fortaleza de la Mota y en el barrio de Santo Domingo. Tras siglo y medio de zozobra y congoja obligadas por las incursiones de los moros del reino de Granada,  la vida social y comunitaria, en tiempos de paz, comenzaba a desarrollarse  normalmente, como, en muchos otros lugares de Andalucía, lo habían hecho anteriormente. Las torres de defensa y de alojamiento en su interior,  dieron paso a nuevos edificios, destinados para casa de ayuntamiento, de la justicia,  escribanos y recaudadores  En aquella fortaleza, comenzó a resurgir el comercio  y se levantaron el matadero, las carnicerías, el pósito, y otros edificios públicos y religiosos,  dando un nuevo aspecto  en torno a una plaza, rodeada por la  Iglesia Mayor, el hospital de los Monteses,  los escritorios  y las tiendas adosadas a las  torres con sus  corredores y miradores, la antigua cárcel, la botica y las casas de fachada piedra de los principales caballeros de la ciudad.

Incluso, los propios Reyes Católicos, agradecidos por los servicios de aquellos vecinos tan dechados de valor bélico, coadyuvaron al ornato de la ciudad y otorgaron una provisión por la que les concedieron una campana y reloj, cuyo sonido debía escucharse en todas  las caserías de  la comarca.

Su vecinos eran,  en su mayoría, descendientes de los antiguos pobladores y conquistadores, entre los que residían algunos judíos, a los que se le aplicó que pagasen la moneda forera  Los principales  conflictos se provocaban entre los distintos bandos de caballeros,  y, además entre este  grupo y la Corona. Solían ocasionarse  por el abuso de estos señores, que controlaban los órganos de gobierno de la ciudad y se introducían en las tierras comunales beneficiándose de sus prerrogativas.

No era todo malo  en estos caballeros, sino que  siempre estaban preparados para cualquier servicio a los reyes. Pues, tras el toque de campanas de las iglesias o  la convocatoria de concentración  por el pregonero y por el tambor, al instante se concentraban en la plaza de la Mota y nombraban el capitán y otros cargos  formando una compañía de caballería en dirección a los frentes de guerra.. Por eso, tras  la toma de Granada no se  había calmado la sed de botines .

Eran ganaderos. Pero el vino de Alcalá se había hecho famoso, pues  obtuvo un privilegio especial para que pudiera venderse en Granada, y algunos abnadonaron las armas  para dedicarse a la agricultura.

La ciudad estaba  controlada, primordialmente, por la familia de los Aranda en detrimento de otras, sobre todo, los Montesinos y Gadeas, que, a través de enlaces matrimoniales, iban acaparando la mayoría de los cargos municipales y  las  tierras de la ciudad, dando lugar a abusos de poder con los que confrontarán con el propio cabildo invadiendo y usurpando tierras de lo común. Solían ser valientes guerreros y también aventureros. Pero, cansados de guerras, los mayores comenzaban a disfrutar de los beneficios anteriores. Los más jóvenes, siempre dispuestos al combate, caían en los miles de frentes que se abrían en Italia, África o  el Nuevo Mundo. Otros, pagaron con una muerte temprana tantos años de lucha. Entre ellos, el capitán  Pedro de Quesada, que había dejado a su viuda con sus cuatro hermanas.

 

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En aquellos tiempos,  los predicadores franciscanos y dominicos comenzaron a visitar la Iglesia Mayor por tiempo de Cuaresma. Criticaban las malas costumbres, y animaban a  la cruzada y la evangelización de las Indias.  No era extraño que, con sus prédicas, muchas mujeres  no vieran con buenos ojos  la Casa de Mancebía, que, incluso, los reyes habían permitido que se estableciera dentro de la fortaleza. Entre  ellas, Catalina,  que era la  viuda del mencionado  alcaide y capitán del Castillo de Locubín. Junto con sus hermanas Lucía, Margarita, y María,  formaron una especie de incipiente convento en su casa, tras la entrevista  con el provisor del abad  don Juan de Ávila.

En la soledad, no les había quedado más remedio a estas castas mujeres, que entregarse a la religión, pues estaban emparentadas con los hidalgos alcalaínos y debían mantener su pureza, convirtiéndose en beatas al servicio de Dios, lo mismo que sus maridos lo habían hecho en vida en la conquista de nuevas tierras con el nombre de Dios por delante.

Las cuatro, unidas por el mismo sentimiento religioso, tomaron la unánime decisión de transformar en  oratorio una de sus casas de la calle de  Despeñacaballos. Adecentaron toda su casa y se lo comunicaron a su confesor, un teniente de capellán, que no llegaba a comprender aquel cambio. Ellas le recordaban que nunca podían olvidar la huella que les dejó en años anteriores el dominico fray Alonso Gutiérrez de Burgos.  Le decían que les había aconsejado que formaran un convento o monasterio de la Orden de Predicadores en la ciudad. O, al menos, se  hicieran religiosas, cumpliendo la tercera regla. 

Adecentaron las casas en todos sus rincones con el primor  y candor  propios de los grupos de mujeres, la mística invadió en todos los rincones, sobre todo, aquel patio castellano, sostenido por cuatro vigas, desde donde se bajaba por una esquina a una bodega en la que se  guardaba en un aljibe el agua de la lluvia. Colgaron todas las paredes de láminas y cuadros, comprados a los mercaderes granadinos. En su primera estancia, lienzos de la Magdalena junto a una pequeña escultura del Señor del Ecce-Homo y,  en la pared más señera, un Crucificado gótico. Dispusieron reclinatorios que  les servían para llevar cabo los rezos diarios  cumpliendo con el rigor que establecían  las horas del breviario del calendario litúrgico.

Tenían algunos bienes, pues  algunos de sus maridos no habían dispuesto de  tiempo ni siquiera para testar, pues habían fallecido en las costas de África, y, en la toma de algunas de aquellas ciudades a las órdenes del señor de Alcaudete y casi quedaron en el desamparo. Se veían obligadas  a  compartir todo. Incluso, pedían en tiempos de carestía la porción  de pan a los regidores, que la repartían a las puertas  del cabildo o en las panaderías de la ciudad..

En Navidad,  mimaban, con  sus manos, las figuras de ujn  Niño Jesís colocado sobre  la  austera tabla  de la mesa de encina. Era uno de los pocos recuerdos de sus maridos. Probablemente adquiridos o robados en el sur de e Italia. Por las carnestolendas,  se asomaban, a través de la reja, a escudriñar  el bullicio de la  fortaleza, mientras se divertían los niños vestidos de obispillos, cantando copas burlescas contra los capellanes de  la Iglesia Mayor. En Cuaresma, al amanecer, solían  mortificarse con disciplinas y cilicios, ayunaban casi todos los días y  se confesaban de los  malos pensamientos.  En las primeras horas, visitaban  la capilla de los Arandas y rezaban por el alma de todos los difuntos de su familia. A los pobres que acudían a su casa, les sacaban  algunas cuartillas de trigo de sus trojes  y,  economizaban  con ellos algún maravedí que otro, sacado del arca de siete llaves. Por la tarde, rezaban el vía crucis en la iglesia de santo Domingo con el beneficiado. Y, al anochecer el toque de ánimas, se encerraban en sus casas y  volvían a repetir unas oraciones ininteligibles por las ánimas del purgatorio. Frugales como ningunas: comían una sopa de gallina, pasas y algo de pan  Y rezaban, al acostarse, por todos los difuntos. 

            Aconsejadas por el provisor de la abadía, vendieron parte de los  bienes que  habían acumulado sus progenitores y se fueron a Granada con el fin de  unirse a la orden dominica que comenzaba a establecerse en aquella ciudad. Les puso en contacto el  sacerdote con algunos  miembros de la  congregación de santo Domingo de Guzmán, que les buscó una casa en el Realejo junto al recién fundado convento de Santa Cruz.

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            Las cuatro mujeres acudían diariamente a los mismos  actos y   misas de los conventuales. Les  limpiaban los enseres  y objetos religiosos. Le hacían de despenseras y  les compraban los alimentos.  Tanto llegó su fervor y su  amor por la orden dominica, que les permitieron tomar los hábitos de  la Orden y  les reservaron una capilla dentro de aquel majestuoso templo.

            Ellas no  se contentaron con haber conseguido este reconocimiento, sino que, un día, las llamó el padre provincial.

            - Hermanas,  todos los días me llegan noticias de vuestras buenas acciones. Me es imposible que os niegue lo que me pide vuestro confesor.

- Padre Alonso, no nos lo merecemos por Dios.

- ¡Cómo no, hacéis caridad con todos, con los pobres y los moriscos, sois de buen linaje y  me han dicho que vuestra dote sobrepasa a cualquier otro que  en nuestro convento quiera iniciarse!

- Es verdad. Somos la viuda y las cuñadas del famoso capitán Pedro de Quesada, alcaide, y provenimos de la muy famosa ciudad de  Alcalá, donde estuvieron confesores de la reina, de su misma orden dominica. Ellos nos dieron estos nuestros principios.

- Basta, hermana, la mejor biografía es la que escriben vuestras acciones con el pueblo. Ayer, me llamaron otras hijas de ilustres granadinos que quieren compartir con vosotras  el convento.

 

No lo dudó fray Alonso de Loaysa, unos días después, les  hizo las gestiones para  que profesaran la segunda regla de la  Orden de Predicadores. Les puso una nueva prueba que resistieran  otros cuantos años de beatas junto a las nuevas hermanas recién incorporadas. Lo cumplieron y con creces.  Ampliaron la comunidad. Aquellas mujeres le impresionaban, cada día más, al dominico, sin embargo no tenían recursos para afrontar un nuevo monasterio.

Seguía dudando el provincial, pero, al final, consiguió reunir  a todos los miembros de  su cabildo y les dio la licencia  un día del mes de abril de 1514. No tardó en comunicárselo a la reina Juana, que contestó afirmativamente con una provisión real, enviada desde Segovia  un 25 de mayo del mismo año Junto al  convento del padre Loaysa mantuvieron  su condición de beatas la ampliada comunidad  de catorce  mujeres, mientras iban adaptándose a la nueva condición de monjas.

 

A finales del año, llamaron al padre provincial y ala arzobispo,  y bendijeron el convento en una casa junto a la plaza del realejo, en las inmediaciones del barrio judío con el nombre de santa catalina de Siena.

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Pablo de Rojas  estuvo en aquel convento y les esculpió los santos Juanes. Durante su estancia,  una   monja mayor le comentó que no había sido el duque de Arcos, quien lo había fundado, sino unas paisanas suyas antes del 1523. No se lo creía.

-  No puede ser tanto alcalaíno, emigrante de mi tierra. Creía que solo se marchaban de allí  los artistas,  y también los hidalgos dejaron aquella tierra....

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                            F. G. M. R.

 

                          

                   Mi interés no es otro sino recoger y difundir esta leyenda, basada en un relato real, del convento de  Santa Catalina de Siena, fundado en 1514, por estas mujeres alcalaíno  y no, por el duque de Arcos, como decía Gallego Burín en su Giía en 1523.

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