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viernes, 29 de noviembre de 2013

LEYENDA DE LA FUENTE DEL ESPINO


 

                                           LEYENDA DE LA FUENTE DEL  ESPINO

 

 

 

            El doctor había realizado el último empaste de los pacientes de la mañana del sábado y se disponía a despedirse de sus auxiliares de clínica. Había preparado en una bolsa  su cámara de fotografías, unos prismáticos y unas picotas  para visitar algún rincón de la comarca alcalaína. Estaba cansado, y quería relajar sus extremidades, tensionadas por la  concentración  que le habían deparado las diversas odontológicas de  todo el día, y por  la sobrecarga de las visitas de la semana. Sonó el timbre. Una de sus auxiliares abrió la puerta. Al instante,  saludó al amigo del doctor y lo pasó a la sala  de operaciones.

-Doctor, tu amigo de los tejoletos.

-          Entra, entra.

-           Buenos días, esta tarde,  doctor, ¿a dónde vamos?

-          Buenas, hombre; por sitios, no digamos. Pues nuestro particular cartulario está incompleto de verificar muchos lugares abandonados y, tan  sólo, reconocidos en  el papel por  referencias de personas o de libros antiguos.

-          Pero, me han dicho que la comarca de Alcalá era más extensa que actualmente. Hace menos de doscientos años, llegaba hasta el término de Alcaudete. Esta parte del territorio está virgen de nuestras prospecciones. Y, un paciente castillero  me ha contado ciertas historias, que me gustaría comprobar in situ.

-          ¿Cuales son esos  sitios?

-          Pertenecían a los baldíos y a las zonas comunales del Castillo de Locubín, cuando era villa de Alcalá la Real. Dicen que se las repartieron a Los vecinos del Castillo para fomentar el desarrollo agrícola y fomentar la riqueza.

-          -Buenos parajes. Quieren convertirlos en Parque Natural de la Sierra Sur. Pero, me gustaría que concretáramos para no andar perdidos toda la tarde, dando vueltas de un sitio para otro.

    

El doctor saca su libreta de apuntes y aquel mapa elaborado artesanalmente. Y le señala al amigo el itinerario que iban a emprender. En coche, se desplazarían por la antigua carretera del Castillo,  al llegar  la  antigua villa, la dejarían a su derecha,  pasarían por Triana...En este momento, el amigo, les interrumpe:

 

-Sí, donde estaban los molinos y el batán de la familia de los Aranda, el más rico en otros tiempos de aquellos lugares. Bonitos paisajes, junto al a ribera del río san Juan y en las fértiles huertas castilleras.

-No, nos vamos adentrar, camino antiguo de Martos, pasaremos cerca del cerro de Acebuchar, y , en vez de dirigirnos a las Salinas de Filique, subiremos hacia el Cerro Madroño, por el camino que va entre los cerros de Los Lobos y Gallardo. Desde este lugar, nos dirigiremos a Cerro el Espino. Allí, está cercano el cortijo de mi último paciente. Dice que se divisa la Laguna, la Alfavila, los Rasillos, cerro Pelado, y lo que más me ha llamado la  atención, algo que por sus datos me parece que es un antiguo villar.  

            Almuerzan en sus respectivas casas. Y a las  tres y media, se citan  en  Sacamoños. Ni cortos ni perezosos, colocan los bártulos en el maletero y emprenden la ruta programada. Al cabo de una media hora, se encontraban en la falda  acudiendo a la cita  que había acordado con el amo del cortijo. Al principio, se sintieron decepcionados porque aquella vivienda se encontraba muy restaurada, en el paraje del Espino. Paran el motor. Y se acercan al dueño.

- Otra vez, con usted. ¿Cómo está del dolor de muelas?

- Medicina santa, sus manos son  un prodigio. Aquí tienen su casa. Un cocinón, y el resto para los aperos de labranza: mi vibradora, mi mulilla mecánica, mi sierra de talar, y lo que ustedes saben cuatro azadas, los fardos, las espuertas y otras herramientas del campo. Hoy, todos tenemos nuestro todoterreno y remolque. Esto se diferencia del cortijo de antes.

-¿Cómo era?

- Muy diferente. Un primer cuerpo de  diez o quince varas de longitud de fachada, y siete de profundidad, donde en el primer piso, había una sala, la cocina, y el horno. Arriba, habitaciones para el casero y  Los gañanes y pastores. Tras este cuerpo, un corral, y, en su parte extrema, el tinado para los animales, los zahurdones y las caballerizas (son aquellas paredes que están en desuso). Junto a la casas, el pajar, y más allá, a lo largo de la finca algunos chozones de mampuesto y retama, donde se refugiaban Los pastores durante el día.

-¡Qué extraño! Pues todo está plantado de olivos.

.-Fijaros bien, ahora predomina el monocultivo del olivar, pero sus castas difieren unas de otras.

El doctor no era muy experto en  la agricultura, y, apenas, llegaba a comprender qué significado tenía aquella palabra tan rancia y castiza.

-¿Qué es eso de las castas?

- Castas, castúos, son términos, propios de la gente del campo. Me parece que se refieren a las distintas clases de  olivos. De mis abuelos aprendí el gordal del manzanillo, el  picúo del marteño, el cordobés del redondal, y, no digamos, entre Los silvestres, el cornichuelo del acebuche. Además, en otros siglos, predominaban todas estas variedades frente al nevado, que aquí le llamaban marteño, y no picual como se está imponiendo por la gente de pluma.

 

Ilustraba aquel dueño las explicaciones, señalando y marcando cada uno de aquellos tipos de olivos que iba refiriendo. Y apostilla.

-Ese cornichuelo, sí, que tiene año, Es centenario. Ten en cuenta de que aquí  parte el origen del desarrollo del  olivar de la comarca alcalaína. Me han referido que, hasta los romanos,  lo trajeron para plantarlo en sus cortijos.

-Sí, lo que ellos llamaban villas rústicas.

Al doctor, con aquellas palabras se le pusieron los ojos de bolilla.

-¿Los romanos?

-Sí, sí, los romanos. No observa que esos trozos de cerámica están cocidos y grabados de distinta manera a Los cántaros que comprábamos en el tejar de los Collado de la Tejuela  de su pueblo.

El doctor se había aficionado tanto a la arqueología que se ya sabía distinguir las principales etapas de la cerámica de Andalucía Oriental. Recogió algunos trozos y le hizo unas breves explicaciones a su amigo:

_-Son dos  trozos de lucerna de sigilata hispánica; hay mucha cantidad en todos Los alrededores, casi aseguro que es del Bajo Imperio.

-Está claro, eran los años, -le interrumpió el amigo -, en los que vecinos de las grandes ciudades se fueron a vivir junto a sitios  más productores  de agricultura junto a las riberas del río o las fuentes, aprovechando las tierras más feraces.

-Claro que sí, - aclaraba  el casero- , pues  en estos parajes se distinguen varias plantaciones que corresponden a diferentes momentos de la historia. Los hay que se remontan  a siglos remotos, los que llamaba castúos;  otros olivares son de mediados del siglo veinte, y los más recientes, los marteños son Los que proliferan.

- Maestro, gracias por sus lecciones del olivar pero a mi gustaría conocer la historia remota  de estos lugares.

-No sé si le responderé con exactitud, pero este  lugar  se llamaba Majagrande.

 

Se fijó  el doctor la montura de las gafas. Cuchicheaba con su amigo, diciéndole que era una deformación de dos palabras Majada Grande. Este, presto a razonar todo Los insólito, le  comenta que  las majadas eran sitios de pastoreo. Pero, como siempre era previsor ante cualquier observación, sacó del maletero un diccionario y  encontró la palabra sitio de monte donde se albergan los rebaños de noche.   

 

-Claro que sí, eso era. Pues los antiguos dueños me referían una antigua anécdota para entretener a los niños relacionada con estos parajes de pastores.

-Sí, cuando estos olivares eran tierra baldía, cubierta de encinares y la ganadería predominaba sobre la  agricultura.

-  ¿Cómo? Leyenda de pastores. Cuéntenosla.

 

El dueño, sin darle importancia, comienza entonces una larga exposición, mientras Los dos amigos se quedan embebidos con su riqueza de vocabulario y la sencillez de la narración.

 

            ........................

 

            Estos terrenos, que rodean  la Alfávila,  comprenden una serie de cerros y cerrillos, donde los llanos escasean; de vez en cuando, se alzan algunas lomas de gran extensión, que son fruto de la depresión que forman los ríos de san Juan y Salado. En estos montes pasaron muchos años, en los que el único árbol que crecía en sus vertientes era la encina. En tiempos de lluvias,  el arroyo de la Piedra y su fuente y algunos arroyuelos consiguieron que, en algunas  tierras, se plantaran frutos de la huerta como tomates, berenjenas,  maíz, y, a trechos, árboles frutales. En algún que otro altozano solía otearse un cortijo blanco, como este de la Fuente del Espino  En él, el casero, los gañanes y los pastores, mis antepasados, se despreocupaban completamente del tiempo, tan sólo aspiraban a que el  amo, residente en la villa del Castillo, les surtiera de la comida, pan, vino, queso, carne de su ganado y pocas cosas más. Tan sólo, en  primavera o verano, acudían a la romería del Cristo de Chircales o la feria del Rosario del Castillo. No  eran muy sociables, pues vivían enclaustrados en un mundo  tan cerrado que cualquier visita de un pastor o ganadero trashumante les alteraba  su ritmo de vida. Y raro era el  día que no se ocasionaba una riña  entre ellos, ocasionándose  la muerte en  un santiamén.  La  justicia  se temía tanto que siempre la bautizaban  con el nombre de la Inquisición. Pues sabían que caían con sus huesos en la cárcel de Alcalá, al ser detenidos por el alcalde ordinario del lugar.

 

Los pastores se comunicaban por medio de un  lenguaje de sonidos y silbidos acompañados de señales de humo entre los diversos chozones de piedra y retama para citarse en torno a la fuente, cuando el sol  se  marchaba por los cerros del Ahillo. O, para aislar de  la visita de algún intruso que les mermara su pastizal.

Mientras los caseros  prosperaban  con el reparto de nuevas roturas que el rey Carlos III había llevado a cabo por los años setenta  del  Siglo de las Luces,  los  gañanes y pastores cada vez  se veían más sumidos en la miseria. Los primeros, al recibir las licencias y suertes de terrenos,   talaban los terrenos de los cabezales de la montaña,  quemaban los encinares, plantaban vides y olivos  sin orden ni concierto, sembraban  trigo y cebada en las  tierras de más suelo,   y aumentaban su pequeño caudal; para hortaliza cuidaban de la  del  amo, que les recompensaba, por esta labor, con el jornal. Sin embargo, los pastores parecían que habían nacido en otro mundo: Se sentían  condenados por el simple hecho de  preceder de familias  abandonadas, y demasiado había hecho el amo con  recogerlos como  pastores. Se conformaban estoicamente, porque, al menos, podían comer todos los días. Y, ni siquiera,  habían sentido en su lactancia el calor de madre porque, en muchas ocasiones, procedían de niños expósitos o de viudas que habían muerto en el parto.

Aquellos pastores les tomaban cierto amor  y cariño a todos sus animales, que bautizaban con nombres  relacionados con la naturaleza y el cielo. Al más blanco le  gritaban con  el nombre de  Lucero, a su madre por Alba, al que tenía el balido más dulce, Colorín ,.....Así desbordaban su imaginación y  podían suplir el  norme vacío de su soledad  mediante un diálogo instintivo  con sus animales,  ya que la presencia humana le faltaba en la mayoría de las horas del día. En este contexto,  vivió el  pastor Antonio. Me lo refirió  mi abuelo en más de una ocasión.

Antonio, sin embargo, era diferente,  no podía soportar  aquella soledad. Pues, en sus primeros años, había vivido entre una familia numerosa, que  sólo se alimentaba de las limosnas y  de los repartos de panes, que,  por las fiestas, recogía de la casa de los párrocos en Semana Santa o Navidad. Sin embargo, su madre murió  y  de él se compadeció un amo castillero, que se lo llevó de pastor de este cortijo hasta que se hiciera un hombre.

 

Difíciles pasaron los años de su niñez y adolescencia. Le invadió la melancolía. En su rostro las huellas de la tristeza siempre se fijaban  en su adusta faz, pues no le gustaba sonreír. Tan sólo, de vez en cuando,  algún corderillo le provocaba  una abertura mayor de la comisura de su boca. Incluso, a los  machos zahería con pedradas cuando  lidiaban entre ellos. No soportaba tantas horas  contemplando aquellos montes, los mismos encinares, el mismo arroyo y  la misma fuente.

Mas, lo que más le irritaba y enojaba,  era  el encuentro al atardecer  con  los otros pastores de los cortijos en la fuente de la Piedra y de la Alfávila. Se reunían y se hacían chanzas unos contra otros. Que si sus corderos tenían las patas más escuálidas. Que si el cabrito de la mancha blanca parecía un viejo canoso, que  si Antonio se comía  el alimento de las cabras y así los tenía de secos. Puras bromas. Pero, en su estado de ensimismamiento, creía que  se burlaban de él.

Cuando regresaba  al cortijo del Espino, el mundo se le venía encima. Otra vez, el  casero le obligaba a ordeñar a  los animales, a  llevar  paja de la tina para repartirlo en los pesebres y en los rediles. En los ratos libres, a apretar  el cinturón de  esparto para  la elaboración del queso casero Por la noche, sin luz alguna,   harto de la  caminata,   con el hocino,  tenía que cortar la leña y la maleza para poderse calentar toda aquella familia que formaban el casero, su mujer, tres  gañanes, dos pastores  y el hijo  pequeño .Y, eso lo tenía que hacer, tan sólo para  cenar un pan duro con algún tocino, y, ocasionalmente, alguna gallina que había matado por la mañana la mujer del casero. Aún más,  se sentía completamente alterado por que las perdices que cazaba se las quitaran para venderlas al día siguiente en  la plaza de la Villeta del Castillo. No podía saborear alguna  parte de aquellos  animales que había vigilado durante todo el día hasta caer en sus trampas.

Cada vez más  aumentaban las diferencias entre el casero y Antonio, conforme avanzaba en edad. Menos se hablaban, lo hacían casi monosílabos, y poco discutían. Le había invadido la desidia, la apatía y el malhumor  Parecía como si el pastor estuviera tramando algún desenlace  fatal  para aquella forzada convivencia.  Y eso que la mujer  del casero trataba de atraerse al muchacho, le preparaba el hato y el zurrón con gran esmero. Incluso, por la mañana, le  preparaba  siempre algunas frutas  secas  como pasas y  pan de higo que tanto le gustaban. Pero, no había modo de cambiar su actitud, parecía como si  estuviera  hipnotizado o  embaucado por un ser extraño A escondidas, lloraba sobre su camastro de hojas de farfolla. En su mente, le habían quedado unas imágenes que no podía olvidar,  la compañía de sus hermanos menores acariciándolo y mimándolo ante la ausencia de su madre. .

 

Era lógico que  compartiera  aficiones con los de su misma condición. Pero, si antes se relacionaba con los gañanes, en los  primeros años de su adolescencia cada vez más  los evadía. Se salía por el portón del corral para no encontrarse con ellos cuando partían al campo. Madrugaba aún más que  los caseros, se vestía rápidamente  sus delanteras de paño listado, el calzón corto, y la coña para cubrir la cabeza, y el abrigo de lana. Tan pronto como se calzaba las abarcas de piel de toro sobre las pieles de paño,  se comía el primer bocado y por el camino terminaba de desayunar. No esperaba a nadie, emprendía el camino con sus ovejas y cabras, y , con su zurrón, se dirigía a parajes más alejados de la Morenita con el fin de que no tuviera ni siquiera que almorzar con  la familia  en el cortijo.

 

-Muy triste, amigo. Interesante para hacer un estudio psicológico de este personaje.  En medio de  un grupo tan pequeño y con unas reacciones tan  fuertes.

-Yo no entiendo de  eso. Pero, aquí  se dan muchos de estos casos.. Hay personas muy raras. Pues no me extraña que este fuera uno de esos. No voy  a contar más desgracias, con estas os podéis haber hecho una imagen del retrato de este pastor melancólico. Pues, la última merecería un capítulo aparte, le creció un pequeña verruga, que trataba de disimularla con su manto de montea  cuando se le acercaban los campesinos. Como dicen  los de estas tierras,  a perro flaco,       todo son pulgas.

 

-Prosiga. Prosiga, que es  muy interesante.

 

            ...........................

 

 

Antonio, sin embargo,  en un día de primavera, cambió de carácter  Pronto, lo denotaron los pastores de los otros cortijos al acudir a la cita. Ya bromeaba con ellos. Les espetaba con  frases de doble sentido. Competía  y porfiaba en el cuidado de sus animales.,  Para  él no había  en toda  la sierra  uno mejor que su Lucero. Su Alba era la diosa de la fecundidad, no sólo por los cabritos que paría sino porque eran los  mejores. Y,  a los corderos les había enseñado un curioso ritmo que parecía  una ruda sinfonía musical con sus balidos.  Sus compañeros de rebaño estaban  desconcertados. Unos y otros se preguntaban cómo se había producido aquel cambio en  unos pocos días. Lo achacaban a que este las flores habían brotado antes y  con mayor floración. Otros,  a que el agua  había convertido aquellos pastos   con un verdor irradiante al que nadie  podía soslayarse de  su fuerza natural. Otros se preguntaban si había recibido a escondidas la visita de alguna persona forastera. Unos decían que habían visto un fraile de paño catorceno cruzar el camino de Alcaudete hablar con unas mujeres y les había adoctrinado hasta tal punto que habían cambiado también de vida. Lo mismo le podía haber pasado a Antonio. Otros creían que hubiera acudido a algún santero  del entorno para que le sanara. Pero, esto no  se lo  podían creer. Ni tampoco se figuraban que hubiera sido adoctrinado por el cura  que cobraba los  tercios de  los animales, pues llevaba ya tiempo sin venir a hacer el recuento. 

 

En aquellos días, había renacido su   afición por el tallado de la madera. Les regaló a todos sus compañero unas cucharas de palo con un dibujo en la parte ancha  del asa simulando unas crines de caballo. Estaban sorprendidos, no se creían que aquel rudo pastor,  como ellos,  pudiera tallar con su navaja  aquellos trazos tan acertados. Parecían como si hubieran sido tallados por un artista consagrado o tuviera un modelo ante su presencia. A los corderillos  les colgó unas patas de un estilizado caballo. Tan delgadas, esbeltas, que se asemejaban a las de una sirena por su perfección. Todos le preguntaban si  había descubierto su modelo en alguna figurilla de las ruinas que  antes os comentaba.

A nadie quería desvelar cual había sido el revulsivo para  que ya no fuera  ni por asomo el  triste Antonio. Hubo quien le preguntó si se había  asaetado por un algún dardo amoroso, un cupido  de alguna  moza de los cortijos cercanos. El sonreía con socarronería, y, les contestaba si habían visitado en  la venta a la mesonera.

Lo curioso de la situación radicó en que no  aconteció en un solo día. Tampoco, en unas semanas, pues se prolongó un mes y otro mes. Cada vez, la cara  le cambiaba. El mismo sustituyó los desgastados  vestidos de invierno por una blusa y  un calzón de cáñamo recién estrenados, y se  cubrió con un esbelto sombreo de paja, elaborado por el mismo. Los otros cortijeros también notaron que su saludo no era huidizo, sino mucho más efusivo.

No podía olvidar el día que, por una cosa del destino, cambió la ruta diaria de llevar  el ganado  desde el cerrillo del Espino hacia el de la Majada, y quiso adentrarse a  la zona de Martos, justo en el límite de aquellos abruptos suelos. Iba divisando las mojoneras, que unos días antes el corregidor había marcado con cruces blancas en los robles,  o  de palo hincadas en  medio de varios peñones. Vadeó el mojón de Mingo Sancho, que habían colocado los arcabuceros, al que curiosamente llamaban Los pastores el ciento uno; detuvo la vista en el de Salobres, que dividía por entonces los términos de Alcalá, Alcaudete y Martos; mientras pacía el rebaño, fijó su atención en un coscoja, colocada en una quebrada de dos  peñascos donde los alguaciles habían señalado otra cruz del límite, y, ya no pudo  más resistirse, se acercó a unas ruinas, que llamaban de los Villares Grandes. Le llamaron la atención  los restos de unos muros de mampostería, y una gran cantidad de trozos de tejas y ladrillo, diferente a los que había en el cortijo del Espino.

En medio  de aquellas piedras,  se sentó en un pequeño prado, disponiéndose a descansar. Sin apenas esperarlo dio varias cabezadas, mientras las ovejas balaban y  las cabras rozaban la  hierba. Al despertarse, en medio de una nube se le presentó  un hermoso animal. Era un caballo joven, un potro de pocos meses, recién parido, blanco como la nieve. Sus  ojos pusieron  obnubilados. No fue diferente su primera reacción. Se quedó completamente  estupefacto. No era un caballo como Los demás, se le acercaba a su lado. Como un amigo, retozaba y jugueteaba para  llamarle la atención. Dio varias coces al aire y  todo su alrededor  vibró con sus fláccidos  escorzos. Parecía como si quisiera agasajarlo o, si fuera un enamorado, tratar de pretenderlo. Poco a poco despertaba de aquel sueño, si aquello no lo era. Se dirigió al  caballito blanco, y le llamó con varios  gritos, similares con Los que se dirigía a las ovejas. Este, sumiso, se dejaba acariciar. Le hacía caso a todas  sus  lisonjas.  Se agachaba para que le pasara sus manos sobre el lomo. Salvaje como se había presentado, cada vez más se asemejaba a una persona humana. Estaba a punto de  hablar. Pero se dejaba  resistir. Si le preguntaba por  su amo, el animal le respondía con un movimiento negativo de su  cabeza, dándole entender que el era el único que mandaba   y  podía disponer de su propiedad. 

Cada uno de  los  gestos,  realizados  por el caballo,  aumentaba  la confianza  del pastor. Pues,  ya no se sentía un  siervo  cualquiera. Aquel caballo leo estaba convirtiendo en un ser privilegiado. Pero, la sorpresa  ya no  pudo ser mayor si no cuando  el caballo inició una conversación con  él. No se lo podía creer. Pensaba que se encontraba  todavía en sueños o había sido fruto de algún conjuro. Al instante el caballo, tras relinchar dos o tres veces, le preguntó:

-¿ Porqué estás  triste y apenado? Eres joven,  todavía te espera un gran porvenir. No creas que tu vida va a ser tan solitaria para ti. Vendrán mejores tiempos.

-No sé. No veo sino  la melancolía  y la tristeza a mi alrededor desde que me trajeron a estos lugares. Todos se ríen de mí. No tengo padres.

-No te preocupes. Te acompañaré  siempre que  salgas  a los prados. De noche seré tu vigía y compañero, cuando vayas a  Majada Grande a guardar el ganado. Ya nunca te encontrarás en soledad alguna. Seré tu fiel compañero, a quien le puedes contar tus penas, compartir tus alegrías o proponerle  tus  proyectos de futuro.

 

El pastor ya no creía que fuera un ser imaginario, con aquellas palabras  lo consideró como su único y auténtico  amigo de verdad. Era una experiencia  insólita la que le acontecía aquel día , y, al mismo tiempo, distinta de la que, algunos , en  otras ocasiones, le habían ofrecido su ayuda. Aquel  bello animal no se anclaba en  el pasado, sino que le despertaba en cada momento del recorrido  nuevas  sensaciones de felicidad. Con él, los rayos del sol, al pasar por la Boca del Álamo,  iluminaban  con más brillo aquellos sitios umbríos, Su presencia  le hacía deleitarse del  ruido de las corrientes de aguas de las fuentes de aquellos alrededores. Aquella pareja despertaba  la curiosidad de muchos animales que rondaban por aquellas sierras. Se detenían al verlos, parecían como si quisieran saludarlos.  Las plantas  silvestres,  y la albahaca derramaban unos olorosos perfumes que aventajaban a cualquier incienso celestial.

Sin embargo, el momento más triste resultó la despedida, a la vuelta  desde Majada Grande al cortijo de los años. El caballo blanco le prometió que siempre le daría su  amistad. Tan sólo, un solo condicionante le impuso  como muestra de fidelidad recíproca. Se lo dijo solemnemente y con estas palabras.

- Ya nunca te invadirá la tristeza, la melancolía es una  etapa pasada de tu vida,  gozarás de la amistad de tus compañeros de trabajo y de la familia que te ha acogido. Tan sólo, te pido una cosa.

- Dímela, por favor. Te lo prometo, que la cumplo sin rechistar. Tus órdenes son para mí mi salvación.     

 

El caballo, de nuevo, relinchó, avisando  de su despedida. Por el camino,  con voz clara, le dijo:

            - No se lo cuentes a nadie lo que te ha sucedido. Mientras  estés con los demás, mi sombra  te invadirá de felicidad, y tu compostura será diferente a la que hasta ahora, has mantenido con ellos. Ya lo notarás.

- Contigo, al fin del  mundo. Tus palabras son  órdenes.

             

Como veníamos contando, el pastor no le decepcionó al caballito blanco. Incluso, en el cortijo, a partir de  entonces, ya no mostraba aspavientos con nadie. Con el hijo del casero, se divertía contándole historietas. Le encantaba una canción de la casera, cuando entonaba aquellos versos de amor que decían:

 

Cortijo de Llano,

De larga besana,

Había una señora,

Todo lo sembraba.

Un día de aquellos

Que se puso mala,

Todos los gañanes

Fueron a llevarla.

-A esta mujercita

de mandil de seda,

la cama está hecha

que se acueste en ella.

Y  su maridito,

Que se esté con ella.

Tu maridito,

Me  si tu me quisieras

A la tuya madre

Llamarla fueras.

-Levántate, madre

de dulce dormir,

que la luz del día,

ya quiere venir.

La blanca paloma

Ya quiere parir.

-Que para o no para,

que para un varón,

reviente la sangre

por el corazón-

-Mujercita mía,

qué triste desgracia,

que a la mía madre

 no la encuentren en casa.

-          Maridito mío,

si tu me quisieras,

                                   a la mía  madre

llamarla fueras.

-Levántate, suegra,

de dulce dormir,

que la luz del día

ya quiere venir.

La blanca paloma

Ya quiere parir-

-Apérate, yerno

un rato en la puerta,

que ya me estoy dando

la última vuelta,

que ya mismo voy

 a abrirte la puerta.

 

            Aquella melodía tan dulce, los adjetivos de blancura dedicados a la paloma, le rememoraban a su  madre y, también al caballo, que se le había parecido. Le obligaba a la ama a que se los volviera a repetir una y dos veces. Se Levantaba con el mismo buen humor que se había acostado tras el canto al calor del fogón. Aún más, renovaba las cargas de leña para que durara más la fogata. Muchas veces, se quedaba a solas con su ama. Parecía que le iba a desvelar el secreto. Pero, al final se levantaba de la silla saludándola afectuosamente.

            No se había producido el cambio anímico con los familiares más cercanos, sino que con sus compañeros los pastores  se ponía de acuerdo en acudir a la despedida de las fiestas de Los cortijos, donde al son de algunos instrumentos de percusión recitaban romances fronterizos y jugaban con las mozas a unos burdos sainetes, que acababan con algunos bailes bajo la mirada de Los padres y dueños de los cortijos Nadie se creía que aquel  fuera el pastor Antonio. Se adecentaba. Con los pocos ahorros se había apañado un  camisón blanco, unas medias de cáñamos, y unas calzas negras, un sombrero de Jaén, un chaleco de paño y un calzón corto con botones de metal y zapatos de becerro blanco; para protegerse del frío  un capote con cuello con el que se protegía la garganta  mientras se trasladaba desde los cortijos de la Alfávila hasta su cortijo. Los nuevos roturadores de tierras comenzaron a  apodarle por  Antonio, el de la  Alegría.

            Sin embargo, siempre acababa la conversación  con él tratando de que desvelara el secreto de su  nueva forma de ser. Lo atosigaban y le hacían miles de preguntas. ¡Qué bien te encuentras , Antonio!  No eres el mismo. Te han cambiado. ¿No se te ha aparecido la Santa Faz? ¿Has comido hierbas exóticas? ¡Qué bálsamo te dio el viajero de Martos¡

 

Al principio, eran meras insinuaciones. Pero otros querían experimentar lo mismo. Lo perseguían. Lo seguían sus pasos. El desviaba el ganado de los sitios conocidos. Al instante, su amigo, el caballito blanco aparecía, le acompañaba en medio del ganado. Se divertían. Porfiaba con él a la barra, jugaba a los dados que  el se había fabricado con los juegos de animales. A veces cantaban canciones de amor y tarareaban romances de ciego o villancicos. Si tenía hambre, le buscaba, frutas silvestres, acerolas, ciruelas,  manzanos tempranos o peras.

 Cuando se cansaban de corretear, simulando carreras entre ellos, se dirigían a Los arroyos  y bebían de las aguas cristalinas. El caballito le apartaba los insectos y el pastor, formando un cuenco con sus dos manos, recogía el agua para llevarla a la boca. No le gustaba al caballito que cazara a animales, sino que le pidió que hiciera una jaula para encerrar a Los que se veían más desvalidos. Allí,  metió dos jilgueros, un colorín y un ruiseñor. Se divertían, el caballo y el pastor, fingiendo sus trinos.

 

Fue un día de fiesta., se habían juntado por la cruz, varias familias del cortijo del Espino, la Alfávila, de la  Majada, Hoyo de Piedra. Cerro Gallardo,  de los Rasillos, de los Arrayanes. la Rabitilla, del Madroño y de los Lobos. Antonio era el centro de la conversación de todos Los invitados, le ofrecían una pretendiente para casarse, un nuevo trabajo de gañán; Los había que le querían elevar a la categoría de jornalero. Corrían las escudillas de vino de la tierra, amenizado con garbanzos tostados. Al final, una copa de arresoli le calentó  la lengua. No pudo resistir más ante tantas provocaciones. Uno de sus amigos le hizo un aparte, y le preguntó quien era  lo que le había cambiado de vida

- El caballito blanco.

- Estás loco,  le respondió sorprendido su interlocutor..

- Sí, sí el caballito blanco, de Majagrande.      

      Volvió a casa, mientras en su interior algo le remordía la conciencia. Nunca creía que le pudieran haber arrancado aquel secreto. Al día siguiente, se arrastraba por los mismos lugares donde se le presentaba el caballito blanco: Los Villares le parecían un suelo lunar Por aquel camino, no se topaba más que con espinos y abrojos. Se le secaba continuamente la boca. Al llegar a Majada Grande, llamó varias veces al caballito. No le respondía. De repente, le invadió de nuevo la tristeza y la melancolía. Y así pasaron varios años con el mismo estado de  ánimo.

 

-..................

 

 

            El doctor, conmovido por el lirismo de la  narración, quería sacar más datos de la vida de aquel pastor y le preguntó al nuevo amo del cortijo:

           

-¿Murió Antonio?

 

- No se sabe si  murió de pena, o si  ya no volvió a recuperarse de la nueva recaída. Han  pasado tantos años que el  desenlace  de esta leyenda se ha perdido por la transmisión oral. Lo cierto  es que los pastores siguieron visitando estos parajes.  Buscaban el caballito blanco, se asustaban cuando se encontraban solitarios  en estos cerros por si pudiera  presentarse de improviso aquel espíritu. Además,  tildaron de un hálito espiritual a  aquel paraje de Majagrande, a los Villares, y a la Alfávila.

 

- En verdad que usted lleva razón, pues no hay  más topónimos musulmanes en toda la comarca que en este lugar: Alfávila, arrayanes, rabitilla, majada,... e, incluso, romanos, los villares.

 

El amigo trataba de razonarles  toda aquella historieta al doctor  y a l amo por medio de la comparación histórica.

 

- Debió ser una  villar tardorromana, y muy importante; ubicada en este lugar, donde el agua se encuentra en el Hoyón de Piedra, las Lagunas y la fuente del Espino.. se transformó en  una alquería Además, era un paso de camino  y de vías pecuarias desde el reino de Granada hacia Martos, por donde los  pastores y las tropas entraban a pastar  y guerrear. Debieron acudir muchos más pastores en la época en la que por aquí tan sólo se señalaba la marca de la frontera.

:- Yo no entiendo de eso, pero que el caballito  o lo que sea,  pero si le aseguro que este ser imaginario debió calar en el alma profunda de las gentes de aquí. Pues, hace  sesenta años, todavía  recordaban los que me vendieron el cortijo, que otro casero se encontró una pequeña figura  blanca en  el Villar Bajo, que es como le llaman actualmente.

- De mármol.

-¡Qué importa! Pero de gran valor, sí, se lo puedo asegurar. Pues, se fueron a Madrid, la vendieron a unos anticuarios y compraron una casa en la capital de España y otra, en el Castillo. Se hicieron ricos. Alguno me comentó que podría ser.

- El caballito blanco.

- No sé, no sé. Pero, la pinta la tendría. Pues, no otra cosa puede cambiar la vida de las personas. Si no, se lo pregunten a algunos amigos de la Alfávila.

-¿Porqué?

- Porque andan como locos buscando otro tesoro. Dicen que, hace unos años, murió Daniel el Chorrón de Piedra, el más hacendado del lugar. Viudo, pero sin hijos. Sus sobrinos se repartieran todas estas tierras que desde aquí contemplamos. Pero, raro es el día que no los sorprenden a uno de ellos o  a un lugareño, cavando en los sitios más inhóspitos e insospechados.

-¿Qué buscan? ¿Otro caballito blanco?

- No, no, esto es más rayano a la vida real. Dinero, mucho dinero. Lo tenía escondido en un escondrijo, y nadie  ha dado con su paradero.

El amigo, sonriente,  no sabía cómo se podía ligar toda aquella sarta de historias y leyendas. Le daba  vueltas a la cabeza. Miraba y remiraba  todos aquellos cerros. En un mundo tan reducido, bucólico, casi virgiliano, no esperaba que la  imaginación se desbordara tanto. Con la mente ida, el doctor, le llamó la atención:

- No te montes otro caballito blanco. Aterriza. Pues el hambre y la pobreza siempre han creado  fantasmas en toda la comarca.   

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