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miércoles, 27 de noviembre de 2013

CAPÍTULO XXI. EL ESCRIBANO PINTOR VA A LA CASA DE LOS SARDOS.


CAPÍTULO XXI

 

EL ESCRIBANO PINTOR VA LA CASA DE LOS SARDOS


 



 

Aquella mañana, tan fría que no podía sujetar la pluma entre sus manos, le  impedía  trabajar a Gómez Muñoz. Le apetecía bajar a la nueva ciudad del  valle  y hacer unas consultas  en las tiendas y talleres que se abrían  por  las calles perpendiculares y paralelas del  Llanillo. Ya no quedaban apenas solares edificados y estaban cubiertas muchas manzanas  en torno a  los conventos y las nuevas ermitas.  Tan sólo unos pequeños huecos en la zona de Tejuela junto al convento de Consolación, y en los alrededores del convento de las madres dominicas. Por la Viñuela, algunos ganaderos  guiaban sus  ovejas y cabras hacia las dehesas  circundantes y unos pocos arrieros portaban  cargas de trigo hacia los caminos de Huéscar. 

Emprendió la marcha. Lo hizo por la puerta y calle del Postigo. Acudió  a la iglesia de Santo Domingo, donde saludó al licenciado Calvo y rezó ante la Virgen de la Antigua. A través de una calle que desembocaba a la puerta del Arrabal.  En unas casas cercanas se encontró   con María López, esposa de pinto Nicolás Raxis. En una pequeña sillita, rodeada de un mantón había colocado a su hijo Pedro para que tomara los primeros rayos de sol. En el portalón y cuarto bajo, se encontraba su taller con  un banco y una mesa llena de herramientas de esculpir. una garlopa, una gubia, un juego de limas, hachetas,..; sobre unos estantes varios modelinos de imágenes que no pudo identificar, y colgados con ramal molduras  de retablos, esquinas de altares, rosetones, veneras; en el fondo varios escudos empezados a tallar; unas láminas envejecidas y amarillentas colgaban de sus paredes con grabados  de Zuccaro y de otros artistas italianos.

 -Buenos días, María, ¿y tu esposo?

- Se encuentra en casas de su padre, porque han acordando trabajar juntos y ponerse de acuerdo, que ya  es un gran paso. Ya era hora.

-¿Tan mal están las cosas? 

 -Alguna desavenencia ha habido entre los hermanos. Tantos y tan artistas son difíciles de concertar entre ellos.

Tras despedirse,  Gómez Muñoz pasó por debajo del arco de la puerta del Arrabal y saludó al mayordomo del Pósito, que tomaba el sol  en una esquina de edificio.

-Entre, don Gome.

-¿Para qué me solicita?

-Para que vea , si llevo bien las cuentas..

Traspasada una puerta adintelada,  atravesó una habitación  bajo de la balanza de  las pesas, colgadas a la viga s de la segunda planta. Desde lo alto de las escaleras, se divisaban varias trojes y baldas de estanterías llenas de trigo. Luego, entraron a una  pequeña habitación y se sentaron en un banco junto a  una amplia  mesa y un bufete, de donde  sacó  una arquilla, y, dentro de ella,   un libro de anotaciones. En un lado, anotaba  las entradas y en otro, las salidas: en las primeras especificaba bien las partidas de los cortijos de los bienes propios y de las compras de trigo. Lo leyó detenidamente el escribano y ratificó las cuentas de varias partidas traídas a través de los arrieros  y bajo el  control de algún regidor  desde varios puntos de Castilla y de la Campiña andaluza, escasas eran las que provenían de tierras italianas a través de barcos. En las salidas,   se acrecentaban y descompensaba con el número de las hojas  de las entradas, había cantidad de prestamista por los meses de la sementera, pues abundaban los agricultores y labradores que venían a recoger el trigo para sembrar; en otro sitio el trigo podrido y las cargas  entregadas a las panaderías por la carencia y para distribuirlos entre los pobres de solemnidad. Revisó un préstamo pequeño de dinero a un particular y al cabildo para la obra de la casa.

-Me quedo tranquilo, don Gome. Mañana debo rendir cuentas al diputado del Pósito y siempre se le puede a uno escapar  un error.

-Quede tranquilo, mayordomo. Están  tan limpias como una patena.

Saludó a varios posaderos  en las calles de los Mesones, la alta y la baja,  mientras  despedían a  los arrieros   que emprendían el viaje de vuelta. Lo hizo  primero con uno  que atendía a un playero; este tenía cargada  la  burra con algún trigo de la comarca comprado a un particular y que le había compensado al trueque  con la venta de los bacalaos, sardinas y arenques vendidos el día anterior en la plaza baja.  

Al llegar a la calle Real, miró a su derecha el convento de San Francisco que  comenzaba a edificarse y  tan sólo, tenía levantados los muros de los cimientos del templo. Cerca de la calle de los Sardos,  también andaban en obras en el convento  trinitario, Al llegar al penúltimo tramo de  la calle Real, saludó al escribano Contador, que había salido de la puerta de su casa para estirar los pies. Entró en la casa de Pedro Sardo. Un caserón enorme, con portada dintelada de piedra de cantería; una fachada isodoma  en la que se abrían unos pequeños ventanales en cada unos de sus tres cuerpos. Se distinguía aquella casa de entre las demás por su altura, sus dimensiones y su grandiosidad, parecía un palacete de un señor y era de unos forasteros avecindados en Alcalá. No podía de ser de otra manera. Aquella casa había dado de comer a 12 hijos vivientes y a otros que no habían llegado a la adolescencia.

Con una nariz muy pronunciada, pero embotada  como  es típica de los legionarios romanos, aquel pintor de Cerdeña denotaba en su hablar el acento italiano y las maneras de un orador del foro boario de la capital del Imperio. Con sus gestos, casi parecía que declamaba un texto de poesía, y con sus tonalidades cantaba más que hablaba. A estas horas de la mañana, se encontraba con su mujer Catalina González esperando la llegada de sus hijos que habían acudido a las tiendas de las escribanías para cerciorarse de algunos puntos.

-Buenos días, Pietro, ¿Para qué me ha solicitado?
 
-Algo urgente y necesario en mi familia.

-Un testamento.

-Ni mucho menos.

-Una dote de una hija.

-Menos aún.

En este preciso momento, entró su hija Leonor. Parecía que tendría unos treinta años y con seguridad soltera. Muy desenvuelta, pero le afeaba la misma nariz y una mirada torva. Se acercó al padre y le dijo:

-Padre, este hombre es el mismo que hace unas noche bajaba con La Comadre. Ten cuidado,-le musitó  al oído.

            El escribano se sonrojó, porque creía que no le había visto nadie en la noche del conjuro. Y, sin embargo, se dio cuenta de que era la comidilla de las mozas alcalaínas. “¿Acaso habrán averiguado que tengo alguna moza en secreto? Y es mentira  ¿Cómo se entere mi mujer y esposa? Salgo apaleado por la puerta falsa de mi casa” se decía balbuceando y entre dientes para disimular la situación embarazosa. .Como distraído, cambió el punto de mira de sus ojos y  se fijó en un crucificado que estaba colgado en la pared y se santiguó. Le rezó : “Miserere mei”. Amen”

   

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