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miércoles, 13 de noviembre de 2013

CAPÍTULO XVII. SIGUEN CON LOS JUEGOS INFANTILES


CAPÍTULO XVII.  SIGUEN  CON LOS JUEGOS INFANTILES.

 



 

 

            Por la mañana siguiente, Gome Muñoz esperaba  a Antón, mientras repasaba una nota manuscrita  donde  recogía, por orden,   los nombres  de todos los juegos infantiles, que, años anteriores,  había compartido con sus coetáneos.

-Buenos días, mi señor. Parece como si los sueños se le hubieran esfumado.

-Algo de insomnio padezco. Me quedé pensando en el  aquel solar y en el juego  la alcancía, con el que he conseguido tantos trofeos. Comencé a darle vueltas y vueltas a mi cabeza. Y se me vinieron a mi mente  todos los juegos y los divertimentos del pueblo, que reproducíamos en mi niñez en los corrales y junto a los caminos. Comencé a anotar las danzas de los gremios con sus invenciones y sus lujosos vestidos de antaño. Eran tan exuberantes y tan provocativas que despertaban la hilaridad y la chanza de todos los que nos zaherían entre las filas del público durante las fiestas del Corpus y las extraordinarias organizadas por el Cabildo municipal. Y qué de premios les otorgaban:  para el primero,  cuatro varas de terciopelo; al segundo, otras cuatro de damasco turquesado, al tercero de raso amarillo, y al cuarto de tafetán carmesí en la misma longitud.

-Pero sí están decayendo, sólo quedan  algunas del  gremio de los tejedores, otras pocas de los  sastres,  escasas en los  hortelanos,… y abundantes  en la de los campesinos. Ya no hacen sino repetir las mismas mojigangas y los mismos inventos en forma de un diálogo que se acerca a un entremés de campesinos o paletos,  una pantomima como las antiguas atellanas latinas, algún saltimbanqui o titiritero y  escasos son los que agudizan su ingenio  presentando una novedad  en las fiestas con un montaje  sorpresivo para la gente.

-Bueno, y, ¿ qué me dices sobre el juego de los gansos?

-Nosotros , en aquel corral, los simulábamos colgando  la maroma de las manos de un hombre sentado en la tapia del convento y otro en la otra punta  en el tejado de la alfarería, en medio un trapo blanco de lienzo blanco se rellenaba de lana  y simulaba a un ganso. Formábamos varias cuadrillas y nos acercábamos al ganso hasta que sujetarnos a un chaval al pescuezo del ganso. El que más veces resistía colgado  los movimientos de bajarlo y subirlo  ganaba la partida.

-Me decía  mi padre,  que consistía en una cesta de fruta. Otras veces, una moneda de oro o varias varas de seda o de tafetán, telas tan caras y codiciadas. .

-Se desarrollaba de la misma manera como  los mozalbetes y hombres maduros hacían en la Mota, una vez extendida la maroma desde las tiendas altas de los corredores hasta  las de Cabildo.  Lo malo de aquella fiesta eran los pechugazos en tierra, los chimbombos en la cabeza por los golpes de la caída,  los moratones en la cara, y  los alaridos del  ave. 

-¿Qué eso del chimbombo?

-Nada, Antón,  un chichón o edema con el que se nombra en nuestra tierra al bulto  de la piel tras una caída. Déjame seguir. No me interrumpas.  Parecía como si fueran de bronce, aquellos gansos que compraban en Valdepeñas. La emoción invadía a la gente de derredor., ¡ cómo gritaban al muchacho, mientras se mantenía el máximo tiempo posible agarrado al  ganso que colgaba  de la cuerda! Fija la cuerda en el balcón volado de las Casas de  cabildo, en el otro extremo, en los corredores,  los ministriles  y los porteros  se morían de risa mientras tiraban de la maroma ella para levantarla o la aflojaban  para bajarla. ¡Qué cara ponían  los chavales, embadurnados de las grasas de los tocinos de las carnicerías, que chorreaba del cuello del ganso! Golpetazo  tras golpetazo y cuerpo a tierra forzados, una vez que se marchaba los compañeros de cuadrillas. ¡ Con qué ahínco se asía al ganso el participante del juego! Venga, unas veces  para arriba, y  otras para abajo,… casi se caía y hacía trampas cogiendo se de la argolla donde estaba atado el ganso. Le decía dolo,  mentira,  trampa, mañoso, valiente…, y le  mostraban signos de victorias sus compañeros de cuadrilla. Así hasta que llegaban a acabar con la partida de los seis gansos, y se contaba el que más había resistido  las subidas y bajadas. Una, dos, tres, cuatro, ….y en bomborombillos y volandas le daban una vuelta en la plaza hasta llegar va los comisarios de las fiestas que le premiaban con pañuelos de seda que se colgaba al cuello. Una vez arriba, soltaban la cuerda y el participante caía a tierra (es un decir, al enladrillado de la plaza o el arrecifado) , seguidamente, de nuevo, se volvía  a tirar de la cuerda haciendo subir al ganso y al participante. Así hasta que el muchacho caía al soltar el ave o el cuello de esta se rompía. Aquel que más alzadas aguantaba es el que ganaba.

-Mi señor, salgamos al mirador, respiremos. Mira La Sierra, está nevada, recuerdo que me decía mi padre aquello de ...Pedro Mártir de Anglería” vidi Alcala Regale -“super nubila erectum et in conspectu in regno Granatae”

-Sí, sí estamos  sobre las  nubes, y como si todavía Boabdil viniera por aquellos caminos. Fíjate en el solar, hay unos niños jugando.

-Claro, al juego del árbol.

-¿No recuerdas el que hicimos en las fiestas extraordinarias con motivo de la batalla de Lepanto?

-Aquellos niños parecen como si se ensayaran para las nuevas fiestas del  parto de la Reina. Soñaban con los premios.

-¡A quién  le amarga un dulce! Si fueran los trofeos como en aquellas fiestas, simplemente en el árbol se simularían  las ramas con  varias e varas de tafetán amarillo y colorado para el triunfador.

-Pero, mi señor, se las tenían que  ver canutas. Nada menos que deben subir el tronco de un árbol alijado por el espadador Juan Martínez, que dicen que tiene que transportar a la plaza de la Mota una carreta con cuatro bueyes los más robustos y poderosos de la abadía. Y, además,  este año han guardado los sebos más escurridizos para que no suba nadie y se escurra cuando tenga a tiro la punta del árbol. Lo que es un incógnita es el tesoro escondido en ella..    

            Mientras se asomaban hacia la muralla del Trabuquete, Antón le señalaba con el dedo a otro grupo de niños jugando a los bolos. No podían distinguir las rayas desde donde lanzaban las bolas ni los preciosos bolos que solían elaborar por aquellos tiempos. Pues, cortaban de los chaparros algunas ramas secas y, con ellas, hacía varios trozos de madera hasta convertirlos en un cilindro con forma antropomorfa de cabeza apepinada y  con  una base, al menos estable, para fijarse en el suelo. Las bolas  solían ser también de madera y un poco achatadas en sus ejes y con algunas agarraderas. Los niños solían  reducir muchas reglas de los juegos y se saltaban el número de tiradas. Antón le comentaba al escribano los saltos que daban cuando lanzaba el bolo a larga distancia y que no podía superar el otro jugador.

Un poco más alejado cerca de los aledaños del Barrero, otros niños jugaban a la barra castellana. Antón le comentaba a  Gome lo que tenía escrito con el título de Tiro de la Barra. Y le indicaba la peligrosidad de este juego, del que había oído decir que los regidores querían trasladarlo a la Corredera cerca de una era. Pues la barra era pieza cilíndrica de hierro con las puntas afiladas con el fin de que, al lanzarse , quedara fijada  o clavada en  tierra.
  Como era lógico, le decía Antón:

-Mi señor, las jabalinas de los niños son de madera. Pero, de madera que pesa , para ser clavada.
-Ya lo sé. Los mayores tampoco usan armas de guerras. Ya lo hagan a pecho, a pijote o entre piernas, se sirven de las barras de los molinos de harina, o las de los arados romanos,

-Y, aquellos , ¿qué hacen?

-La ferrezuela., mi señor. Se pasan en el manteo de los chicos, de seguro que causarán una lesión a alguno.

-Y, en la plaza, ya comienzan los espadadores a ensayar juegos de esgrima como si fueran a guerrear de nuevo con los moriscos

-Fíjese, mi señor, mis señor, ¡cómo junto al Posito juegan los niños y se pasan la pelota de uno a otro!

-Corta, que viene un cliente para redactar un testamento.

-Esto me ocupará toda la mañana.

-Te reto para un atuque de naipes esta noche.

-Atuque o ataque, prefiero los juegos de mesa como las damas o los dados.

-Sí, además el corregidor y los familiares de la Inquisición han metido en  la cárcel eclesiástica a varios jugadores furtivos.

-Por eso, más bien,  juguemos una partida de ajedrez, porque siempre me ganas en las cartas.

-Bueno,  con las tablas quedamos, pero sin apuestas. En mi casa a las seis de la tarde.   


 

 

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