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domingo, 17 de noviembre de 2013

CAPÍTULO XIX CONJUROS DE AMOR PARA EL ESCRIBANO




CAPÍTULO XIX


CONJUROS DE AMOR PARA EL ESCRIBANO




 

 

            Antón, bajó, por la callejuela Real de la Mota, junto al muro del Palacio Abacial, y  habiendo dejando a un lado la torre de la Especería, a través de unas escalinatas, se adentró en el Bahondillo. Humeaban las chimeneas que salían de las cuevas, y, al pasar  por la  Puerta Nueva, saludó a Maese Pedro que se dirigía a su covachón. Luego, Rastro abajo, se acercó a las casas de la Comadre, que se encontraban cercanas y a las espaldas de la calle del Matadero.  Tocó a la puerta, y una mujer ya  de edad  muy madura salió asustada cubierta con una toca negra.

-A qué viene a estas horas,  pues casi me ha despertado de mis primeros sueños.- Le dijo la anciana muy nerviosa como si quisiera  evadir el compromiso.
-Vengo de parte de mi señor. –Le contestó tajante el oficial.
-¿Quién?
-Don Gome Muñoz
-Y Monte.  Otra vez, con los mismos calentamientos de cabeza. Los amores le
Vuelven loco.- Se quejaba levantando las manos y bajándoos en señal de conformidad estoica.
-Mira que ha ido,  varias veces,  a la iglesia a consultar a  sus amigos capellanes, y, también,  ha leído donde  no puede acudir  persona humana sobre espíritus ansiosos y manejos diabólicos, pero nada…Ya sólo confía en ti, Comadre.
-Espere, un poco, me encuentro con estas telas y la toca. Déjeme, que me prepare para la ocasión.
 
            Subió la comadre a la cámara alta de su casa, mientras en la sala de espera Antón preparaba la mecha del candil   y lo rellenaba de  aceite  para emprender la marcha hacia el lugar  que le indicara la anciana.  En el momento que dejaba el último peldaño, le dijo que en  las inmediaciones de las Atarazanas le esperaba  su señor.
 Emprendieron el camino,  por  el final de la calle del Rastro, y pasaron por su puerta dejando la Alhóndiga y el anillo exterior de la muralla, mientras contemplaban algunos resplandores de luz por entre las saeteras y troneras. Cerca de la puerta de Granada y Martín Ruiz, tropezaron con unos jovenzuelos que se despedían tras  haber pasado las primeras horas de la noche en medio de juegos de ataque y apuesta de naipes; por la placeta de San Juan, dieron con un despistado borracho sin que  se percibiera de la presencia de esta singular pareja. Por la calle del Pozuelo, no encontraron sino a dos perros sueltos y escucharon los primeros ronquidos de los cansados  labradores. Llegaron  a la calle Real y cuidaron de evadir   el encuentro con cualquier persona; rellenaron un cántaro de agua por si fuera necesario en la Fuente de la Mora Nueva, se santiguaron a las puertas del convento de los frailes franciscanos de la Orden Tercera, y, al paso del  Peso de la Harina, se encontraron una pareja de mozalbetes  perdida en un rincón. Del Llanillo,  venía un arriero que se había corrido una juerga nocturna con una mozuela.
Al principio de la calle Rosa, toparon con don Gome, cubierto con un gran mantón de lana y escondido bajo el alero del  cobertizo del  portón de las Atarazanas. Durante la espera, el escribano  había recogido algunos ramales y sogas por si se necesitaran.
            Se acercó  La comadre y le dijo al escribano:
-¿Está preparado para las pruebas?
-Lo estoy, mi comadre.
-Pues, vamos a la tarea, que es muy complicada. 
            Comenzaron a andar  y se adentraron por las nuevas calles de esta zona. No había dado unos pasos, y se metieron en un solar, que acababa en una cueva  oscura. Cerraron el portón, sin apenas ver una rendija de luz. Quedaron en silencio; la comadre le cogió de las manos al escribano y le ordenó no dar voz ni quejido alguno. Se le cambiaron los colores de la cara y se le pusieron los pelos de punta, cuando, en medio de un sepulcral silencio, escucharon algo así como unos flagelantes arrastrando unas cadenas  en medio de numerosos lamentos, se laceraban a la manera de los nazarenos de  la cofradía de la Veracruz. Incluso, se los imaginó reflejados  en sus sombras por las cuevas del arrabal viejo en lo noche del Jueves Santo.

 Se fueron apagando poco a poco los lamentos y oraciones de penitencia, mientras comenzó a surgir un ladrido pausado de perros, que se fue intensificando como si fuera una jaula de fieras exaltadas,  pues se asemejaban   más a las cabezas del can Cerbero que a  un corral doméstico de perros; parecía que se acercaban para comérselos vivos a mordiscos y arañaban las puertas del portón del mismo que si hubieran alcanzado una pieza de caza mayor; cansados de dar con sus patas en la madera, se retiraron con un cansino y lastimero ladrido que vaticinaba un acoso de venganza.

Tras ellos, por la parte alta de la cueva se veía un rayo de luz, por una pequeña apertura de la cueva, en la que se asomaron varios gatos que reflejaban sus sombras en la bóveda de la cueva a la manera del mito de Platón, no se peleaban entre ellos, pero un maullido repetitivo y avieso a la manera de un  salvaje felino  se  oía en el umbral de la noche. De pronto,  el cielo quedó nublado, unos rayos iluminaron a los tres  que quedaron como estigmatizados  a la manera del resplandor de  un resucitado; a continuación una fuerte borrasca dejaba pasar unos grandes chorros de aguas por entre los canales  de las paredes;  se mezcló el sudor frío  del miedo con los chorreones y las  gotas de agua  que salían  de la piedra arenisca, se asemejaban al aspecto de unos cautivos parecían como si hubieran estado en las mazmorras de la ciudad fortificada y las humedades los hubieran transformado en un hierro mohoso.

Finalmente, pasó un esqueleto que dejaba asomar una calavera cubierta de una capa dando alaridos de muerte en medio de los sonidos acompasados de la torre mayor abacial  y de los esquilones de la iglesia de Consolación; para  aquellos dos seres,  el fin del mundo  y el juicio final era n inminentes. No tenían  en su mente más salida que  salir de la cueva, porque  daban  por seguro  de que su vida se iba acabar de un momento a  otro y no encontraban otro subterfugio que mantenerse  asidos a una piedra del centro de la  cueva como si fuera la barca de Noé,

-No os preocupéis.
-Esto debía pasar. Son normas del dios de la tierra.
-Pero, no tanto mi comadre.
-No nos merecemos tanto…
            Pasó la tormenta,  el cielo trajo una luna blanca y tan grande como un pandero morisco. Poco a poco, asomaron la cabeza y vieron que estaba cerca la vereda  que subía a Mari a Rosa. Al salir, se toparon con plumas de pavos reales, patas de gallos,  un camisas de la piel de una  culebra, crestas de gallinas,  hojas de hachas, hocinos, y un  rabo de perro   Lo metieron todo en una talega   por si hacía falta. más tarde

            Tras pasar la calle de la Viñuela, junto al Corral del Concejo, un nuevo sobresalto les sobrevino de forma inesperada y se detuvieron ante el graznido de los cerdos que estaban preparados para la matanza de la próxima  madrugada, lo que les sirvió para   descansar y  reanimarse a la hora de subir la vereda que les llevaba a la Era del Tiro de la Barra. Allí, se acercó el tinajero Antón de Alcalá  que se había comprometido con el  encargado del Corral  para traerle dos grandes tinajas compradas en la semana anterior por un ganadero valdepeñero.
            -¡Qué sorpresa, don Gome! 
            -No se asuste, venimos de ronda.
            -Y son poca cuadrilla, además falta la vigüela. Pocas veces, he visto una capilla de música tan reducida...
-           -Déjese de bromas,  y guarde el secreto. Si no, nos veremos con las espadas en el Barrero….

            Se despidió el tinajero, y Cauchil abajo se adentró por el portón de la peste colocado, años antes,  al final de su calle. Paró un momento, y observó cómo ascendían los tres en dirección a la era, mientras escuchaba el murmullo casi imperceptible de unas oraciones rutinarias y repetitivas. Algo así como "Jesús, sus,  sus, sus…..". ”No es este primo de aquel fraile que embaucó a una joven monja y quiso chantajearla prometiéndole joyas, tierras y un paraíso terrenal.”, pensaba mientras los contemplaba a través de la rejilla embarrada de la puerta de su casa. Siempre el amor, el enredador de espíritus.

Antes de acostarse, le dio agua a los animales, retiró los últimos cacharros del horno para tenerlos secos por la mañana;  se asomó al patio y  vio a la Luisa y sus amigas, quitándose las ropas menores y  jugando, bajo los tejados de la tina del corral,  con un mozarrón que parecía más un héroe griego que un pastor alcalaíno, mientras  desarrollaba una escena que parecía más un acto de danza báquica que un  corro de ronda castellana. No sabía si aquel muchacho era un prostituto o un semental.  Y, simulando que estaba escandalizado,  se tapó los ojos con los dedos de las manos entreabiertos,  mientras bailaban desnudas unas arrimadas con otras y  un solo fuego para abrasarlas. Pensaba que muchos cervatillos debieron volar por la imaginación de cada una de ellas. Y,  además, no les pareció algo inusual, eran reincidentes, y sin escrúpulo alguno, porque  ya habían sufrido la reprimenda y las acusaciones de los familiares  de la Inquisición, que las tenían delatadas  por medio del chivatazo de un vecino.

            Subía, mientras tanto, la Comadre, que se llamaba por cierto María Alonso de Chirinos, por aquella veredilla y, cumpliendo con todos los requisitos que debían realizar, esperaron un largo rato  en un rellano. Tras escuchar  una sarta de letanías inapreciables para Antón y el escribano, que la Comadre las volvía a recitar silenciosamente y balbuceando en golosamente  los finales. Al  llegar exactamente la medianoche, precisamente en la primera hora de la segunda vigilia, sin fallo ni momento de retraso, se colocaron en el punto más alto de la era, donde existía una cruz, desde donde contemplaban toda la ciudad del llano alcalaíno y las casas de la  fortaleza de la Mota a oscuras  a pesar de que aquella noche se pasaba de las  nubes pasajeras  al claro  plenilunio  de modo que   se mostraba majestuosa la silueta de la ciudad fortificada como telón de fondo. Veían todo el pueblo  a sus pies,  y,  para ellos no ser visto, se colocaron tras un pequeño muladar junto a la cruz., que marcaba los caminos que se dirigían a los Llanos de Santa Ana y al Portillo Cerrado por el oriente y al sur con las veredas hacia la Viñuela, una auténtica encrucijada, como, marcaban los artículos  de los conjuros. Luego María pidió que formaran una mesa natural para ejercer las acciones del conjuro.
-Haced una mesa como si fuera una ara de altar. Traedme  una especie de fundas de flores silvestres o algo que simule una caperuza de las que usan los sambenitos de la Inquisición.
Inmediatamente, tomaron varias piedras e hicieron dos paredejas paralelas de un cuarto de vara de alto,  y sobre ella, en forma de dolmen,  colocaron una losa piedra de más de 10 arrobas. Pusieron los tres conos en forma de triángulo formados por unas hojas grandes de higuera, atadas por pequeños ramales  en la parte de la cúspide, en medio y  la base. .Debajo puso unas bolitas, blancas con la boquita negra. .  Comenzó a declamar sus rezos con esta oración a modo de introito religioso como si quisiera encomendarse a los espíritus:

 
San Servián,
-suerte echaste a la mar
 -si buena la  echaste,
 mejor la sacaste;
-por su santidad
-por la santidad
 de estas tres mozas doncellas,
que me digas la verdad,
Señas te pido,
-ni lo que te pido,
-ni los polvos alcanzadores
 ni vendedores-
 de lo que quiero
lo otorgará,
entro y consiento
en el pauto criminal”

Este fue el primer conjuro dedicado a conseguir  el amor de su amada, preservar sus virtudes y alentar la marcha de los diablos que impedían la relación amorosa. A mi señor, le  pasó algo así como un ataque compulsivo cuando, según dicen los evangelios, los endemoniados sufren al curarse de su enfermedad. Despedía un olor fétido especial, un poco azufrado, mezclado con unos espumarajos que salían de su boca. Comenzó a desvariar, diciendo  cosas  absurdas e inconexas hasta que le cogió la comadre de la mano y , dándole varios apretones, por la zona de la palma y  los  venas de los antebrazos, se serenó y miró fijamente a aquel altar simulado. La comadre le pidió a Antón que le trajera una talega, de donde sacó unas nuevas bolitas de una planta canutera silvestre que Antón no pudo reconocer en la oscuridad de la noche. Le golpeó varias veces e invocó a San Juan aludiendo que estas bolitas las había recogido a la misma hora en la festividad del  día  de su Nacimiento con tres vírgenes y una sábana blanca.        
 
Calló la comadre, reclamando  darle solemnidad al momento y, uniendo sus manos con las del escribano, colocó las bolas sobre la mesa  y las golpeó varias veces. Sacó un ramo de tomillo silvestre y lo mojó con el agua de la Fuente de la Mora y la aspergió sobre los tres conos, mientras decía:

En un monte negro/
entré con tres negras cabras, /
encontré en tres negros darros/
las ordeñé en tres negro entremizos, /
tres negros quesos./
Hice con un cuchillo de cachas `prietas/
tres negros tajadas, /
corté a fulano y fulana.
Tosió Antón y, como si se tratare de un eco, repitió el mismo sonido el escribano interrumpiendo a la Comadre, que continuó:
Les dio de comer  y tal paz entró en ellos  como entre el gato y el perro, cuando en una escudilla les dan de comer.

Lo repitió  tres veces, con mucha solemnidad, y, en medio del sepulcral silencio de los dos varones.
Le metió  las bolitas mojadas en un trozo de lienzo al escribano para que las lanzara a la puerta de su  amada en un momento de plena claridad a las doce de la noche tras un día de relámpagos y truenos sin caer gota en la Mota.  Además se le ordenó  a Antón  que hiciera varios nudos en una mata grande de retama y con el ramo de asperjar golpeara varias matas de romero. La comadre retiró  los conos y los trozos de resto de los animales , mientras  el escribano se secaba a frente con un pañuelo. Se fueron los tres en dirección a la calle de Utrilla, para buscar una ruta distinta de la bajada... Los tres  se miraban de rabillo  como si quisieran contemplar los rostros de los de al dado. La Comadre se sentía satisfecha por la  tarea terminada, el escribano parecía que se había quitado un peso de encima, que debía  desvelar a lo largo de los próximos meses  y  Antón no hacía sino darle vueltas al conjuro , En un mon…te…..en…tré….con tres….Creía que , en este caso, había tres personas en liza y no más. Y no podía juntarse más que dos.

 

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