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jueves, 21 de noviembre de 2013

CAPITÚLO XX. EL SOLDADO MARTÍN JIMÉNEZ.


 

 
 
 
CAPITÚLO  XX. EL SOLDADO MARTÍN JIMÉNEZ.
 
Comenzaba a tener fama un joven escribano de nombre Alonso y primer apellido Ramírez. Frecuentaba la tienda de don Gome y solían entablar amplias conversaciones. Aquel día de frío invierno, no tenía mucho trabajo. Encendieron el brasero  y se sentaron  alrededor del bufete, mientras esperaban los clientes. Don Gome andaba, desorientado de la noche anterior, y no sabía como evadirse  de cualquier pregunta inadecuada o incómoda. Por eso, le comentó que todavía quedaban resquicios de la paz de las Alpujarras y le salió por peteneras con el tema de los monfíes.  Por su parte, Alonso Ramírez le sacó un asunto de 1570, en el que había aprticipado como escribano.  Y le dijo:
- Yo no se esperaba escribir un documento tan insospechado como el que me aconteció aquella mañana de agosto.  Desde el mirador de la Mota, asomándose por la parte trasera de al tienda de escribanía, el día anterior había visto venir a la ciudad una caterva de personas, con triste atuendo de moriscos que parecían una prenda de un botín de guerra; venían escoltados por un jefe y varias escoltas de soldados,  y caminaban arrastrando los pies y, a veces,  el mismo cuerpo  y asidos a las sogas de los soldados y de  los burros a los que los tenían atados. Corrían los trágicos momentos del final de la guerra del levantamiento morisco de las Alpujarras.  No hacía sino darle vueltas que, en los últimos momentos, se habían acrecentado el mercado de esclavos, los fugitivos por las Sierras y muchas caravanas de personas que se trasladaban hacia el interior, apartados del Reino de Granada. Comentaban que el ejército castellano no había podido sofocar  aquella sublevación, cuando  se encontraba al mando del Marqués de Mondéjar. Pero, desde que llegó don Juan de Austria como capitán general habían cambiado muchas las cosas, en  1570, año este, en que el levantamiento fue sofocado por don Juan de Austria al mando de un ejército regular traído de Italia y del Levante español. Hasta la llegada de las tropas de don Juan de Austria actuó la milicia local, en la que se integraba la compañía de don Diego Mejía, compuesta por 300 hombres, algunos de ellos de pueblos de la comarca de La Serena.
-Abundaron,  amigo Alonso, los desertores. No había día que quedara una cama libre en los hospitales de la ciudad, que hacían de fondas.  
-Te cito,  para que veas el documento, exactamente la orden que nos enviaron desde una orden militar : "Ante las deserciones que se producen, el 29 de abril de 1570, "el fiscal de Su Majestad de la Orden de Alcántara actúa contra Francisco Benítez, de Campanario, y contra Juan Ramírez, vecino de Villanueva de la Serena".
-Te dejé este asunto a ti, Alonso. No quería más complicaciones.

- Sí, estoy muy agradecido.  Me refiero al de un vecino de Villanueva, Juan Alguacil, testigo en la causa, relató cómo el capitán se encontró por el camino, al regreso de una misión que le había llevado a Órgiva, con otros desertores: "un hijo de Salvador Pérez que se llama Juan Pérez y a Pedro Gómez y a Pedro Escobar y a dos hijos de Pedro García que se llaman Juan y Alonso y a Martín Alonso Márquez, vecinos todos de esta villa de Villanueva y ansí en el dicho camino vio que venían hasta esta tierra Marcos Hernández y a Francisco Pérez. Se sabía de oídas que aquella mañana la llegada de un capitán muy apuesto, que había encerrado a todos los moriscos en el Hospital del Dulce Nombre de Jesús y de la Veracruz. Pernoctaban hacinados para hacer una nueva etapa con dirección a Extremadura. Pero, muy de mañana subió a la fortaleza, y vivió este acontecimiento de un paisano suyo  ante mí.
-Recuerdo que le causó sorpresa, - interrumpió el oficial.

 - Claro que sí, porque inesperadamente se topó con este soldado  de la guerra de las Alpujarras, que se sentía ufano de haber acudido a la guerra con el ilustrísimo capitán don Juan de Sande. Lo primero que hizo al entirar al  escritorio, fue decirles a los escribanos, soy soldado del capitán Juan de Sande. Me tiene que servir usted con todos los honores. No soy un prófugo ni un…Pero, al ver al oficial se salió y dijo:

 -A sus órdenes, mi capitán.

El escribano, sorprendido, le preguntó:

-Que le trae por estos altos.                                    

-Un simple papel de trueque de soldados, me llevan por la calle de la amargura, entre cambios, deserciones…y fallecidos.

--Me dice sus datos.

-Soy el capitán Juan de Sande, de la ilustre casa de los señores de Valdefuentes, oriundo de Galicia y, actualmente, vecino de Cáceres, donde ejerzo de regidor y además me nombraron como capitán de una compañía de la ciudad.

-Ilustre linaje, los Sande, me suena don Álvaro de Sande, sus batallas con Carlos I. Dicen que su abuelo, el poderoso Sancho de Paredes Golfín, escribió  al Emperador Carlos I de España y V de Alemania, para que lo admitiera a su servicio. Estuvo presente en numerosas batallas en Europa en la conquista de Luxemburgo, Epernay. Aquí una mina le abrasó el cuerpo: pero no  desistió en la carrera de las armas, siguió dirigiendo la batalla desde la camilla donde esta postrado, conquistando Augsburgo, Frankfort, Parma, Siena  y África, donde presenció el desastre de la isla de los Gelves. Cayó prisionero de los turcos y fue llevado a Constantinopla, donde estuvo cinco años. Libre de cautiverio, al haberse pagado un fuerte rescate, volvió a guerrear contra los turcos como Maestre de Campo General, consiguiendo liberar la Isla de Malta. Llego a ser Gobernador y Capitán General de Milán en 1571, Felipe II le concedió el marquesado milanés de la Piovera y sus descendientes cambiaron el titulo por el español de marqueses de Valdefuentes.

- y me dijo además: Soy hijo de su hermano Pedro, el que heredó el título-el cuarto señor de Valdehondo-, pero  pasó a manos de su hermano y engrandecido con el de Piovera  y señor de Vladehondo.

-Sí no me equivoco, su divisa y escudo un águila en vuelo orlada de banderas y estandartes.

-Claro que sí.

-Mi madre no dude, usted, que  también es de alta alcurnia. Doña Aldonza de Torres, hija de García Fernández de Vargas y Marina Paredes.

-Pero,¿ a qué viene usted mi capitán?, me basta con su presencia y sus titulaciones.

-Sí, capitán en esta guerra contra los moriscos, por tierras de Almería. He traído una partida de moriscos para venderlos en los mercados de fuera del reino de Granada. Algunos los llevaré al mercado extremeño de Cáceres y otros nos los reservaremos como botín de guerra.

-Cuando quiera iniciamos los contratos de compraventa, no tiene más que buscarme a los comparadores, ahí en la plaza abundan los regatones y los mercaderes. 

-No ni mucho menos, este no es el motivo de mi visita.

-Entonces, ¿en  qué le puede complacer?

- Un poder notarial.

-Que no, que no, es un trueque…

-Un cambio de alguna moneda, con esto de la inflación…

-Tampoco,  no es  un asunto ajeno a mi persona. Un soldado.

-Sí ese que me espera en la puerta.
-Ah, el que le redacté los papeles, -dijo el oficial-  muy de prisa. Un tal   Martín Jiménez que hablaba con el alguacil menor  a la puerta de aquella torre, en el soportal de un  cuerpo recién construido. Me comentaba que  había estado recorriendo los campos de Almería, allá por tierras de Cadiar y la alpujarra almeriense, su anterior su oficio de vaquero, que le servía de apellido. Y, en medio de la conversación  me desveló que tuvo que venirse a la guerra en una de las levas que hicieron  para la guerra  y encuadrado a las órdenes del capitán Sande. Me mostraba su arcabuz, su frasco, su rodela y sus prendas de vestir de la guerra algo deterioradas.  Pero, mantenía  asidas  con mucha fuerza sus armas porque  no se fiaba que algún rufián pasara por la plaza y se las quitara. Era una orden tajante que debía cumplir de su capitán. Junto a él se encontraba Juan Zamorano, otro joven cacereño que había quedado de reserva de leva de la ciudad extremeña, y había acudido a la cita notarial de la ciudad de la Mota  por una misiva que le envió el capitán Sande. Un  poco aturdido de la situación, no sabía lo que le esperaba si acompañar a la comitiva hasta Cáceres  o volver con el capitán a la guerra. Los dos andaban en una densa conversación contemplando el trasiego  comercial de aquella plaza alta de la Mota, rodeada de casas y tiendas de la ciudad y particulares, un hospital (que algunos denominaban de los Monteses), las Casas de Cabildo y una Iglesia, la Mayor, alzándose en torno a una anterior de estilo gótico y con un bello claustro adosado a las Casas de Cabildo. Se oían las voces de los mercaderes portugueses que vendían telas, hilillos y prendas de Portugal en las tiendas debajo de  los escritorios, junto a la casa del corregidor. Salían los vecinos con sus  varas de tela de tiradizo, de tafetán, lino y estopa. Los había que compraban especies y productos de comida en la plaza.  Y mi  compañero Pablo,  escribiente del notario Alonso Ramírez lo llamó al interior de la escribanía a grandes voces "Martín Jiménez Vaquero". Servidor", le respondió al instante. y como un eco dijo el otro soldado "  Juan Zamorano, servidor". "Entren, entren en la escribanía" le dijo el escribano.          Alonso Ramírez abrió el legajo  y, como muestra de  notoriedad, se puso manos a la obra  con su pluma.
-No me lo podía esperar, porque comencé  a escribir“En la ciudad de Alcalá la Real, llave, guarda e defendimiento de los Reinos  de castilla  y León,  a 2 de junio de 1570, … de pronto interrumpió la escritura del documento.
-¿Qué pasó
?
  -Pues, que al preguntar quién se obliga en este caso y , responderle "El soldado Martín Jiménez, natural de Cáceres y estante en esta ciudad". Entró el capitán y cambió de aspecto. Le entregó las armas a su colega y se obligó a no desertar  y a volver  a la guerra.
-Historias como estas , haylas muchas. 
Don Gome parecía como extasiado y su mente no hacía sino recordar y dar vueltas al número tres  de  la noche anterior.
 
 

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