LOS
GANADEROS Y LA DEVOCIÓN DE LA VIRGEN DE LA CABEZA
Los pueblos de la Sierra Sur estuvieron muy ligados al mundo de la ganadería. Junto con la agricultura fue la fuente de riqueza a lo largo de la Edad Moderna, porque sus productos no sólo permitían suculentas rentas a los hidalgos rentitas, sino a sus labradores y arrendadores. Desde la alimentación de la población hasta el curtido de las pieles pasando por el comercio de la lana, tan ligado a los genoveses y flamencos, muchos oficios ocuparon a la población del sector primario. Al mismo la trashumancia con las tierras castellanas y de las Montañas del Norte de España, dio lugar a l intercambio comercial y cultural entre las personas y los pueblos, porque abundaban las zonas de pasto en las sierras subbéticas comprendidas entre las montañas de la Sierra de Valdepeñas hasta las de la villa de Priego, donde acudían los ganados en las estaciones estivales.
Entre estos intercambios, abundaban también los ganaderos que acudían a la ciudad de la Mota desde tierras extremeñas, dando lugar a la extensión de la presencia devocional de la Virgen de Guadalupe en estos dominios. Los ganaderos propiamente alcalaínos estuvieron muy ligados a la vida cofrade de la Virgen de la Cabeza. Se encuentran muchos detalles relacionados con ella, al convertirse a mediados de siglo XVI, su cofradía en el sitio en el que se agruparon muchos devotos, no sólo de Alcalá la Real sino también de los pueblos cercanos tanto de la abadía ( Castillo de Locubín) como de los pueblos de la Sierras del Norte de Granada (Colomera, Moclín, Montillana..). No es casual que el pastor Juan de Rivas procediera de estas tierras y surjan leyendas como la ermita de San Marcos, donde extendieron que fue bautizado situado cerca de Mures,
Ligado con la cofradía alcalaína estaba la
celebración de fiestas de toros para ayuda la vida y culto de la Virgen. En
nueve de septiembre de 1610 se reunieron ante el escribano Blas de Cáceres, todos
los ganaderos ( Juan Gómez de Castilla, Pedro Sánchez de Castilla, Pedro Pérez,
Pedro Pérez de Castilla, Francisco de Molina, Francisco Sáez, Juan López, Pedro
Hernández, y Juan Ruiz de Arjona ) y concertaron realizar una fiesta
de toros por la festividad de la Natividad de Nuestra Señora ( se
comprometieron en quince días primeros siguientes a esta fecha hacer una fiesta
de toros en servicio de Nuestra Señora de la Cabeza). Y manifestaban que
todos eran cofrades de la Virgen. Como Juan Gómez estaba de capitán, Pedro
Sánchez de alférez y el sargento Pedro Jiménez en la compañía de la ciudad, se
les encargaron que habían de comprar
como oficiales un toro, y acompañarlo y guardarlos con
alabardas. Además, debían aportar unos capeos para
la fiesta. Se repartían entre todos por partes iguales los gastos de la fiesta.
Los apellidos recuerdan al de muchos hermanos que alcanzaron su vida cofrade
hasta el pasado siglo.
EL
TRAJE DE ROMERO EN EL SIGLO XVII
Por aquellos tiempos, el compromiso de los cofrades no
consistía en el mantenimiento del culto de la ciudad de la Mota en la iglesia
de San Marcos, sino que procuraban asistir a la cita romera en tierras de
Sierra Morena. Acudían con su bandera, su tienda donde se refugiaban y alojaban
y, en muchas ocasiones, un capellán que solía distinguir a la hermandad
alcalaína. El mundo de la ganadería les aportaba el modo de transporte del
camino romero desde la sede de la Abadía de Alcalá la Real hasta el
santuario. En anteriores artículos y en
el libro de la Historia de la Cofradía de Nuestra Señora de la Cabeza de Alcalá
la Real, ya comentamos que el vestido romero en la peregrinación hacia el Cerro
del Cabezo, era una de las curiosidades de su tiempo y se distinguía por un
roquete blanco, que solía acompañar a los hermanos fallecidos como mortaja a la
hora de enterrarse.
El
escribano Antón de Santillán recoge entre sus registros notariales un dato muy
interesante de esta tradición romera. Corría el año 1624 y Juan Lorenzo
Jiménez, natural de Alcalá la Real, pero avecindado en Granada, incluyó, entre las mandas de su testamento,
una referida a la hora de su vestido de mortaja. Aunque ordenaba ser enterrado
en la iglesia de la Encarnación de la ciudad de la Alhambra, manifestaba esta
primera manda que testificaba ser hermano de la cofradía alcalaína de Nuestra
Señora de la Cabeza: “mando que entierren con una túnica blanca y una toca de
camino que es el hábito que se ponen los hermanos de la cofradía de Nuestra
Señora de la Cabeza en la Sierra de Andújar que se sirve en la iglesia del
Señor San Marcos de la ciudad de Alcalá la Real, de donde soy hermano, y se
paguen las luminarias que pareciere que yo debo a la cofradía”.



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