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jueves, 16 de abril de 2026

CUENTOS RURALES DE LA COMARCA DE ALCALÁ LA REAL (II)

 

                                                                                                 CUENTOS RURALES DE LA COMARCA DE ALCALÁ LA REAL (II)

 

Fiestas ´2008´ Asociación de Vecinos “Huerta de Capuchinos de Alcalá la Real

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

LA RECUPERACIÓN DEL FOLKLORE ALCALAÍNO.

I..Los cuentos

Intentamos recuperar todo el folklore, que nos llegue a nuestras manos. Estamos prácticamente en los últimos momentos de recuperación. No obstante, algunos restos todavía en nuestra zona rural  por parte de personas mayores de la tercera edad  y los abuelos de nuestros alumnos nos lo han proporcionado.

Lo hemos realizado, ya en otras ediciones del barrio de San Juan , y ahora continuamos con esta nueva serie de cuentos, que aumentan  el elenco de nuestro acervo cultural. En este libreto, el informante ha sido Sixto Arroyo Léon, una persona de una gran facilidad narrativa y conocedora del entorno rural de La Pedriza. A pesar de ser  octogenario, rebosa una extraordinaria simpatía, y memoria descriptiva. También canta canciones de Carnaval, chirigotas y comparsas. Describe hechos importantes de nuestra Guerra Civil. Y, por encima de todo nos ha relatado estos cuentos muy ingeniosos que les hemos puesto forma, ilustraciones y algunos contenidos.

Continuaremos lo iniciado en otros años. Queremos completar el Cancionero Relatos y Leyendas.

 




















 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS PELLEJOS DE MIEL

 

Había un pueblo en un paso muy frecuentado por los transeúntes,  el cual ofrecía mucho ambiente por las personas que transitaban por aquellos lugares. Junto al camino principal, se encontraba una posada, a la vez, parada de postas, donde muchos arrieros y viajeros solían acercarse.

Cierto día, con la caída del sol, se acercaron varias  caballerías que pusieron el cartel de completo  a su alojamiento. Pero, al anochecer, el posadero recibió una visita imprevista. Llegaron a su posada unas recuas de cuatro asnos con dos arrieros de preocupante aspecto.

 

Estos le dijeron al posadero.

 

-¿Tiene usted, posadero, sitio para pernoctar hoy?

-No lo tengo, ni para vosotros ni para los animales.

 

Los arrieros se quedaron aturdidos, pues portaban, en sus acémilas, unas cargas de pellejos con miel de caña, que traían de las costas del  Mediterráneo hacia el interior de Andalucía.

 

 -¿Qué haremos con nuestros pellejos de miel? Se nos derretirá la miel si los dejamos a la intemperie. No los robarán, ¿ dónde podremos dormir y guardarlos? Le espetaron los caballeros.

 

Entonces les contestó muy amablemente  el posadero

 

-No me queda más remedio que aconsejarles que pidan un favor.

-¿A quienes?

-A los señores de enfrente de  su posada, para que les permita guardar los  pellejos.

 

Inmediatamente, los dos arrieros cruzaron el camino carretero y tocaron con sus puños  la puerta.

 

-¡Pon!,.¡ Pon!, ¡pon!.

-¿Quien es?

-Paz., unos arrieros de  la posada

 

Salió el señor de la casa a la puerta e, inmediatamente, le saludaron muy  efusivamente los arrieros.

 

-Señor, perdone, que le molestemos. Pero tenemos un gran problema. La posada esta repleta de gente, y no podemos dejar en la calle parte de nuestra carga, al menos lo más valioso, al resguardo de bandoleros, ladrones  y bandidos.

 

¿Qué son, señores?

-Cuatro pellejos de miel de caña.

 

El señor, un poco desconfiado, y acordándose de los reparos de su señora con cualquier cosa  o persona extraña, les dijo:

 

-Me es imposible. No tengo dónde colocarlas.

 

Apenados, se despidieron los dos arrieros. El señor se lo comunica a su señora, y ambos quedaron sumidos en un gran remordimiento. Pero, la señora arrepentida los llamó desde el la ventana en el momento en el que cruzaban el camino.

 

-: Vengan. Vengan. Tráiganlos lo más pronto posible,  y colóquenlos bajo la despensa de  la  escalera..

 

Los dos señores se pusieron a comer y, en medio de la cena,  comenzaron a preguntarse por aquellos objetos extraños, y de tan grandes dimensiones. No se hacían sino  preguntas, repreguntas, envueltas en una nube de temores encubiertos por si encerraran algunos monstruos espantosos o reptiles, que se despertaran en la oscuridad de la noche. Además, nos le gustó en modo alguno el aspecto de  aquellos arrieros y, menos aún, que no concordaban su recua de asnos con la de  los pellejos y arrieros. Dos pellejos, dos arrieros y cuatro  asnos. Por eso, ordenaron a sus criadas a que se mantuvieran despiertas durante toda aquella noche y estuvieran alertas ante cualquier incidencia que pudieran escuchar o percibir `proveniente de aquellos sacos o del exterior de la casa.

 

-No os marcháis, debéis quedaros vigilantes en las mecedoras del portal, con un ojo puesto en la chimenea y otro en la despensa.

-¿Por qué?

-Debéis vigilar, sobre todo, esos pellejos, que están llenos de miel, y son muy valiosos, según me han contado sus amos.

       Las criadas no sabían cómo pasar las horas. Ya se levantaban, ya  avivaban la lumbre con el soplador. Y las horas no pasaban. A eso de las una de la noche, les entraron unas ganas enormes de comer. Y, se dispusieron a preparar unas gachas. Nos falta la azúcar que la tiene guardada  la señora en el arca de las tres llaves.

 

-¿Para qué? ¡Con lo ricas que están con miel!

 -Ni, a adrede, hubiéramos tenido un mejor regalo.

 

Colocaron los trébedes en el fogón, y una sartén mediana. Le echaron el agua, el aceite y la harina, y con un enorme cucharón comenzaron a darles vueltas. Estaban ya a punto de sacar un plato, cuando una le dice a la otra.

-Muy herméticos están los pellejos para poder sacar la miel, ¿Cómo los podremos desatar? Tienen nudos miles y de los tipos más extraños. Además, podría derramarse, si consiguiéramos desatarlos.

 

-Y si  inventamos otro modo de  sacarla.

-¿Cual?

-Toma una aguja de coser sacos, lo más gorda posible. Pincha uno de ellos, y coloca un jarro debajo del agujero,  desde donde recojas el rico líquido.

 

Así lo hicieron. Una sujetó la piel del saco mediante un pellizco en la parte alta  del pellejo. La otra, con gran fuerza, lo pinchó.

Desde dentro, inmediatamente salió un sonido agudo que se mezcló con el rasguillo de la aguja en el pellejo.

 

- ¡Ay! Cuidado, que me habéis pinchado en la frente.

       

Mientras se retorcía el furtivo ladrón, encerrado en el pellejo pinchado, las dos criadas sacaron la aguja, y, de nuevo, volvieron a pinchar el otro pellejo. El hundimiento de la aguja fue más suave y no tan duro como en el anterior pellejo.

 

- ¡Ay! Ten más cuidado que me has pinchado en un ojo.

 

Cierran la despensa. Espantadas, pero, ufanas por su aventura, subieron a los cuartos del primer piso de la casona. Y golpearon la puerta del dormitorio de los señores.

-Ama. Amo, bajad a la despensa, los pellejos no son de miel, son dos ladrones, que nos querían robar.

 

Ya no pudieron dormir más.  El ama abrió el arca y dio varias cucharadas de azúcar para las gachas. Y, el amo se colocó con una escopeta apuntando hacia la despensa.
Al amanecer, la señora se dirigió hacia las dependencias Justicia. Esta le envió unos ministros del alguacil, que detuvieran a los ladrones.

- ¿Estos son los ladrones?

-Sí, dos están dentro del pellejo. Pero aquellos dos están dormidos fuera esperando la llamada. También son dos ladrones.

 

Los detuvieron a todos, de improviso a los dos de la calle y a los del pellejo en su caldo.

Las criadas comentaban que, aquella noche, las gachas tuvieron sabor agridulce. Pero, aún así, se las comieron.

 

FIN 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CABEZA DE AJOS

 

Había un matrimonio que no tenía hijos, y la mujer le decía a su marido:

 

-Hay que ver la mala suerte que nos ha tocado. Llevamos tantos años de matrimonio y no tenemos hijos. Le voy a pedir a Dios que nos conceda un hijo, aunque sea del tamaño de una cabeza de ajos.

        

Pasó el tiempo, y la mujer se quedó embarazada. Pero, después, alumbró un hijo tal como ella había pedido tan pequeño y pequeño como una cabecita de ajos.

       

Ya, aquel matrimonio convertido en una familia y sus miembros en padre, madre e hijo, estaban tan alegres que no cabían en su cuerpo. Se decían entre ellos. “¡Más alegría no podía haber para nadie en el mundo! En esto que dijo, el marido a la mujer:

       

-Mira, mujer, tengo unas ganas enormes de que pasen los años y se haga mayor, para que me lleve la merienda al campo.

       

Y llegó el día, en el que le dijo el hijo a su padre:

       

-Papa, papa, mañana te voy a llevar la merienda.

       

-No, hijo mío, todavía eres muy pequeño- Le contestaba la madre.

Ella, por su pequeña estatura, pensaba que no había crecido todavía y le animaba diciendo que ya llegaría el día que se la llevaría a su padre cuando creciera.

       

Llegó el día y la madre le dijo:

 

-Apareja el burro, hijo mío.

 

Mientras lo aparejaba, la madre no hacía sino pensar y darle vueltas a la cabeza para dilucidar dónde pondría a su hijo, que todavía era tan pequeño como había nacido. Al final, resolvió sus dudas

 

-Ya lo sé. Lo pongo en la oreja del burro.

 

Y así lo hizo.

 

El niño emprendió el camino en dirección al campo, donde laboraba su padre. A mitad del trayecto, se cruzó con unos arrieros. Muy extrañados por encontrarse un burro sin amo, conversaron y se hicieron varias preguntas entre ellos ante tan insólito caso. Y uno le dijo a otro:

 

- Este burro va sólo.

       

Le contestó el niño desde la oreja del burro sin apenas notarse la voz, y uno de los arrieros le dijo al otro:

       

-No va sólo, va acompañado.

 

         Entonces el burro le respondió por medio de la voz del niño escondido en la oreja:

       

-Voy yo aquí.

 

  Para que no se lo llevaran, el burro comenzó a rebuznar y hacerse notar al padre que se hallaba segando a la vista de ellos.

       

Y el niño, con su tímida voz, vociferaba:

       

-Papa, papa, que voy para allá a traerte la comida. 

 

Y se dirigió adonde el padre amontonaba los haces de trigo. Al verlos, le entró una enorme alegría al padre., a lo que el hijo le espetó diciendo:

-Papa, ya estoy aquí contigo. Me ha mandado madre para traerte este potaje calentito.

 

A pesar de los sudores por la frente que al padre le cegaban los ojos, sin embargo, tuvo la mente clara para ponerlo a descansar al niño. Y lo hizo encima de un manojo de espigas no fuera que lo pisara el burro. Pero con tal mala suerte que en un descuido el burro no lo vio y al comerse tan rico alimento se tragó al niño y al manojo de espigas.

 

Roto por completo el padre, comenzó a llorar. No comprendía cómo había tenido tan poco juicio para poner este suculento manjar al alcance del burro. Le daba vueltas a su cabeza, mientras regresaba a su casa sin saber cómo comunicárselo a su mujer:

 

Esta, al enterarse, le increpó, pero inmediatamente se abrazó a su esposo y convirtieron la casa en un valle de lágrimas. Mas un rayo de esperanza le vino a la mente:

 

-Metamos el burro en uno de los cuartos de la casa, limpio y con buena luz. Tal como el burro va haciendo sus necesidades, nosotros vamos deshaciendo los excrementos

       

Durmieron la primera noche con el burro, y no hallaron nada. Pero llegó la segunda noche y de uno de estos se escuchó una voz:

 

-Papa y mama, he estado recorriendo calles y callejuelas. Con unos ruidos enormes.

 

Y, sano y salvo se volvió a unirse a sus padres que llenos de alegría lo lavaron con aguas mezcladas de espliego, tomillo y matas de lavanda 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  MARIA LA PELLEJUELA

 

Érase una vez un reino, en el que había muchas necesidades y pobreza, principalmente para una familia, a la que se acumulaba la falta de trabajo entre sus miembros.

El matrimonio había tenido muchos hijos, y, entre ellos, destacaba una joven, de nombre María y por cierto muy guapa, que andaba buscando trabajo por todos los rincones del reino para paliar el hambre de sus padres y hermanos.

Llegó a una casa pidiendo trabajar y la negativa fue la respuesta a sus ansias de trabajar. Llegó a otra puerta, y tan sólo le informaron que la reina del País, trataba de encontrar una trabajadora para su Corte.

Ni corta ni perezosa, emprendió el camino hacia la capital del reino, y alcanzó las puertas del palacio. Tocó el aldabón de la puerta, y una trabajadora palaciega le abrió ante sus reiteradas llamadas: Al instante se dirigió a María y le preguntó.

- ¿Qué quieres?

-Busco trabajo. Contestó angustiada María.

-Espera un momento, que se lo voy a comunicar a mi Majestad

Tras pasar el patio de armas, se adentró a la torre del Homenaje, y una vez pedidos los permisos y los plácets de cortesía, la trabajadora se dirigió al monarca.

-Ha llegado una joven buscando trabajo, la dama que estamos esperando contratar.

El rey miró a la reina, y ambos, casi al unísono, le espetan a la sierva que llame a la joven y le acompañe ante su presencia.

-Entra, joven. Te reclaman los reyes.

 

Al instante, se presentan en la antesala de Embajadores, donde los Reyes aparecían sentados en dos grandes sillones, tapizados de tafetán carmesí con las armas reales. La joven María se postró ante sus pies. E, inmediatamente, la reina le preguntó 

- ¿Cómo te llamas? 

-María, y muchos me apodan la Pellejuela, Majestad.

- ¿Qué apellido más extraño! No lo he oído en ninguno de mis súbditos del reino.

-No, Majestad, no es un mote ni apodo. Me lo dicen, porque yo sólo visto con pellejos.

Muy contrariada la reina, le espetó con estas palabras.

- ¡Difícil te veo que quedes entre nosotros! Pues mi hijo le encanta y es su manía que todos los sirvientes y damas de la corte vayan bien vestidos con sedas, tafetanes y damascos.

Al instante, María, le contestó:

-No se preocupe, Majestad. Ya me las ingeniaré para no me vea con estos vestidos de pellejo.

Ante tan buena disposición, los reyes consintieron contratar sus servicios y, provisionalmente, ponerla a trabajar.

No se equivocaron los monarcas, pues era muy hacendosa y limpia de tal modo que todos estaban muy contentos de todas sus labores.

Por casualidad, en aquellas fiestas se celebraban unas fiestas con motivo del aniversario de la entronización de los monarcas. Se realizaron, por la mañana, los tradicionales toques de campanas y, entre los campesinos del lugar, algunos tiros de patos, juegos de esgrima y del árbol, en el que trataban de subir un palo coronado con cintas de colores. Por la tarde, se preparó un sarao, al que acudieron varios juglares con su vihuela, carrañaca y algunos instrumentos de percusión.

Los reyes ocultaron a María en un cuarto del palacio para no encolerizar al príncipe. Pero, compadecidos se acercaron a la hora del mediodía, a verla. María le dijo a la Reina:

-Anda, déjame, que vaya al baile.

-No puede ser. María. Con esa ropa, me es imposible que te permita acompañarnos.

-Bueno, me cambio, y me pongo otra.

Tras unos momentos de duda, los reyes consintieron que María acudiera a la fiesta del baile.

Cuando se presentó en el salón ante todos los cortesanos y amigos de los reyes, causó una gran sorpresa. No se lo podían imaginar. Pero, el príncipe, que no la había visto anteriormente, quedó totalmente prendado de la belleza de María.  Y le pidió que bailara con él.

-Eres la joven, más guapa que he conocido ¿quieres bailar conmigo?

-Cuando quieras, Príncipe.

Se pusieron a bailar, sin separarse las miradas uno de otro, pero sobre todo el hijo de la reina andaba encandilado. En medio de romances de amor y acompañados de la percusión de panderos y de repiqueteos de castañuelas y ginebrinas, el joven príncipe le declaró el amor a María.

- ¿Quieres casarte conmigo?

-Yo, todavía, no tengo la edad de que nadie me pretenda. No me ha llegado la hora de tener relaciones con ahombre alguno Contestó muy tímida María.   

-Pero, yo soy un príncipe, y, para mi no hay leyes ni impedimento alguno apara tener relaciones amorosas contigo.

-No puedo, no puedo, ni mis padres, ni tus padres lo permitirían….

-Toma esta sortija, le dijo el príncipe.

Terminó la fiesta y ambos se separaron del salón. María se adentró en las alcobas del tercer piso y, durante aquella noche, durmió el sueño más encantador que podía haber imaginado. El joven príncipe se dirigió a la sala de la reina, donde le comentó todo lo que había acontecido durante la fiesta.

-Madre, he visto a la mujer, más guapa del mundo y me he enamorado de ella.

Mientras hablaba le vinieron un dolor fuerte de cabeza y unos sudores que no podía resistir.

-Madre, me muero, me acuesto. No puedo más.

Se costó y le acompañaba dos damas, que comunicaban todas las novedades a la madre. Esta angustiada por la enfermedad repentina llamó al físico del palacio y le aconsejó que le preparó una serie de pócimas para que se restableciera de aquel angustioso estado. Ni el vapor de los eucaliptos ni las toallas de agua fría les cortaban los ríos de sudor.

Por la tarde del día siguiente, el joven príncipe empeoró. No hubo más remedio que requerir los servicios de un médico muy famoso del condado limítrofe, le analizó la orina y le miró muy atentamente los ojos. Y le aplicó unas medicinas con sustancias específicas para casos extremos, no sintió tampoco alivio. A la reina no le quedó más remedio que buscar al más famoso de otro cercano ducado, aunque era de sus adversarios. Pero todo lo hacían por su hijo.

Le diagnosticó de la siguiente manera:

-Majestad, su hijo sufre depresión. Por eso, no quiere comer, malos espíritus y la melancolía han entrado en su cuerpo. Enfermedades muy difíciles de curación.

Al instante, la madre reina encargó a sus damas, para que acudieran al convento y le prepararan unas tortas a su hijo. Pues era lo único que se le metía por los ojos cuando se enfadaba. Volvieron y se las entregaron en una bandeja La reina se las dio de comer al hijo

Entre las damas estaba María presenciando la triste escena, no podía callar más y se dirigió a su reina.

-No se las come, Majestad, ¿Quiere que yo le haga una torta?  

-Si no se ha comido la de las monjas con lo que le gustaban. Lo va a hacer con las tuyas.

-Déjeme, que lo intente. Puede ser que cambie de opinión.

La reina que no veía salida alguna, lo consintió. María la preparó, metiendo en medio la sortija que le había entregado durante el baile como prenda de amor.

Pronto, sacó del horno la torta y se la entregó a la reina. Esta se la entregó a su hijo sin conocer el misterio que tenía encerrado ni las declaraciones de amor.

-Toma, hijo, esta torta, mira qué buen aspecto presenta.  

Entraron madre e hijo en una discusión, por la negativa del segundo a comérsela, en un tira y afloja, la torta se partió en dos y el Príncipe percibió en su interior el brillo de su sortija.

-Mamá, mamá, ¿Quien ha hecho y traído esta torta?

La madre, creyendo que alteraría el +animo de su hijo la entrada de la Pellejuela, le contestó:

-Han sido las monjas, ¡Cómo van a venir, si no pueden salir del convento!

-Madre, tienen que venir.

 

No pudiendo resistir más, la madre llamó a María, la Pellejuela. Y le hizo entrar en el dormitorio del Príncipe. Este, al contemplar de nuevo, se levantó de la cama, completamente restablecido de la enfermedad, dirigiéndose a su madre:

 

 -Esta es la mujer que yo quiero, yo me casaré con ella

 

 

 

Y, así aconteció. Se casaron y fueron muy felices y este cuento se acabó.

       

 

 

                         FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CURA, EL AMO, LA MUJER Y EL CRIADO

 

Había dos parcelas de tierra que lindaban, una con la otra. Una era de un padre cura, y la otra de un afamado labrador.  Tenía la familia un criado, de nombre Pedro, que se dedicaba a todas las labores de labranza de su cortijo. En otoño, las labores de la vendimia, siembra y yunta; en invierno, la aceituna, en primavera, la escarda, y en verano la siega y la era.

La señora del cortijo, por cierto, era muy religiosa y mantenía muy buenas relaciones de vecindad con el padre cura de la aldea. Pues le invitaba a compartir la mesa con asiduidad en su casa.

Cierto día, la señora mató un pavo y le invitó a comer al cura.

En otra ocasión, mató un gallo. Y, no fiándose del criado, le dijo a su marido.

-He matado un gallo. ¿Porqué no vas a invitar al padre cura para que venga a comer con nosotros? Ahora, está trabajando con su yunta en el campo. No me fío de Pedro que no es buen mandadero-

Le respondió el marido:

-Yo no voy, que no tengo ganas de andar.

Se dirigió a donde estaba el criado y le dijo:

-Te ruego que vayas al campo del padre cura, y le dices que se venga a comer con la familia., 

Ni corto ni perezoso, le asintió con la cabeza. Pero primero subió a una cámara, donde rellenó todos sus bolsillos con nueces. Después, marcho hacia la finca del cura. Cuando se acercaba a la besana que el cura faenaba, iba soltando nueces. Por fin se colocó delante su presencia y le dijo:

-Padre, me ha dicho mi amo que pronto llegará y lo apedreará.

        Pedro salió presuroso en dirección al cortijo del amo y llegó ante la señora, a la que le dice:

        -El cura no tiene ganas de comer.

Contrariada la mujer, le dijo a su marido:

-Anda, ve y le dices al cura que le he preparado el gallo para él. Anda, insístele. 

El marido, cuando se acercaba al cura, comenzó a coger las nueces, que había soltado su criado Pedro. Al verlo el cura en posición de tomar las piedras del suelo, por lo bajo gritó:

-Este ya viene a matarme a peñonzazos. Era verdad lo que me dijo Pedro.

Salió corriendo, y no miraba al amo. Cayó varias veces tropezando con los terrones, Pero no desistía.

El marido le gritaba:

- ¿Adónde va usted? ¡Que mi mujer me ha dicho que se venga a comer un gallo! No corras, ven con nosotros.

Pero, el cura, no escuchaba, sino que, a las voces de “te ...a comer”, más aceleraba el paso y más corría.

- “Cosas de Pedro”. Con razón mi esposa no lo quería de mandadero.

 

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                         FIN

 

 

 

 

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