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martes, 1 de septiembre de 2026

RELATOS DE VERANO DE LA SIERRA SUR


 



 

    El verano invita a la lectura evasiva de relatos de otros tiempos. Acercarse a un archivo y recoger un libro de documentos  notariales es un gozo para palpar  vivencias de otros tiempos tan distantes y tan dispares en criterios morales y en veredictos judiciales. Este escribano reside  en la calle Real de la ciudad de la Mota. Le toca aquel día ordenar las baldas de la estantería.  Y comienza por  los legajos según fechas.

Mira  un auto  de  1773 .  Hojea un crimen acontecido en la noche de 29 de julio del mismo año, en Castillo de Locubín, donde se dio muerte a Manuel Cantero por parte de Francisco de los Santos Contreras e intervino en el crimen también Pedro José de Sevilla y Vega, que estaba en la cárcel. Benito de Ocaña salvó a todo con la fianza un  mes después. Dinero en mano, todo en llano. Hasta un asesinato.  Sube la escalera y  López Nieto se centra en sección judicial, recogiendo este crimen familiar.

 

El crimen de los del Sol. la España cainita.

 

En seis de junio de 1775, se presentó en su escribanía, Fernando Cano de Sol y dijo que su hermano Lorenzo junto con su sobrino Manuel mataron a su hijo soltero Félix.  Los apresaron al ser acusados de muerte violenta y llevaron a la Cárcel Real de la Tejuela donde permaneció hasta 1774.  El Rey Carlos IIII había promovido un indulto a todos los presos salvo los que aparecían excluidos en la cédula real porque le había nacido una hija en las mejores circunstancias, en concreto Carlota Joaquina, el 25 de abril de 1775, futura esposa del rey   Juan VI de Portugal. 

Fernando del Sol, movido por el perdón y por el largo tiempo que los había mantenido entre rejas, permitió que se llevara a cabo la petición de indulto, al mismo tiempo que retiró todos los cargos con los reos. Además, añadía el atenuante posterior a los hechos, de que seguían con una gran amistad entre ellos, y, por esta razón, dio lugar a que se relajaran las normas de respeto y se permitieran entre ellos la injuria y la ofensa, lo que los llevó  por la pasión a matar al hijo.

Con estas alegaciones, el padre del muerto eximía a los culpables para indultarlos. Se santiguó, entregó el documento a los hijos para que acudieran a la justicia y los perdonaran por el parto de la Princesa de Asturias. Y el escribano pensó:
“Más vale una buena capa que ciento en el estrado.»

 

Una historia de perjuros

Con motivo de la reforma agrícola de Carlos III, se repartieron muchas tierras de la Sierra Sur entre los colonos. El rey estaba esperanzado de que la nación prosperaría con los nuevos propietarios y campesinos, por otro lado, los nuevos labradores se afanaban en romper montes quitando encinas y el monte bajo. Pero no se reflejaba la política real  en  buenas intenciones. sino que muchos aprovecharon cabezadas de fincas y sitios comunales para añadir a las nuevas tierras. Era un desastre total; no podían los ministros de la justicia parar aquel atropello ecológico a la naturaleza. Por las sierras castilleras, se repartieron varias tierras a colonos de la villa y estos, como muchos otros, se excedieron en sus propiedades dando lugar a que interviniera la justicia. Destacaron muchas personas, pero cogieron con la mano en la masa a dos personas. El corregidor llamó por testigos al escribano don Antonio Gutiérrez,  y Ana Iñigo mujer de Emeterio de Paradyso. Pero el asunto se complicó, porque llevó ante el juez a Cristóbal de Abril, Pedro Aguayo, Juan Carrillo, Cristóbal Marcelino Pérez, Francisco Javita Hidalgo, Manuel Pérez  el mayor y el menor. Fueron sobornados por aquellas personas que les prometieron las primeras pagas de las rentas de sus fincas  y, al ponerse el escribano a redactar el auto,  desistieron de las dos  anteriores acusaciones  por haber recibido sobornos. No tuvo el juez más remedio que llevar a los sobornados a la cárcel  y permanecían entre rejas, cuando el pregonero  anunciaba que se celebraba una misa de rogativa  por el parto de la  Reina y que le  iban a dar un indulto general.

El escribano recita en voz alta a Quevedo: 

Que pues doblón o sencillo/
hace todo cuanto quiero/,
poderoso caballero
es don Dinero.

 Topa con el libro encuadernado  de 1775 y lee en el índice Francisco Merino. Y resume esta leyenda.


Historia del fraile secularizado Francisco Merino

 

         








Esta escritura huele a barco del Mediterráneo, está húmeda. La firma Francisco Merino. Rebusca entre sus papeles: en los libros de notarios no hay nada, en libros de Cámara Eclesiástica, tampoco; acude a las cofradías y  tampoco, ni en las parroquias menos aún. No me queda   más remedio que ir a los conventos, y mira por donde en el Convento de la Venerable Orden Tercera encuentra a fray Francisco Merino. Pero, con una anotación al margen del Libro de entrada, se había  secularizado del monasterio  franciscano  de Nuestra Señora de Consolación. Francisco se fue del convento y, en aquella sociedad hostil a  todo lo que significa a la palabra dada, no se veían con buenos ojos que un cura se hiciera un seglar. Movió Troya con   Roma para que el papa le diera los papeles, viajó por muchos rincones del  Reino de España. Quiso hacerse soldado, tampoco lo admitían.  No tuvo más remedio que en 1775 acudir a un poder ante el capitán coronel de la Milicias Urbanas de Mallorca, para que su hermano lo avalase y le concediera las propiedades que tuviera en Alcalá la Real.  Su hermano se compadeció de él, pues tenía detenida la secularización  desde 1572  el papa Clemente X . Hizo  miles de gestiones para vender sus tierras. Lo consiguió. Pero, envió el dinero  y no supo nunca el resultado de su gestión.

Y exclamó el escribano:

Es Galán y es como un oro,
tiene quebrado el color;
persona de gran valor
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Y lo que más le llamó la atención fue un aborto, nada menos en  26 de febrero de 1796.  Pues se presentó ante su escribanía Miguel Sánchez, vecino del Castillo, como tutor y padre de su hija de María Sánchez. Hacía siete años, se había querellado ante el corregidor contra Francisco Rosales y su mujer María Muñoz. Lo acusaba del estupro que cometió Rosales con su hija, ya que había resultado embarazada y había procurado el aborto dándole varias bebidas. Estos huyeron al ser condenados; y no se encontró su paradero ni en Martos ni Alcaudete ni en otros pueblos donde se les mandaron edictos para que les prendieran y encarcelaran. Pasó un año y tampoco se encontraron ni embargaron sus bienes. Finalmente, Miguel Sánchez pidió audiencia y  el corregidor don José de Oliveras y Carbonell les dijo que acudía para pedir  perdón para Francisco Rosales y su mujer,  por  el embargo de los bienes por haber provocado un aborto. Y se hicieron ciertas estos versos:

 

Nunca vi damas ingratas
a su gusto y afición,
que a las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y, pues les hace bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

 

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