El verano invita a la
lectura evasiva de relatos de otros tiempos. Acercarse a un archivo y recoger
un libro de documentos notariales es un
gozo para palpar vivencias de otros
tiempos tan distantes y tan dispares en criterios morales y en veredictos
judiciales. Este escribano reside en la
calle Real de la ciudad de la Mota. Le toca aquel día ordenar las baldas de la
estantería. Y comienza por los
legajos según fechas.
Mira un
auto de 1773 . Hojea un
crimen acontecido en la noche de 29 de julio del mismo año, en Castillo de
Locubín, donde se dio muerte a Manuel Cantero por parte de Francisco de los
Santos Contreras e intervino en el crimen también Pedro José de Sevilla y Vega,
que estaba en la cárcel. Benito de Ocaña salvó a todo con la fianza un mes después. Dinero en mano, todo en llano.
Hasta un asesinato. Sube la escalera y
López Nieto se centra en sección judicial, recogiendo este crimen familiar.
El crimen de los del Sol. la España cainita.
En seis de
junio de 1775, se presentó en su escribanía, Fernando Cano de Sol y dijo
que su hermano Lorenzo junto con su sobrino Manuel mataron a su hijo soltero
Félix. Los apresaron al ser acusados de muerte violenta y llevaron a la Cárcel Real de la Tejuela
donde permaneció hasta 1774. El Rey
Carlos IIII había promovido un indulto a todos los presos salvo los que
aparecían excluidos en la cédula real porque le había nacido una hija en
las mejores circunstancias, en concreto Carlota Joaquina, el 25 de
abril de 1775, futura esposa del rey Juan
VI de Portugal.
Fernando del
Sol, movido por el perdón y por el largo tiempo que los había
mantenido entre rejas, permitió que se llevara a cabo la petición de indulto,
al mismo tiempo que retiró todos los cargos con los reos. Además, añadía el
atenuante posterior a los hechos, de que seguían con una gran amistad entre
ellos, y, por esta razón, dio lugar a que se relajaran las normas de
respeto y se permitieran entre ellos la injuria y la ofensa, lo que los llevó
por la pasión a matar al hijo.
Con estas
alegaciones, el padre del muerto eximía a los culpables para indultarlos. Se
santiguó, entregó el documento a los hijos para que acudieran a la justicia y
los perdonaran por el parto de la Princesa de Asturias. Y el
escribano pensó:
“Más vale una buena capa que ciento en el estrado.»
Una historia
de perjuros
Con motivo de la reforma
agrícola de Carlos III, se repartieron muchas tierras de la Sierra Sur
entre los colonos. El rey estaba esperanzado de que la nación prosperaría con
los nuevos propietarios y campesinos, por otro lado, los nuevos labradores se
afanaban en romper montes quitando encinas y el monte bajo. Pero no se
reflejaba la política real en buenas intenciones. sino que muchos
aprovecharon cabezadas de fincas y sitios comunales para añadir a las nuevas
tierras. Era un desastre total; no podían los ministros de la justicia parar
aquel atropello ecológico a la naturaleza. Por las sierras castilleras, se
repartieron varias tierras a colonos de la villa y estos, como muchos otros, se
excedieron en sus propiedades dando lugar a que interviniera la justicia.
Destacaron muchas personas, pero cogieron con la mano en la masa a dos
personas. El corregidor llamó por testigos al escribano don Antonio
Gutiérrez, y Ana Iñigo mujer de Emeterio
de Paradyso. Pero el asunto se complicó, porque llevó ante el juez a Cristóbal
de Abril, Pedro Aguayo, Juan Carrillo, Cristóbal Marcelino Pérez, Francisco
Javita Hidalgo, Manuel Pérez el mayor y el menor. Fueron sobornados por
aquellas personas que les prometieron las primeras pagas de las rentas de sus
fincas y, al ponerse el escribano a redactar el auto, desistieron
de las dos anteriores acusaciones
por haber recibido sobornos. No tuvo el juez más remedio que llevar a
los sobornados a la cárcel y permanecían entre rejas, cuando el
pregonero anunciaba que se celebraba una misa de rogativa por el
parto de la Reina y que le iban a
dar un indulto general.
El escribano
recita en voz alta a Quevedo:
Que pues doblón o sencillo/
hace todo
cuanto quiero/,
poderoso
caballero
es don
Dinero.
Topa con el libro
encuadernado de 1775 y lee en el índice Francisco Merino. Y resume esta
leyenda.
Historia del fraile secularizado Francisco Merino
Esta escritura huele a barco del Mediterráneo, está húmeda. La firma Francisco Merino. Rebusca entre sus papeles: en los libros de notarios no hay nada, en libros de Cámara Eclesiástica, tampoco; acude a las cofradías y tampoco, ni en las parroquias menos aún. No me queda más remedio que ir a los conventos, y mira por donde en el Convento de la Venerable Orden Tercera encuentra a fray Francisco Merino. Pero, con una anotación al margen del Libro de entrada, se había secularizado del monasterio franciscano de Nuestra Señora de Consolación. Francisco se fue del convento y, en aquella sociedad hostil a todo lo que significa a la palabra dada, no se veían con buenos ojos que un cura se hiciera un seglar. Movió Troya con Roma para que el papa le diera los papeles, viajó por muchos rincones del Reino de España. Quiso hacerse soldado, tampoco lo admitían. No tuvo más remedio que en 1775 acudir a un poder ante el capitán coronel de la Milicias Urbanas de Mallorca, para que su hermano lo avalase y le concediera las propiedades que tuviera en Alcalá la Real. Su hermano se compadeció de él, pues tenía detenida la secularización desde 1572 el papa Clemente X . Hizo miles de gestiones para vender sus tierras. Lo consiguió. Pero, envió el dinero y no supo nunca el resultado de su gestión.
Y exclamó el
escribano:
Es Galán y es
como un oro,
tiene
quebrado el color;
persona de
gran valor
tan
cristiano como moro;
pues que da
y quita el decoro
y quebranta
cualquier fuero,
poderoso
caballero
es don
Dinero.
Y lo que más le llamó la atención
fue un aborto, nada menos en 26 de
febrero de 1796. Pues se presentó ante su escribanía Miguel Sánchez,
vecino del Castillo, como tutor y padre de su hija de María Sánchez. Hacía
siete años, se había querellado ante el corregidor contra Francisco
Rosales y su mujer María Muñoz. Lo acusaba del estupro que cometió Rosales con
su hija, ya que había resultado embarazada y había procurado el aborto dándole
varias bebidas. Estos huyeron al ser condenados; y no se encontró su
paradero ni en Martos ni Alcaudete ni en otros pueblos donde se les
mandaron edictos para que les prendieran y encarcelaran. Pasó un año y tampoco
se encontraron ni embargaron sus bienes. Finalmente, Miguel Sánchez pidió
audiencia y el corregidor don José de Oliveras y Carbonell les dijo que acudía
para pedir perdón para Francisco Rosales y su mujer, por el
embargo de los bienes por haber provocado un aborto. Y se hicieron ciertas
estos versos:
Nunca
vi damas ingratas
a su gusto y
afición,
que a las
caras de un doblón
hacen sus
caras baratas;
y, pues les
hace bravatas
desde una
bolsa de cuero,
poderoso
caballero
es don
Dinero.



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