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jueves, 27 de febrero de 2020

RELATOS RURALES DE LA SIERRA SUR



El abad don Esteban Mendoza y Gatica subía los peldaños de la escalera del Palacio Abacial. Se sentía muy satisfecho de la obra que había costeado y venía rodeado de varios miembros de su curia para celebrar un banquete entre el clero de su territorio, Entre ellos, un peldaño más abajo seguía el cura castillero Anguita, gesticulaba y alzaba la voz, como si quisiera hacerse escuchar o, al menos, que le prestara cubierta atención el señor abad. No se entendía bien, pero hablaban de unas tierras a medio cultivar, porque la zona que acercaba al monte, no se habían roturado allá por los últimos años de los ochenta del siglo XVIII. Al escuchar el abad la palabra de Coscoja, le preguntó a su vicario:
-¿Has escuchado?, parece que Anguita debe tener un pleito con los Coscojares.
-Otra vez, estos cortijos, el alto y el bajo, presentan litigio entre sus propietarios.
-No, mi señor abad, se refieren a los Coscojares del Castillo de Locubín,
Ascendieron a los corredores altos y entraron a la habitación cuadrada, amplia, lugar de recepciones, y equipada para el banquete. El abad comenzó a entablar varias conversaciones con los miembros de su curia. Le preguntaba sobre la situación de las tercias al juez de Rentas; al notario apostólico le preguntaba sobre los conflictos que mantenía con las hermandades de los rostrillos y sayones.  En torno a la mesa, se sentaron y se prepararon para el banquete que les había preparado el cocinero Casanova. Entre vino torrontés, entablaron los clérigos varias conservaciones. Pero los Coscoojares, de nuevo, salieron a colación de los presentes. 
-No señor, abad, no son los Coscojales entre el camino de Priego alto y el bajo. -comentó el cura castillero.
.-Entonces, a que se refiere?
-A los Coscojares del Castillo, por la zona que llaman del Baño. 
No tenía idea el abad sobre este cortijo, que pertenecía nada menos que a un vecino de Vélez-Málaga, Diego de Carrión y Anaya. Un cortijo que administraba el regidor José Benavides, un vecino castillero que se había enfrentado con los arrendatarios de estas tierras de labor y monte, que ocupaba más de trescientas y cincuenta fanegas. Se multiplicaba en explicaciones el cura castillero, aludiendo los caminos desde donde se podía acceder. Si saliendo del camino del camino de la Isla al barranco de las Palomeras. Si estaba bajo las tierras de Encina Hermosa, si por la parte oriental se encontraba la Alfábila....Pero, queriendo el abad zanjar su ignorancia geográfica de la zona castillera, le increpó.
- ¿Por qué anda tan inquieto mosén Anguita?
-Vuecencia, el asunto de ser siempre. El conflicto de las rentas foráneas con los subarrendatarios, y, en medio, los mayordomos de los señores de tierras lejanas. Quieren sacar hasta la cerilla de las orejas de las familias labradoras.
-Me decías que no era este es el caso. era más complejo. Aquí, se ha llegado a un grado más bajo de subarriendo.
- ¿Cómo me dice? 
-Al colonato.
El cura Anguita no paró de hablar., Comentó el asunto hasta los últimos detalles. Desde que el mayordomo regidor acudió al corregidor para demandar a un tal Juan del Pozo, ni siquiera el labrador arrendatario. Un `personaje más bien pobre que había recibido del arrendador Manuel Castillo la casa para poder vivir y una parte de las tierras. Y con una sola yunta para poder hacer frente a los quinientos reales que el labrador pagaba de renta. El mayordomo no lo comprendía, cría que se le estaba engañando y lo llevó a la justicia. Llamó a testigos. Le desvelaron que otros más subcontratistas del Castillo Habían recibido suertes para poder salir al frente de los compromisos con el labrador. Pero Benavides quiso cortar por lo sano. Muy sencillo contrató a un nuevo arrendado, Cristóbal Collado. Lo hizo para parar el inicio de la nueva temporada, con las faenas de la siembra. Y Pozo aludió su pobreza, la buena voluntad del labrador Castillo para hacer una obra que denominaba de caridad. Desmentía y desmentía. Buscaban testigos cada uno de ellos.  Se 3echaban a la cara la incapacidad de unos para poder afrontar esta renta o las labores. Pero el juicio se cortó por lo sano. No llegó al final, no acudieron los testigos, no hubo manera de seguir el pleito y fallar en favor de uno de ellos. Se suspendió a Pozo y Castillo y entregaron las tierras al nuevo arrendador, era más fiable, prometían quitar nuevos colonos y aumentar las rentas. 
-Estos Coscojares parecen como si fueran de oro, -le dijo a Anguita el abad.
-No de oro, no, pero que hacen de oro le aseguro que sí. 


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