UN CIEGO, POETA Y MÚSICO EN LA ALCALÁ DEL SIGLO XVI
No me creía que las figuras del ciego y
el lazarillo se remontaran a tiempos tan lejanos. Había leído, en alguna
ocasión por algún crítico literario que hubo ciegos, que se acompañaban de
niños y, que incluso llegaron a formar una cofradía de ciegos en la Granada del
siglo XVI. Y, mira que, por el arte del azar, me encontré un documento que
cuadraba con todas las piezas y elementos del romance de cordel, el ciego, el
niño y el corporativismo entre estos poetas populares. Se encontraba en el
escribano Gutierre de Burgos, de Alcalá la Real, nada menos que 16 de junio de
1543. Vayamos al relato.
Se acercaba a las puertas de la tienda de la
escribanía del escribano Gutierre en la plaza Alta de la Mota, un ciego. Se
llamaba Bernardino Ramírez. No era un ciego cualquiera. Comentaban los vecinos
como si viera el sitio de la tienda de escribanía, y no tuviera dificultad
para ir a ella. Lo rodearon para darle detalles. Junto a la Puerta del
Arrabal, le indicaban que subiera las escalinatas y no topase con las tiendas
del Cabildo, y, adentrándose a la plaza Alta, le aconsejaban que no virara
hacia la parte izquierda para entrar en la Iglesia Mayor, sino que dirigiera
hacia la parte meridional, allí se ubicaban las tiendas de los escribanos: en
concreto, la tercera, junto a la torre del Gabán, era la tienda del escribano
que buscaba. Mas, un vecino más generoso, se prestó a ayudarle para evitar el
tropezón en el empedrado lleno de lagunas de arrecifado de la Plaza. Evadieron los
puestos de los comerciantes y mercaderes, a los tenderos de frutas y hortalizas
castilleros, las tiendas de pescado, y a los niños jugando a pequeños corros.
Incluso, los espaderos ensayaban posturas de combate. Se levantaban algunas
barreras para las fiestas de Santiago.
En la puerta de la
tienda, esperaban varios vecinos que se disponían a levantar contratos de
censos, compraventa y testamentos. Le preguntó uno de ellos al ciego:
- ¿No eres de esta tierra?
-No. Soy de la colación de Santa Ana de Granada, -le
respondió el ciego-, me llamo Bernardino Ramírez.
-Entre, entre, antes que nosotros, probablemente tenga
más prisa, - le dijo otro vecino.
-Dejemos que lo haga este vecino del Castillo.
Bernardino, ayer le escuché sus oraciones. Me gustaron mucho.
- Me recordaron a poetas antiguos.- Interrumpió otro vecino.
-No quiero ser el más listo, - intervino el vecino
castillero- pero me resultó muy interesante, porque no sólo compone, sino que
canta y vende pliegos de cordel.
-Aquí tengo en mi mochila unos pliegos. Si alguno
quiere, le puedo vender unas oraciones. - dijo el ciego.
-Lo que me extrañó, que no viniera acompañado de
Lazarillo.
-A eso vengo, a ver si puede encontrarlo.
Entró el castillero a la tienda del escribano y
realizó el testamento. No tardó mucho. De inmediato, los vecinos dejaron la vez
y sitio al ciego y entró a la escribanía.
-Buenos días, señor escribano.
-Para lo que usted reclame- le contestó el escribano.
- ¿Y cuál es el suyo?
- Ciego, poeta de pliego de cordel
- Y, ¿no le acompaña el lazarillo?
- Sólo, he venido desde la plaza de Santa Ana de
Granada, he pasado Puente de Pinos, me he parado en la venta de Algarra, luego
en la de Puerto Lope, y Cequia, hasta llegar a los mesones de esta
ciudad. Algo cansado, pasando por Moclín, refrescándome en los Velillos y
Palancares, y recibiendo algunos maravedíes con la venta de algún pliego. Para
colmo cargado con mis instrumentos musicales. Pues no sólo recito, sino que
canto oraciones y romances, y toco en mi acompañamiento.
-Entonces ¿domina la música?
-No toda, y la letra en el pregón y recitado.
- ¿Cuáles?
-La vihuela de arco y la de mano. También el
rabel. Y, de viento, la flauta.
-Y ¿cuál es su presencia en mi escribanía?
- Dar un poder a un vecino de Granada, (Velasco lo llaman
y es tejedor de tafetán), de la parroquia de San Andrés, para que pueda
concertar, con otro compañero de oficio, el contrato de servicio, para un
lazarillo.
-Ya lo había echado de menos- le apostilló el
escribano-, es imprescindible para su persona.
-Pero, no quiero que sea una muletilla mía. Lo quiere
dignificar. Quiero que un pariente suyo se comprometa conmigo y yo, por mi
parte, le pueda vezar las oraciones que yo sé.
-Eso, eso, ya está apuntado en el poder.
-Y aún más, aprenda a tañer a la vihuela de arco y la
de mano.
-Distingamos entre la vihuela de arco, y la
de mano.
-Muy sencillo, la, vihuela de arco
es instrumento de cuerda frotado por el arco, con un cuerpo
largo y profundo, de tres a cinco cuerdas y un clavijero que apoyo en el
pecho o en el muslo.
- Antiguo es su uso, de trovadores y juglares de hace
más de doscientos años.
-, Ahora, vayamos a la vihuela
de mano, semejante al laúd, en forma del ocho y se toca con la mano. Es un cambio total en la forma de
tocar.
-Pero
me dijo que toca también el rabel.
-Sí,
mi señor, lo aprendí entre los moriscos de Granada, muy similar a la vihuela de
arco.
-También,
he apuntado la flauta, travesera o dulce, a la que se compromete enseñar.
-Yo
no soy una capilla de música y yo me quedo con la
dulce.
- Me insiste en que quiere enseñar al niño todos estos
instrumentos y rezos.
-Vezar, mejor, mi escribano, mis oraciones
-Aquí llevo un repertorio de pliegos, muy
populares, historias sagradas,
de cuentos orientales, de epopeyas, carolingias, de libros de
caballerías, Gerineldo, Mañanitas de San Juan, de hazañas de cautivos y
de frontera.
Se
daba cuenta el escribano que estas historias y rezos se transmitían de
unos a otros y formaba como un sedimento del pueblo a través de cantos y
relatos, que consolaban a la gente, iban de boca en oído y de oído en
boca, pasaban a ser contados en las casas, eran transmitidos por estos ciegos
callejeros, en la plaza. Comprobó que eran pliegos de piel de hilo,
impresos generalmente a dos columnas y con una viñeta. Estos dibujos variaban
mucho según la época en que se imprimieron.
-Entonces, Bernardino,
estamos entre ciegos rezadores. Aquellos que recogía el Juan Ruiz, arcipreste
de Hita.
-No exactamente. pero
participo en algo. Sigo la línea de pedir al público, muy devoto y
caritativo, que me mande rezar algunas de las oraciones de mi ilimitado
repertorio. Llevo hasta cien oraciones.
Ted puedo recitar una,
recuerdo esta:
- Ayuda, fieles hermanos,
al ciego lleno de males,
¿los salmos penitenciales
si mandáis rezar, cristianos?
El
escribano terminó el documento. Puso de cláusula que el sobrino se comprometía
a estar bajo las órdenes del ciego, cuanto necesitara para vezar oraciones. Lo
firmó, buscó los testigos en la puerta y se lo entregó al ciego.
El ciego ya se veía
con un lazarillo, enseñándole coplas y oraciones, romances y relatos, tocando
la flauta, el rabel y las dos vihuelas. Y así aconteció.
No es de extrañar que
el pliego de cordel se desarrolló mucho con la imprenta. Y estos ciegos
copleros/oracioneros alcanzaron mucha difusión en las ciudades,
pueblos y aldeas de España. Ya Bernardino Ramírez no vivía. Él se sentía muy
honrado de cantar y vezar a su lazarillo en su tiempo, y haber contribuido
con su pregón y recitado del texto de los pliegos de cordel a formar
parte de la literatura oral.





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