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domingo, 12 de julio de 2026

UN CIEGO, POETA Y MÚSICO EN LA ALCALÁ DEL SIGLO XVI EN LA SEMANA DEL JAÉN.

 

UN CIEGO, POETA Y MÚSICO EN LA ALCALÁ DEL SIGLO XVI

 





No me creía que las figuras del ciego y el lazarillo se remontaran a tiempos tan lejanos. Había leído, en alguna ocasión por algún crítico literario que hubo ciegos, que se acompañaban de niños y, que incluso llegaron a formar una cofradía de ciegos en la Granada del siglo XVI. Y, mira que, por el arte del azar, me encontré un documento que cuadraba con todas las piezas y elementos del romance de cordel, el ciego, el niño y el corporativismo entre estos poetas populares. Se encontraba en el escribano Gutierre de Burgos, de Alcalá la Real, nada menos que 16 de junio de 1543. Vayamos al relato.

Se acercaba a las puertas de la tienda de la escribanía del escribano Gutierre en la plaza Alta de la Mota, un ciego. Se llamaba Bernardino Ramírez. No era un ciego cualquiera. Comentaban los vecinos como si viera el sitio de la tienda de escribanía, y no tuviera dificultad para ir a ella. Lo rodearon para darle detalles. Junto a la Puerta del Arrabal, le indicaban que subiera las escalinatas y no topase con las tiendas del Cabildo, y, adentrándose a la plaza Alta, le aconsejaban que no virara hacia la parte izquierda para entrar en la Iglesia Mayor, sino que dirigiera hacia la parte meridional, allí se ubicaban las tiendas de los escribanos: en concreto, la tercera, junto a la torre del Gabán, era la tienda del escribano que buscaba. Mas, un vecino más generoso, se prestó a ayudarle para evitar el tropezón en el empedrado lleno de lagunas de arrecifado de la Plaza. Evadieron los puestos de los comerciantes y mercaderes, a los tenderos de frutas y hortalizas castilleros, las tiendas de pescado, y a los niños jugando a pequeños corros. Incluso, los espaderos ensayaban posturas de combate. Se levantaban algunas barreras para las fiestas de Santiago.    

En la puerta de la tienda, esperaban varios vecinos que se disponían a levantar contratos de censos, compraventa y testamentos. Le preguntó uno de ellos al ciego:

 







- ¿No eres de esta tierra?

-No. Soy de la colación de Santa Ana de Granada, -le respondió el ciego-, me llamo Bernardino Ramírez.

-Entre, entre, antes que nosotros, probablemente tenga más prisa, - le dijo otro vecino. 

-Dejemos que lo haga este vecino del Castillo. Bernardino, ayer le escuché sus oraciones. Me gustaron mucho.
- Me recordaron a poetas antiguos.- Interrumpió otro vecino.

-No quiero ser el más listo, - intervino el vecino castillero- pero me resultó muy interesante, porque no sólo compone, sino que canta y vende pliegos de cordel.

-Aquí tengo en mi mochila unos pliegos. Si alguno quiere, le puedo vender unas oraciones. - dijo el ciego.

-Lo que me extrañó, que no viniera acompañado de Lazarillo.

-A eso vengo, a ver si puede encontrarlo.

Entró el castillero a la tienda del escribano y realizó el testamento. No tardó mucho. De inmediato, los vecinos dejaron la vez y sitio al ciego y entró a la escribanía.

-Buenos días, señor escribano. 

-Para lo que usted reclame- le contestó el escribano.

- Asuntos de oficio.

- ¿Y cuál es el suyo?

- Ciego, poeta de pliego de cordel 

- Y, ¿no le acompaña el lazarillo?

- Sólo, he venido desde la plaza de Santa Ana de Granada, he pasado Puente de Pinos, me he parado en la venta de Algarra, luego en la de Puerto Lope, y Cequia, hasta llegar a los mesones de esta ciudad.  Algo cansado, pasando por Moclín, refrescándome en los Velillos y Palancares, y recibiendo algunos maravedíes con la venta de algún pliego. Para colmo cargado con mis instrumentos musicales. Pues no sólo recito, sino que canto oraciones y romances, y toco en mi acompañamiento.

-Entonces ¿domina la música?

-No toda, y la letra en el pregón y recitado.

- ¿Cuáles?

-La vihuela de arco y la de mano. También el rabel. Y, de viento, la flauta. 

-Y ¿cuál es su presencia en mi escribanía?

- Dar un poder a un vecino de Granada, (Velasco lo llaman y es tejedor de tafetán), de la parroquia de San Andrés, para que pueda concertar, con otro compañero de oficio, el contrato de servicio, para un lazarillo.

-Ya lo había echado de menos- le apostilló el escribano-, es imprescindible para su persona.

-Pero, no quiero que sea una muletilla mía. Lo quiere dignificar. Quiero que un pariente suyo se comprometa conmigo y yo, por mi parte, le pueda vezar las oraciones que yo sé.

-Eso, eso, ya está apuntado en el poder.

-Y aún más, aprenda a tañer a la vihuela de arco y la de mano.

-Distingamos entre la vihuela de arco, y la de mano.

-Muy sencillo, la, vihuela de arco es instrumento de cuerda frotado por el arco, con un   cuerpo largo y profundo, de tres a cinco cuerdas y un clavijero que apoyo en el pecho o en el muslo. 

- Antiguo es su uso, de trovadores y juglares de hace más de doscientos años.

-, Ahora, vayamos a la vihuela de mano, semejante al laúd, en forma del ocho y se toca con la mano. Es un cambio total en la forma de tocar. 

-Pero me dijo que toca también el rabel.

-Sí, mi señor, lo aprendí entre los moriscos de Granada, muy similar a la vihuela de arco.

-También, he apuntado la flauta, travesera o dulce, a la que se compromete enseñar.

-Yo no soy una capilla de música y yo me quedo con la dulce.

- Me insiste en que quiere enseñar al niño todos estos instrumentos y rezos.

-Vezar, mejor, mi escribano, mis oraciones

-Aquí llevo un repertorio de  pliegos, muy  populares,  historias sagradas, de cuentos orientales, de epopeyas, carolingias,  de libros de caballerías, Gerineldo,  Mañanitas de San Juan, de hazañas de cautivos y de frontera.

 

Se daba cuenta el escribano que estas historias y rezos se transmitían de unos a otros y formaba como un sedimento del pueblo a través de cantos y relatos, que consolaban a la gente, iban de boca en oído y de oído en boca, pasaban a ser contados en las casas, eran transmitidos por estos ciegos callejeros, en la plaza. Comprobó que eran pliegos de piel de hilo, impresos generalmente a dos columnas y con una viñeta. Estos dibujos variaban mucho según la época en que se imprimieron.

-Entonces, Bernardino, estamos entre ciegos rezadores. Aquellos que recogía el Juan Ruiz, arcipreste de Hita. 

-No exactamente. pero participo en algo. Sigo la línea de pedir al público, muy devoto y caritativo, que me mande rezar algunas de las oraciones de mi ilimitado repertorio. Llevo hasta cien oraciones.

Ted puedo recitar una, recuerdo esta:

- Ayuda, fieles hermanos,

al ciego lleno de males,

¿los salmos penitenciales

si mandáis rezar, cristianos?

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh28uefZcsI1i5It5O91M5z0tgVWs4Ap-NrxQZBHAI5HaqvqOUAoRx8Dk3Te4CsmU36hUFGMsFvA01sxYam4lOJ7EoQ8_BHASQStONoRSlKRPj8JmX5YK2lDq9qDENWZt7IuOYpsaFY_A0/s320/escanear0985+%25284%2529+-+copia.jpgEl escribano terminó el documento. Puso de cláusula que el sobrino se comprometía a estar bajo las órdenes del ciego, cuanto necesitara para vezar oraciones. Lo firmó, buscó los testigos en la puerta y se lo entregó al ciego.  

El ciego ya se veía con un lazarillo, enseñándole coplas y oraciones, romances y relatos, tocando la flauta, el rabel y las dos vihuelas. Y así aconteció. 

No es de extrañar que el pliego de cordel se desarrolló mucho con la imprenta. Y estos ciegos copleros/oracioneros alcanzaron mucha difusión en las ciudades, pueblos y aldeas de España. Ya Bernardino Ramírez no vivía. Él se sentía muy honrado de cantar y vezar a su lazarillo en su tiempo, y haber contribuido con su pregón y recitado del texto de los pliegos de cordel a formar parte de la literatura oral.

 

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