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sábado, 3 de septiembre de 2016

OTROS ASPECTOS DEL BARRIO DE SAN JUAN Y DE LA HERMANDAD DEL CRISTO DE LA SALUD

 
            III. PARA COLMO, LA DESGRACIA.

Hablando de septiembre y de la feria, qué susto se llevaron nuestros padres aquel  22 de septiembre del 1957 ( foto 34), en el que rejoneaba Landete y toreaba Rafael García y nuestro paisano José Urquiza”Pepete”, al caerse la plaza de toros portátil, montada en la Magdalena. En el barrio de san Juan, se vivó de una manera especial, las mujeres  esperando a los esposos venir ilesos o heridos y contemplando el trasiego de ambulancias y camiones que subían por la calle Real y bajaban por la calle Veracruz. Iban comentando que fue en el momento que comenzaba a dar la vuelta la ruedo Pepete, cuado el cinturón de seguridad se partió y se vino abajo el tendido, aplastando a muchos niños que se habían asomado por los bajos de los asientos ( foto 35). Al día siguiente, todos los niños del pueblo bajamos a contemplar aquel espectáculo tan deprimente que presentaba el destruido coso de madera ( foto 36). Mientras, muchos familiares se concentraban en el hospital de la calle Rosario,  demandando noticias de los médicos acerca de  sus heridos y a veces recibiendo la triste noticia del óbito de un allegado (foto 37). Aunque la desgracia pudo ser mayor, no llego más que a tres fallecidos. Tal como se contempla en el solemne y multitudinario entierro, presidido por el cura y acompañado por toda la población. Se suspendieron las fiestas, se declaró día de luto y vinieron autoridades provinciales acudieron  las exequias fúnebres (38).
           


            IV. UN SERVICIO EN EL BARRIO, EL HOSPITAL.
  
El hospital se había fundado en el último tercio del siglo XIX, y se había instalado en las casas del patronato del abad Moya. Fue regentado y cuidado por las madres mercedarias hasta muy avanzado el siglo XX. Estaba junto a la iglesia del Rosario y la casa de Manuel Rosales Bailón ( foto 39). Se encargaba de los enfermos de toda clase- sobre todo, los tísicos- con un equipo básico de médicos y las monjas ejerciendo de enfermeras, también de los niños  expósitos, que eran dejados en la Inclusa o Torno, una ventana  que daba a la calle Llana ( foto 40) y de los ancianos, pobres de solemnidad, que eran alegrados por aquellas monjas en el tramo final de su paso por la vida. De entre aquellas mojas destacaba sor Martirio que el fotógrafo curiosamente expuso al dorso que la retrató rodeada de ancianos a las cinco y veinte minutos del nueve de agosto del 1934.  ( Foto 41). 


 

V. LA VIVIENDA



En el barrio, se clasificaban las casas por viviendas de pujareros,- amplias, de tres pisos y grandes trojes-, de  personas humildes- de dos pisos y recordando la época medieval, pisando unas en otras- y de vecinos, con varios pisos y un amplio corralón que mantenía los servicios en pozos ciegos y un pozo. Pero, en los años cincuenta, ya comenzaron a concederse casas de protección oficial o de asistencia social, las de san Marcos, las del Barrio Belén., O las de la Guita. Era natural que acudieran los vecinos para salirse de los arrendamientos ante estas ofertas. Primero se sorteaban en el salón de Plenos del ayuntamiento ( foto 42) después, el acto oficial de la entrega de llaves, en este caso del alcalde José Garnica Salazar con el cura como fidetario del acto  ( foto 43).
En los años de la prosperidad o del plan Jaén, algunos adornaron sus huertos como los cármenes de Granada. Alonso Rubio se hizo una casa jardín en las faldas de la Mota, bendecida por el párroco, y con una graciosa palomera que construyeron la familia de los albañiles Mesa Lozano ( fotos 44 y 45) .  





















 












VI. EL ALIMENTO.

El agua era un elemento básico para la alimentación y otros usos. Los garbanzos se ablandaban con la de la Fuente Somera, las casas se mantenían limpias con la fregona sin mango, un trapo recio,  y el duro trabajo de nuestras madres, el pipo no faltaba lleno de agua en verano, y en invierno se lavaba en la pila con agua de las fuentes. Pues en los tiempos más apacibles se hacía en los lavaderos públicos. Los niños disfrutaban con salpicarse con el agua del pilón y refrescarse en verano, pues pocas casas tenían cuartos de baños  ( foto 46).
Si el agua era gratis, al menos, en los pilares públicos, la comida no era un derecho para muchas familias que enviaban a sus niños al local del Auxilio Social, primero en el Llanillo, y luego, en la calle Caridad, presidido por Lourdes Frías, donde se les daba de comer. ( foto 47 y 48). En la posguerra, el racionamiento, servido por la Sección Femenina ( foto 49),  repartía en unas lecheras y  fiambreras una botella de leche o tres platos ( garbanzos, carne, ..), donde los pobres de solemnidad acudían a la Gota Leche y al Auxilio de Invierno, la actual carnicería de Teva,

VII. LA RELIGIOSIDAD

Un recuerdo del itinerario oficial de las letanías de los siglos anteriores consistía en el paso de las procesiones  por todas las iglesias de la ciudad con paradas o estaciones  obligatorias en la iglesia de la Trinidad, la de san Juan y el Rosario, todas ellas en el barrio de san Juan.  Son numerosas las fotografías del Viernes Santo por la mañana, con la Mota al fondo, sin sufrir el terremoto de los años cincuenta ni haberse levantado las casas en la placeta. Los apóstoles iban delante de los penitentes del gallardete de Jesús ( foto 50). La banda del Gallardete, a su vez, protocolariamente antecedía a la imagen de Jesús sobre el antiguo  trono pequeño, Y la cuadrilla del Ecce-Homo también delante de Jesús ( foto 51). Este era portado por la cuadrilla del gallardete, vestida de nazarenos, y por los cofrades de Jesús, de paisano o  gente pagada por los cofrades; el Cirineo  portaba las cintas moradas ante la imagen. Al fondo está la iglesia de san Juan, casi en ruinas ( foto 52). Acompañando la imagen de la Virgen de los Dolores, iban grandes filas de mujeres vestidas con la mantilla española, contempladas por los vecinos en el huerto de san Rafael. ( foto 53).
 

            LA HERMANDAD DEL CRISTO DE LA SALUD


La hermandad del Cristo de la Salud adquirió una nueva imagen en el año  1940, obra de Martín Simón, fue fotografiada en el patín en el momento de bajarse del camión que la tajo por aquel año ( foto 54. No salió penitencialmente  hasta el año 1949 en el Viernes Santo de la Semana Santa. La imagen iba portada por cuatro costaleros en un trono pequeño, con los floreros de plata que regaló Antonio Urbano Aguayo. Todavía se conservan estos enseres, así como la peana y las horquillas ( foto 55). En el año 1951-52, se constituyó una banda mixta con la cofradía de nuestra Señora de las Angustias, cuya vestimenta destacaba a su paso por la calle Veracruz ( foto 56). Si la calle anterior es el encuadre perfecto para la imagen y la procesión el Viernes Santo, la bajada por la calle Rosario en el año 1951  lo era aún más solemne a su paso por la iglesia del monasterio dominico, que se aprecia al fondo de la fotografía ( foto  57) . O, por la calle Real y Llanillo en la estación de la iglesia de Consolación, donde la oración se sublima a la sombra de la esbelta torre ( foto 58).
 
Fueron los años cincuenta, años de esfuerzo, de pasión cofrade y de hermanos entregados al amor del Cristo de la Salud. Si era necesario, donaban solares para albergar el edifico del nuevo trono de Tejero, casa construido en la esquina de la placeta de san Blas por el dúo de albañiles Saturninos (López y Mesa) al mando de la obra ( foto 59). Si la hermandad lo requería, se echaban todos al campo. Si había que picar las paredes de la  iglesia, todos, a una, acudían a aprender el oficio para realizar la obra. Por eso no extraña que recibieran homenajes de sus propios hermanos, como es el caso de esta junta que creó escuela, formada por el secretario José  Serrano, Ceballos, Agustín Fuentes, Antonio Martín, Francisco Cano o Domingo Francisco Cano y Rafael Ferreira que recibió el nombramiento de hermano mayor honorario ( foto 60).
Pero el mayor honor que tuvo la hermandad fue la caridad, la tenían impregnada en sus relaciones humanas, en la vida de la hermandad y en una mujer, que se desvivió por el barrio  la madre Carmen, como popularmente se llamaba,  y fundó un hospicio en los años treinta y donó sus bienes en beneficio de los niños y niñas pobres ( foto 61).         




  
            III. PARA COLMO, LA DESGRACIA.

Hablando de septiembre y de la feria, qué susto se llevaron nuestros padres aquel  22 de septiembre del 1957 ( foto 34), en el que rejoneaba Landete y toreaba Rafael García y nuestro paisano José Urquiza”Pepete”, al caerse la plaza de toros portátil, montada en la Magdalena. En el barrio de san Juan, se vivó de una manera especial, las mujeres  esperando a los esposos venir ilesos o heridos y contemplando el trasiego de ambulancias y camiones que subían por la calle Real y bajaban por la calle Veracruz. Iban comentando que fue en el momento que comenzaba a dar la vuelta la ruedo Pepete, cuado el cinturón de seguridad se partió y se vino abajo el tendido, aplastando a muchos niños que se habían asomado por los bajos de los asientos ( foto 35). Al día siguiente, todos los niños del pueblo bajamos a contemplar aquel espectáculo tan deprimente que presentaba el destruido coso de madera ( foto 36). Mientras, muchos familiares se concentraban en el hospital de la calle Rosario,  demandando noticias de los médicos acerca de  sus heridos y a veces recibiendo la triste noticia del óbito de un allegado (foto 37). Aunque la desgracia pudo ser mayor, no llego más que a tres fallecidos. Tal como se contempla en el solemne y multitudinario entierro, presidido por el cura y acompañado por toda la población. Se suspendieron las fiestas, se declaró día de luto y vinieron autoridades provinciales acudieron  las exequias fúnebres (38).
           


LOS HOMBRES Y GENTES DEL BARRIO DE SAN JUAN. FOTOS Y EXPOSICIÓN 2002.


II  SUS HOMBRES.
                                   SIENDO  NIÑOS


                                                         Había surgido un afán por adquirir cultura en la población desde los primeros decenios del siglo XX. Sin embargo, a mediados de éste, en los años del hambre, los organismos públicos no podían ni pagar  a sus funcionarios, ¡cuánto menos, una familia de jornaleros se podía permitir el lujo de dejar a su hijo en la escuela y no emplearlo para el campo!. No obstante, los hubo que llevaron a sus hijos a los maestros garroteros, o a otras personas que andaban algo más preparados en los estudios, porque habían  recibido cierto bagaje cultural en algún seminario o se habían iniciado con algunos cursos de la carrera de Magisterio. Entre los primeros, abundaban las escuelas de mujeres, como la de Pilar Flores o la de Padilla, padre e hija ( foto 11),  en la que solían acudir los niños durante el periodo estival para librar a las madres de la guardería durante todo el día y, al mismo tiempo, cimentar las primeras letras en sillas de anea, escribiendo con el  pizarrín los primeros dictados.

Ay, inocencia infantil,
a los rapsodas porfiando,
recitan  tablas de uno a mil,
 Y sílabas de abecedario.

En la calle Real, se encontraba en una casona hidalga, desgraciadamente destruida por los años setenta, donde se albergaba una auténtica institución, la escuela del   maestro Garrido ( foto 12. En éstas, la ratio de profesor/ alumno sobrepasaba más de los treinta por unidad. No obstante, la vocación  y el amor de los maestros a los niños suplía, con creces.  El stress docente en medio tanta travesura.

A veces, en la misma escuela,  y en el contexto del nacional catolicismo se preparaba a los niños para la primera comunión. Trajes blancos contrastaban con la pobreza de los grises de los niños pobres ( foto 13). Así, en medio de la familia Garrido, los niños se convertían en ángeles por un día, el más esperado de su infancia, y respiraban el éter de los querubines con los devocionarios y el rosario en las manos,, y la cruz de nácar simulado colgada desde el cuello sobre el pecho. También algunos con las manos juntas imploraban al Creador para posar ante la foto y porfiaban por rellenar los bolsillos de los regalos de los vecinos. Para cuidar la higiene, las madres los llevaban a Víctor Sáez en la calle Llana, que rapaba sus cabelleras y peinaba con un flequillo empapado de agua. Pues todavía no había pasado todavía la moda de los Beatles.
 A finales del siglo XIX, se fundó el colegio de Cristo Rey, no era  terreno comprendido dentro del barrio, además allí en los primeros años acudían en la sala alta hijos de las personas hacendadas, pero también recogieron a gente humilde en la sala baja ( foto14).  Ya han pasado los años treinta, en el que el hábito religioso, con su túnica y  togado, se transformó en la manera de vestir como laicos. Mas, los pobres no tenían ni para poder comprar un  uniforme colegial  y aprovechaban los atuendos de unos a otros. El peinado corto de las niñas contrastaba con la majestuosidad de la moda religiosa de las hermanas religiosas. En la posguerra, también, cambió hasta el peinado infantil, introduciéndose la moda de los moños y trenzas, incluso  el hábito monjil se hizo más austero. La pobreza, sin embargo, impidió que el uniforme no llegara a propagarse entre los pobres   ( foto 15)
Hasta, en el sacramento de la comunión  existían clases, en el gran día del Amor para las niñas cada uno representaba el poder adquisitivo del  que disponía su familia. Como podemos comprobar en estas dos muchachas: una soñaba en ser princesa con la cofia  y la otra una sierva de la corte con su tocado. Pero, las dos respiran la pureza y el candor de la inocencia ( foto 16).
Unos años, más tarde se abrió, allá por el 1940, el colegio de la Sagrada Familia, donde se forjaron muchos profesionales de la metalurgia, de la electricidad y del estudio.  Bajo la égida del padre Villoslada, pasaron de  una casa alquilada o cedida la ciudad a construir unas instalaciones modélicas, donde se cantaba el himno de la Safa, se aprendían las primeras letras del Catón, y, más tarde,  el oficio de fresador o tornero. Fueron una institución don José Morillas, don Pascual Baca y don José Martín. A estos años corresponde  esta foto ( 17), en la que posan los que serán  muy buenos trabajadores en distintos ramos, un futuro cura- el único que salió de aquella generación que enviaba hasta una treintena al Seminario-, profesores y.. empresarios de la ciudad.

EN LA ADOLESCENCIA


Se iba al  parque Cinema, al teatro Martínez Montañés, y al Coto, a jugar al fútbol.  De tiempos de Gainza o de Zamora, es la foto en la que destaca la corpulencia de Puche ( foto18). Incluso, en los años cincuenta, existían varios equipos como el de la Palustra, que se componía de vecinos del barrio de san Juan. O, si no, comprobemos la alineación:, De pie,  Paco Varela, Nicolás, Joaquín Padilla, Antonio, Pepe Aceituno, Antonio Bellido, y José López; de rodillas Mogote, Núñez y Juan ( foto 19). 

 

DE LA ADOLESCENCIA AL TRABAJO           


Casi  todo el mundo  trabajaba en el campo; algunos afortunados  eran  criados, mozos de almacén o aprendices de un oficio, muy pocos ejercían oficios de pluma, los contados con los dedos de la mano izquierda, más bien la derecha, porque la primera era casi inutilizable. Y lo hacían en primavera y verano, en las labores de huerta,  y en el secano  sobre todo en lo relacionado con los cereales.  El agosto,  era la estación más preferida tanto por los jornaleros- pues tenían casi asegurado el jornal diario- por como los pegujareros. Pues estos últimos llevaban el trigo al Silo, llenaban sus trojes de trigo para la futura sementera, de paja y cebada para  los animales y podían gastar más en las fiestas de agosto y septiembre. Aunque se comenzaba con la labor de escarda, la siega era el trámite final del cereal, que continuaba con su transporte en carros de madera o en mulos, llenos de haces hasta los topes, que daba lugar a muchos accidentes, ( foto 20) después se trillaba y se aventaba la parva en la  era o en el Coto ( foto, 21),  una era mancomunada con el pueblo y la Mota a sus espaldas. Esta se mantuvo comunal a pesar e todas las desamortizaciones. No pudo con ella ni la de Mendizábal, ni la de Madoz, tan sólo, Franco la transformó en escuela comarcal, con lo fácil que hubiera sido mantener las escuelas rurales de las aldeas. Tal vez no le interesaba la dispersión  cultural. Al final, se limpiaba y se guardaba en sacos hasta que se tenía número para llevarlo al antiguo Pósito en las narrias ( foto 22 y 23. Y, al final de toda la labor, se aprovechaba hasta la paja, transportada en el mismo carro con un juego de redes para impedir la caída en las calles, que quedaban empolvadas a su paso y eso que no había mascarillas para evitar las alergias de verano.  ( foto 24) Estos hombres son los que hicieron

                        Del encinar para reses,
            se convirtió en viñedo,
            aquel famoso terreno
            fundo anterior de mieses,


Algunos poseían algún animal doméstico, perro, cabras u ovejas, y una yunta para la labor y carga. Muchos solían dejárselos a los cabreros para que pastaran en invierno y primavera y rastrojearan en verano y otoño. La salida era por el camino de san Marcos, la cruz de los Muladares o por el Barrero (Foto 25), donde se contempla la cruz, otra vez protectora de las salidas de la ciudad.

            Junto a la casa del pobre,
            la cruz se va convirtiendo
            en despojo y en privanza
            de riqueza y atuendo.

En otoño, la vendimia  permitía renovar las arcas vacías de los lares  del barrio, cuyos fondos se habían gastado en la feria de Septiembre. Existían lagares de tabernas tradicionales y de particulares, así como  pilones donde, artesanalmente, se extraía el mosto a duras penas. Primero, se transportaba en carros, cuando la  hacienda era de un pajarero con más de cincuenta fanegas, ( foto 26) o en mulos con canastas, como representa este pequeño labrador en la calle Ancha ( foto 27), .. y en unas parihuelas se metía en la casa para el lagar y la prensa. Claro ejemplo son estos campesinos que meten la  uva  la taberna de García en la calle los Caños ( foto 28). Y así cantaban con el terreno por las noches en las tabernas de la calle Llana:
                       
Que no falte la bebida,
                        ni los premios al mejor,
                        De la pareja de dos,
                        En este juego de  brisca.
                       

El hombre del campo, junto con su mujer, esperaba como el agua de mayo, que pasara el día de Navidad, para ir a la aceituna. Las casas quedaban abandonadas; tan sólo las abuelas daban de comer a los pequeños, pues no existían guarderías.  La mujer llevaba su espuerta de esparto y el hombre la vara, nada de objetos mecánicos. Se pasaba frío, pero se paliaba con aquellos faldones que no dejaban ver ni la pantorrilla     ( foto 29). Todo, se obtenía con la fuerza del hombre. Pues con las manos la aceituna se  vareaba, se limpiaba en la criba, se cargaba y transportaba en los mulos, y se pesaba en la romana en el molino de Terreras de la Cruz de los Muladares. 

La industria escaseaba, salvo los molinos aceiteros o los hornos. No obstante, muchas mujeres del barrio acudían por los años treinta y cuarenta a la fábrica de tejidos de  Santa Casilda, propiedad de don Francisco Serrano, que solía invitar a sus obreros  por algunas fiestas ( foto 30. Los artesanos también eran poco numerosos, a pesar de  que en la calle Llana abrieron varias zapaterías  y varias tiendas de comestibles( foto 31). Y qué decir de los funcionarios, pues a lo más que, en las familias,  se encontraba,  era algún municipal que otro  como algún miembro de la familia Sáez, Pérez,...(32),



Lo que sí se frecuentaba, era complementar los oficios. El albañil se hacía jornalero en la aceituna. El zapatero, vendimiador, la mujer de ama de  casa pasaba a criada, jornalera o dependienta en una taberna, y, los más  favorecidos, miembros de la banda municipal a las órdenes de don Ambrosio, que aparece en esta foto del año 1934, tras la intervención de una velada musical con motivo de la feria de Septiembre ( 33.















viernes, 2 de septiembre de 2016

EXPOSICIÓN DE FOTOGRAFÍAS DEL BARRIO SAN JUAN, COLECCIÓN JUAN CANO. AÑO 2002.


                    HERMANDAD DEL CRISTO DE LA SALUD





                        EXPOSICIÓN DE FOTOGRAFÍAS

DEL

BARRIO


SAN JUAN
              

           
            COLECCIÓN JUAN CANO

                            TEXTOS FRANCISCO MARTÍN ROSALES        

                        30 DE AGOSTO AL  8 DE SEPTIEMBRE
 año 2002
                        8-9 TARDE










                                                                                                                                                etras
GRATIAS TIBI
       La hermandad del Cristo de la Salud  pretende, con la exposición de fotografías de  la Colección Juan Cano, incardinarse en un barrio que la vio nacer, crecer y  mantenerse  por encima de todo tipo de circunstancias. Aunque su entorno urbano desempeña un papel fundamental en la estética de la ciudad alcalaína por el costumbrismo andaluz de su hábitat, sus hombres son, principalmente, los que han forjado una serie de tradiciones, de vivencias y de proyectos de futuro, en el que  la imagen del Cristo de Salud  estuvo presente durante muchos momentos de su vida.
Este es el objetivo de la presente exposición: rendir nuestro homenaje a toda la gente del barrio de san Juan  y exponer sus fotografías a manera de testimonio de lo aquellos que nos han dado nuestros antepasados, para que mantengamos la llama que tanto nos ilumina. Un agradecimiento en suma, más que una nostalgia. Pues cada fotografía está impregnada del  sudor varonil  de la siega de los agostos alcalaínos de los años cincuenta, del sufrimiento maternal  de los fríos del diciembre aceitunero  y del esfuerzo humano por adquirir una cultura que  sacara del analfabetismo, al menos, a los hijos de los que se exhiben en la cartulina.
La Hermandad quiere agradecer a  Juan Cano su generosidad con todo lo que se le ha pedido y a la siempre ha respondido con una entrega diligente y altruista, y, como es  lógico, dispuesto a asumir todo lo que fuera necesario.
Nos sentimos sumamente orgullosos de esta muestra por lo mucho que nos ha hecho gozar y meditar. Que el Cristo de la Salud se lo premie.



               CONSIDERACIONES DEL  AUTOR

       En esta exposición siguiendo mi proyecto de dar a conocer públicamente mi colección de fotografías, quiero rendir homenaje a las siguientes personas y entidades.

1.  Al barrio de san Juan.
2.  A los pujareros.
3.  A los  hombres de economías débiles, que sufrieron en una época  lejana.
4.  A la “Madre Carmen” que, con sus amistades, consiguió el milagro de que San Juan  no fuese derribado.
Y, por último, dar las gracias a la Hermanad del Cristo de la Salud, por haberme permitido celebrarla.


                       

                   JUAN CANO



          





            SEMBLANZA DE LA EXPOSICIÓN
       La presente exposición es fruto del esfuerzo personal, material y económico de Juan Cano, que ha puesto a disposición del pueblo de Alcalá todo lo que tenía inventariado en su colección del barrio de San Juan, para que llegara a celebrarse en los días de la fiesta del primer domingo de Septiembre, día grande del Cristo de la Salud. La componen 61 fotografías, recogidas y recopiladas por el coleccionista  a partir de un denodado trabajo de búsqueda en las casas de  amigos, en los archivos particulares y oficiales, y  en los estudios de varios fotógrafos locales de los años veinte hasta el 1975: Puede servir de prólogo a la colección la Sala de Juntas de la iglesia, donde se encuentran  las fotografías de los hombres y de la hermandad  a lo largo de su historia cofrade  reciente desde el 1939.
       La calidad artística de la obra manifiesta la profesionalidad de algunos fotógrafos, que saben captar, con una simple instántea, historias de personas, representativas de una  época que ya ha pasado y se ha superado con el esfuerzo y trabajo de sus hijos. Abundan los encuadres con personas, de ambiente costumbrista, en el que podemos reconocer  no sólo la historia de los años  duros de la posguerra, sino también algunas escenas azarosas que hacían más difícil el penar de muchas familias humildes.
       Por ello, se puede pasar de un barrio arrecifado a  otro empedrado  con el tapial y los trancos, de un  barrio de acceso para los carros de la vendimia o de trigo a un barrio que recibe los primeros servicios de la basura y achaflana los escalones, de un barrio de escuelas de maestros garroteros a  niños  y niñas que acuden a colegios públicos y religiosos, de un barrio  eminentemente agrícola  a  otro que se abre a ofertar nuevos servicios de hospital  y de artesanía,  de unos jóvenes que se divertían con las “canicas “a unos deportistas uniformados y practicantes del deporte nacional del fútbol
Selección magistral ha realizado Juan  Cano, al mismo tiempo que, el blanco y negro, logra un bello contraste de la realidad y el deseo, de la alegría  y la pena de unos años que hicieron sufrir a muchos vecinos del barrio, pero que crearon las bases actuales  con lo que nos hace reflexionar sobre el momento presente. Lástima, que no haya  una fotografía de un hombre con una maleta, saliendo de una casa de vecinos, - tan numerosas en aquellos años-, completaría el  cuadro de los años de la posguerra: trabajo a jornal, pan y circo y, emigración,  que dio lugar a la despoblación de una parte de  aquel barrio, cuya calle Rosario en el siglo XVIII fue la vía principal de Alcalá. Alí, convivían hidalgos con labradores, jornaleros con hombres de servicios, clérigos con pobres de solemnidad y  viudas con niños abandonados..
Se ha dividido por el autor en varias secciones que, continuación vamos a comentar, con el fin de analizar las facetas y las historias más significativas que acontecieron el barrio..

















































                                                                              

I EL ENTORNO URBANO. EL BARRIO Y SUS CALLES.

El barrio de san Juan  fue diseñado por los miembros del cabildo de finales del siglo XV,  en el reinado de los Reyes Católicos, cuando Alcalá comenzó a poblarse con gente que vino del norte de España: serranos, montañeses, gallegos, jienneses,...  La iglesia le dio el nombre y sirvió de centro de esta cuadrícula, cuyo eje más significativo fue la calle Rosario, -anteriormente de San Juan-, trazada a cuerda por los regidores, calle, a la perpendicularmente se le unen o la seccionan las de los Caños, Veracruz, Luque, Trinidad, Zubia y Mazuelos o Llana de la Trinidad. La iglesia ofrecía el contraste de  la cal y la piedra, la Andalucía de los años cuarenta (foto 1). (Como cantábamos:
Tapiz puro, labrado,
de blanca cal, de piedra y callejas,
laberinto domado,
divina naturaleza,
de perfil gitano,
tu fortaleza..
Grandes corralones o solarines con huertos familiares, cipreses,  y alguna que otra rinconada en las plazas y finales de calles ofrecen el sabor y el paisaje urbano entre una ciudad  que despedía el medioevo y se levantaba renacentista.
 

El final de la calle Ancha (foto 2), es un ejemplo de  lo que hemos comentado anteriormente, a lo que se añade los corralones con bancadas de piedras de las antiguas casas y el motivo de la Cruz, en este caso, a las afueras de la ciudad para saludar a los forasteros y protegerla de las enfermedades, epidemias y pestes. Probablemente, esta parte de vial recibiera el nombre de calle Juan Vázquez Mesía y de los Izquierdos, donde vivía  el escultor Melchor de Raxis.
La calle de la Veracruz (foto 3), que así se llamaba por la iglesia del mismo nombre, ofrecía el mencionado contraste entre arrecife de la calzada y el empedrado de la acera junto con las fachadas de cal y piedra;  además de la casa del maestro don Salvador Medina, se aprecian los enrejados de forja alcalaína en la casa de vecinos del Cura y en la Mariano Pinto; el  portón de entrada de madera de pino y los escasos vanos de alguna ventana o balcón  prevenían a los vecinos del frío de invierno y del calor del verano.
La calle de los Charniegos, -de los Caños, de Miguel de Cervantes, e, incluso del pozuelo de San Juan- ( foto 4) mostraba un coqueto recodo  por las casas de la familia Romero, al mismo tiempo que denotaba la entrada de la modernidad del siglo XX con la apertura de mayor número de vanos en las casas de balcones con balaustres neoclásicos.

                                   








 
Por la parte de la hornacina de la Virgen de las Mercedes ( foto 5),  la mujer  se nos ofrece enlutada  con delantal gris y con los peinados de la época y, cómo no,  laboriosa con el escobón supliendo al servicio municipal de limpieza. Las casas no tienen zócalos sino alguna bella cenefa negra.

En la calle de la Peste o Abad Palomino (foto 6), la mujer   acudía  al pilar para abastecerse de agua, por los años cincuenta: el cántaro,  y las cubetas eran los recipientes más utilizados  para realizar esta cotidiana tarea. No nos extraña de que aquel esfuerzo se pagara posteriormente con artrosis y deformaciones óseas. Al fondo majestuosa, la torre del Homenaje. Cal y Piedra en la misma calle ( foto 7).  Como en toda  ciudad andaluza, la calle era el  espacio del pueblo alcalaíno, donde se compartía el trabajo del hogar con la vecina, el bordado con el zurcido, la conversación de aliento a un vecino enfermo con  la consulta de una recién casada  ante un problema, eran las terapias de grupo de los años  sesenta. El coche invadió las viviendas y aparecieron las primeras cocheras, el servicio de limpieza comienza  a recoger la basura. Así, la modernidad rompía, con un afeado chaflán, el tranco del tapial.
                            






La calle de la Veracruz desemboca a la calle Llana  de La Trinidad ( foto 8), hoy
Mazuelos, donde  vivía Aranda, un vendedor ambulante de chucherías,  y juguetes de cartón y plástico en las  fiestas de las aldeas, y en las romerías del  Cristo del Paño, de san Isidro y de la Virgen  de la Cabeza. Con él aprendimos a hacer  funcionar la bombona de camping gas,
a inflar los  globos y nos comimos los primeros  Trozos de turrón. Por encima de su casa,
la de los Gálvez, la de Pacuco y enfrente, la de la Aurora, cuyos sobrinos los Sánchez
 posan sentados en las escaleras. Aquella  pandilla gozaba con las procesiones  Infantiles de papel y tambores de lata.
La ciudad histórica se cerraba por el mediodía, con la calle del Puerto( foto 9) hasta mediados del siglo XX- Otra vez la cruz, en este caso, la de los Muladares.
       Y se enreda la leyenda,
       cabo final de esta calle,
       donde hoy una cruz recuerda
       una pasión al amarse.
La llana de la Trinidad, actual Mazuelos ( foto 10), no ha cambiado mucho desde los años cuarenta: el empedrado, el huerto, ermita  y muro de san Rafael. Tan sólo, se echa de menos a Macario en su casa o con la burra por la calle. Y los niños gritándole;        
-Macario, la burra es mía
Y él respondía,
-Que no, que soy Leocadio.

FOTOS DEL CRISTO DE LA SALUD EN HONOR DE LOS MAYORES

 Esta fotografía es una de las más antiguas del Cristo . El Cristo de la Salud va portado por horquilleros, entre los que se distinguen Juan Gámez y Rafael Sánchez ( claramente) ; ante el trono antiguo, con los jarrones donados por Antonio Aguayo, preside Francisco Hueltes Granda ( Frasquito Huertes), una institución en la cofradía,que mantuvo la llama de la hermanda y la devoción a esta imagen desde su niñez, reorganizó la hermandad, contribuyó para la traída de la nueva imagen de Martín Simón y fue hermano mayor  ( 1936-1939, y 1053-54). De esta fecha es la foto o , incluso antes. Para sujetar al Cristo , se colocan unas varas puntales sosteniendo la cruz.
Esta foto es más antiguo recoge una procesión de Jesús Nazareno en la que participa el Cristo de la Salud, que sale de Consolación. La presidencia  corresponde la cofradía del Dulce Nombre de Jesús.

jueves, 1 de septiembre de 2016

RUTA POR EL BARRO DEL CRISTO DE LA SALUD . GENTE DEL BARRIO. PACO MOYA.












            Mira por dónde habíamos compartido vecindad  durante muchos años con la familia de Moya en la esquina del segundo tramo de la calle de la Veracruz. Y ni me imaginaba que, lo que había investigado con motivo de la biografía de Pablo Batmala,  se refería a ÉL 
            Me aconteció, un domingo de abril cuando los dos Pacos Moya, padre e hijo, acudieron a la cita matutina de la misa de san Juan. Se hizo realidad nuestro rico refranero de que "el agua vuelve siempre  a su cauce"; más bien " la cabra siempre tira al monte". Por eso de que  su significado radica en que es difícil vencer la querencia, porque,  al final,  siempre se regresa al sitio donde uno ha nacido o a lo que ha aprendido de pequeño. Cuadra esto con la  vivencia que hemos compartido en una de las últimas misas celebradas antes del día de San Juan como "anillo al dedo". Gracias a la labor de Paco Moya, el lazarillo filial que Paco Moya nos ha hecho experimentar durante estos últimos domingos, en los que ha subido a su padre para compartir la mesa del Señor  y celebrar la acción de gracias por la superación de la enfermedad de su padre. Se colocaban en el primer banco frente al sacerdote, el padre parecía como si quisiera compartir la antigua diaconía de monaguillo, que frecuentó en su niñez ante la mirada  de continua custodia de su hijo; respondía a todo, preguntaba hasta el mínimo detalle y miraba a la imagen del Cristo de la Salud como si fuera un imán atrayente del que no podía desembarazarse. A todos los que compartíamos, pocos en los últimos tiempos, nos llenó de gozo su presencia. Y más aún, cuando subió los peldaños del presbiterio  y le suplicamos que posaran ambos y, luego, el solo, ante la imagen del cristo de San Juan. Se sentía emocionado e impresionado, rebobinaba nombres de su entorno, de vecinos de las calles del barrio alto, como la Veracruz y Llana, de clientes de su prestigiosa zapatería, de su tiempo de acólito, de  los curas de tiempos de la posguerra como Manuel Santiago.
            Y, al entrar en la sacristía, saludó al sacerdote, informándole de sus tiempos de monaguillo. Y lo más curioso, se le vino a la mente comentar aquel treinta de septiembre del primer año de la Guerra Civil. a las nueve de la mañana, a las nueve en punto de aquel fatídico día.  Fue la toma de la ciudad por las tropas del coronel Muñoz que se  había levantado siguiendo las órdenes del general Queipo de Llano. Antes de que las tropas de infantería ocuparan la ciudad invadiéndola desde la carretera de Montefrío y extendiendo su asalto desde los barrios altos de la Mota hasta llegar a los  de la colina de enfrente de los Llanos, una escuadra de la aviación preparó el terreno volando desde Armilla y ocasionando un bombardeo, en el que perdieron la vida varios vecinos del barrio de San Juan . Fue el caso del labrador José Moya Toro, cuando regresaba desde los pagos de San Bartolomé  y  sufrió el impacto de la metralla; cayó fulminado en el camino de la Carrera de los Caballos cuando se acercaba a su casa ubicada en la esquina del tramo tercero de la calle Veracruz dejando cuatro hijas muy devotas del Cristo de la Salud y su esposa Ángeles Marañón Serrano. Simón Moya, fue testigo de los hechos, este labrador, muy ligado a aquellos lugares donde predominaba el viñedo y poseía unas eras y una pequeña viña junto a las de la familia Gámez.
            Pero el objetivo de las bombas no quedó en los movimientos bélicos, que consideraban de algunas patrullas de defensa republicana que solían ocupar los puntos del extrarradio de la ciudad de la Mota, sino que se fijó en la viviendas del mismo casco urbano. Y, una de ellas cayó en una casa de  la misma calle Rosario, la casa de Alonso Rubio, donde se habían refugiado varios miembros de familias del entorno al escuchar el sonido de la alarma antiaérea. Generalmente, solían cobijar a los niños y a las mujeres en las bodegas, refugios y sitios subterráneos e, incluso en las cuevas de los alrededores de los arrabales, mientras los padres de familias ocupaban la parte alta del vestíbulo si no había sitio para todos protegerse. Y, esto fue lo que aconteció a la familia de Paco Moya. Ël como niño no pudo escuchar el  ruido de los aviones escondido dentro de la bodega y su padre apenas podía respirar atemorizado por el estruendo de los impactos de los aviones cuando lanzaban  un  nefasto bombardeo a lo lago de diversos puntos de la ciudad.  No le dio tiempo a dar su último hálito, porque una bomba cayó y estalló  en aquella casa repleta de personas, Fallecieron en el acto el bracero Francisco  Rosales Guerrero, hijo de José y Adoración, a sus 28 años  y  Francisco Moya  Expósito, padre de Paco Moya, ( en otras ocasiones aparece con el apellido García), un zapatero de 33 años, que trabajaba bajo las órdenes del comerciante y concejal Víctor Hinojosa López en su tienda de la Plaza Vieja, y estaba casado con  Dolores González Jiménez; casado con Dolores González Jiménez dejaba en aquel momento cinco hijos ( entre ellos, NUESTRO BIOGRAFIADO). Se salvó  de milagro un personaje muy querido de aquel barrio Andrés, el Ciego. 
En este caso luctuoso, el testigo fue su vecino  Ramón Callejas, una familia que estuvo ligado con el mundo escatológico ya que tocaba las campanas de la Mota y elaboraba las lápidas del cementerio, . Al día siguiente fue enterrado en la zona Nuevo Z    de los nichos  6 y 7  del cementerio de la Mota, en medio de las patrullas de defensa integradas por las tropas de Infantería y de Patriotas Españoles junto con las otras víctimas del bombardeo. El  enterrador los recogió en el libro de registro de cadáveres de la mota y en el registro se aludió como causa de su muerte " asfixia por derrumbamiento consecutivo de bombardeo aéreo".  
            Los datos de este acontecimiento estaban documentados.Sin relación palpable con los supervivientes.  Por eso, la reacción de Paco Moya era de esperar. Pues su mente se desbordó contextualizando su entorno familiar. Recordaba las buenas dotes de su padre que conseguía con sus magistrales manos artesanales aquella obra única del tacón de carrete , una filigrana que sólo elaboraban los que conseguían el certificado de la maestría zapatera. Pero, su dedicación zapatera radicaba sobre todo en la elaboración de albarcas para los campesinos que predominaban en la ciudad, me recordó los años de destierro de su patrono Víctor Hinojosa en Santiago de Compostela. Y me insistía en que había sido monaguillo de la iglesia de Santo Domingo de Silos y en San Juan. Incluso, me llamó la atención de que se sentía muy orgulloso de ser uno de los primeros de la lista de  hermanos  y su intento fallido de presidir la hermanad. Me  refirió sobre sus negocios, su zapatería, su espíritu emprendedor con una granja en Santa Ana y otras empresas, sobre la diáspora de sus hermanos,  su hermana Lola, e su devoción al Cristo de los pegujareros y sobre  la herencia transmitida de su pasión zapatera en su hijo Paco, que domina muy bien la copla y mantiene siempre la sonrisa en los labios aportando su diaconía a su padre en estos años de carencias físicas  .
Paco , últimamente, no falta a la cita dominical ni al encuentro tras la misa, raro es el día que no me aporte algún detalle nuevo de su biografía y de su devoción  por el Cristo de la Salud.
 El barrio de San Juan deja huella marcada a todos los vecinos, nunca le faltó una vela ni la devoción al Cristo de las senagüillas, como le llamaba Antonio Urbano. Menos aún , una plegaria y un te Deum compartido. Este es el caso de Paco Moya, que  fue atraido de nuevo  por el agua que volvió a su cauce.