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miércoles, 31 de octubre de 2012

MI TÍO DON LUIS


 

 

 

           

Cuentan que en los núcleos rurales, durante muchos años, el cura, el  maestro y  la autoridad civil o militar  (un guarda, un guardia civil o un pedáneo) eran los ejes que estructuraban y  conformaban la vida social de muchas sociedades. Todos obedecían a sus órdenes, seguían sus consejos y  cumplían sus deseos como si se tratara de las  manillas del reloj. Por cierto, no se ha escrito mucho de los curas de la comarca; algo más de las autoridades, (algunos  se extendieron en  la influencia de los zahoríes, precedente de los alcaldes pedáneos). Hoy nos vamos a detener en uno de estos personajes más influyentes de las aldeas: los maestros.   

Se trata del docente Luís Gómez Atienza. Este nació, a principios del siglo XIX, en una casa solariega  de la Fuente del El  padre de Luís  era un labrador devoto de la Virgen de la Cabeza, a cuya fiesta del monte del Cabezo acudía siempre todos los últimos domingos de Abril: lo hacía con su acémila y su numerosa familia; incluso hubo años que ostentó el cargo de hermano mayor de la cofradía. Su  madre, Adelaida, mujer prolífica, y religiosa como la que más, representaba la bondad humana y la santidad de los seguidores de Jesús en  la tierra. En su hogar, la familia rezaba al alba, en el ángelus, en las ánimas y  al acostarse.. Por tradición, sus  hermanos se dedicaron al campo  y acompañaron al padre en la venta de la leche  y los más jóvenes ingresaron en el Cuerpo de la Guardia Civil. Luís, el más pequeño, como era frecuente, por aquellos años, marchó a tierras extremeñas, a un seminario de la ciudad de  Don Benito, atraído por los aires de santidad de  un misionero que le había cautivados en las frecuentes Misiones Religiosas, que se celebraban  en la comarca alcalaína para formar  cristianamente a la población.  Sin embargo, por los años treinta corrían aires no muy propensos a los estudios del sacerdocio y Luís  volvió  a sus tierra, imbuido en una fuerte formación religiosa que lo iba definir en toda su vida. Su familia, labradora y ganadera, debió mantener buenas relaciones con el alcalde pedáneo de Santa Ana y, durante los años del bienio radicalcedista, el joven Luís cooperó en la elaboración del censo de aquel partido de campo. Esto le ocasionó más que un disgusto sufriendo los desgarramientos de la lucha fratricida.

Tras la guerra, ejerció de maestro; primero lo hizo en Ermita Nueva y, posteriormente,  desde finales de los años cuarenta, en la aldea de Santa Ana, en los bajos de un gran caserón que miraba  a las espaldas del presbiterio de la iglesia. Todavía lo recordamos con su bata oscura  dirigir el corifeo infantil sentado en los bancos de madera instruyéndole en las primeras letras y en el cálculo de los números, Placentero como el que más, ejercía su autoridad  y transmitía su bondad a sus discípulos que lograba darle ese instrumento fundamental que los iniciaba en el mundo de la formación y la cultura para librarlos de la ignorancia. Su fama se extendía a todos las aldeas, núcleos rurales y a la misma Alcalá la Real, desde donde acudían jovenzuelos para perfeccionarse en sus estudios básicos. Muchas anécdotas recuerdan de la etapa escolar y de una enseñanza en la que todavía no se había extendido su obligatoriedad  y, menos aún,  se cuestionaban los métodos  y disciplina del maestro. Siempre, marcó el ejercicio de la docencia  con la transmisión de valores,  y  la huella del humanismo cristianismo era latente a la hora de impregnar su comportamiento ético e intelectual. 

Preparaba a los niños para el día de la Primera Comunión con gran entusiasmo, ya que era un gran militante de la Iglesia Católica: frecuentaba encuentros diocesanos de la Acción Católica, se imbuía del espíritu de los Cursillos de Cristiandad y  practicaba la piedad  a lo largo del día sin olvidar diariamente la visita  al Sagrario de la iglesia de Santa Ana.  Aún más, ofrecía su hospitalidad y la de su familia, heredando esta costumbre  de su madre Adelaida, a todos los sacerdotes. Francisco Callejas, don Esteban, don Francisco…En su casa. Siempre había un rincón para paliar las necesidades de los excluidos y sus manos rotas derrochaban generosidad a muchas personas carentes de las necesidades básicas. No cobraba las horas extraordinarias a muchos hijos de familias rotas y que necesitaban los estudios para avanzar en su  currículo.

Fue, además, un hombre de amplia cultura, entusiasta bibliófilo, recogió algunos restos de bibliotecas de sacerdotes y  personas cultas, al mismo tiempo que no había novedad bibliográfica que no adquiriera para las baldas de su biblioteca particular. Generalmente, se desplazaba a Alcalá la Real, y  en la librería del maestro don Pascual Baca  compraba todo tipo de novedades.

Don Luís, que era una institución en Santa Ana, dejó su huella en muchos que ya han fallecido y en otros alumnos supervivientes hasta los años sesenta del siglo XX. Luego, cambió de aires, se vino a Alcalá y ejerció la docencia muy pocos años en las Escuelas de la Sagrada Familia. No llegó a los sesenta años cuando le alcanzó la muerte muriendo con la misma paz  que compartió con todos los de su alrededor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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