LA PLAZA ALTA DE LA MOTA
DESCRIPCIÓN DEL SIGLO XV Y DE FINALES DEL SIGLO XVI
Actualmente se entra por unas Escaleruela
de fácil acceso, donde se levantaba una importante tienda. Pero, pero no era la
única entrada a la plaza porque existían varias. Por la calle del
Preceptor y por la iglesia, y desde el Arrabal Viejo a través del Cañuto, bajo
el Gabán, un corredor pendiente y empedrado como si se tratara de una calle
cubierta, que bajaba a través de varias rampas a la puerta de Zaíde y acortaba
el camino a los vecinos que venían del barrio de san Bartolomé o de Santo
Domingo. En su trayecto final junto a la entrada a la plaza, se encontraban
algunas tiendas que fueron levantadas en tiempos del corregidor de licenciado
Cabezas. A través del Cañuto, y bajo
el Gabán, se entraba por un pasadizo rodeado de tiendas, allí se colocaban los
puestos de vender harina, cebada y otros productos de la huerta, incluso, el
pescado en ciertas ocasiones ; al
suroeste, por detrás de la casa del corregidor- antes del conde de Cabra y, en
el siglo XVU, Leonor Méndez de
Sotomayor- tenían su entrada los vecinos
de la parte alta de la fortaleza a
través de la calle del Preceptor que se unía con la Calancha y el Bahondillo y
con la de la propia Iglesia.
En
la plaza alta, a mano izquierda, desde las casas de Cabildo, quedan los pilares
de los corredores que se levantaban con nueve tiendas bajo unos
soportales, que simulaban a la actual plaza de Almagro, y, encima de ellos unos
altos adintelados, con unos buenos balcones de forja de la saga de los Oliva, y
cubiertos de teja, por su parte trasera se abrían unas ventanas que miraban al
Sur, a Sierra Nevada. Se sentaban sobre diez columnas de estilo dórico, muy
equilibradas pues sus veinte basas y capitales mantenían las mismas dimensiones
, encima de las cuales estaban las tarjas, los bolsones, los 24 garabatos con
sus esconces en los ángulos, que servían de portada; unas cornisas de piedra y antepechos abrían el paso a los ventanales.,
Pertenecían a lo que llaman propios de la ciudad, y, unas veces se alquilaban a
los comerciantes cambistas, u otras a
tenderos de pequeñas mercadurías y de
paños, también a los escribanos, que llegaron a superar la docena, donde
colocaban sus oficinas, y otras, sobre todo a mediados del siglo XVII, quedaban desiertas en la subasta municipal.
Sin embargo, incluso, en algunos tiempos, alguna de estas tiendas sirvió de
Casa de Justicia, donde vivía el corregidor y en cuya fachada estaban colocadas
las armas reales y el escudo de la ciudad.
Al
final de la última tienda, estaba adosada la Cárcel Pública de la ciudad, donde
existía una tienda que gozaba de un buen arriendo para el fisco de la ciudad.
Años más tarde, en torno al 158O. se
construyó la Casa de la Justicia, lindando por la otra parte con la Cárcel y
con las Murallas y una calle. Esta era de dos pisos y, en su parte superior,
tenía unos corredores y unos marmolillos. Y, junto a ella, la casa de Isabel de
Leiva, que sirvió de convento de las monjas dominicas desde el año 1580 hasta
el año 1601, cuando se bajaron al hospital de la Veracruz. Una calle se abría
junto a la casa de Sancho de Aranda, toda ella de fachada de piedra, y además
se cerraba la plaza con el hospital de los Monteses junto con la casa de Leonor
Méndez de Sotomayor y la casa de Francisco Cabrera, que estaba adosada a la
Iglesia Mayor. En esta plaza, todavía resuenan muchos ecos de la historia de la
ciudad, pues la presidía las Casas de Cabildo, con su planta alta dedicada a
las reuniones de los regidores y jurados, su capilla y archivo que se iluminaba
con unos ampliaos ventanales, que daban a la plaza; y su planta baja con los
soportales de los arcos y una sala dedicada para la audiencia de la
justicia. Pero no sólo ejercía una
función municipal sino también festiva, desde sus balcones se recibía el
estandarte real de la ciudad, y se colgaba con motivo de la proclamación de los
reyes, se vestía de gala y sus balcones eran ocupados por todo el cabildo con
motivo de las fiestas de toros y de cañas que se celebraban. Había dos tipos de fiestas: las ordinarias estaban
fijadas en unas tablas colgadas en las habitaciones de cabildo, y las
extraordinarias.
En
esta plaza, enladrillada por muchos sitios para celebrar con decencia las fiestas
y los toros, desde por la mañana, ya al amanecer se palpitaba el pulso de la
ciudad. A las ocho, acudían a las casas de Cabildo los regidores y jurados,
rezaban y asistían a misa, oficiada por el capellán de la ciudad en un altar
presidido por un retablo realizado por el pintor Pedro Sardo; después se
reunían en la sala alta del Cabildo, donde debatían y exponían sus votos
que no eran sino sus pareceres para que la Justicia los armonizase y, como hombre, por así decirlo con términos de
hoy, de consenso, lograba el acuerdo
final para ejecutarlos; inmediatamente se distribuían en grupos de dos y tres,
lo que llamaban diputaciones y comisiones: Unos bajaban a la sala de audiencias y resolvían los
delitos de faltas contra las ordenanzas de la ciudad, otros revisaban la
calidad y los pesos de os alimentos, controlando los precios y las cuentas de
los mayordomos. En tiempos bélicos reclutaban a los soldados, y lo que era
frecuente, con la sequía, repartían acompañados de los panaderos, papeletas de
pan a los pobres. Los escribanos, por su parte, en las oficinas de enfrente,
registraban las escrituras de poder, los testimonios, los autos judiciales y
los contratos más variopintos: desde la compra de un burro hasta la herencia de
un cortijo pasando por el contrato de una obra de arte, realizado por un
clérigo a la familia de Pablo de Rojas. Y no sólo los hombres de pluma, sino que
el corregidor y los dos regidores de turno ejercían la justicia con los
acusados. A unos gañanes les caían cien los azotes por la entrada de su rebaño
o piara de cerdos en una heredad de viña, a otros los mandaba al tormento por
haber acudido a una hechicera, y los había que sufrían la horca de manos del
verdugo negro contratado de Granada. A las mansiones de los hidalgos acudían una
caterva de criados, peones del campo, gañanes a que le distribuyeran las tareas
del campo y los encargos para abastecerse de alimentos; al hospital de los
Monteses se acercaban, los viajeros que iban a Alhama a curarse en los baños,
los extranjeros, que huían de la Justicia de otros lugares, y los pobres de
solemnidad que mendigaban por toda España.
Algunos pasajeros se inventaban y tramaban miles de argucias para
avecindarse en la ciudad. Sobre todo, los judíos portugueses, y algunos moriscos
y los franceses, estos últimos solían arrendar los puestos de las tiendas de
las plazas de la Mota. Aunque algunos lograron avecindarse, la mayoría lo más
que pudieron recibir fue un donativo, pues eran increíbles leyendas y cuentos
tan insólitos como el del matrimonio de Pedro de Roez. Se hacía pasar por ser
perseguidos por la justicia francesa acusados de matar a un clérigo calvinista,
que les había forzado a renunciar a su fe católica. Personas como estas se ayudaban de los clérigos
que frecuentaban la plaza tras la salida de los cantos de la tercia o de realizar
algún oficio de misa celebrado en un altar de la Iglesia Mayor, donde
periódicamente oficiaban misas con la presencia de las familias que empeñaban
sus bienes para cumplir con las mandas testamentarias de sus capellanías. Avisado
el prelado, por los dos munícipes encargados de las fiestas, se preparaba para
tres días después, una misa de acción de gracias, en la que el maestro de
capilla contratado de la capilla Real de Granada y unos niños de la localidad,
entonaba un hermoso Te Deum en una misa en la que el abad escuchaba atentamente
al prior del monasterio de san Francisco en un púlpito que se trasladaba desde
el mismo convento. Tras la misa, una procesión general por la plaza y claustro,
y el juego de los mozos que se divertían tirando a unos doce gansos hasta
matarlos. Había veces como en el 1571,
en el que por la tarde los vecinos de la ciudad, los artesanos, labradores, mancebos
y gente llana competían a manera de comparsas, inventando unos regocijos y
demostraciones de alegría, consistentes en cortas mojigatas y parodias burlescas
para conseguir como premio algunos metros de tela de tafetán o de damasco.
Los
niños, algo más tarde, se dirigían a la escuela y al colegio de gramática; pero
solían entrenarse jugando a la pelota, a la alcancía y a las cañas, simulando a
los mayores.
Raro era el día que el bullicio no fuera la nota de color
de aquel recinto tan pequeño. Pues, frecuentaban las concentraciones de vecinos
motivadas por mil motivos. Proclamaciones de reyes, fiestas con motivo de la
llegada del abad o del corregidor, juegos de cañas para ejercitar la caballería,
procesiones del Corpus Christi, exposición de sambenitos, escarmientos de
herejes judíos. - Las más sonadas se
realizaban con motivo de las asonadas militares. Al toque ronco y reiterado de
la campana de la Iglesia Mayor, como si sonara a fuego, todos los vecinos
varones, que estaban comprendidos entre los veinte y cuarenta años, acudían de
inmediato ante las puertas del cabildo. El corregidor ordenaba silencio y se
iniciaba el pregón de la convocatoria leyéndose la carta real por el pregonero.
Al instante, los corrillos se formaban en los bajos de los corredores.
Murmullos, imprecaciones, insultos soterrados. Parece como si estuvieran
grabadas estas frases en las piedras de este recinto. Si las ondas del tiempo
pudieran recogerlas, podríamos descubrir la historia de España, con cada una de
las manifestaciones de los soldados que volvieron a su tierra tras algún
acontecimiento bélico. Pues, algunos escribieron algunos comentarios, como si fueran
Cesares renacentistas, para ensalzar las hazañas de sus antepasados. Es el caso
de los Aranda, los Frías o los Arjona. Pero, si estas piedras hablaran, contarían
las hazañas de tantos anónimos soldados que ayudaron a los reyes de España. Pues,
siempre tenían dispuestas dos compañías para hacer frente a todo lo que le
requiriera la Corona y al buen servicio de la fe católica. Y les puedo relatar
cómo los Reyes Católicos en la toma de Granada, contaron con hidalgos
alcalaínos, entre ellos los Pineda y las mercedes que recibieron de fincas,
solares y reconocimientos de hidalguía. También cuando se aliaron contra
Fernando V, tras la muerte de Isabel de Castilla y a favor de Juana Loca, a
instancias del marqués de Priego. O ayudaron al emperador Carlos V en el
levantamiento de las ciudades comuneras de Andalucía como Huéscar, y Úbeda y alojando
en su viaje de boda con Isabel de Portugal de 1526 desde Sevilla a Granada. Miles
de veces que acudieron a la Costa, unas veces a Motril o Almuñécar, las más a
Vélez y las menos a Almería, ante la simple presencia de los bajeles turcos o
las fragatas tunecinas.

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