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domingo, 27 de octubre de 2019

EN JAEL DIARIO JAÉN. BAJO AZUL QUE ENVUELVE DE JOSÉ CHAMORRO GARCÍA






En el Aula Magna del exconvento de Capuchinos de Alcalá la Real, se celebró la presentación del libro de poemas de José Chamorro García “Bajo azul que envuelve”, editado por El Ojo de Poe, que regenta Inmaculada Puche.  Comenzó con la lectura y recitado de un poema del poeta por parte de la editora, dando la bienvenida a esta nueva obra en medio del acompañamiento musical del piano y viento de violín del dúo D. Agnues. 

 Entre un diálogo plutoniano de los componentes de la mesa,  formado por el poeta,  la editora y Francisco Martín, se fue desgranando la creación de esta obra, su contextualización dentro de su producción artística,  sus contenidos, su universo poético, el azul, la naturaleza, el poeta y el mundo que le rodea, su  simbolismo,  la espiritualidad, La Presencia, el creador,  el tiempo vivido, memoria y recuerdo, panenteismo,  su esencialidad,  el texto bilingüe, y todos los demás aspectos que los intervinientes fueron preguntando al autor, que respondió con su palabra y poemas. Al mismo tiempo que se interpretaron bellos pasajes de música clásica, en los ínterin de recitados por parte del autor. Finalmente, acabó con la firma de sus poemas al numeroso público que se mantuvo muy   receptivo con el autor.
Alcalá la Real, ciudad de congresos, y de los libros, presentaba este nuevo libro del poeta Chamorro, profesor de Filosofía de las Escuelas Profesionales Sagrada Familia (SAFA). En su producción literaria y periodística, aportó una nota especial, un agua fresca y un viento renovador a esta provincia con sus artículos del en Diario JAÉN, donde se esperaba, con gran ansiedad, su publicación durante cinco años, en su columna de opinión. No podemos olvidar la presencia de su pluma en diversos artículos de varias revistas de espiritualidad y naturaleza, ni su blog formativo de Psicoterapia ni con la revista digital Reencuentro de Jaén.
 José Chamorro, como una persona inquieta, con esa búsqueda interior, no es un iniciado en las artes literarias, ya que “Bajo azul que envuelve” no es su primera obra, porque desde 2012 ha publicado siete obras


 “Antes de partir”, “Las estaciones del silencio”, “Hojas de otoño” y “Claves para saborear la vida”, son los libros que el autor ha publicado en prosa y, en poesía, “Il sogno di un uomo” y “Perfilar lo indecible.
Para la comprensión de esta nueva obra, hay que partir de su título “Bajo azul que envuelve”, y relacionarlo con el verso del epílogo con un poema de Hoderlin, “divinidad amable nos escolta con azul, al principio, después prepara nubes con bóvedas grisáceas”. En clara alusión, a una experiencia del poeta a su presencia en la Sierra de Cazorla, donde se ve inmerso, a modo del bosque que canta el poeta y filósofo alemán, en medio de los ríos, las fuentes, las orillas, los bordes, la naturaleza que hay contemplar y aprender y compartir con ella. El azul es el color poético, al que Chamorro se adhiere para entroncarse y compartir las vivencias poéticas en torno al homenaje a la naturaleza, mediante las 90 poesías, bilingües (pero no una mera versión, ambas son auténticas y logradas poesías en español e italiano). En versos libres, pero no sueltos, encadenados en el ritmo y la esencia de la estética formal. Sus asonancias magistralmente tratadas y la rima interna perfectamente cadenciada son el marco métrico de un quilate de poesía en esencia, Sus versos mezclados, a base del cincel de la tonalidad y atonalidad   alcanzan unas combinaciones mágicas de ritmo sereno, cuya forma respira armonía, serenidad y gozo de acuerdo con un contenido de la cosmovisión natural de su yo poético.  Utiliza el vocablo esencial, en su forma, con una sintaxis armónica y acorde a la pequeña estrofa, que en la mayoría de las ocasiones se confunde con la unidad del poema.
Como autor creador, en su primera parte, se descubre en medio de la inmensidad del azul simbólico, entre la mar y el cielo, entre la armonía y la sencillez, entre la inmensidad y el tiempo que consume, entre el relato y el deseo. Se muestra trasplantando lo clásico a lo moderno en la rima y a la composición. Y siendo inmanente el espíritu poético universal, donde la naturaleza fluye, cubre, y abrasa a su yo creador, más bien contemplador.
Su obra es poseía, en el sentido, de la poiesis griega, acción de crear, hacer, plasmar la idea, esencializar, filosofía vital, elán…Pasando del campo de la ética a la metafísica se envuelve, entre la inmanencia y la trascendencia. Su obra está escrita  como las máximas de Marco Aurelio, en la poesía pura.   Así, en ella se habla de diferentes aspectos de la naturaleza, la belleza de la misma y su peculiaridad. Algo que últimamente está un poco olvidado en el mundo urbano. Pero no solo se habla de naturaleza como tal, sino también de la humana. Como dice su prologuista Javier Melloni: Ciertas palabras aparecen recurrentemente en estos versos: la memoria y el olvido, el agua y la sed, la ausencia y la presencia, la transparencia, el flujo, deseos, horizontes, vuelos, reflejos, … Todo ello habla de un Anhelo irresistible de Pureza, de Belleza y de Presencia que se calma y se hace sostenible a través de la palabra poética.
 La segunda parte está dedicada a la belleza estética: “se basa en obras del pintor gaditano Pepe Palacios. Sus creaciones le inspiraban mucho a traducir lo que veía en versos”. Son un tributo a la naturaleza y al arte pictórico, con este trabajo literario bilingüe Ítalo-español   
Muy bien cuidada y encuadrada la edición, tanto en lo material como el color, la titulación, los dibujos, las solapas, y la distribución del texto en la página que invita a la trascendencia   por la editorial que ha publicado este libro “El ojo de Poe”, de Alcalá la Real.  Como dice su prologuista:  Un poemario, en definitiva, realizado con gusto y donde se han cuidado todos los detalles con la única pretensión de que la forma invite y permita al lector sumergirse en la atmósfera de simplicidad profunda que emanan los versos.











viernes, 25 de octubre de 2019

LA VIVIENDA EN ALCAL LA REAL. ARTÍCULO ABIERTO.


Se distinguen varios  tipos de viviendas
CASAS PRINCIPALES
CASAS DE UNA PLANTA
CASAS ENCARAMADAS
CASAS CUEVAS

CÁMARAS
Es frecuente esta parte de la casa dedicada a almacen, incluso dormitorio. Solía alquilarse ajena a la vivienda, ocupaba la parte superior de una casa, pero también existía en la primera planta o cuerpo. Solían existir con frencuencia en las casas del Bahondillo y Arrbales (Viejo y Nuevo). Por un documento de 9 diciembre 1526, ante Francisco el escribano Francisco Ordóñez, Pedro de Roblredo vedía unas cámaras en el Bahondillo a Juan Pérez de Escamilla, linderas con las casas de Juan García de Extremera, y por lo alto con las cámaras de Martín de Alcalá; y una bodega lindera con bodegad e Diego Rodríguez  de  Jaén,  con sus tinajas en el Bahondillo y cámars de María Fernández. por dos mil trescientos maravedíes
BODEGA
Era una parte de la casa, tanto de las principales como las pequeñas, generalemnte ocupando la parte baja de la planta baja o encerradas en cuevas, que se destinaba al almacenamiento del vino. Formaba parte de una casa, pero podía venderse por separado y su precio radicaba en el lugar y en la cpacidad de envase, de arrobas, y de tinajas, que podía albergar. Son muchos contratos de compraventa los que se encuentran en los documentos notariales. Ante Francisco Ordóñez en 3 de febrero de 1527, Apareicio de Bedmar vendía a Pedro González de la Torre una bodega en el Bahondillo, junto dos aranzadas de viña en la Portexyela, a la bodega le cabían 250 arrobas de vasos de vino., linderas con casas de Salvador Jiménez y de Diego Rodríguez  de Jaén por cinco mil maravedíes. 

jueves, 24 de octubre de 2019

EL CAPITÁN ALONSO DE CABRERA

3. EL PEÑÓN DE VÉLEZ DE LA GOMERA Después de haberse apoderado de Melilla y de Cazaza, la siguiente conquista que realizaría la Corona de Castilla en la costa de Berbería sería el peñón de Vélez de la Gomera, pequeño islote situado en la desembocadura del río Támeda o Bades, frente a la antigua ciudad de Badis, poblada a principios del siglo XVI por alrededor de 600 familias. En aquel entonces, esta ciudad disponía de un buen puerto que era utilizado como base por los piratas y los corsarios berberiscos que hostigaban el litoral de la Península, dedicándose buena parte de sus vecinos a estas actividades, y si bien corsarios y piratas disponían de otros fondeaderos en aquella región, Badis tenía mayor importancia porque su puerto, ubicado entre el Peñón y la ciudad, canalizaba buena parte del comercio del sultanato de Fez y sus corsarios eran los más activos de la zona. Además, existía allí un pequeño arsenal en el que se construían navíos de apreciada calidad utilizando los alerces que crecían en las proximidades. Juan León el Africano, que posiblemente visitó Badis entre 1512 y 1515, escribió entonces que la ciudad se levantaba en las proximidades de una llanura, estaba coronada por dos elevados montes y su población vivía principalmente del mar, por lo cual la mayoría de los recursos de sus vecinos provenían de la pesca, del corso o del comercio marítimo. Aunque formaba parte del sultanato de Fez, en los primeros años del siglo XVI aquella región se sumió en la anarquía tras la muerte del sultán Mohamed el Sheikh en 1504 y entonces se estableció en Badis Muley al Mansur, primo del fallecido sultán y pretendiente al sultanato, quien gobernaría un territorio que coincidía con el que ocupaba la cabila Bocoya. Cuando sus pretensiones a la sucesión se vieron frustradas, Muley al Mansur declaró la independencia de aquella zona, donde reinaría a partir de entonces. Por otra parte, con la caída del reino nazarí de Granada el eje del conflicto entre el cristianismo y el islam en aquella región del globo se desplazó hacia el sur, tras lo cual los corsarios y piratas berberiscos se convertirían en un problema cada vez más grave para Castilla, de manera que sus principales bases de operaciones en aquella zona ⎯Tetuán, Targa y Badis⎯ serían un objetivo de primer orden, pues, además de constituir una amenaza para la navegación, los corsarios y los piratas berberiscos también atacaban las poblaciones costeras del sur de la Península, para lo cual incluso contaban con cierto apoyo de los musulmanes que todavía residían en el antiguo Al 92 Andalus. Esta amenaza corsaria y pirática obligaría a la Corona a reforzar su presencia en el mar y a hostigar los puertos enemigos. Así, en abril de 1503 se nombró al comendador Martín Fernández Galindo capitán general de una escuadra a la que se asignó la misión de proteger la costa del antiguo reino de Granada y hostigar la de Berbería. Galindo consideró la posibilidad de conquistar el Peñón y, el 20 de junio de aquel año, presentó un informe a Isabel de Castilla, quien pensaba que la mejor solución para terminar con el corso y la piratería berberiscos sería destruir los puertos que los piratas y los corsarios utilizaban como base y quemar todas sus naves, siendo Badis el principal objetivo12. Sin embargo, esta ciudad pertenecía al sultanato de Fez, por lo cual su conquista se había reservado a los lusitanos en el tratado de Tordesillas, de manera que era previsible que Portugal se opusiera a que Castilla la ocupara. A pesar de ello, se continuaría considerando la idea de destruirla, como muestra un informe enviado al cardenal Cisneros en el que se recomendaba su destrucción y el establecimiento de una guarnición en el Peñón para evitar que los magrebíes pudieran reconstruirla13. Las actividades de los piratas y corsarios veleños tenían entonces tal importancia que, a principios de 1505, el capitán general de Granada, Iñigo López de Mendoza y Quiñones, conde de Tendilla y marqués de Mondéjar, insistía en la necesidad de enviar las tres cuartas partes de la armada que guardaba las costas granadinas a las aguas próximas a Badis para impedir que sus corsarios salieran a la mar, dedicándose las naves restantes a surcar el litoral de la Península y combatir el corso de Orán y Tetuán, aunque Orán sería conquistada en 1509, dejando sus corsarios de constituir un problema a partir de entonces. Por otra parte, el puerto de Badis también era el centro de una importante actividad comercial porque canalizaba el tráfico mercantil entre el sultanato de Fez y otros puertos mediterráneos, e incluso era habitual que los convoyes de galeras mercantiles de la República de Venecia ⎯las mude⎯ hicieran allí escala, aunque la mayor parte las transacciones se mantenían con los puertos del antiguo reino de Granada, especialmente Málaga, pues, a partir de 1490, las ciudades y concejos de la costa granadina obtuvieron licencia de la Corona para comerciar con el Magreb con ciertas restricciones, puesto que estaba prohibido exportar armas, caballos y ciertos materiales, como cáñamo o lino, que 12 Archivo General de Simancas. Libro 6.º de Cédulas de la Cámara, doc. 558, ff. 124v y 125 (ápud López de Coca, 1993, 214). 13 Villa-Amil: Berbería en tiempo de Cisneros, 154 (ápud ibídem, 214). 93 se podían utilizar para aparejar las naves corsarias. Además, una parte significativa del comercio veleño de aquel entonces estaba relacionada con la redención de cautivos cristianos (López de Coca, 2006, 113-115; 127 y 128; 147-150; 1993, 207-213; Africanus, 2004, 308-310). 3.1. La ocupación (1508) El peñón de Vélez de la Gomera se conquistó por primera vez el 23 de julio de 150814, en una operación que podría calificarse de fortuita. En aquellos momentos, Fernando el Católico ⎯la reina Isabel había fallecido en 1504⎯ había enviado a las costas de Andalucía una escuadra capitaneada por Pedro Navarro, conde de Oliveto, para combatir el corso y la piratería berberiscos, cuyas naves arribaron a Badis aquella jornada persiguiendo a unas embarcaciones corsarias que intentaban refugiarse en su puerto, tras lo cual Navarro decidió aprovechar la ocasión para intentar apoderarse del Peñón, a la sazón defendido por alrededor de 200 hombres y algunas piezas de artillería. Sin perder un momento, ordenó fondear un galeón entre la ciudad y la roca y envió contra ella las naos remolcadas por galeras, cuya artillería amenazaba cortar la retirada a sus defensores y éstos huirían presas del pánico cuando desembarcaron los castellanos, tras lo cual éstos ocuparon el Peñón sin encontrar resistencia. Según algunos autores, como Martín de los Heros, después de ello se bombardeó desde allí la ciudad de Badis, que sufrió grandes destrozos, aunque otros, como López de Coca, señalan que no existe constancia de que aquello hubiera ocurrido. Seguidamente, Navarro ordenó construir una torre fortificada en la que estableció una guarnición de 32 hombres provistos de cinco lombardas bajo el mando de Juan de Villalobos, construyéndose también una grúa para izar las embarcaciones y un aljibe que permitiría almacenar agua de lluvia, los cuales prestarían grandes servicios. A partir de entonces, la artillería de la roca impediría a los piratas y corsarios berberiscos acceder al puerto, imposibilitando que lo utilizaran para sus actividades. Por otra parte, la conquista del Peñón provocó un previsible incidente con Portugal, pues, como se ha visto anteriormente, se encontraba en la zona cuyo derecho de conquista pertenecía al reino lusitano, situación que había reconocido Castilla en 1479 mediante el tratado de Alcaçovas y había sido confirmada de nuevo tan solo cuatro años 14 López de Coca data su ocupación un día después, el 24 de julio, según consta en una carta enviada a la Serenísima por el embajador veneciano, Francesco Cornaro, el 8 de agosto de 1508 (ibídem, 214). 94 antes en el tratado de Tordesillas, por lo cual el monarca portugués, Manuel I, yerno de Fernando de Aragón, pidió explicaciones a éste, quien le respondería que como los lusos carecían de fuerzas para conquistar y conservar una posición tan alejada del resto de sus dominios en África, retendría el Peñón hasta que se decidiera lo que fuera más justo, prometiéndole indemnizarle adecuadamente en caso de que determinara conservarlo. Tras ello, las relaciones entre Castilla y Portugal se deterioraron por esta cuestión. No obstante, Fernando de Aragón prestaría un servicio muy valioso a los lusos en octubre de aquel mismo año, cuando obligó a levantar el cerco que el sultán de Fez, Mohamed el Burtuqali, había impuesto sobre Arcila, lo cual mejoraría notablemente las relaciones entre ambas Coronas. En aquella ocasión, los magrebíes incluso llegaron a apoderarse de la medina obligando a su alcaide, Vasco de Coutiño, conde de Borba, a refugiarse en el castillo con sus hombres y enviar mensajeros pidiendo auxilio, requerimiento que el corregidor de Jerez, Ramiro Núñez de Guzmán, atendería de inmediato acudiendo con un contingente de 300 ballesteros y espingarderos acompañados por algunos caballeros. Poco después, el Rey Católico envió una armada capitaneada por Pedro Navarro que zarpó de Gibraltar el 30 de octubre con 3.500 hombres, que obligaron a los magrebíes a levantar el cerco y retirarse a Alcazarquivir al día siguiente. La mejora de las relaciones entre ambos monarcas después de este episodio, los votos de buena voluntad formulados por Fernando, que incluso llegaría a ofrecer el Peñón al monarca lusitano, y la mediación de Ochoa de Isasaga, tesorero de la reina de Portugal, María de Aragón, hija de Isabel y Fernando, facilitaron que se entablaran unas negociaciones que culminarían el 18 de septiembre de 1509 con la firma del convenio de Cintra, en virtud del cual se reconoció la soberanía castellana sobre Vélez de la Gomera, su puerto, peñón, fortalezas y términos y la costa entre Vélez y Melilla. A cambio, Castilla cedió a Portugal el dominio sobre la costa africana situada entre la cuenca del Massa y el cabo Bojador —la Berbería de Poniente—, con la excepción de Santa Cruz de la Mar Pequeña15. En aquellos momentos, el avance de los cristianos sobre la costa norteafricana parecía imparable: después de haber conquistado Melilla, Cazaza y el peñón de Vélez 15 Instrucción de la respuesta que Ochoa de Isasaga debia dar al Rey de Portugal de parte del Católico su suegro, pidiendo vistas en la frontera para ciertas diferencias [sic.] (ápud Pidal y Salvá 1854, 25, 430- 432). 95 de la Gomera, castellanos y aragoneses se apoderaron de Orán en mayo de 1509; en enero de 1510, de Bugía; y, en junio siguiente, de Trípoli; aunque su expansión se frenó en agosto de aquel mismo año con la desastrosa derrota sufrida en las Gelves (Djerba). Por otra parte, la guarnición del Peñón sufriría importantes carencias materiales a pesar de su importancia estratégica porque dependía de unos suministros que con frecuencia no llegaban, reflejándose su desesperada situación en un memorial que presentó el escudero Hernando Briceño en nombre del alcaide y los soldados de su guarnición ante el Consejo Real en agosto de 1518, cuando acudió a la Corte para intentar que se abonaran los sueldos de dos años y siete meses que se les adeudaban. En aquella ocasión, Briceño también pidió que se les suministraran bastimentos, armas y municiones porque se encontraban completamente desabastecidos, por lo cual algunos soldados habían renegado después de haberse amotinado contra el alcaide con la intención de apoderarse de las embarcaciones para regresar a Castilla, dejando la fortaleza desamparada. El escudero, que regresaría al Peñón sin que sus peticiones hubieran sido atendidas, manifestaría su estupor porque no se prestara mayor atención a su situación, pues con la posesión de aquella fortaleza se evitaba que el antiguo arsenal continuara construyendo fustas que asolaran las costas peninsulares, y recordó que antes de su conquista Badis había albergado alrededor de 1.000 cautivos cristianos y desde su puerto habían operado 20 fustas piratas y corsarias16. Por otra parte, la ocupación del Peñón no terminó con el tráfico comercial del puerto de Badis, que además continuaría siendo un importante centro de trata en el que se negociaba la liberación de cautivos. Por su parte, los comerciantes de Málaga mantenían importantes negocios con Badis, donde incluso disponían de factores permanentes. Si bien por real cédula de 29 de marzo de 1515 se dispuso que todas las mercancías que se llevaran a Badis se deberían descargar en el Peñón, donde también se tendrían que realizar las contrataciones, lo reducido de su espacio impediría que aquella disposición se cumpliera. Los convoyes venecianos de galeras comerciales también continuarían haciendo escala en su puerto, mientras que los piratas y corsarios berberiscos trasladaron sus bases a otros fondeaderos cercanos, como Targa o el Jebha ⎯también llamado Castil de Pescadores en aquel entonces y conocido después como Marsa Uringa o punta de los Pescadores⎯, desde donde continuarían realizando sus actividades (López de Coca, 1993, 213-219; VV. AA., 1981, 644; Barrantes, 1857, 439; Bernaldez, 16 Archivo General de Simancas. Cámara de Castilla. Memoriales, leg. 130, fol. 68 (ápud López de Coca, 1993, 218-219). 96 1856, 148-149; Mariana, 1854, 332-333; Heros, 1854, 107-111; Salvá y Sainz, 1848, 505-506; Salazar, 1570, 2-4). 3.2. La pérdida y los primeros intentos de recuperación (1520-1564) La ocupación del Peñón por el enemigo cristiano no era fácil de aceptar para los habitantes de Badis, cuyos reyes, Muley al Mansur y, posteriormente, su hermano y sucesor, Muley Mohamed, intentaron recuperar por la fuerza pero fracasaron, aunque los magrebíes conseguirían tomarlo en 1520 recurriendo a la astucia. Diego de Torres relata dos diferentes versiones sobre lo ocurrido que circularon entre los berberiscos en aquel entonces. Según una de ellas, la codicia del alcaide, Juan de Villalobos, le había hecho relacionarse con unos alquimistas de Fez ⎯que, en realidad, eran agentes del sultán, Mohamed el Burtuqali⎯ quienes lo asesinaron después de haberse ganado su confianza y prometido proporcionarle oro, lo cual permitiría a los magrebíes apoderarse de la fortaleza. Según la otra, el alcaide fue asesinado después de que un magrebí amigo suyo ⎯quien se había puesto de acuerdo con Mohamed el Burtuqali⎯ le hubiera ofrecido dos esclavas negras para satisfacer sus apetitos carnales, tras lo cual le llevaría dos muchachos que se habían hecho pasar por mujeres, quienes lo mataron y después enviaron señales de humo a un contingente que permanecía a la espera y ocuparía el Peñón por sorpresa. No obstante, otros autores de aquella época proporcionaron versiones diferentes de aquellos sucesos. Así, De Mármol refiere que el cacique de Badis apeló a la codicia de Juan de Villalobos, para lo cual recurriría a dos alquimistas fecíes que entraron en tratos con un soldado de la guarnición que sospechaba que su mujer mantenía relaciones con el alcaide y urdirían la traición que permitiría a los magrebíes apoderarse del Peñón. Por su parte, León el Africano relata que un testigo presencial le refirió que el Peñón se perdió por la traición de un soldado que mató al capitán por haberse burlado de su mujer, tras lo cual entregó la plaza a los magrebíes, encontrándose esta misma versión en una carta fechada el 6 de marzo de 1521 que un agente veneciano comisionado en Palermo, Pelegrin Venier, envió a la Serenísima para comunicarle lo ocurrido. Al recibir la noticia de la pérdida del Peñón, el Cabildo municipal de Málaga se reunió el 15 de octubre de 1520 y organizó una expedición de socorro a instancia del corregidor de la ciudad en la que participaron dos naves mercantes en las que embarcaron el capitán 97 Fernando de Arce, un alférez, un cirujano, siete escopeteros, seis ballesteros y doce peones que nada podrían hacer para recuperarlo (López de Coca, 1993, 219-223; Torres, 1980, 264-265; Africanus, 2004, 309; Salazar, 1570, 3-4). Una vez que el Peñón estuvo de nuevo en poder del rey de Badis, Muley Mohamed, los corsarios y los piratas berberiscos volvieron a emplear su puerto como base de operaciones y pronto desarrollaron una notable actividad, que se refleja en una carta de Pelegrin Vernier, escrita en Palermo en agosto de 1521 y citada por López de Coca, en la que informaba que, en aquellos momentos, fondeaban allí 24 fustas locales y cinco de otros lugares cuyas depredaciones se habían convertido en un serio problema para la Corona. A ello había que sumar que los piratas y corsarios veleños colaboraban estrechamente con sus colegas de Tetuán y Argel, lo cual les permitía ampliar el radio de acción de sus incursiones. El primer intento de recuperar el Peñón se realizó en 1525 a instancias de un artillero llamado Hernando de Alvanir, que había sido obligado a ocuparse de las piezas de la roca después de haber sido capturado por los corsarios. De Alvanir solicitó a un cristiano de Cartagena que se encontraba de paso por Vélez que comunicara a Luis Hurtado de Mendoza, capitán general de Granada y marqués de Mondéjar, que estaba dispuesto a prestarle asistencia para reconquistar el Peñón mediante el procedimiento de hacer que la artillería errara el blanco si lo atacaba, insistiendo en que aquella operación se debería realizar durante la noche. El marqués de Mondéjar accedió a su proposición y obtuvo licencia de Carlos I para emprender la empresa, para lo cual organizó una escuadra formada por unas 70 embarcaciones que llevaban a bordo alrededor de 1.500 hombres que partiría de Málaga a finales de septiembre o primeros de octubre de 1525. A pesar de que se había previsto que llegaran durante noche, las naves arribaron cuando todavía había luz y fueron vistas desde el Peñón, perdiéndose el factor sorpresa, tras lo cual algunos de los capitanes consideraron que sería preferible atacar otro lugar de Berbería, pero otros argumentaron que suspender el ataque sería un acto de cobardía e insistieron en continuar, dando el marqués su conformidad. A la mañana siguiente, la escuadra realizó un desembarco en el castillo de Alcalá, distante del Peñón una legua por mar y dos por tierra, y la artillería de la roca abrió fuego contra las embarcaciones cuando se aproximaron a ella, pero Hernando de Alvanir cumplió su palabra y erró la puntería. Sin embargo, el alcaide del Peñón sospechó que lo estaba haciendo a propósito y amenazó con matarle si no acertaba, tras lo cual los cañones hicieron blanco en sus objetivos y el marqués ordenó la retirada, abandonando a su suerte a quienes habían 98 desembarcado, muchos de los cuales fueron hechos prisioneros o resultaron heridos o muertos. Tras ello, las cabezas de los de mayor rango se enviaron a Targa como presente al rey de Vélez, Ali ibn Mohamed Abu Hassun —también conocido como Buaçon—, cuya fortuna se incrementaría notablemente gracias a los rescates que se abonarían para liberar a los cautivos de aquella jornada (Salvá y Sainz, 1848, 506-508; Salazar, 1570, f. 3-6). Badis continuaría bajo el dominio de Ali ibn Mohamed Abu Hassun hasta 1549, año en que los jerifes Saadíes se apoderaron de aquella región y Ali ibn Mohamed Abu Hassun se refugió en Melilla. En 1554, el Peñón cayó en poder de los turcos, convirtiéndose a partir de entonces en una base otomana cuya proximidad al litoral andaluz agravó la amenaza de los corsarios y piratas berberiscos y otomanos, que atacarían desde allí las poblaciones de las costas de Andalucía y de Valencia, amenazando incluso las líneas de comunicación con el continente americano y el archipiélago canario (Quirós, 1998, 55 y 56). 

EN IDEAL ALCALÁ LA REAL. LAS CASILLAS (DE MURES) por Francisco Martín Rosales y Fernando del Pino


                                          
Este artículo es obra de Fernando del Pino ( Lo ha bautizado Ideal con Francisco del Pino)  y Francisco Martín Rosales, con ayuda de Paco Madrigal y Mariloli López. Fotos de Fernando ddel Pino. 


  El término municipal de la ciudad de la Mota se ofrece a ser recorrido por doquier, en rutas que enlazan núcleos urbanos, caminos, arroyos y ríos y puntos geográficos. La zona oriental de Alcalá la Real está atravesada por el río Velillos, para otros, denominado Frailes, e, incluso en los documentos antiguos aparece como las Riberas y, muy remotamente, de Huéscar. Una tierra que se remonta a la época neolítica e iberorromana, con yacimientos arqueológicos en el cerro del Moral , cortijos de la Mesa, del Río y la Media Luna.
 Era la zona molinera por excelencia; desde los molinos de Frailes hasta los de las Juntas, pasando por los de las Riberas (Cubo, Cerrato, Vado Chiquero,  Ramos, Palomino, Arriba y Abajo, los de Huéscar, y el Nuevo). No es de extrañar que este medio molinero se haya transformado en una ruta senderista entre sombra de las alamedas y la frescura de las aguas de los arroyos del Salobral y Frailes, y los campos de riego por aspersión natural entre esparragales, hortalizas y maizales. Si nos remontáramos a tiempos de Anselmo López Nieto, cuando diseñó el mejor mapa pormenorizado de la comarca alcalaína, este paraje ofrecía un aspecto diseminado sin concentración de hábitat humano, entre los arroyos mencionados, y extendiéndose desde la Venta del Sordo Montañés, la de los Callava, jalonando el camino de Alcalá a Guadix y el del Molino Nuevo que enlazaba con el de la Ribera a Alcalá, hasta el Medianil y el puente de la Media Luna. Esta venta, que los abuelos llaman de José Rozas, fue punto de parada y abastecimiento para ganaderos transeúntes del cordel de Guadix, donde las manadas vacunas llegaron albergar varios centenares en sus corrales. Una zona, donde se alzaban cortijos centenarios que se remontaban a tiempos de repartimientos de tierras conquistadas y de tierras roturadas de las políticas agrarias de Carlos III.

 Entre los arroyos mencionados desde la Venta de Callava, se alineaban la casa de Aguilera, y los cortijos del Cerro, del Río, Casa Toro, y del Moral, compartían terreno con el antiguo cortijo de propios del Medianil y las labores de labranza cerealista, de pan de trigo, cebada, escaña y yeros, reservando las huertas junto al cauce de los ríos. La canalización y los pozos de sus aguas permitieron a este terreno constituirse en uno de los más productivos de la tierra alcalaína antes de la llegada del olivar. En el margen derecho del río Frailes, proliferaban las casas y casillas en contraposición del otro margen del río, las de José Rozas, Nuevas, de Ramón Mesa, Antonio Serrano, Francisco Calvo y de la Joya (estos últimos en el trayecto de Alcalá a Mures).  En este entorno, jugó un papel transformador la fábrica de harina de Francisco Batmala, el tío del alcalde don Pablo, donde las maquinarias con las nuevas fuentes de energía de vapor comenzaron a transformar el trigo en harina y cambiar la maquila por la producción del capital. Se anunciaba como la primera fábrica harinera y panadera, que abastecía de pan a todos los contornos, y obligó a abrir nuevos caminos para llevar el pan a Alcalá la Real. Movida por el canal entre la fábrica y el cortijo el Río, que salía de una presa que hay en el cruce de Ribera Baja., igual que la otra presa en la cascada de la Media Luna, se beneficiaba de las acequias de bordes de los valles, típica forma de repartir aguas para los riegos y, en este caso para uso industrial. Con sus dos hornos de pan, el molino, sus secaderos de tabaco, sus dos plantas de cámaras, la vivienda para trabajadores, sus cocinas y baño.  

También, la minería tuvo su sitio en la zona, lo hicieron los yesares con cuatro canteras de Yeso, la zona de Venta José Rozas, otra cerca del Tren (frente al Coscurro), y el actual vertedero, debajo de la Casa del Valdivia. Recientemente, en los años ochenbta del siglo veinte se abrió la cantera de zahorra junto al cortijo del Cerro, que se cerró ante la protesta vecinal.

MEDIANIL

FUENTE DE  LAS CASILLA

Este terreno que hemos encontrado varias denominaciones, desde las Casillas de las Riberas hasta las de Casillas de la Atalaya, por lindar alguna vivienda con la Atalaya Baja, según nos comenta    Francisco Manuel Madrigal Palacios, natural de este paraje. Un estudioso del lugar que encontró, en los archivos alcalaínos, padrones, donde se mencionaban estas viviendas diseminadas, como Casillas de Batmala (1900-1930). Popularmente, se le han llamado CASILLAS sin más complementos determinativos, de modo que el resto ha podido ser anotaciones documentales para el catastro. Actualmente se le denomina CASILLAS de Mures, y probablemente, responde más a razones geográficas de la cercanía con la aldea y camino  del que comparte nombre.


MEDIANIL

En torno a la zona adehesada y de yesares, donde otrora el encinar, hoy testigo raro de las zonas alomadas, sufrió su muerte por el hacha para ser carbón de casa y leña de invierno, se diversificaron los cultivos y se concentraron las viviendas de los colonos y arrendadores de aquellos cortijos. Nuevos productos crecieron en aquellos campos, desde los cereales (cereales, trigo, cebada) hasta los nuevos cultivos de las patatas, cebollas, remolachas, y tabaco; y los más recientes de los espárragos, y las tradicionales hortalizas para uso doméstico. Y haciéndose eco de un medio de transporte novecentista, se formó urbanísticamente el Tren de las Casillas, una calle de dos aceras con casas adosadas en lo alto de una pequeña loma y en forma de vía ferroviaria. No es de extrañar responde al sistema de urbanizar en zona de propios para las clases más desfavorecidas y los campesinos, pasaron de ser chozas de trabajadores de aquellas labores agrícolas, los yesares, los molinos y los servicios de aquel entorno, unas casas con obra nos suntuaria, de piedras, yeso y techos con vigas de chopo, tablas de madera y teja de barro. Un rincón que sirvió de oficina de contratación jornalera.

EL TREN



       



Los lugareños celebraban las fiestas de las flores en alamedas y cortijos, cuando se comenzó a venerar tras la posguerra la Virgen de Fátima, holgaban en los carnavales cera del cortijo fábrica de Batmala, y se tiraba al Gallo y a pichón detrás del Tren de las Casillas, en lo que llamaba el barranco,  La modernidad invadió todo este recinto  Ni han resisitido al envite de la sociedad consumista y utilitarista el horno del cruce ni la taberna de la cuesta al tren, donde sus clientes se autoservían   y jugaban  a los juegos de naipes,  ni el lavadero ( hoy monumento de patrimonio urbano)  ni el  los bailes de candil, ni la escuela que obligó a trasladar a los niños a las escuelas comarcales.  Tampoco, se ve representada por alcalde pedáneo, y esos que todos recuerdan a José López, que todos celebran por traer el agua desde la fuente Tudela a las Casillas. La sencillez lo invade todo, la red eléctrica y pública, y la de agua potable, alcantarillado, los buzones colectivos del correo, el pilar colindante, el banco recreativo, tertuliano y con funciones de mirador rústico, la caza de torcaces y conejos, la venta ambulante y el banco de descanso de las labores agrícolas mientras se contemplan los ciclistas que recorren la carretera que los circunda y en los años noventa fue construida por el IRIDA. 

 En 1930, se encontraban por estos contornos los cortijos del Medianil, de los Peñones, Toro, las Tres Avemarías, el Cerro, el Cerrillo, la Joya, del Manzano, Casa Nueva, Espino, Arrañales y Venta la Torrezna con la   Fábrica Batmala y Nuevo con tres casas, del Río, y del Moral. En 1940, los cortijos eran los mismos que diez años antes, y algunos nuevos o con diferentes nombres como las Vegas, Molina, Tomillos, Cantores, Juanichín, Peral, se agrupan en las Casillas con un número alrededor de 27 casas,  Pasaron los años noventa,  el Tren pervivió menos habitado ya que  la despoblación hizo  mella entre los vecinos, que emigraron a otras tierras, a pesar de que  algunos ingleses recuperan viviendas rusticas y otras se transforman en viviendas de turismo rural y son muy frecuentadas como Casa Wenceslao.Es evidente que su hábitat, entre los vilanos que cruzan las alamedas, y la caída de las hojas otoñales, comparte el sonido y el color, entre verdes y amarillos que definen este entorno afrodisiaco de Alcalá la Real.

ANTIGUA FÁBRICA DE BATMALA

SERVICIO DE CORREOS COLECTIVO

MEDIA LUNA

DESDE EL BACNO DE LA CONTRATACIÓN CONTEMPLANDO LAS HUERTAS


      


miércoles, 23 de octubre de 2019

LA PUERTA ZAYDE







Entre las puertas de la entrada de la Mota, quedan en pie las del Arrabal, Lanzas, Imagen y Peso de la Harina o de la Plaza Baja o de la Villa; cerrada la de la Puerta Nueva; localizadas y recuperadas con nuevo formato de Santiago o del Aire; la del Cambrón y Granada, en buen estado,  localizadas y con arranque de pilares de entrada, Martín Ruiz y Zayde. Esta última se encuentra localizada al pie de la Torre de la Cárcel Real, y, abierta su calle de entrada, real como se llamaba cualquier calle que se abría,  desde el Rastro a la calle del Postigo. Comunicaba el barrio del Rastro,Puerta Nueva y Matadero con el de Santo Domingo, y, a través de la calle Postigo con el de la ciudad fortificada de la Mota; y a la Plaza por el Cañuto hasta que se mantuvo levantado en 1580. En su entorno existían casas, como lo demuestra este documento en 1526, ante Francisco Ordoñez, por un censo de Pedro Jimenez de las Vacas casado con Catalina González  que le hizo el licenciado Diego López de   Villalobos en la cantidad de 10.000 maravedíes sobre unas casas  bajo la Puerta de Martín Zayde, linderas con Pedro Martín de Castilla, Por estas fotos recreamos, el contexto, son obra de Pacomures, Francisco García Pérez a quien le agradezco la colaboración. Por su colocación y ubicación se comprende la Leyenda de la Mina, por aquí acabaría el pasadizo de salida de la ciudad fortificada y no por la falda de los Llanos.






ESTA ES LA LEYENDA QUE EDITAMOS














viernes, 11 de julio de 2014

La leyenda de la Mina












La última vez que me recordaron el nombre de La Mina fue con motivo de una conducción de agua que bajaba al Cuartel de la Guardia Civil. Se había agotado aquel canal de agua y los miembros de la Benemérita, alarmados me pidieron ayuda en mi servicio municipal. Y ahondé en los derechos adquiridos su historia.





Ví La mina, de pequeño, y mis abuelos me habían contado miles de historias. La mina se ubicaba en la falda del nuevo barrio que había nacido en torno a las calles de Moreas de Gamboa y Tal de Arroba. La orientaba un cronista hacia el occidente del barrio de las Cruces, moteado de blancas cruces.


Pero realmente se hallaba en dirección sur, en la ladera de los peñascos de la linde majestuosa de los Llanos, hacia el promedio de ese cerro, que como decía este insigne Personaje “a cuyos pies tiene Alcalá su caserío, abre su boca una mina, cubierta de zarzas y tomillos, cuya senda tortuosa y estrecha, descendiendo con el declive de la ladera, parece como que va a perderse por bajo de las primeras casas enclavadas en sus faldas”.


Hubo un antepasado que me comentó las célebres brujas cerniendo higos que se transformaron en personajes provistos del espíritu de la hechicería; otro me comentaba que a un familiar suyo aquella hechicera lo había dejado encantado y no daba respuesta a nadie; algunos se remontaban a los tiempos del principio de la Edad Moderna y comentaban que allí acudían y se refugiaban los duendes que acudían por la noche a la Mota, a la casa del Miedo; más consistencia tenía el hecho de que esta mina había sido refugio de los monfíes cuando acudían a Ruta entre cuentos y leyendas. Desde los miradores de las Cruces asaltar a los arrieros y sus recuas en su paso desde la Campiña a Granada; dicen que un pariente mío vio algunos bandoleros de la Sierra de Ronda esconderse


en aquella Mina para despistar a los alguaciles y caballeros de la sierra que le seguían los pasos. Con mi padre, me acerqué una vez al hueco de aquella mina, pero, lleno de


miedo, no me atrevía a bajar al fondo de aquella oquedad y nunca pude descifrar su misterio. No sé si allí había tiestos de vasijas o restos de fuego, ni jergones de paja, ni nada de nada. Pero un amigo de mi niñez el Pacuco nos condujo a ella en una día de batalla infantil entre barrios alcalaínos. Se introdujo entre sus matorrales, buscando el palacio de oro, que le había comentado su abuela, lleno


de estalactitas y estalagmitas, para descubrir la presencia de una reina de hadas sentada en el trono de marfil, que había salvado del hambre a un niño pobre del barrio del Arrabal. Fue el único que se atrevió a avanzar con una caja de cerillas actuales, y un pedernal por si fallaba eñ fósforo y estopa. Le acompañaba Patavana, con una capacha de su padre portando todos aquellos elementos incendiarios


y una vela. Lo esperábamos sentados bajo un almendro; y se nos hacían los minutos horas, y a ellos semanas. Al principio sentíamos algún que otro alarido y grito, pues parecían que topaba su cabeza con alguna piedra imprevista de la bóveda natural de aquella oquedad circular. Al fin, los vimos salir. Nos abrazamos. Andamos con un azogue especial, para preguntarles muchas cosas.



Ávidos de conocer muchas historias, de contemplar los tesoros escondidos. Nuestra primera pregunta consistió en si habían visto a los hombres de piedra, aquellos liliputienses de que habían poblado las entrañas de la tierra, o si les habían quitado las hachas de sílex. No nos daban satisfacción alguna, solo los harapos y zancajos de sus ropas se nos presentaban a nuestra vista. Dejando aparte estos seres, le preguntamos ya por historias de moros y cristianos.



-Escucha, Pacuco, Pacuco,



-Bueno, que no he visto nada.



-Pero mi padre me leyó sobre un pasadizo que desde aquí llegaba por debajo de tierra a otra mina del pie de la torre de la Cárcel Real.



-Cuenta, cuenta, hemos visto una oscuridad.



-Te cuento: Sabes las veces que hemos entrado por esa mina en el torreón de la Mazmorra, que se yergue como torre barbacana de la fortaleza de la Mota.




-Claro que sí. Allí, hay un hueco similar, oscuro. Lanzamos piedras y suena el agua y retumba en su fondo.





-Pues, entonces me confirma la leyenda de la Mina. Aquella que hicieron bajo tierra en tiempos de los cartagineses, la utilizaron los romanos y no nos extraña que los visigodos se escondieran.




-Más que camino oculto subterráneo, que arranca de la mazmorra, es un escondrijo o guarida de animales.





-Déjame, que prosiga. Desemboca en el Cerro de enfrente, tenlo por seguro, bajo un peñón. Fue obra humana. Pasaron los tiempos, y quedó en el olvido, como si fuera


un túnel sin fondo. Algunos intentaron atravesarlo por curiosidad, sobre todo, algunos muladíes para salvarse de las garras de otros musulmanes.



Pero no pudieron volver. Lo que te puedo asegurar es esta historia.



-Dime cual.



-En 1340, Alcalá se encontraba asediada y cercada por las tropas de Alfonso XI. No podían salir sus moradores de la fortaleza para enviar misivas al rey granadino. Entonces el alcaide Ibrahim cayó en la cuenta de que existía este pasadizo comentado en muchas ocasiones por los ancianos del lugar. Convocó al pueblo en el patio de armas de la torre del caid. Allí les pidió que necesitaba un hombre valiente para que asumiese una hazaña especial. Tenía que avisar al rey granadino que estaban cercados y debía acudir en su ayuda. Se ofreció Tayre. Era un hombre de espíritu inquieto, capaz de todo como un adalid castellano, una auténtico almogávar, osado, de mediana estatura, su guardia personal, y también archero distinguido; no necesitaba altura para hacer muestras de su valor.



El alcaide lo llamó al aposentó de su palacete y le desveló que existía un pasadizo que nacía de la mazmorra y moría en las Torres Bermejas, a quinientos pasos de la cuartel castellano, a través de aquel conducto debía pasar por el camino de Guadix, y de allí avisar a las tropas granadinas que estaban cercados. Tayre no dudó, no podía soportar más la humillación que sufrían de parte los cristianos,


los padecimientos de sed y hambre durante tantos meses de asedio. No se lo pensó dos veces, se hizo de una lucerna de bronce y de una antorcha, se introdujo por la sal de la mazmorra de la torre de la Cárcel Real, y, logró atravesar aquel pasadizo. Llegó a la corte granadina, donde fue recibido por su rey. Pero, de nada le valieron sus lamentos y dotes de persuasión. No recibió respuesta alguna.



Volvió a su tierra, con la callada como respuesta. El rey no tenía tropas de refuerzo en aquellos momentos, porque estaban dedicadas a cubrir otros flancos.



Ante el alcaide alcalaíno no hacía sino lanzar improperios contra su rey. El rey convocó al pueblo y no les dio más opción que entregarse a las tropas cristianas. Unos meses después, un grupo de ellos se avecindaba en Moclín y otro en el Norte de África, donde recuerdan el nombre de Said en algunas aldeas del Atlas.




Nos contaron que los rasguños recibidos no eran sino fruto de haberse arrastrado como cangrejos y los descosidos de pantalones y camisas se los había causado la estrechez de la parte final. Desilusionados, decían que ni la esfinge ni la Sibila de Cumas habían salido a su encuentro. Tan sólo al final se contemplaba una profunda sima que goteaba y formaba un pozo de agua. Pero, de ahí que hubiera un pasadizo era otro cantar.



-Probablemente, el emisario del alcaide Ibrahim buscó otras salidas de la fortaleza asediada, la puerta poterna, la Peña Horadada… O se vistió de cristiano para evadir la vigilancia de los asediadores -se dijo Pacuco muy alicaído por su vano intento.

Años después, se excavó la Torre de la Cárcel, se restauró, se pudo bajar a través de la portichuela de la sala de la primera bóveda nervada con la estrellas de ocho puntas a la mazmorra, la sala baja con bóveda estrellada, y aparecióun hueco, el principio del pasadizo, ....que pena..quedó interrumpido y mojaba su humedad por alguna conducción de agua...y hay un pozo al lado....entonces, el pasadizo, dónde quedó ?

Bajo el suelo reconstruido tras la toma de 1340 y levantar esta torre. Era lógico que la torre comunicaba con Puerta Zayde, no con la Mina.Pero las leyendas son leyendas.

martes, 22 de octubre de 2019

LAS BEATAS ALCALÁINAS. EL CASO DE MAYOR SÁNCHEZ.

La beata responde en el Antiguo Régimen a 








"a cierta mujer piadosa que vivía apartadas del mundo, o bien sola, o bien en beaterio, pequeña comunidad vinculada en
ocasiones a las órdenes religiosas , franciscanas o dominicas. Envuelta a menudo en una aureola de santidad, gozaba de gran prestigio en los medios populares".1​ También recibieron la protección de personajes importantes, civiels como  sacerdotes o el propio abad como civiles hidalgos.artimos de un testamento de Mayor Sánchez de 18 de julio de 1520 ante Rodrigo de  Jaén ​ En  este siglo , no es el caso de Alcalá, el fenómeno de las "beatas"  se relacionó con las alumbradas  del pensamiento protestante,   pues refieren que ·en torno suyo se formaron grupos (denominados "alumbrados"), especialmente en algunas ciudades de Castilla, Andalucía y Extremadura.
Más  bien esta mujer alcalaína se encuentra dentro del contexto de la sociedad tradicional , que  se aplicaba, de forma extendida, a cualquier mujer notable por su devoción y frecuentación de las iglesias; incluso a las que llevaban hábito religiosos  aun sin pertenecer a ninguna comunidad religiosa, en este caso llevaba hábto negro. Fue enterrada en la iglesia de Santo Domingo de Silos, acompañada del responso de los beneficiados de las dos parroquias de Santa María y la del patrón, se acordaba en sus mandas de dar limosna al maestro de penitencia, sacristanes de todas las iglesias, las anteriores, y sa Juan y San Sebastián y Santa Ana,por el doble de campanas, Le daba limosna a los cautivos, trinitarios y santuarios, y  era cofrade de la Señora Santa Ana, que le acompañó con su cera al entierro., Dijo las tradicionales misas de requiem, víspera, por padres, purgatorio  y las cargaba con una viña en la Acamuña que le labraba Pedro González Pessues. Y fundó una memoria de misa cantada  en la Iglesia de Santo Domingo de Silos. el día de Nuestra Señora de Septiembre, la Natividad de María, con ofrenda de pan y cera y vino y la cargaba con una viña del media alanzada de vino baladí en el Cerrillo de los Palacios. Por sus buenas obras a su sobrina Juana Fernández  por el buen trato que había tenido con ella, esposa de su arrendador de viñas Su vestimenta, ajuar y enseres y bienes y dineros eran escasos y apenas llenaba una  arca y un cofrecillo, casi todas de estopa, lino, lana, que lo repartió entre la sobrina anterior y otra con nombre de Beatriz.
, ​Hay constancia de la presencia de beatas alcalaínas anteriores a esta, en concreto cuatro beatas alcalaínas fundaron un convento dominico en Granada. 
I MODO DE RELATO

CUATRO FUNDADORAS  ALCALÁINAS  EN GRANADA A MODO DE  RELATO.


 

A principios del siglo XVI, Alcalá  estaba encerrada en la fortaleza de la Mota y en el barrio de Santo Domingo. Tras siglo y medio de zozobra y congoja obligadas por las incursiones de los moros del reino de Granada,  la vida social y comunitaria, en tiempos de paz, comenzaba a desarrollarse  normalmente, como, en muchos otros lugares de Andalucía, lo habían hecho anteriormente. Las torres de defensa y de alojamiento en su interior,  dieron paso a nuevos edificios, destinados para casa de ayuntamiento, de la justicia,  escribanos y recaudadores  En aquella fortaleza, comenzó a resurgir el comercio  y se levantaron el matadero, las carnicerías, el pósito, y otros edificios públicos y religiosos,  dando un nuevo aspecto  en torno a una plaza, rodeada por la  Iglesia Mayor, el hospital de los Monteses,  los escritorios  y las tiendas adosadas a las  torres con sus  corredores y miradores, la antigua cárcel, la botica y las casas de fachada piedra de los principales caballeros de la ciudad.

Incluso, los propios Reyes Católicos, agradecidos por los servicios de aquellos vecinos tan dechados de valor bélico, coadyuvaron al ornato de la ciudad y otorgaron una provisión por la que les concedieron una campana y reloj, cuyo sonido debía escucharse en todas  las caserías de  la comarca.

Su vecinos eran,  en su mayoría, descendientes de los antiguos pobladores y conquistadores, entre los que residían algunos judíos, a los que se le aplicó que pagasen la moneda forera  Los principales  conflictos se provocaban entre los distintos bandos de caballeros,  y, además entre este  grupo y la Corona. Solían ocasionarse  por el abuso de estos señores, que controlaban los órganos de gobierno de la ciudad y se introducían en las tierras comunales beneficiándose de sus prerrogativas.

No era todo malo  en estos caballeros, sino que  siempre estaban preparados para cualquier servicio a los reyes. Pues, tras el toque de campanas de las iglesias o  la convocatoria de concentración  por el pregonero y por el tambor, al instante se concentraban en la plaza de la Mota y nombraban el capitán y otros cargos  formando una compañía de caballería en dirección a los frentes de guerra.. Por eso, tras  la toma de Granada no se  había calmado la sed de botines .

Eran ganaderos. Pero el vino de Alcalá se había hecho famoso, pues  obtuvo un privilegio especial para que pudiera venderse en Granada, y algunos abnadonaron las armas  para dedicarse a la agricultura.

La ciudad estaba  controlada, primordialmente, por la familia de los Aranda en detrimento de otras, sobre todo, los Montesinos y Gadeas, que, a través de enlaces matrimoniales, iban acaparando la mayoría de los cargos municipales y  las  tierras de la ciudad, dando lugar a abusos de poder con los que confrontarán con el propio cabildo invadiendo y usurpando tierras de lo común. Solían ser valientes guerreros y también aventureros. Pero, cansados de guerras, los mayores comenzaban a disfrutar de los beneficios anteriores. Los más jóvenes, siempre dispuestos al combate, caían en los miles de frentes que se abrían en Italia, África o  el Nuevo Mundo. Otros, pagaron con una muerte temprana tantos años de lucha. Entre ellos, el capitán  Pedro de Quesada, que había dejado a su viuda con sus cuatro hermanas.


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En aquellos tiempos,  los predicadores franciscanos y dominicos comenzaron a visitar la Iglesia Mayor por tiempo de Cuaresma. Criticaban las malas costumbres, y animaban a  la cruzada y la evangelización de las Indias.  No era extraño que, con sus prédicas, muchas mujeres  no vieran con buenos ojos  la Casa de Mancebía, que, incluso, los reyes habían permitido que se estableciera dentro de la fortaleza. Entre  ellas, Catalina,  que era la  viuda del mencionado  alcaide y capitán del Castillo de Locubín. Junto con sus hermanas Lucía, Margarita, y María,  formaron una especie de incipiente convento en su casa, tras la entrevista  con el provisor del abad  don Juan de Ávila.

En la soledad, no les había quedado más remedio a estas castas mujeres, que entregarse a la religión, pues estaban emparentadas con los hidalgos alcalaínos y debían mantener su pureza, convirtiéndose en beatas al servicio de Dios, lo mismo que sus maridos lo habían hecho en vida en la conquista de nuevas tierras con el nombre de Dios por delante.

Las cuatro, unidas por el mismo sentimiento religioso, tomaron la unánime decisión de transformar en  oratorio una de sus casas de la calle de  Despeñacaballos. Adecentaron toda su casa y se lo comunicaron a su confesor, un teniente de capellán, que no llegaba a comprender aquel cambio. Ellas le recordaban que nunca podían olvidar la huella que les dejó en años anteriores el dominico fray Alonso Gutiérrez de Burgos.  Le decían que les había aconsejado que formaran un convento o monasterio de la Orden de Predicadores en la ciudad. O, al menos, se  hicieran religiosas, cumpliendo la tercera regla. 

Adecentaron las casas en todos sus rincones con el primor  y candor  propios de los grupos de mujeres, la mística invadió en todos los rincones, sobre todo, aquel patio castellano, sostenido por cuatro vigas, desde donde se bajaba por una esquina a una bodega en la que se  guardaba en un aljibe el agua de la lluvia. Colgaron todas las paredes de láminas y cuadros, comprados a los mercaderes granadinos. En su primera estancia, lienzos de la Magdalena junto a una pequeña escultura del Señor del Ecce-Homo y,  en la pared más señera, un Crucificado gótico. Dispusieron reclinatorios que  les servían para llevar cabo los rezos diarios  cumpliendo con el rigor que establecían  las horas del breviario del calendario litúrgico.

Tenían algunos bienes, pues  algunos de sus maridos no habían dispuesto de  tiempo ni siquiera para testar, pues habían fallecido en las costas de África, y, en la toma de algunas de aquellas ciudades a las órdenes del señor de Alcaudete y casi quedaron en el desamparo. Se veían obligadas  a  compartir todo. Incluso, pedían en tiempos de carestía la porción  de pan a los regidores, que la repartían a las puertas  del cabildo o en las panaderías de la ciudad..

En Navidad,  mimaban, con  sus manos, las figuras de ujn  Niño Jesís colocado sobre  la  austera tabla  de la mesa de encina. Era uno de los pocos recuerdos de sus maridos. Probablemente adquiridos o robados en el sur de e Italia. Por las carnestolendas,  se asomaban, a través de la reja, a escudriñar  el bullicio de la  fortaleza, mientras se divertían los niños vestidos de obispillos, cantando copas burlescas contra los capellanes de  la Iglesia Mayor. En Cuaresma, al amanecer, solían  mortificarse con disciplinas y cilicios, ayunaban casi todos los días y  se confesaban de los  malos pensamientos.  En las primeras horas, visitaban  la capilla de los Arandas y rezaban por el alma de todos los difuntos de su familia. A los pobres que acudían a su casa, les sacaban  algunas cuartillas de trigo de sus trojes  y,  economizaban  con ellos algún maravedí que otro, sacado del arca de siete llaves. Por la tarde, rezaban el vía crucis en la iglesia de santo Domingo con el beneficiado. Y, al anochecer el toque de ánimas, se encerraban en sus casas y  volvían a repetir unas oraciones ininteligibles por las ánimas del purgatorio. Frugales como ningunas: comían una sopa de gallina, pasas y algo de pan  Y rezaban, al acostarse, por todos los difuntos. 

            Aconsejadas por el provisor de la abadía, vendieron parte de los  bienes que  habían acumulado sus progenitores y se fueron a Granada con el fin de  unirse a la orden dominica que comenzaba a establecerse en aquella ciudad. Les puso en contacto el  sacerdote con algunos  miembros de la  congregación de santo Domingo de Guzmán, que les buscó una casa en el Realejo junto al recién fundado convento de Santa Cruz.

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            Las cuatro mujeres acudían diariamente a los mismos  actos y   misas de los conventuales. Les  limpiaban los enseres  y objetos religiosos. Le hacían de despenseras y  les compraban los alimentos.  Tanto llegó su fervor y su  amor por la orden dominica, que les permitieron tomar los hábitos de  la Orden y  les reservaron una capilla dentro de aquel majestuoso templo.

            Ellas no  se contentaron con haber conseguido este reconocimiento, sino que, un día, las llamó el padre provincial.

            - Hermanas,  todos los días me llegan noticias de vuestras buenas acciones. Me es imposible que os niegue lo que me pide vuestro confesor.

- Padre Alonso, no nos lo merecemos por Dios.

- ¡Cómo no, hacéis caridad con todos, con los pobres y los moriscos, sois de buen linaje y  me han dicho que vuestra dote sobrepasa a cualquier otro que  en nuestro convento quiera iniciarse!

- Es verdad. Somos la viuda y las cuñadas del famoso capitán Pedro de Quesada, alcaide, y provenimos de la muy famosa ciudad de  Alcalá, donde estuvieron confesores de la reina, de su misma orden dominica. Ellos nos dieron estos nuestros principios.

- Basta, hermana, la mejor biografía es la que escriben vuestras acciones con el pueblo. Ayer, me llamaron otras hijas de ilustres granadinos que quieren compartir con vosotras  el convento.


No lo dudó fray Alonso de Loaysa, unos días después, les  hizo las gestiones para  que profesaran la segunda regla de la  Orden de Predicadores. Les puso una nueva prueba que resistieran  otros cuantos años de beatas junto a las nuevas hermanas recién incorporadas. Lo cumplieron y con creces.  Ampliaron la comunidad. Aquellas mujeres le impresionaban, cada día más, al dominico, sin embargo no tenían recursos para afrontar un nuevo monasterio.

Seguía dudando el provincial, pero, al final, consiguió reunir  a todos los miembros de  su cabildo y les dio la licencia  un día del mes de abril de 1514. No tardó en comunicárselo a la reina Juana, que contestó afirmativamente con una provisión real, enviada desde Segovia  un 25 de mayo del mismo año Junto al  convento del padre Loaysa mantuvieron  su condición de beatas la ampliada comunidad  de catorce  mujeres, mientras iban adaptándose a la nueva condición de monjas.


A finales del año, llamaron al padre provincial y ala arzobispo,  y bendijeron el convento en una casa junto a la plaza del realejo, en las inmediaciones del barrio judío con el nombre de santa Catalina de Siena.

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Pablo de Rojas  estuvo en aquel convento y les esculpió los santos Juanes. Durante su estancia,  una   monja mayor le comentó que no había sido el duque de Arcos, quien lo había fundado, sino unas paisanas suyas antes del 1523. No se lo creía.

-  No puede ser tanto alcalaíno, emigrante de mi tierra. Creía que solo se marchaban de allí  los artistas,  y también los hidalgos dejaron aquella tierra....

.                            F. G. M. R.
                     

                   Mi interés no es otro sino recoger y difundir esta leyenda, basada en un relato real, del convento de  Santa Catalina de Siena, fundado en 1514, por estas mujeres alcalaíno  y no, por el duque de Arcos, como decía Gallego Burín en su Guía en 1523.
COMO BEATAS MONJAS
hay MUCHAS SIRVA ESTE EJEMPLO. Sor María de la Visitación , también conocida como la monja de Lisboa, que fue famosa por sus estigmas —cinco llagas sangrantes en forma de cruz—, sus éxtasis y sus visiones. Se ganó la admiración de personajes tan importantes como fray Luis de Granada o el arzobispo de Valencia, el patriarca Juan de Ribera. Detenida por la Inquisición se demostró que todo era falso, incluidos los estigmas, que ella misma se provocaba clavándose alfileres. Fue condenada por simuladora y deportada a Brasil.
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En la segunda mitad del siglo XVI las "beatas" proliferaron en Andalucía y en Extremadura, y en algunas ocasiones fueron víctimas de sacerdotes y falsos "alumbrados" que se aprovecharon de ellas. Pero, en el siglo XVII,  en Alcalá abundaron, es el caso de Ana, a la que escribiño un libro su confesor Francisco Espinosa de los Monteros, refiriendo todos los actos místicos y asceticos que experimentó. Y nos trajo a colación este libro s que hablaba sobre un belén de este tiempo de la Ilustración realizado por una monja de este convento. Lo revivimos entre el grupo porque nos remontaba a los tiempos de aquel convento en pleno auge.  Finales del siglo XVII y principios del Siglo de la Ilustración, la fecha del villancico.  Se trataba de una obra espiritual y sublime de Ana de Torres, una alcalaína que sus padres confesores tildaban de sierva de Dios, con olor de santidad. una monja excepcional. Había sido predestinada para entregarse a la ascética desde la infancia, de modo que, ni siendo niña ni adolescente, manchó su biografía con ninguna mácula de falta leve. No digamos un pecado venial, y menos aún de perversión. Ya contaban que de sangre le viene al galgo, en n este caso en su versión femenina forjó un cúmulo de virtudes desde los primeros días de su nacimiento, con su esfuerzo piadoso y con su talante optimista de afrontar la adversidad.   Pues lo llevaba en sus genes: su padre el marteño Damián gozaba del segundo apellido adalid, un reconocimiento de los Reyes Católicos en los últimos tiempos de campaña de la conquista de Granada; y su madre Juana Espigares Bailón le había aportado los valores de santidad y valentía por la herencia del también segundo apellido, que se remontaba al fraile Pedro Bailón. Nada menos que un santo muy venerado en la diócesis jiennense. Se había enamorado de Jesús.o fue corto el trayecto vital de esta mujer por esta tierra. Nada menos que ochenta y tres años, dedicada a la oración y a la vida contemplativa. Parecía que le asistía la mano del Creador por doquier y en cualquier momento de su vida le había dejado una huella singular. Si en la infancia le salvó de un secuestro de un esclavo morisco, las apariciones de Jesús y de la Virgen proliferaron en momentos trascendentales de iniciarse en su vocación o de su comprometida vida. Y, la Navidad estuvo presente en los momentos cruciales de su vida ante la aparición del Niño Jesús, dos encuentros trascendentales para su futuro y el destino: primero, cuando le invitó a tomar los hábitos; en segundo lugar, al final del recorrido vital, para prepararse a entrar en la vida de ultratumba. Por eso, a su confesor le quedó gravado el pasaje del belén de Ana para narrarlo en el libro de su vida.
Salía humo por encima del antiguo convento y olía a retama. Nos obligaba a aligerar la marcha e interrumpir la ruta. Pero, porque uno preguntó si podíamos entrar y contemplar la celda de aquella monja, nos hizo detenernos y entrar por el patio del antiguo morabito. Pasamos el templo, la sala capitular y el claustro. Por unas escaleras, subimos a la sala de dormitorio.  Y, en la galería alta, contamos que la celda de Ana, hoy un corredor sin habitaciones, cierto día se había invadido de un olor especial en medio de una nebulosa de humo como si hubieran estallados cráteres de luces que exhalaban los más intensos olores.
Era el último domingo de Adviento, el tiempo de la espera y de maranatha. Ana tenía costumbre vestir a la Virgen María del Rosario y a San José, al mismo tiempo que se llevaba al Niño para vestirlo en su celda. Simulaba la escena para los que acudían al templo de La Huida de Egipto y el rapto del Niño.
Curiosamente, se esmeraba en vestirlo con muchos primeros, y le contó a su confesor con muchos más fervores, amores, y purezas. Pero, al colocar al Niño Jesús en la cuna antes de llevarlo al portal, no disponía de una colonia con un aroma penetrante de olor graciable. Y en su interior, entabló una conversación con el Niño:
-No tengo perfumes y aromas, vosotros disponéis de todos los mejores bálsamos y fragancias del mundo y el cielo. Hágase vuestra voluntad. 
E, inmediatamente, escuchó sus plegarias aquel Niño y encendiendo toda la celda con una gran cantidad de rayos de luz que expandían aromas los más fragantes y aromáticos que había conocido aquella doncella. No eran terrenales, parecían de otro planeta o estrella. Al final, se quedó aturdida y cayó arrodillada ante los pies del Niño, Le pidió que le concediera aquellos perfumes y la purificación de almas pecadoras. Lo hizo más de una hora hasta que cesó aquella traca de volcanes de luz y olor. Llamó a su sobrina Juana para que le acompañara de noche, como solía hacerlo, sin luz no pudo percibir nada porque era de noche. De madrugada, el olor todavía quedaba fijado en la neblina del cuarto. Se despertó la sobrina y comprobó lo que había intuido al entrar al cuarto al principio de la noche. Era un aroma distinto al del jazmín y de los cosméticos acostumbrados de las especerías alcalaínas. No lo podía describir. Y lo curioso que no se retiraba de la habitación. Se lo contó toda la experiencia de aquella noche su tía. Acudieron muchos vecinos durante ocho años a respirar este aroma celestial. El confesor daba fe y lo fundamentaba en que Ana había labrado un portal especial. Y así lo contaba.

 Fue también en Adviento. Preparaba Ana su íntimo portal en el que naciera el Niño. No era un portal grandioso como los que se elaboraban llenos de musgo y arena, tampoco artesanal recreándose en los talleres de su tiempo y de la época de Jesús de Nazaret con la exhibición de todos los oficios de aquel tiempo. Junto con su hermana, se esforzaban en que viniera el Niño Dios a su portal interior, y, lo curioso que lo forjó con los mismos elementos que contemplaba en el que tenía presente ante su mirada. En su ascesis místico sublimó todos sus deseos en preparar la venida del Señor en el portal de su alma. Intercambió un diálogo con él y le fue sugiriendo cada uno de los pasos y componentes de aquel simbólico portal. Se equipó de una serie de herramientas y objetos para hacerlo más real, lo que le susurraba el Creador, a la manera del cultivo de las virtudes. 
La escena se concentraba en una única dirección, de modo que el enfoque de la cámara de sus ojos contemplativos viraba en torno a un único sujeto.  Se centraba en la figura de Jesús, lo demás era el aparato ornamental. Como los tabernáculos de aquellos retablos barrocos que habían hecho desaparecer las calles y cuerpos rellenos de cuadros con relatos de la vida de Jesús y María en los altares colaterales de las iglesias locales y en los conventos de la ciudad, Muy lejos estaban los castilletes con orlas de filigrana dorada de los retablos platerescos como los de Santo Domingo de Silos.  Escogió para dosel de su belén el mejor lienzo de su alcoba, una seda amarillenta que refulgía como oro y reluciente como el sol. Sin otro color que descentrara la escena, sobre la que el niño no perdiera su protagonismo, parecía como si quisiera indicar que lo demás importaba relativamente poco con relación a este personaje que se asemejaba a un bebe viviente de carne y hueso, sólo le faltaba hablar. Se lo había donado su padre junto con la dote de su incorporación a la vida contemplativa. 
Pero, si mucho le importaba que aquel Niño se mostrara a la usanza de uno de Pablo de Rojas, recostado y una manecita en escuadra para recoger el sueño de la cabeza, no se quedaba atrás aquel lienzo escogido de su mejor colección de lienzos.  Quería que este se identificara con su alma limpia y pura de cualquier mancha.  Cosa curiosa no lo quiso exhibir raso y desnudo, se le presentaba con una serie de colgaduras a su alrededor, pero todas formaban un crisol que no invadía aquel lienzo. Unas eran pequeñas campanitas de plata como si tintinearan reclamando la atención de aquel infante, otras objetos de percusión simulaban  diminutas liras, arpas, zambombas, como si quisieran celebrar alguna fiesta en un corte celestial; trompetas y timbales se convertían en los heraldos de las fanfarrias  pregonando buenas noticias; incluso colgaban algunos objetos de cobre, en formas de vasijas y ánforas, a la manera de una oblación y  ofrenda a Dios  para reclamar que aquel niño divino se las rellenase de agua de gracia.
Se afanaba Ana para que simulasen los diversos objetos de colgaduras a los diversos tipos de oraciones.  Pero, le ponía todas las ganas para que aquel portal no resultara oscuro en aquella capilla del templo trinitario, y por eso, se trajo unos pequeños lucernarios con unas velas, colocados con tanto mimo y artificio que el oro de la seda estallaba en una sinfonía de rayos amarillos como si abrasaran en forma de fe a aquella monja.
No hacía sino pensar y cavilar en entender aquel misterio incomprensible para el ser humano, que el ser omnisciente y todopoderoso bajara a la tierra. En este momento sublime, se le hiciera presente a una humilde monja de clausura.  Y lo colocó en un pesebre simulado con cuatro pareditas y algunos troncos de madera que encuadraban al Niño envuelto en paja. Era la base, el receptáculo para recoger a aquella criatura. Sin duda, el confesor no se sorprendía, cuando hacía discusiones, y reflexionaba diciendo qué diferencia había con el entendimiento de aquella monja con aquel pesebre de acogida del Niño en este portal divino.
Ana colocaba aquel Niño Jesús en un blando colchón con ribetes dorados. La voluntad de Ana aparentaba su acogida placentera para poner a su disposición un regazo de blanda lana, dulce y llena de agrado.  Y el amor envolvía al Nacido con unas sábanas de lino blancas como las de los manteles de los altares. Le recostaba su cabeza en una almohada, repleta de dibujos en torno a un corazón muy grande.
Ana cuidaba de aquel portal de Belén con todo tipo de detalles, y no sólo físicos, lo empatizaba con su alma. Le colocaba un telliz verde, un envoltorio parecido al caparazón de los animales, que en los belenes italianos llamaban cobertura, sobre todo el cuerpo anunciando la esperanza que su persona proyectaba sobre aquel ser tan pequeño. Aquellas prendas de lujo de las caballerías sin silla ensalzaban su figura y su porte. Sobre esta colocó las flores de la castidad, para honrarlo con su virginidad mantenida desde que nació, y ejercitada mucho más intensamente en los meses otoñales. Todas eran blancas como si quisieran contrastar con el fondo del talliz, principalmente jazmines, azucenas y rosas mosquetas. De intenso olor, profundo, virginal y de aromas coloniales. El color y el olor sobrepasaban cualquier sensación de placer en ambiente humano que hubiera conocido.
Manos a la obra, la monja vistió al Niño antes de colocarlo en el portal. Le puso todo tipos de prendas interiores y vestidos a la vista. Y parecía que reflejaba su interior en cada uno de sus atuendos. La mortificación que practicaba quedaba representada en la faja que cruzaba su vientre pequeño con un ombligo redondo: con una camisita blanca apretaba su cuerpo, y lo elevaba a la categoría de una coraza de un arcángel ante cualquier ataque nocivo mientas lo destacaba con la paciencia de un niño bonachón. La humildad de sus pañales cubría aquellos miembros tiernos. Una mantilla arropaba al recién nacido y lo hacía con la caridad del calor del ser humano, lo mismo que le añadía unos paños con la mirada dirigida a su único ser de su vida.
Tras vestirlo, lo echó en la cuna, y lo cubrió con la reata y la cobija, lo hacía como si quisiera encerrarlo en la cueva de su memoria y de su perseverancia ante lo fugaz y lo efímero. Quería convertir en una escena eterna. Mientras su mano perfumaba todas aquellas ropas y vestidos con agua de ámbar, respondía a esa entrega obediente que siempre había mantenido con esa divina criatura. Unas joyitas, -a las que les llamaba Ana como dijes para el Niño de Jesús-, adornaban con bellas jaculatorias dedicadas al Niño Dios, mientras, con el silencio, colocaba todas las alhajas del Niño (una cruz de plata, una corona, unos clavos, unas tenacitas, unos alicates, unos flagelos y los demás signos de pasión). 
Y, se le acercó la Virgen María mientras estaba en puro éxtasis, y le dijo:
-No me ofreces todas estas cosas que has preparado para adornar y vestir a mi hijo.
-En qué las he de recoger para dároslas-le contestó Ana.
-En esto, se llama en este estado de tu alma, silencio.
Con este bagaje, se dirigió al templo de San Francisco, y, sin darse cuenta, en el amplio presbiterio compartiendo el rezo entre los cantos de maitines de los frailes, contempló el portal que estaba provisto de todos los preparativos que había conseguido durante el Adviento. Un joven muy bello y gallardo la raptó de la tierra y la transportó por los aires hacia el portal ansiado y preparado en la estación del Adviento.

En este instante, le acompañaron la figura de San José y una caterva de ángeles, a la manera de los cuadros de las inmaculadas canescas. Los había con símbolos de las letanías, escondidos bajo el manto de la madre, elevando las nubes del cielo y el mundo, repartiendo incienso y creando una nebulosa celestial. El escritor de su confesión no tenía palabras ni imágenes para transcribir las palabras de Ana. Era la gloria, los fulgores y resplandores de todos los seres celestiales envolvían aquella escena dejando sin visión a Ana, hasta el punto que se confundía con el ambiente.  Lo consideraba como una gracia que habían recibido otras almas, que nunca pudieron explicar cómo alcanzaron este estado de favores de recibir al Niño en su portal. Ya este Niño no era esa imagen tallada de la dote, sino algo excelso, espiritual que la elevaba a los cielos.
Mientras la Virgen le acercaba la canastilla, ella colocaba todos los objetos y adornos y la encadenaba con una cadena de rosas de tela encarnadas para ofrecérselas al Niño de la cuna. Lo hacía con prontitud, la misma que había empleado desde el día que se acercó al Niño y no puso obstáculos para prepararle su pesebre y portal. María, de nuevo, le dijo:
-Esa es la disposición que siempre has de tener con este Nacimiento en tu ser y alma.   
No quiso Ana reservarse esta sensación mistérica, a pesar de la dificultad de transmitir esta experiencia sobrenatural a los humanos. Quería con otras personas recibieran esta lección divina que les conducía a esta contemplación sin límites temporales. Dio todos los pasos adecuados y pertinentes, consultó con su confesor, el mismo que le había introducido en esta práctica de amor que quería extender a más humanos. Y le dijo al confesor para que lo transmitiera verbal o por escrito:Alma, si quieres hospedar,
Procura un templo labrar,
De fervorosas virtudes,
Con que el mundo haga temblar”.

Y a doble columna iba anotando: portal/alma, colgaduras/oración, luz/ fe, pesebre/entendimiento, colchón/voluntad, sábanas/amor, almohada/ corazón. Entre paréntesis escribía porque solo a Dios ha de admirary seguía con las columnas: el telliz/la esperanza, las flores/ la castidad, la faja/la mortificación, la paciencia/la camisa, pañales /humildad, mantillas/ caridad, los paños /los ojos contemplativos, la reata/memoria, la perseverancia/ la cobija, agua de ámbar/obediencia, dijes/jaculatorias,  canastica/ silencio, cadena de rosas/ prontitud.
 Hubo también beatos, dejamos el capítulo abierto