Archivo del blog

martes, 22 de diciembre de 2015

ENTRETORRES




            Acaban el año 2015 y la serie de las torres y atalayas alcaláinas. Hace años, a través de este medio de comunicación nos acercamos a nuestros  lectores con una diversidad temática que no se ajustaba a padrón alguno. Los meses fueron el siguiente  hilo conductor que  sirvió para la comprensión de la idiosincrasia alcalaína; luego, los doce miradores fueron las tribunas desde donde se  dibujó el contraste en la ciudad del pasado y la del futuro; durante este año, las torres, se han introducido en la trama urbana y han aportado  diversos ángulos de la sociedad de la ciudad de la  Mota, siempre partiendo de los fundamentos históricos.
            Como colofón de estos artículos, dedicamos el último a las Entretorres. Un término yuxtapuesto, original  y autóctono que  refleja una parte del  territorio municipal, antaño adehesado y hogaño tierra de olivos. Está comprendido entre dos ejes muy importantes del partido judicial de Alcalá la Real, las carreteras de Granada y la de Izanalloz: la primera fue siempre un camino real de comunicación de las tierras del Alto Guadalquivir a Granada y tierras de  su Costa; la segunda, un camino que conducía a los montes granadinos y las tierras de Guadix y Baza;  la primera, sufrió una transformación de ser camino carretero a carretera  desdoblada, e, incluso, autovía prometida para enlazar Badajoz con Granada; la segunda, antiguo subeje andaluz y suplantada por la autovía de Andalucía.
            Entretorres es un espacio definido y controlado  por las  dos torres, afortunadamente mejor conservadas e, incluso rehabilitadas: la del Moraleja y la del Cascante. Si hubiera de confrontarse el conocimiento  de este tipo de atalayas por parte de los vecinos , de seguro que ambas son las más conocidas por encontrarse cercanas a núcleos poblacionales más próxim




os a la capitalidad de la comarca alcalaína. Estas torres se cimentan en civilizaciones anteriores que se remontan a la prehistoria y los primeros pasos de la historia local. No es de extrañar que el mundo argárico y los íberos rondaran por estos lugares; tampoco no es atrevido proclamar que debieron ser un hito e, incluso, un jalón en la ruta de entrada  púnica desde la costa granadina a las tierras jiennenses del Alto Guadalquivir: algunos restos arqueológicos y el hallazgo de numismática cartaginesa  lo confirman  con rotundidad. Han sido las mejor rstauradas y conservadas; los vándalos no dejaron intactos la información ni su iluminación.
            Pero, sobre todo, Entretorres responde a un periodo histórico de mundo de frontera, donde los alcaides de las atalayas pasaban muchas jornadas con ojo avizor esperando invasiones de enemigos en tierras cristianas, fingiendo alguna que otra travesura para despistarlos como aconteció en las gestas de los Arjonas,  Linares o Arandas, o, simplemente viendo pasar las caravanas  de comerciantes en tiempos de paz.      
            Y este es el símbolo natural  de este lugar que transciende su ubicación territorial. Entretorres es la esencia viva de la historia del pueblo de Alcalá la Real. Es testimonio de  tiempos pasados y de  enfrentamientos superados por la sana convivencia; tiempos  de crisis  y subsistencia que dejaron paso a los ciclos de prosperidad y de paz. Muestra del esfuerzo humano para transformar la naturaleza de los amplios eriales y pastizales de ganados  en  tierra roturada  de cereal en los primeros años y,  a partir del siglo XIX, de olivos  serranos. Incluso, Entretorres ocupa un  lugar privilegiado  de ocio y asueto, donde han fijado la residencia muchos vecinos, con lo que se cierran los tres sectores productivos.
            Entretorres es una página de la historia que mira , por el paraje de Los Cipreses, a los  polígonos de la Fuente de Granada y Retamal, un importante paso  hacia la industrialización  de Alcalá, que  encendió y mantiene  la luminaria de la Escuela de Empresas, desde donde han surgido nuevos empresarios alejados al prototipo de generaciones de antaño y han logrado que las diversas crisis no se resintieran con tanta intensidad en la comarca alcalaína. Incluso, por este ángulo, las naves  se prolongan hasta la zona de  la Dehesilla y el Llano de las Aves Frías, pasando por  los márgenes de las carreteras de Villalobos y Granada. Sin embargo, desde el matacán del Cascante no queda anclada la vista en el monte bajo de los Llano y de los nuevos olivares sino que sus campos se han visto transformados en los dos grandes polígonos del Chaparral y de Llano de Mazuelos. Durante muchos años y siglos, estos últimos campos fueron dehesa para el ganado, rincones hortelanos junto a los arroyos  de la Pasailla y de la Lastra, roturaciones de cereales  hasta el siglo XX; ahora se le reclama que sus antiguas setas se conviertan en industrias a porrillo, como si pudieran  sembrarse  con la rapidez de las sementaras anuales. No obstante, por lo que respecta al  polígono de las  tierras de Biedma, se ha pasado  la página de la historia de aquellos terrenos que fueron  bienes de la beneficencia de Pedro de Moya y gestionó su sobrino Pedro de Biedma ( el que le dio el nombre  hasta muy recientemente), para convertirse en asentamiento completo de muchas industrias  con un claro programa de promoción empresarial ( desde el valor de los terrenos hasta   otro tipo de subvenciones). Nadie podría imaginar que lo que fueron canteras y pasto de ganado lanar se convertiría en zona industrial del plástico.    
            Entretorres, por tanto, se nos convierte en epítome de evolución territorial y  reflejo del año actual, un año convulso  en el que se ha participado en diversos  procesos electorales  y se han experimentado ( también, se  palpan)  importantes   cambios que atañen todos los espacios; desde lo local  a lo global;  desde lo individual a lo social  pasando por lo vecinal, asociacional y familiar. Sus torres contemplan la simbiosis en la que conviven lo rural y lo industrial, el progreso de las aldeas como Santa Ana y la mano tendida a nuevas perspectivas industriales de la ciudad de la Mota.

            Entretorres, ha sido y es síntesis de los puntos de mira de Alcalá la Real, de su zona aldeana y su capitalidad, de su agricultura y nueva industria, de su pasado y su progreso. Toca en la nueva serie bajarse  y pisar tierra firme, dejar los miradores y descender de las atalayas, para nuevos tiempos “ Entre tiros y altozanos”. Felices Navidades. Y un año 2016 que supere todas las crisis.  

lunes, 21 de diciembre de 2015

EL ENTORNO DE LA MOTA FUE SIEMPRE DE LA CIUDAD

9.12.1636. Acuerdo del cabildo:


“Don Andrés de Valenzuela y Mendoza, digo que es comprado y poseo una hazas y tierras en la parte del Cubillo y Puerta Nueva, que alinda con la muralla y camino y quisiera cercarla y,  porque junto a la dicha tierra está otro pedazo que se hizo muladar y está indecente, y, contra la forma y disposición que deben tener los sitios que están dentro de la ciudad,  y quedarse con mejor modo si se  cercase y se continuare la calle para sí,  se disponga, pido y suplico a S.S. me dé licencia para cercar con la dicha tierra que poseo, e que alinda con ella, que es de la ciudad, que de ella no se sigue inconveniente alguna en la utilidad común y, sí me hará buena obra,  y para ello nombre comisarios .. (...) 
Camino o calle de 
En cumplimiento de lo que la ciudad  cometió el día pasado a diez de noviembre de este año e, visto la tierra que por esta petición se pide el sitio y disposición,  y parece que don Andrés de Valenzuela tiene arado un pedazo de tierra que va desde el Camino o calle de  o calle de la Peña Horadada a parar a la Puerta Nueva, tan solamente lo que dice Peña Horadada hasta el Cubillo arrimado hasta una peña sobre que se funda una torre a la muralla , crtóse continuamente la tierra que pide el dicho don Andrés de Torreblanca hasta una peña sobre la que se funda una torre antes de llegar a la Puerta Nueva, la cantidad de tierra de labor darán hasta doce celemines y son un rudadero a el parecer inútil tal que sin mostrar la ciega y berza  la dicha calle o tránsito que está empedrado , y si a la àrte alta se hiciese pared, que detenga la tierra siempre está limpia la dicha calle, asímis

smo de la dicha Peña y muralla hasta la dicha Puerta Nueva deste sitio competente, para que sirva de muladar de suerte que siendo hasta concesión que la ciudad haga precaria  y aunque se se cargue el rodadero y queda la calle libre e paso libre parece  no tiene inconveniente y siendo servido le poder conceder mandando que se ponga estos autos en el libro de Ayuntamiento para que todo tiempo conste en esta fecha 20 de mayo de 1636. Juan Vázquez Mesía
La ciudad  habiendo visto la dicha petición y decreto del señor Juan Vázquez Mesía le hizo merced de dicha tierra a el tiempo de la voluntad  la ciudad y que no adquiere más derechos que por el tiempo de la dicha voluntad y que se ha de poder quitar con causa o sin ella.


 

calle de 

domingo, 20 de diciembre de 2015

JUAN FERNÁNDEZ ÁLVAREZ


Se han perdido desgraciadamente las familias artesanales en estos tiempos de la globalización. Y estos artesanos de la madera, de la cerámica y de la construcción contribuyeron, con su saber y la experiencia transmitida a través de sus hijos, a que se perfeccionara el dominio de muchos oficios y a que las ciudades recibieran las aportaciones estéticas de sus saberes. Este es el caso de la familia de los Fernández Álvarez, que brillaron en el siglo pasado dentro del mundo de los albañiles alcalaínos. Probablemente, su origen se remonte a tiempos remotos, pero el patriarca fue Miguel Fernández que trabajó bajo el cobijo de Manuel de la Morena en muchos rincones de la geografía andaluza y supo transmitirse el amor por este trabajo a sus hijos. Todavía, su hijo del mismo nombre, es un fiel testigo de su obra. Pero Juan, el mayor, falleció recientemente y, con él se cortó el nudo umbilical edilicio. Pues, la nueva sociedad amplió su actividad en otros campos derivados de la albañilería , centrándose como encargado de la gestión de la sociedad cooperativa en la que se integró durante muchos años del siglo pasado, La Cooperativa Alcalaina de Santo Domingo de Silos. Juan fue testigo de aquella pequeña revolución alcalaína de los años de desarrollismo que se manifestó en las nuevas edificaciones públicas como colegios y obras públicos de la ciudad de la Mota, y también participó con sus gestión en algunos cambios que transformaron la habitabilidad de los alcalaínos, ya que su empresa construyó los primeros bloque de piusos en las zonas de expansión que superaron el casoc antiguo.

Juan compartió amistades y el barrio de San Juan con sus padres y vecinos, formó pandilla con los hijos de las familias de diversas ramas de los Rosales, Heredia. Ruiz, Arjona...estableciendo un lazo que perduró hasta el final de sus días; incluso, residió, y crió sus hijos en una de las viviendas que se levantaron en los solares de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, desgraciadamente destruida a mediados del siglo XX, una casa que mostraba las marcas del oficio constructivo. Luego, bajó a otros lares de las calles del centro de la ciudad, la de las Angustias y Obispo Ceballos disfrutando de su jubilación y del retiro merecido con su esposa Aurora.
Pero Juan no olvidó nunca su barrio ni su hermandad, sino mantuvo los vínculos con la hermandad sanjuanera y la devoción del Cristo de la Salud. No se me olvidará el año en el que se presentó para ocupar el cargo de hermano mayor, una año que se renovó la solería de la iglesia de San Juan. Lo intentó y cooperó con todo lo que pudo realizando la donación de parte de su solería marmórea para embellecimiento de aquella ermita, a la que acudía a rezar "al santo de las senagüillas". Esta devoción transmitió a a sus hijos y nietos , sobre todo a la familia de su hijo Juanmma, que han participado y siguen colaborando activamente en la Junta Directiva de la Hermandad del Cristo de la Salud.

 Como hombre afable, siempre se nos acercaba a mantener una conversación agradable y superaba sus dificultades auditivas para recordar antiguas vivencias compartidas en la cofradía y entre las familias, cuyos hijos recogíamos los frutos de la sana amistad de nuestros padres y vecinos. Últimamente, nuestro contacto se hizo más intermitente porque residió en los últimos años de su vida en la ciudad de la Alhamra, donde murió. Pero, siempre me recordaba tu amistad la mujer saharahi que os cuidó en los últimos años de la vida. Hace unos días la ví y sus recuerdos me trajeron a estas páginas estos versos algo corregidos " Adiós. Me voy. Perdona mi partida. / Vuelvo a la tierra en donde está la vida/de un alcalaíno que perdió su canto".        

EL HORNO DEL BARRIO DE SANTO DOMINGO DE SILOS

EL HORNO DEL BARRIO DE SANTO DOMINGO DE SILOS

Escritura de contrato entre Ana, de color morena, e de  la villa de Aguilar, criada de Juana García religiosa, vecina de la misma villa, y Francisco de la Cruz vecino de Alcalá, dueño del horno. Anteel escribano Hernán Sánchez, 20 de junio de 1562.


SU LOCALIZACIÓN






“se obliga serbir en un horno del dicho Francisco de Santa Cruz, que tiene en el arrabal biejo de esta ciudad , linde de casas del dicho Francisco de Santa Cruz y de casas de Francisco López., clérigo,

CONTRATO  ANUALIDAD Y OBLIGACIONES DE LA CONTRATANTE 


 por tiempo de un año cumplido que corre el que cuenta desde mañana martes bispera de san Juan 23 de este presente año(…) 

el dicho francisco de Santa Cruz cada noche de las que fuere desde arder el dicho horno la cuarta parta del pan que se coziere y el sábado y el sábado de cada una semana dos celemynes de ceniza de la que se hiciere en dicho horno y se obligo de no lo dexar durante el dicho tiempo”

OBLIGACIONES DEL ARRENDADOR


 Si lo dejare , buscaría una sustituta, el dicho Francisco le debía dar “ casa en la que more durante el dicho tiempo , en la qual tiene el dicho horno y con ella se le a de dar toda la lenmna y materiales que para el dicho horno son menester  cada una noche  



BIOGRAFÍA DE SANTO DOMINGO DE SILOS

El Monasterio de Santo Domingo de Silos se halla ubicado en la parte oriental de un pequeño valle de la gran meseta castellana, que el primer documento conservado del Archivo de Silos, del año 954, ya denomina como valle de Tabladillo.

La vida del hombre en Silos y en su comarca se remonta a tiempos prehistóricos, conocida hoy en día gracias a una serie de excavaciones arqueológicas.
La vida monástica en todo el Valle de Tabladillo, especialmente en Silos, comenzó con probabilidad, a la hora de la reconquista castellana, a fines del siglo IX, en forma de granjas monástico-familiares.
Pero, desde el siglo X, el monasterio propiamente de San Sebastián de Silos ya entra en la historia documentalmente.

Sin embargo, debido a los estragos de Almanzor, el monasterio silense cae en gran decadencia material y espiritual. En este momento, en 1041, hace presencia, de la mano del rey Fernando I de Castilla, el monje riojano emilianense Domingo. Es nombrado abad de Silos y, en treinta y dos años, con su ímpetu restaurador y con su santidad, levanta a Silos en sus edificios y en su comunidad. Muere el 20 de diciembre de 1073. Es canonizado en 1076, y se convierte en el taumaturgo medieval de la zona y su tumba en centro de peregrinación.
Surge el claustro románico extraordinario, y brilla el scriptorium silense con obras como el Beato de Silos, hoy en el Museo Británico.
La Baja Edad Media coincide con una etapa menos brillante de la Abadía castellana. Pero, en 1512, el monasterio silense se adhiere a la Congregación Benedictina de Valladolid y se va formando el monasterio moderno al lado del medieval: muralla perimetral; ala sur para las celdas individuales de los monjes; la capilla de Santo Domingo; la iglesia neoclásico-barroca.
En 1835, en noviembre, obedeciendo el decreto de exclaustración del gobierno de Mendizábal, se dispersa la comunidad y se interrumpe la vida monástico benedictina de Silos a lo largo de cuarenta y cinco años.Afortunadamente, el 18 de diciembre de 1880, un grupo de monjes benedictinos franceses de la Abadía de Ligugé, dirigidos inteligentemente por un monje de la Abadía de Solesmes, Dom Ildefonso Guépin, salvó a Silos de la catástrofe total al elegir las ruinas silenses como su refugio.
Estos monjes fueron restaurando con esfuerzos casi heroicos el Monasterio silense; y, con la restauración material, procuraron recuperar parte de los restos culturales. Encontraron 14 manuscritos medievales; muchos diplomas, también de la Edad Media; y casi todo el archivo de la Edad Moderna.
Desde entonces, en el siglo XX hasta hoy, la comunidad de Silos ha tenido y tiene una gran vitalidad: con su testimonio, con sus celebraciones litúrgicas, con sus aportaciones a la cultura, y con su irradiación, fundando varias casas nuevas en España, como Estíbaliz (Álava), Montserrat de Madrid, Leyre (Navarra), Abadía de Santa Cruz del Valle de los Caídos (Madrid); y en Hispanoamérica: México y Argentina.
Silos ocupa un lugar importante en la Orden Benedictina y en la Iglesia Española en el mundo actual.
Por lo que se refiere a su aspecto exterior, en sus edificios monasteriales, Silos se compone de dos monasterios yuxtapuestos, en torno a dos claustros: a) el medieval; y b) el moderno o clásico-barroco; con la iglesia al Norte, y la gran ala Sur, o zona habitacional, con las celdas de los monjes. Esta parte sufrió un pavoroso incendio en 1970, y se redujo a cenizas. Pero bajo la dirección de Bellas Artes, se restauró en 1971-72, con la planificación y supervisión continua de los arquitectos Alberto García Gil y Julia Fernández de Caleya. Desde entonces Silos es un gran monasterio a la vez histórico y funcional.
Cuenta la tradición que Santo Domingo vino al mundo en el año mil de la era cristiana, en la pequeña villa de Cañas, que en aquellos tiempos pertenecía al reino de Navarra, dentro de una familia de noble linaje. Ya desde niño, asistía a las Celebraciones Pinos con tal gravedad y cordura, que revelaba en él un profundo espíritu de fe. Después de ejercer cuatro años el oficio de pastor, los padres de Domingo quisieron secundar los deseos del muchacho de consagrarse a Dios, por lo que le dedicaron como clérigo, tal vez con patrimonio de la familia, al servicio y ayuda del sacerdote de la parroquia, con el cual aprendió los Salmos de David, el canto eclesiástico y el Evangelio, ensayándose en la lectura y la comprensión de los libros de la Sagrada Escritura, pasionarios y homilías de los Santos Padres que más frecuentemente se recitaban en las Celebraciones Pinos. No nos consta con certidumbre si hizo toda la carrera eclesiástica en su pueblo, ya que solía haber una especie de seminarios parroquiales, o bien cursó lo que llamaríamos hoy teología en la ciudad episcopal de Nájera. Lo cierto es que don Sancho, obispo de esta ciudad, se decidió a conferir a Domingo el presbiterado cuando apenas contaba con veintiseis años, edad a la que los otros clérigos recibían solamente el diaconado.
Después de una breve experiencia eremítica, a los treinta años, decidió ingresar en el monasterio benedictino de San Millán de la Cogolla. En los primeros tiempos de vida monástica, se dedicó Domingo a completar su formación intelectual, aprovechando la rica biblioteca del monasterio; allí estudió a Esmaragdo y, sobre todo, el famoso códice de San Millán, que contenían las promulgaciones dogmáticas de los concilios ecuménicos de la Iglesia y otros particulares. A los dos años de profeso, el abad le nombró maestro de los jóvenes que se educaban en el monasterio.
Semejante encumbramiento moral tan rápidamente conquistado, no pudo menos de suscitar ciertos recelos en algunos religiosos que, más antiguos de la casa, podían creerse postergados. Por envidia o buena fe, se puso en tela de juicio su virtud y la objetividad de sus ideales. "Fácil es", decían, "obedecer cuando la obediencia trae consigo honores y cuando el trabajo se ve recompensado con el cariño y el agradecimiento. Confíesele una misión más dura y entonces veremos el verdadero valor de la obediencia". Fue entonces nombrado prior de Santa María de Cañas. El priorato se encontraba en un estado lamentable: desmantelado, sin enseres, sin bienes y sin libros. Con esfuerzo y gran acierto en el manejo de los negocios temporales, arregló las cuentas atrasadas y fomentó el cultivo en las propiedades del monasterio, de suerte que poco tiempo después pudo ya vivir de su trabajo y del de sus monjes, y procurar al priorato lo más preciso en ropas, ornamentos de iglesia y códices, construyendo poco después una iglesia nueva.
Desde el monasterio de San Millán de la Cogolla, se seguía con interés la obra que Domingo realizaba en Cañas, por lo que a finales de 1038, Domingo fue nombrado prior mayor del monasterio, casi a la fuerza, porque la humildad del Santo rehuía los honores de tan alto cargo. Desgraciadamente ocurrió que a los pocos meses de ser nombrado prior, murió el abad don García y en su lugar fue nombrado el anterior prior don Gomesano. Si la elección hubiese sido libre y estado en manos de los monjes, es indudable que hubiera recaído en la persona de Domingo.
Gobernaba por entonces los reinos de Navarra y La Rioja don García, hijo mayor del rey don Sancho. Pródigo a veces con los monasterios e iglesias, cuando se veía apurado por las necesidades de la guerra, no respetaba ni derechos sagrados ni sus propias donaciones, ni siquiera las de San Millán. En el año 1040, exhausto su tesoro y creyendo que el nuevo abad le apoyaría en sus pretensiones, se dirigió al monasterio exigiendo una fuerte suma por sus pretendidos derechos reales. La negativa de Domingo fue respetuosa pero rotunda. Esta obstinación exacerbó de tal manera la cólera del monarca. Apenas salió de la iglesia, el rey tuvo una larga entrevista con el abad, quien consintió en deponer a Domingo del cargo de prior y enviarle desterrado al priorato de San Cristóbal, llamado también Tres Celdas. En 1041, Domingo se dirige hacia Castilla. El rey don Fernando le ofreció su protección y una morada en palacio, pero el Santo pidió al monarca licencia para vivir retirado en la ermita que pertenecía al monasterio de San Millán, sirviendo en ella a la Virgen María.
A principios del año 1041, el monasterio de San Sebastián de Silos estaba casi abandonado. Perdido su antiguo prestigio y gran parte del patrimonio, todo anunciaba un fin poco glorioso, pues el puñado de monjes que lo habitaba, vegetaba y languidecía tristemente. Fue entonces cuando el rey don Fernando, movido tal vez por los ruegos del padre del Cid Campeador, que tenía sus posesiones colindantes con las de Silos, encomendó a Domingo la resturación del monasterio de San Sebastián de Silos y le propuso como abad. En una mañana de invierno, Santo Domingo entraba en la iglesia acompañado del obispo y de algunos nobles, para tomar posesión del cargo.
Comenzó la restauración material del monasterio por la iglesia, de tal modo que, completada con la cúpula y atrio por sus sucesores, llegó a ser una de las más bellas basílicas románicas de España, parecida a la catedral antigua de Salamanca. Hacia 1056, se comenzó la construcción de la sala capitular en el sitio llamado hoy el gallinero del Santo, así como el maravilloso claustro románico, que es la joya más original en su estilo y que eternizará en la historia del arte el nombre de Santo Domingo de Silos.
Corrían los años, y con ellos la actividad material y espiritual del monasterio de Silos iba aumentando. En los últimos años, la muerte se había llevado a sus mejores amigos: al rey don Fernando y a su hijo don Sancho, y finalmente a su amigo y vecino el abad de Arlanza, en 1072. Las fuerzas de su cuerpo se rendían al peso de sus 72 años, tan cargados de fatigas; su cuerpo, necesitaba el apoyo de aquel báculo sencillo de avellano, que aún se conserva en el Monasterio como preciosa reliquia. Su espíritu se mantenía firme y sereno, pero las fatigas del otoño de 1073, después de los últimos esfuerzos para la distribución de las cosechas, le rindieron del todo y cayó enfermo. Santo Domingo, murió el viernes 20 de diciembre de 1073.
os monjes, como creadores de cultura y servidores de sus hermanos los hombres, gestionaron en la Edad Media un hospital y una leprosería. De esta forma se familiarizaron con la botánica. De esta actividad aun se conserva una farmacia de principios del siglo XVIII (1705). Se componía del jardín botánico especializado, el laboratorio bioquímico, la biblioteca y el botamen. Al visitarla, se puede admirar: la biblioteca, con cerca de 400 volúmenes, algunos del siglo XVI y más de los siglos XVII-XIX. Destaca un magnífico DIOSCÓRIDES (1525), con excelentes dibujos de animales y plantas, el cual en Silos no era solamente una joya bibliográfica, sino que tenía una dimensión práctica porque juntamente con otros libros, se convertía en necesaria consulta de los boticarios del monasterio, o de los confeccionadores de licores de hierbas. El botamen, con cerca de 400 jarros, todos ellos de loza, hechos expresamente para la botica de Silos, con el escudo del monasterio. La sala donde se expone al público es de la época, pero no el emplazamiento original de la botica.
El visitante puede admirar también la conservación de los anaqueles, con sus maravillosos tarros para las pócimas y remedios; así como los hornos, retortas, alambiques y demás instrumentos de cocimiento y alquitaramiento de sustancias, con su aire entre fáustico o alquímico y de inicios científicos, que guarda este viejo recinto de oración y trabajo, de memoria histórica y cultura de siglos.
El monasterio debe la recuperación de una gran parte de su antigua botica al dignísimo y elevado gesto de D. Juan de Aguirre y Achútegui, quien la compró a D. Octavio Castrillo en 1927 y la regaló a la Abadía cuando todo estaba ultimado ya para ser vendida y trasladada al extranjero.
Entre los años 1957 y 1967, el monasterio recuperó tres lotes de anaqueles, tarros y cajonería, hasta integrar la totalidad del conjunto que se aprecia en la actualidad.