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lunes, 24 de enero de 2011

EL TEATRO EN LA ENSEÑANZA MEDIA DE ALCALÁ LA REAL

EL TEATRO EN LA ENSEÑANZA MEDIA DE ALCALÁ LA REAL

Mientras funcionó el COPEM (Centro Oficial de Enseñanza Media de Alcalá la Real) los alumnos de los cursos superiores solían organizar diversas actividades, principalmente, obras de teatro y casetas de la Juventud, con el fin conseguir fondos con motivo de recaudar fondos para el Viaje de Estudios de Sexto de Bachillerato. Una obra que impactó por aquella época fue “Cianuro, solo o con leche”, cuyos actores principales fueron los alumnos Enriqueta Ceballos y Juan Ruiz Aguilera.

Esta misma línea siguió, tras la inauguración del actual Instituto “Alfonso XI”, y, en el curso 1969-1970, se llevó a cabo la representación de la obra “Ninette y un señor de Murcia” de Alfonso Paso y actuó el profesor actual Antonio Atienza. Y, debido a que se inauguró el salón de actos de dicho centro, muchas obras comenzaron a representarse en el mismo centro y en el teatro. De estos años, otra obra llevada a escena fue “La venganza de don Mendo”, de Muñoz Seca, cuyos actores principales fueron María de los Reyes Hernández Cuadra y Antonio López Delgado.

En los años ochenta varios grupos participaron en los concursos de Sainetes, Entremés y Teatro Breve en la fortaleza de la Mota. De alumnos del Instituto nacerá el grupo “El Olivo” que en 1981 interpretó “Loco”, de García Teva, y de un futuro profesor Antonio González “El Olimpo”. En 1982, con el concurso en pleno auge representó en la Mota dentro del programa de Festivales “Cristobicas y el payaso de Casablanca” “, los Físicos” de F.Durremant adaptada por el director Francisco García Teva con el Grupo Penélope que representó “Viva la Patria” de Alfonso Sastre.

Corrían aires de libertad y se puso en escena, en este año, el grupo del Instituto ofreció una versión escenificada del Canto General de Neruda, cuyas ilustraciones reproducimos Una obra poética escenificada, donde destacaron. María José Gálvez, el actual secretario Carlos González, la antigua profesora de nuestro centro Eloisa Martín, Mercedes Eyerbe, madre de alumno, y un amplio repertorio de alumnos, a cuyo frente estaban el profesor Rafael Pedrajas.

En 1985, el grupo del Olivo, nacido de alumnos del Instituto, con María José Atienza como principal actriz, representó el Arcipreste de Hita y ofrecieron n importantes adaptaciones de obras clásicas y modernas en el Teatro Martínez Montañés como Doña Rosita la Soltera...

Por los años noventa, con frecuencia se llevaron a cabo intercambios con otros centros que representaban obras de teatro y hacían intercambios con nuestro centro. El día 30 de noviembre de 1991, acudió la Compañía de Teatro Estable de Granada, con la obra Falstaff de W. Shakespeare que gustó, sobre todo, por su puesta en escena. Desgraciadamente, los viajes de estudios cambiaron de proyección cultural y se tornaron en viajes de puro ocio y diversión, con ello se vino abajo la programación cultural y, además, también, los actos culturales se transformaron en puras representaciones y actos musicales y dancísticos, sin ninguna originalidad y de pura emulación de los programas televisivos. Sin embargo, hubo intentos serios como en 1991, en el que funcionó un taller de marionetas a cargo del profesor Rafael Picazo, persona muy inquieta, creativa y gran amor a la enseñanza. También Ricardo San Martín, los profesores de Lengua (Milagros García Blanco, María Dolores Bernardos y Concepción Cabezas) y la profesora Remedios Higueras, del Seminario de Latín llevaron a cabo algunas escenificaciones ya adaptaciones de obras literarias y del mundo clásico español y latino.

En el año, 1994 nació la Escuela Municipal de Teatro y muchos alumnos del Instituto se integraron en ella, representaron en 1995 “Juan Ruiz, Arcipreste de Hita”, que recreaba la anterior versión de Javier García Teva, otro director alcalaíno que estudió en nuestro instituto. Actualmente, algunos alumnos participan en las escenificaciones al aire libre de la Mota y en la representación de obras en el Teatro Martínez Montañés.



[1] AMAR. Caja 117 Legajo 2.

miércoles, 19 de enero de 2011

LA SANTA CARIDAD I

LA SANTA CARIDAD EN LA COFRADÍA DEL DULCE NOMBRE DE JESÚS

Orígenes de la cofradía de la Santa Caridad.

El origen del la cofradía de la Caridad se remontaba nada menos que en 1488, era la más antigua junto con la de Nuestra Señora de la Antigua. Decíamos en el programa de la Fuente del Rey “ un grupo de personas , movidos por la caridad, según la declaración de su prioste, y a la vez mayordomo del Hospital del Dulce Nombre de Jesús, lograron que se les aprobara la cofradía( el abad era el alcalaíno Pedro Gómez de Padilla) y, a continuación la organizaron con el nombre d Santa Caridad. Para desarrollarla , nombraron prioste, oficiales e hicieron copia y número de hermanos que entraron en ella. Además adquirieron una cruz y palo para los enterramientos de sus hermanos, pues era una de las funciones y servicios de la hermandad, ya que no había cementerios y se comprometían todos los hermanos a darle sepultura y acompañarle en las exequias fúnebres al hermano fallecido”. Por tanto, un grupo de hermanos se reunía en torno a la imagen de la Coronada, esa imagen que, según cuentan, el rey Alfonso XI traía “enhiesta sobre el mástil de una lanza, a manera de estandarte y como capitana de sus tropas”. Esta hermandad recibía el nombre de Nuestra Señora de los Desamparados, allá por el año 1532. Posteriormente, se le denominó tanto a la imagen como a la hermandad con la advocación de Nuestra Señora de la Caridad. Primero, esta imagen estuvo en la capilla del Hospital del Dulce Nombre de Jesús o Santa Caridad, ubicado al principio de su fundación en el barrio de las Entrepuertas de la Mota; luego se edificó en torno a la Alhóndiga por la calle Cava para acabar definitivamente, en 1601, a la iglesia de la Caridad del Hospital del Dulce Nombre, iglesia que dio el nombre a la calle Ramón y Cajal o Caridad donde se mantuvo hasta mediados del siglo XIX. Posteriormente, se trasladó la imagen a la iglesia de la Veracruz, sita en la calle del mismo nombre para pasar de allí a la iglesia de las Angustias a finales del siglo XIX, y finalmente, a principios de siglo XX en la ermita de la Coronada de la Fuente del rey. Por tanto Coronada, Desamparados o Caridad responde a lo mismo: la imagen románica de la Madre de Dios que trajo el rey Alfonso XI, bajo cuyas advocaciones se fundó una hermandad que se mantuvo hasta el siglo XVIII.

La caridad entre los primeros hermanos

Sabemos que la caridad y la devoción por la imagen arraigaron mucho entre los primeros hermanos, como era natural en el origen de las cofradías, porque la mayoría de ellos legaron bienes de fincas y casas, limosnas y censos a favor de la Cofradía. Con todos estos ingresos, se comprometieron a sustentar a los pobres, que solían recogerse en un hospital, situado en unas casillas de la Mota. Sin embargo, estas no debieron ofrecer mucha seguridad ni capacidad para afrontar estos servicios, porque estaban deterioradas y eran muy pequeñas, lo que ocasionaba que los pobres no recibieran mucho alivio ni se curasen de sus enfermedades. Entre los primeros devotos destacá el provisor Diego Hernández que legó en su testamento un cortijo de la Rábita y varias para ayuda y funcionamiento del hospital. Diferente fue la situación en el hospital del Llanillo, allí se organizó un autentico servicio sanitario y de transeúntes que se mantuvo hasta muy avanzado el siglo XIX,

-Las constituciones del siglo XVII: el ejercicio de la Santa Caridad.

En 1601, tras una vida en común con la cofradía de la Veracruz, ya estaba reconstituida la cofradía de la Santa Caridad y se había construido el hospital del Dulce Nombre de Jesús entre el Llanillo y la calle de la Caridad, perdiéndose la antigua advocación de los Desamparados, como antes lo hizo con la de la Coronada.

Los estatutos de la cofradía fueron aprobados por el abad alcalaíno Pedro de Moya el 12 de junio de 1622 y sus fines principales radicaban “al servicio de Dios y el bien de los pobres”. Los artículos versaban sobre la obligación de enterrar y dar sepultura a los pobres, celebrar la Festividad de la Natividad de Nuestra Señora en el mes de septiembre, todos los Sábados por la Virgen y las fiestas de la Virgen, recoger limosnas y ofrecer misas por los hermanos difuntos. En su labor caritativa, también rezaban `tres misas por los ajusticiados o condenados a muerte. Sin embargo, en estos estatutos no se especificaban otras funciones caritativas relacionadas con el hospital. Fue precisamente en 1660 con el abad regalista Francisco de Salgado y Somoza, cuando, de nuevo, se revisaron y se hicieron nuevos estatutos muy interesantes desde el punto de vista caritativo. En primer lugar, se volvió a la antigua denominación de Cofradía y Congregación de Nuestra Señora de los Desamparados. Para muestra po su sensibilidad hacia los más excluidos de la sociedad de aquellos tiempos, recogemos el preámbulo:

Considerando las continuas mercedes y divina providencia, con que Dios Nuestro Señor favorece a sus criaturas y que es precisa obligación servirle auxilios de su gracia para conseguir la vida eterna, y lo agradable que es para su divina Majestad el fervoroso afecto de los que atenta y piadosamente ponen los ojos en la necesidad y miseria de los pobres enfermos, que, por su edad o demasiado encogimiento y gravedad de enfermedades, perecen de extrema necesidad y muchas veces sin sacramentos, y cuan de su santo servicio es asimismo la curación, sustento, crianza de los miserables, alivio de los presos, consuelo de los afligidos y dar sepultura a los muertos y el ejercicio de las demás obras de piedad y misericordia, que se ofrecen, deseosos de acertar el camino de nuestra salvación, erigimos y fundamos Hermanad y Congregación para ejercitarnos en estos y demás actos, que sean del prójimo y mayor servicio de Dios Nuestro Señor, y para más bien ejecutarlo hacemos las constituciones siguientes”.

Entre las labores de caridad, se mantuvieron las obligaciones y reglas de los anteriores estatutos(limosneros) y se creó la figura de los enfermeros, cuyas funciones radicaban en el cuidado de enfermos del Hospital y de la ciudad y comunicarlo a la Junta Rectora. Para el rector, se exigía que fuera una persona virtuosa, docta y caritativa, para que pudiera usar mejor el oficio, confesor de hombres y mujeres, ejemplo de su modestia y caridad. Debía asistir al médico, a las comidas y a las cenas, recibir enfermos y visitas.

La hermandad se mantuvo hasta 1750, por lo menos en papeles, y cooperó con el rector del hospital que absorbió pronto todas las obligaciones de la organización y cuidado de los enfermos.

-El paso de la fusión con la cofradía del Dulce Nombre de Jesús.

En tiempos de los reyes Carlos IV y Fernando VI, a principios del siglo XIX, se produjo un movimiento de reduccionismo cofrade y fusión entre el numeroso grupo de hermandades, cofradías y esclavitudes de toda España, que afectó a Alcalá la Real. Entre ellas, salió afectada la cofradía del Dulce Nombre de Jesús, que se fusionó con la de la Santa Caridad, porque le permitía su razón de ser gracias a la labor caritativa que le imprimía esa última. El Real Consejo de Castilla aprobó unas nuevas directrices que no permitían las manos muertas de estas entidades cofrades. Todos los bienes quedaron, por el momento, traspasados a instituciones benéficas, en concreto el Hospital del Dulce Nombre de Jesús y Santa Ana, porque se fusionaron otras muchas memorias de tierras, bienes y casas. Se hicieron nuevos estatutos en el mes de abril de 1808, la primera absorbió a la segunda en su funcionamiento jurídico ni siquiera la advocación de la imagen de la Santa Caridad se integró en el devocionario cofrade del Dulce Nombre de Jesús. Continuó con sus cuadrillas, gallardetes, pasos y banderolas, incluso integró las del Cristo de las Penas y el Señor de la Columna. Se olvidó las funciones de la caridad, porque, poco a poco, fueron asumidas por la Junta de Beneficencia fundada por el organismo provincial de la Diputación de Jaén con el consenso de la abadía.

-Olvido de la Santa Caridad.

La imagen de Santa Caridad pasó muchas vicisitudes y ya se quedó con el nombre Coronada. La caridad quedó reservada a la intimidad privada y a expensas del altruismo de los particulares; las diferentes formas de la exclusión social se paliaban con la humillación de los pobres y la beneficencia municipal. El título tan hermoso de esta cofradía quedó reservado para su denominación; tan sólo las cuadrillas recibían la asistencia funeraria y el patronazgo de los padres de ánimas. Se perdió el sentido cristiano originario de la Caridad cristiana.

-Enseñanzas para hoy.

Sería interesante en estos años de crisis volver los ojos a los tiempos de la Santa Caridad; retomar las fuentes de esta singular y antigua cofradía porque son tiempos en los que la exclusión social tienen rostro de emigrantes, parados, drogadictos, abandonas del destino, enfermos.. Y el Dulce Nombre de Jesús nos reclama y nos llama atendiendo a los demás en el acto de amor sublime de la Santa Caridad.

Francisco Martín Rosales.

LA SANTA CARIDAD I

LA SANTA CARIDAD EN LA COFRADÍA DEL DULCE NOMBRE DE JESÚS

Orígenes de la cofradía de la Santa Caridad.

El origen del la cofradía de la Caridad se remontaba nada menos que en 1488, era la más antigua junto con la de Nuestra Señora de la Antigua. Decíamos en el programa de la Fuente del Rey “ un grupo de personas , movidos por la caridad, según la declaración de su prioste, y a la vez mayordomo del Hospital del Dulce Nombre de Jesús, lograron que se les aprobara la cofradía( el abad era el alcalaíno Pedro Gómez de Padilla) y, a continuación la organizaron con el nombre d Santa Caridad. Para desarrollarla , nombraron prioste, oficiales e hicieron copia y número de hermanos que entraron en ella. Además adquirieron una cruz y palo para los enterramientos de sus hermanos, pues era una de las funciones y servicios de la hermandad, ya que no había cementerios y se comprometían todos los hermanos a darle sepultura y acompañarle en las exequias fúnebres al hermano fallecido”. Por tanto, un grupo de hermanos se reunía en torno a la imagen de la Coronada, esa imagen que, según cuentan, el rey Alfonso XI traía “enhiesta sobre el mástil de una lanza, a manera de estandarte y como capitana de sus tropas”. Esta hermandad recibía el nombre de Nuestra Señora de los Desamparados, allá por el año 1532. Posteriormente, se le denominó tanto a la imagen como a la hermandad con la advocación de Nuestra Señora de la Caridad. Primero, esta imagen estuvo en la capilla del Hospital del Dulce Nombre de Jesús o Santa Caridad, ubicado al principio de su fundación en el barrio de las Entrepuertas de la Mota; luego se edificó en torno a la Alhóndiga por la calle Cava para acabar definitivamente, en 1601, a la iglesia de la Caridad del Hospital del Dulce Nombre, iglesia que dio el nombre a la calle Ramón y Cajal o Caridad donde se mantuvo hasta mediados del siglo XIX. Posteriormente, se trasladó la imagen a la iglesia de la Veracruz, sita en la calle del mismo nombre para pasar de allí a la iglesia de las Angustias a finales del siglo XIX, y finalmente, a principios de siglo XX en la ermita de la Coronada de la Fuente del rey. Por tanto Coronada, Desamparados o Caridad responde a lo mismo: la imagen románica de la Madre de Dios que trajo el rey Alfonso XI, bajo cuyas advocaciones se fundó una hermandad que se mantuvo hasta el siglo XVIII.

La caridad entre los primeros hermanos

Sabemos que la caridad y la devoción por la imagen arraigaron mucho entre los primeros hermanos, como era natural en el origen de las cofradías, porque la mayoría de ellos legaron bienes de fincas y casas, limosnas y censos a favor de la Cofradía. Con todos estos ingresos, se comprometieron a sustentar a los pobres, que solían recogerse en un hospital, situado en unas casillas de la Mota. Sin embargo, estas no debieron ofrecer mucha seguridad ni capacidad para afrontar estos servicios, porque estaban deterioradas y eran muy pequeñas, lo que ocasionaba que los pobres no recibieran mucho alivio ni se curasen de sus enfermedades. Entre los primeros devotos destacá el provisor Diego Hernández que legó en su testamento un cortijo de la Rábita y varias para ayuda y funcionamiento del hospital. Diferente fue la situación en el hospital del Llanillo, allí se organizó un autentico servicio sanitario y de transeúntes que se mantuvo hasta muy avanzado el siglo XIX,

-Las constituciones del siglo XVII: el ejercicio de la Santa Caridad.

En 1601, tras una vida en común con la cofradía de la Veracruz, ya estaba reconstituida la cofradía de la Santa Caridad y se había construido el hospital del Dulce Nombre de Jesús entre el Llanillo y la calle de la Caridad, perdiéndose la antigua advocación de los Desamparados, como antes lo hizo con la de la Coronada.

Los estatutos de la cofradía fueron aprobados por el abad alcalaíno Pedro de Moya el 12 de junio de 1622 y sus fines principales radicaban “al servicio de Dios y el bien de los pobres”. Los artículos versaban sobre la obligación de enterrar y dar sepultura a los pobres, celebrar la Festividad de la Natividad de Nuestra Señora en el mes de septiembre, todos los Sábados por la Virgen y las fiestas de la Virgen, recoger limosnas y ofrecer misas por los hermanos difuntos. En su labor caritativa, también rezaban `tres misas por los ajusticiados o condenados a muerte. Sin embargo, en estos estatutos no se especificaban otras funciones caritativas relacionadas con el hospital. Fue precisamente en 1660 con el abad regalista Francisco de Salgado y Somoza, cuando, de nuevo, se revisaron y se hicieron nuevos estatutos muy interesantes desde el punto de vista caritativo. En primer lugar, se volvió a la antigua denominación de Cofradía y Congregación de Nuestra Señora de los Desamparados. Para muestra po su sensibilidad hacia los más excluidos de la sociedad de aquellos tiempos, recogemos el preámbulo:

Considerando las continuas mercedes y divina providencia, con que Dios Nuestro Señor favorece a sus criaturas y que es precisa obligación servirle auxilios de su gracia para conseguir la vida eterna, y lo agradable que es para su divina Majestad el fervoroso afecto de los que atenta y piadosamente ponen los ojos en la necesidad y miseria de los pobres enfermos, que, por su edad o demasiado encogimiento y gravedad de enfermedades, perecen de extrema necesidad y muchas veces sin sacramentos, y cuan de su santo servicio es asimismo la curación, sustento, crianza de los miserables, alivio de los presos, consuelo de los afligidos y dar sepultura a los muertos y el ejercicio de las demás obras de piedad y misericordia, que se ofrecen, deseosos de acertar el camino de nuestra salvación, erigimos y fundamos Hermanad y Congregación para ejercitarnos en estos y demás actos, que sean del prójimo y mayor servicio de Dios Nuestro Señor, y para más bien ejecutarlo hacemos las constituciones siguientes”.

Entre las labores de caridad, se mantuvieron las obligaciones y reglas de los anteriores estatutos(limosneros) y se creó la figura de los enfermeros, cuyas funciones radicaban en el cuidado de enfermos del Hospital y de la ciudad y comunicarlo a la Junta Rectora. Para el rector, se exigía que fuera una persona virtuosa, docta y caritativa, para que pudiera usar mejor el oficio, confesor de hombres y mujeres, ejemplo de su modestia y caridad. Debía asistir al médico, a las comidas y a las cenas, recibir enfermos y visitas.

La hermandad se mantuvo hasta 1750, por lo menos en papeles, y cooperó con el rector del hospital que absorbió pronto todas las obligaciones de la organización y cuidado de los enfermos.

-El paso de la fusión con la cofradía del Dulce Nombre de Jesús.

En tiempos de los reyes Carlos IV y Fernando VI, a principios del siglo XIX, se produjo un movimiento de reduccionismo cofrade y fusión entre el numeroso grupo de hermandades, cofradías y esclavitudes de toda España, que afectó a Alcalá la Real. Entre ellas, salió afectada la cofradía del Dulce Nombre de Jesús, que se fusionó con la de la Santa Caridad, porque le permitía su razón de ser gracias a la labor caritativa que le imprimía esa última. El Real Consejo de Castilla aprobó unas nuevas directrices que no permitían las manos muertas de estas entidades cofrades. Todos los bienes quedaron, por el momento, traspasados a instituciones benéficas, en concreto el Hospital del Dulce Nombre de Jesús y Santa Ana, porque se fusionaron otras muchas memorias de tierras, bienes y casas. Se hicieron nuevos estatutos en el mes de abril de 1808, la primera absorbió a la segunda en su funcionamiento jurídico ni siquiera la advocación de la imagen de la Santa Caridad se integró en el devocionario cofrade del Dulce Nombre de Jesús. Continuó con sus cuadrillas, gallardetes, pasos y banderolas, incluso integró las del Cristo de las Penas y el Señor de la Columna. Se olvidó las funciones de la caridad, porque, poco a poco, fueron asumidas por la Junta de Beneficencia fundada por el organismo provincial de la Diputación de Jaén con el consenso de la abadía.

-Olvido de la Santa Caridad.

La imagen de Santa Caridad pasó muchas vicisitudes y ya se quedó con el nombre Coronada. La caridad quedó reservada a la intimidad privada y a expensas del altruismo de los particulares; las diferentes formas de la exclusión social se paliaban con la humillación de los pobres y la beneficencia municipal. El título tan hermoso de esta cofradía quedó reservado para su denominación; tan sólo las cuadrillas recibían la asistencia funeraria y el patronazgo de los padres de ánimas. Se perdió el sentido cristiano originario de la Caridad cristiana.

-Enseñanzas para hoy.

Sería interesante en estos años de crisis volver los ojos a los tiempos de la Santa Caridad; retomar las fuentes de esta singular y antigua cofradía porque son tiempos en los que la exclusión social tienen rostro de emigrantes, parados, drogadictos, abandonas del destino, enfermos.. Y el Dulce Nombre de Jesús nos reclama y nos llama atendiendo a los demás en el acto de amor sublime de la Santa Caridad.

Francisco Martín Rosales.

sábado, 15 de enero de 2011

CUE NTO, UN REGALO DE REYES


UN REGALO DE REYES

Corría los primeros días del año 1762, en un pueblo de las tierras de la Abadía de Alcalá la Real. Comentaban los campesinos las malas formas de un corregidor que había asaltado la iglesia, años ha, con la tropa y ministros del orden público, en la noche de la Adoración de los Reyes interrumpiendo una especie de misterio o representación dramática de la Adoración de Sus Majestades acompañada de preciosos villancicos. Este año se presagiaba tranquilo en la ciudad y sus alrededores, tras la proclamación como rey de España en la persona de Carlos III que había despertado gran simpatía entre los vecinos, los labradores habían sembrado sus campos, cayeron las primeras aguas, y, todos buscaban el remedio divino para impetrar la fertilidad de sus campos.

Y ocurrió algo insólito, algo no propio de la edad de un niño, en uno de los pueblos de la Abadía y el mismo día de los Reyes. Una mañana de nieve desde el paraje de la Cobertilla habían venido a Priego unos humildes labradores, (nombre que, por aquellos tiempos, solía denominar a los vecinos que se dedicaban al campo arrendando grandes cortijos de famosos hidalgos avecindados en las ciudades capitales del Reino y rentistas del trabajo de las familias agrícolas). Estos campesinos, aun siendo pobres, eran honrados y religiosos, sus nombres eran Juan José Muñoz, el del padre, y, el de la madre, María Ballesteros, y el motivo no era otro sino cumplir con la obligación de bautizar al día siguiente al hijo que había nacido dos días antes a las primeras horas de un día radiante.

Nos las tenía todas consigo aquel matrimonio, el niño parecía que hablaba en le vientre de la madre e, incluso, dentro de él, lloró tres veces; además ésta ni siquiera, en los momentos más difíciles del embarazo y parto, había sufrido dolores o síntomas raros. Por eso, cuentan las crónicas de este suceso lo siguiente “no se verificó cosa de consideración, que haber estado la madre muy placentera y alegre el tiempo que le duró el parto, y sin aquellas exclamaciones, que en semejantes casos ocurren; pues tal cual dolor, que le daba, se le suspendía como de paso, aquella continua alegría; y en el último dolor, con que parió, solo dixo ¨María Santísima me valga y todos los santos”. Una vez que expulsó las secundinas, María no guardó reposo alguno sino que se puso a trabajar como si no hubiera pasado nada importante en su cuerpo, aun más su madre la veía más robusta y ágil que en los días anteriores, Si no hubiera sido por la oposición su madre que le asistió en el parto, por sí misma hubiera recorrido casi la legua que le separaba al templo para cumplir la costumbre de hacer el bautizo al día siguiente y eso que era una mañana de ventisco y nieve

Cuando el cura, un tal Pío Zamora le dijo en lengua latina “ Exi ex eo inmunde spiritus ( algo así como salid de él espíritus inmundos), el niño, al mismo tiempo que se revolvía en un movimiento brusco y , como liberándose de un sofoco, respondió “Amen” ante siete testigos que escucharon las palabras purificadoras... Después, el cura le echó las aguas y proclamó en voz alta: “ Ego te baptizo in nomine Patris, Filii et Sspiritus Sancti”, el infante, ya por nombre Juan Francisco, respondió al unísono con el párroco y presentes “Amen” ante el estupor de padres y padrinos.

El párroco, completamente desconcertado, dirigió la mirada a los presentes y les peguntó.

-¿Habéis escuchado al chaval lo que ha dicho?

-Sí, don Pío y no una vez, sino dos y con el mismo tono y eco.

Sin esperar, el mismo niño repitió sin prisa y pausadamente:
-Aaaameeeen.

A lo que el párroco, de nuevo, les preguntó a los asistentes al sacramento de las aguas:

-¿Lo oyen?

Y el niño respondió por cuarta vez con un rotundo “Ameeeeeeeeeeeeeeeeeeeen”.

-Un milagro, un prodigio, -respondió el cura-, hay que avisar al señor abad.

-Un superdotado, -dijo el sacristán.

-Nada, simplemente, un regalo de reyes- contestaron los padres.

A partir de aquel día, el niño ayunaba, todos los viernes, a pesar de que su madre le ponía el pecho sobre sus labios y por la tarde lo hacía con unas ganas inmensas, una figura de santo cristo le había aparecido en la boca, y, cuando acudieron las autoridades eclesiásticas para investigar el prodigio, cuentan los autos que el niño siempre está muy alegre y reflexivo como si comprendiera lo que se hacía con él. El provisor siempre repetía.

-Lo que podemos esperar de estos labradores de la abadía….

cue

UN REGALO DE REYES

Corría los primeros días del año 1762, en un pueblo de las tierras de la Abadía de Alcalá la Real. Comentaban los campesinos las malas formas de un corregidor que había asaltado la iglesia, años ha, con la tropa y ministros del orden público, en la noche de la Adoración de los Reyes interrumpiendo una especie de misterio o representación dramática de la Adoración de Sus Majestades acompañada de preciosos villancicos. Este año se presagiaba tranquilo en la ciudad y sus alrededores, tras la proclamación como rey de España en la persona de Carlos III que había despertado gran simpatía entre los vecinos, los labradores habían sembrado sus campos, cayeron las primeras aguas, y, todos buscaban el remedio divino para impetrar la fertilidad de sus campos.

Y ocurrió algo insólito, algo no propio de la edad de un niño, en uno de los pueblos de la Abadía y el mismo día de los Reyes. Una mañana de nieve desde el paraje de la Cobertilla habían venido a Priego unos humildes labradores, (nombre que, por aquellos tiempos, solía denominar a los vecinos que se dedicaban al campo arrendando grandes cortijos de famosos hidalgos avecindados en las ciudades capitales del Reino y rentistas del trabajo de las familias agrícolas). Estos campesinos, aun siendo pobres, eran honrados y religiosos, sus nombres eran Juan José Muñoz, el del padre, y, el de la madre, María Ballesteros, y el motivo no era otro sino cumplir con la obligación de bautizar al día siguiente al hijo que había nacido dos días antes a las primeras horas de un día radiante.

Nos las tenía todas consigo aquel matrimonio, el niño parecía que hablaba en le vientre de la madre e, incluso, dentro de él, lloró tres veces; además ésta ni siquiera, en los momentos más difíciles del embarazo y parto, había sufrido dolores o síntomas raros. Por eso, cuentan las crónicas de este suceso lo siguiente “no se verificó cosa de consideración, que haber estado la madre muy placentera y alegre el tiempo que le duró el parto, y sin aquellas exclamaciones, que en semejantes casos ocurren; pues tal cual dolor, que le daba, se le suspendía como de paso, aquella continua alegría; y en el último dolor, con que parió, solo dixo ¨María Santísima me valga y todos los santos”. Una vez que expulsó las secundinas, María no guardó reposo alguno sino que se puso a trabajar como si no hubiera pasado nada importante en su cuerpo, aun más su madre la veía más robusta y ágil que en los días anteriores, Si no hubiera sido por la oposición su madre que le asistió en el parto, por sí misma hubiera recorrido casi la legua que le separaba al templo para cumplir la costumbre de hacer el bautizo al día siguiente y eso que era una mañana de ventisco y nieve

Cuando el cura, un tal Pío Zamora le dijo en lengua latina “ Exi ex eo inmunde spiritus ( algo así como salid de él espíritus inmundos), el niño, al mismo tiempo que se revolvía en un movimiento brusco y , como liberándose de un sofoco, respondió “Amen” ante siete testigos que escucharon las palabras purificadoras... Después, el cura le echó las aguas y proclamó en voz alta: “ Ego te baptizo in nomine Patris, Filii et Sspiritus Sancti”, el infante, ya por nombre Juan Francisco, respondió al unísono con el párroco y presentes “Amen” ante el estupor de padres y padrinos.

El párroco, completamente desconcertado, dirigió la mirada a los presentes y les peguntó.

-¿Habéis escuchado al chaval lo que ha dicho?

-Sí, don Pío y no una vez, sino dos y con el mismo tono y eco.

Sin esperar, el mismo niño repitió sin prisa y pausadamente:
-Aaaameeeen.

A lo que el párroco, de nuevo, les preguntó a los asistentes al sacramento de las aguas:

-¿Lo oyen?

Y el niño respondió por cuarta vez con un rotundo “Ameeeeeeeeeeeeeeeeeeeen”.

-Un milagro, un prodigio, -respondió el cura-, hay que avisar al señor abad.

-Un superdotado, -dijo el sacristán.

-Nada, simplemente, un regalo de reyes- contestaron los padres.

A partir de aquel día, el niño ayunaba, todos los viernes, a pesar de que su madre le ponía el pecho sobre sus labios y por la tarde lo hacía con unas ganas inmensas, una figura de santo cristo le había aparecido en la boca, y, cuando acudieron las autoridades eclesiásticas para investigar el prodigio, cuentan los autos que el niño siempre está muy alegre y reflexivo como si comprendiera lo que se hacía con él. El provisor siempre repetía.

-Lo que podemos esperar de estos labradores de la abadía….